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El Caso que Conmocionó a Chile: Padre y su Hija desaparecieron en el mar sin dejar rastro

 Van a ir solo hasta Punta Curaumilla”, le había dicho Patricia a su madre por teléfono esa mañana. Rodrigo quiere enseñarle a Sofi cómo se pesca. “Van a volver antes de almuerzo porque en la tarde tenemos que ir al cumpleaños de mi sobrina.” Pero el mediodía llegó y el bote no apareció. Patricia comenzó a preocuparse alrededor de la 100 de la tarde.

 Intentó llamar al celular de Rodrigo, pero todas las llamadas iban directamente al buzón de voz. Eso no era completamente inusual. La señal en el mar era irregular, pero la inquietud comenzó a crecer en su pecho como una sombra fría. A las 2:30 de la tarde, Patricia llamó a don Carlos al muelle. “¿Ha visto a Rodrigo?”, preguntó con voz temblorosa.

 No, señora Patti, no ha vuelto todavía, pero tranquila, seguro están pescando y se les pasó la hora. Ya sabe cómo es don Rodrigo cuando agarra un buen cardumen. Pero Patricia no logró tranquilizarse. A las 3:45 de la tarde llamó a la Capitanía de Puerto de Valparaíso para reportar la situación. El oficial de guardia tomó los datos con profesionalismo rutinario, descripción del bote, hora de salida, última ubicación conocida, número de personas a bordo.

 Señora, vamos a iniciar un protocolo de búsqueda. Manténgase cerca de su teléfono”, le indicaron. A las 4:30 de la tarde, una patrullera de la Armada de Chile salió del puerto rumbo a la zona de Punta Curaumilla. El sol comenzaba a descender sobre el horizonte, tiñiendo el mar de tonos naranjas y rojos. Patricia esperaba en el muelle, abrazada a su madre, observando el océano con lágrimas contenidas.

 “Van a estar bien”, repetía su madre. “Van a aparecer. Ya vas a ver.” Pero la oscuridad llegó y con ella el silencio. Durante toda la noche del 14 de marzo, las embarcaciones de la armada peinaron la costa. Se utilizaron reflectores potentes que varrían la superficie del agua en busca de cualquier señal. Se activó el protocolo de búsqueda y rescate que incluía la participación de la prefectura marítima, la Dirección General del Territorio Marítimo y Mercante Marina y equipos voluntarios de pescadores locales que conocían cada rincón de esa costa. Nada,

absolutamente nada. La mañana del 15 de marzo trajo consigo la primera pista. A las 8:20 de la mañana, un pescador llamado Héctor Romero encontró algo flotando cerca de playa Las Torpederas, a unos 4 km al norte de donde Rodrigo había planeado pescar. Era la gorra blanca de Sofía, empapada, moviéndose suavemente con las olas.

 Héctor la sacó del agua con una mezcla de esperanza y terror y de inmediato contactó a la Capitanía. La noticia llegó a Patricia como un puñetazo en el estómago. La gorra fue lo primero que ella le había regalado a Sofía para el viaje. La niña estaba tan orgullosa de usarla. Verla ahora mojada y vacía en manos de un oficial de la Armada era como contemplar el inicio de una pesadilla de la que no podría despertar.

 Las búsquedas se intensificaron. Se sumaron helicópteros de la Fuerza Aérea de Chile, bus tácticos de la Armada y equipos de rastreo con perros entrenados que recorrieron toda la costa desde Valparaíso hasta Quintero. Cada playa, cada roquerío, cada caleta fue inspeccionada centímetro a centímetro. Los medios de comunicación comenzaron a cubrir el caso.

 Los noticieros de la tarde mostraban fotos de Rodrigo y Sofía y la gente de todo Chile seguía las búsquedas con el corazón en la mano. El 16 de marzo, al tercer día de búsqueda, ocurrió lo que todos esperaban y temían al mismo tiempo. Encontraron el bote. Fue descubierto por una patrullera de la Armada a las 11:35 de la mañana, flotando a la deriva aproximadamente a 7 millas náuticas al oeste de Punta Curaumilla.

 El sofía del mar estaba intacto. No había daños visibles en el casco, no había señales de colisión. El motor seguía en su lugar sin desperfectos aparentes. Las cuerdas de amarre estaban perfectamente enrolladas. Los chalecos salvavidas, incluyendo el que Sofía debería haber estado usando, estaban guardados bajo los asientos, pero no había nadie a bordo.

 Los peritos de la Armada abordaron la embarcación con extremo cuidado. Tomaron fotografías desde todos los ángulos, recolectaron evidencias, documentaron cada detalle. Lo que encontraron fue aún más desconcertante. La mochila de Sofía estaba en el bote, cerrada con su merienda intacta dentro, un sándwich de jamón y queso envuelto en papel aluminio, una caja de jugo de durazno sin abrir y un paquete de galletas de chocolate.

El celular de Rodrigo estaba en un compartimento estanco, apagado, pero sin daños. Las cañas de pescar estaban en su lugar. Había incluso dos peces pequeños en una hielera con agua, lo que sugería que efectivamente habían estado pescando. No había sangre, no había señales de lucha, no había mensajes de despedida, no había absolutamente nada que explicara por qué dos personas simplemente desaparecieron de un bote que permanecía perfectamente funcional.

 La Policía de Investigaciones de Chile, PDI, se hizo cargo de la investigación criminal. El bote fue trasladado a un hangar en la base naval de Valparaíso, donde un equipo forense lo examinó durante días. Se analizaron huellas dactilares, se buscaron rastros de ADN, se revisó cada centímetro del casco en busca de alguna marca, algún rasguño, alguna señal que pudiera dar una pista.

 El detective a cargo del caso, el subprefecto Mario Castillo, declaró en una conferencia de prensa el 18 de marzo, estamos ante una situación extremadamente inusual. No hay indicios de foul play, no hay evidencia de accidente, no hay explicación lógica para la desaparición de estas dos personas. Continuaremos investigando todas las líneas posibles.

 Las búsquedas en el mar continuaron durante 10 días más. Buzos de la Armada exploraron el fondo marino en la zona donde se encontró el bote, utilizando sonares y cámaras submarinas. Se rastrearon corrientes, se consultó con expertos oceanógrafos, se elaboraron modelos de deriva que intentaban predecir dónde podrían haber terminado los cuerpos si hubieran caído al agua. Nada. El mar no devolvió nada.

El 26 de marzo de 2012, 12 días después de la desaparición, las búsquedas activas fueron oficialmente suspendidas. La Armada de Chile emitió un comunicado expresando sus condolencias a la familia y señalando que, lamentablemente, después de una búsqueda exhaustiva sin resultados, se consideraba que las probabilidades de encontrar a los desaparecidos con vida eran prácticamente nulas.

 Patricia Valenzuela se derrumbó. En solo 12 días había perdido a su esposo y a su hija, y ni siquiera tenía cuerpos que velar, tumbas donde llevar flores, un lugar donde llorar. Solo tenía preguntas sin respuesta y un vacío que amenazaba con tragarla entera. El caso fue archivado como desaparición en el mar por causa desconocida.

 Los informes oficiales especulaban con varias posibilidades, que ambos hubieran caído al agua por causas no determinadas, que hubieran sido arrastrados por una corriente inesperada, que tal vez Rodrigo hubiera sufrido un problema cardíaco súbito y Sofía, en un intento desesperado por ayudarlo, hubiera caído también al mar.

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