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LA MASACRE DE LAS BANANERAS – EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ EN COLOMBIA

Hay lugares que guardan silencio de una manera distinta,  no el silencio de la calma, no el silencio de la paz, sino ese otro silencio, el que queda cuando algo ha sucedido y nadie quiere nombrarlo. La estación de tren de Ciénaga, en el departamento del Magdalena Colombia, diciembre de 1928. Imagina ese espacio, los andenes de madera, el calor húmedo del Caribe pegado a la piel, el olor a tierra,  a sudor, a fruta madura que se pudre lentamente bajo el sol y la gente, miles de personas reunidas

allí, hombres con sombreros de paja, mujeres con niños en brazos, trabajadores que llevan semanas durmiendo a la intemperie,  esperando una respuesta que no llega, esperando que alguien al otro lado del poder los escuche. No llegaban armados, no llegaban con  rabia ciega, llegaban con algo más difícil de sostener que la rabia y llegaban con esperanza.

Y esa esperanza, esa reunión,  ese momento tan humano, tan comprensible, se convertiría en uno de los episodios más oscuros, más debatidos y más silenciados de la historia colombiana  del siglo XX. Hoy vamos a hablar de lo que ocurrió allí, no con sensacionalismo, no con versiones simplificadas, sino con la frialdad necesaria para entender cómo un país puede  voltearse contra sus propios trabajadores y cómo esa decisión puede perseguirlo durante décadas.

Esto es la masacre  de las bananeras y la historia comienza mucho antes de esa noche de diciembre. Para entender lo que pasó en Ciénaga, hay que retroceder. Hay que mirar el mapa de Colombia a finales del siglo XIX y principios del XX. Y hay que entender que estaba ocurriendo en la región que los colombianos llamaban la zona bananera.

La región del Magdalena en el norte del país, era entonces  un territorio que combinaba una fertilidad extraordinaria con una pobreza igual de extraordinaria, tierras ricas, gente pobre, una ecuación que en la historia latinoamericana  se repetiría hasta el cansancio. Y en ese escenario apareció ella, la United Fruit Company.

El nombre no necesita demasiada introducción  para quienes conocen la historia de América Latina. Pero conviene detenerse en ella  porque es imposible entender la masacre sin entender primero la naturaleza de esta empresa. La United Fruit Company fue fundada en 1899  en los Estados Unidos, fruto de la fusión de varias compañías bananeras que ya operaban en el Caribe  y en Centroamérica.

Desde sus inicios no fue simplemente una empresa agrícola, fue en muchos sentidos un estado dentro de los estados en los que operaba. Eh, su poder era de una escala difícil de dimensionar hoy en día. Controlaba tierras, controlaba ferrocarriles, controlaba puertos, controlaba los flujos de comunicación telegráfica en varias regiones.

Tenía sus propias flotas de barcos, sus propias tiendas, sus propios hospitales, sus propias escuelas. Y tenía sobre todo algo que pocas empresas privadas han  tenido en la historia moderna, la capacidad de presionar directamente a gobiernos soberanos. para obtener lo que necesitaba. En Colombia, la United Fruit Company llegó a principios del siglo XX y se instaló en la región del Magdalena con una rapidez que dejó perplejos a muchos observadores.

En pocos años transformó la zona en lo que ella misma llamaba su zona bananera, una extensión de plantaciones que producían banano de exportación  para los mercados norteamericanos y europeos. Las cifras de producción eran impresionantes. Los trenes cargados de fruta recorrían las vías  que la propia compañía había construido.

Los barcos salían cargados desde el puerto de Santa Marta. El dinero fluía, pero no hacia Colombia o más precisamente no hacia los colombianos que hacían posible todo aquello. Los trabajadores de la zona bananera vivían en condiciones que hoy resultarían  inconcebibles en cualquier debate sobre derechos laborales, pero que en el contexto de principios del siglo XX eran,  lamentablemente, bastante comunes en las regiones controladas por capital extranjero en América Latina.

trabajaban  bajo un sistema de contratistas que los mantenía en una situación de ambigüedad jurídica permanente. La United Fruit Company no los contrataba directamente, los subcontrataba a través de intermediarios. Esto significaba en la práctica  que cuando los trabajadores reclamaban derechos laborales, la empresa podía decir con cierta precisión legal  que ellos no eran sus empleados.

Era una estructura diseñada no para producir banano,  sino para producir impunidad. No había contratos escritos claros, no había garantías de estabilidad, no había indemnizaciones en caso de accidente, no había cobertura médica digna  y lo que quizás más rabia generaba entre los trabajadores, no había  salarios en dinero real.

La compañía pagaba con vales, vales que solo podían ser usados en las tiendas de la propia compañía. un sistema circular cerrado que ataba al trabajador a la empresa de una manera que iba  más allá del contrato laboral. los hacía dependientes de ella para comer, para vestirse, para existir. Imagina eso por un momento.

Trabajas, te esfuerzas, produces riqueza que se embarca hacia otro continente y al final de la semana recibes un papel que solo sirve para comprarle a tu empleador lo que necesitas para seguir trabajando para él. No es esclavitud en el sentido legal del término, pero se le parece. Las viviendas eran precarias, barracones de madera sin ventilación compartidos por decenas de hombres.

El calor del Caribe convertía esos espacios en algo difícilmente habitable. Las enfermedades tropicales eran frecuentes. El paludismo, la fiebre amarilla, dolencias que en los países ricos de donde venía el capital  ya habían encontrado respuesta, pero que en las plantaciones del Magdalena seguían cobrando vidas con regularidad.

Y cuando un trabajador enfermaba gravemente, las opciones eran escasas. Los hospitales de la compañía existían, sí, pero eran para los empleados de rango superior. Para los trabajadores de base, la enfermedad era con frecuencia sinónimo de pérdida del trabajo, sin más. Todo esto generaba una olla a presión y las ollas  a presión tarde o temprano explotan.

Pero antes de llegar a la explosión, hay que hablar  de quiénes fueron los hombres y mujeres que decidieron organizarse, porque la huelga de 1928  no surgió de la nada, no fue un estallido irracional de furia, fue el resultado de años de organización lenta, cuidadosa, peligrosa.

El movimiento obrero en Colombia, aunque joven e incipiente comparado con sus pares europeos o norteamericanos, había ido creciendo en las primeras décadas del siglo XX. Las ideas socialistas, anarquistas y sindicalistas llegaban desde Europa  y desde otros países latinoamericanos. Los trabajadores colombianos comenzaban a conocer conceptos