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Cuidé a ROCÍO JURADO sus últimos días y lo que me dijo antes de morir me persigue aún

Luego me dijo mirando el techo, “Los hijos son lo más grande que tiene una y lo más complicado. No dije nada. Esperé, me dijo, una les da todo. Todo lo que tiene y lo que no tiene. Y luego la vida los lleva por sus caminos. Y ya no son solo tuyos. Tienen sus miedos, sus errores, sus decisiones y una los mira y a veces no lo reconoce y eso duele, “Aunque los quieras más que a nada.

” lo dijo sin dramatismo, con esa calma de quien ha tenido tiempo de pensar en algo hasta que ya no le quema, solo pesa. Yo no pregunté a qué hijo se refería, no era mi lugar, pero lo que me dijo a continuación sí me lo llevo. Me dijo, lo peor no es el dolor de estar enferma, Carmen. Lo peor es irse sabiendo que hay cosas que no vas a poder arreglar, conversaciones que no van a pasar, que se quedan ahí a medias. hizo una pausa.

Una se va y deja hilos sueltos y ya no puede hacer nada con ellos. Me quedé callada porque hay momentos en que lo único que se puede hacer es estar y no moverse. Pero lo que pasó al día siguiente no me lo esperaba. Vino a verla alguien de la familia, no voy a decir quién. [música] Entró en la habitación, estuvo un rato y cuando salió la cara que traía, no era la cara de alguien que acaba de despedirse de alguien querido, era otra cosa, una mezcla de cosas que una lleva años viendo en los pasillos de las casas

donde hay enfermos terminales y donde la familia tiene asuntos pendientes. Ella lo notó también. Cuando quedamos solas me miró y me dijo, “¿Ha visto usted esa cara?” Le dije que sí. me dijo, “Esa cara la conozco. Es la cara de alguien que quiere algo y no sabe cómo pedirlo.” Y luego dijo algo que me heló.

Me dijo, “Cuando una se muere, Carmen, la gente empieza a pensar en lo que queda, no en lo que se va.” Lo dijo sin amargura, con una lucidez que dolía más que el llanto. Pasaron los días, ella fue perdiendo fuerza de manera visible, dormía más, hablaba menos. Pero había momentos, generalmente por la tarde, cuando la luz de Chipiona entraba por la ventana de esa manera tan particular que tiene la luz del sur, que se despertaba y estaba más lúcida que nunca.

Y en uno de esos momentos me contó algo que no he repetido hasta hoy. Me contó que una persona en su vida, alguien muy cercano, a quien había intentado proteger durante años de cosas que esa persona no debería haber tenido que cargar, que había tomado decisiones pensando en esa protección. Decisiones [música] que desde fuera podían parecer otra cosa, que podían malinterpretarse, que con el tiempo probablemente se malinterpretarían.

y me dijo, “Uno protege a los suyos como puede, Carmen, con las herramientas que tiene. Y a veces esas herramientas no son perfectas, pero el amor detrás de ellas sí lo es.” Le pregunté si quería que se lo dijera a alguien, si quería que yo transmitiera algo. Me miró un momento y me dijo, “No, algunas cosas hay que dejarlas reposar.

El tiempo las pone en su sitio o no las pone, pero ya no depende de mí. Eso me lo llevo desde entonces.” esa frase entera, porque hay una resignación en ella que no es rendirse, es soltar. Y soltar cuando has luchado toda la vida es algo muy difícil de entender si no lo has visto de cerca. Hubo una tarde, creo que cuatro o cinco días antes del final, que estábamos las dos solas y ella me pidió que le pusiera música.

tenía un pequeño aparato en la mesilla y así le pregunté qué quería escuchar. Me dijo, “Algo mío.” Le puse una canción, no voy a decir cuál, pero era una de las suyas, de las grandes, [música] de las que llenaban estadios. Y la escuchamos juntas en silencio, ella con los ojos cerrados y yo en mi silla, con la luz de la tarde entrando por la ventana.

Y cuando terminó sin abrir los ojos, me dijo, “Eso sí que era yo.” Tres palabras. Con todo lo que caben dentro de tres palabras cuando las dice alguien que sabe que ya no va a poder demostrar más quién es. No supe qué decir. Le cogí la mano y ella la apretó. Los últimos días fueron duros. Como siempre son duros los últimos días. El cuerpo va cediendo de formas que no tienen ninguna dignidad visible, pero que yo he aprendido a ver de otra manera.

Hay algo en ese proceso cuando uno lo ha acompañado muchas veces que deja de parecer solo deterioro y empieza a parecerse a algo más parecido a un tránsito, a un paso de un estado a otro. Ella pasó ese tránsito con una calma que me sorprendió. No hubo gritos, no hubo miedo visible, hubo momentos de incomodidad física que yo intenté aliviar lo mejor que supe, [música] pero en su cara, en lo poco que quedaba de expresión en aquellos últimos días, había algo que se parecía a la paz o por lo menos a la aceptación, que a veces [música] es lo más parecido a la paz que

se puede conseguir. La noche antes del final me quedé con ella hasta tarde, no porque hubiera indicios claros, sino porque lo sentía. Uno desarrolla eso con los años, una especie de conocimiento del cuerpo ajeno que no se explica del todo, pero que rara vez falla. Estaba muy quieta.

Respiraba con dificultad, pero de manera regular. Y en un momento, sin que yo hubiera dicho nada, abrió los ojos, me miró y me apretó la mano con esa fuerza que ya te conté, esa fuerza que no esperaba, y me dijo algo, algo que llevo dentro desde entonces y que tardé mucho tiempo en entender del todo. Me dijo, “Cuide a los suyos, Carmen.

Cuídelos, aunque no se lo pidan, aunque no lo vean, aunque no lo ha Cuídelos igual.” Lo dijo mirándome a los ojos y luego cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos. La mañana siguiente amaneció con mucho sol. Eso me acuerdo, que entré a la habitación a primera hora y la luz entraba de una manera que parecía mentira, de esa manera tan limpia que tiene la luz en Chipiona cuando el cielo está despejado del todo y la cama estaba ya vacía y ordenada, y el cuarto tenía ese silencio distinto que tienen las habitaciones cuando ya no hay nadie que

respirar dentro de ellas. Me quedé un momento en la puerta con las manos en los bolsillos del delantal, sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo cuando el trabajo ha terminado de esa manera. Luego me fui, recogí mis cosas, me despedí del personal que había en la casa y salí a la calle con el sol dándome de frente y la cabeza llena de todo lo que había pasado en aquellas semanas.

El camino de vuelta a Huelva lo hice casi en silencio. Mi marido conducía y yo miraba por la ventana sin ver nada de lo que pasaba fuera, pensando en ella, en esa fuerza inesperada en la mano, en aquella voz que ya era casi nada diciéndome algo que tardé tiempo en saber dónde colocar. Cuide a los suyos, Carmen. Cuídelos aunque no se lo pidan, aunque no lo vean, aunque no lo entiendan, cuídelos igual.

Esa frase durante semanas la tuve dando vueltas. Me despertaba por la noche pensando en ella. La escuchaba mientras hacía las cosas de la casa. Me acompañaba de una manera que no había tenido ninguna otra frase de ningún otro paciente en 42 años de trabajo. Y no porque fuera ella, o no solo por eso, sino porque había algo en aquellas palabras que iba más allá de lo que parecía a primera vista.

Cuídelos, aunque no lo entiendan. Esa parte, esa parte era la que no me dejaba, porque una que ha cuidado a mucha gente en sus últimos días sabe que las personas en ese momento no hablan al azar. Cada palabra que se gasta es una palabra elegida. El cuerpo ya no tiene energía para lo que no importa. Solo queda lo que importa de verdad.

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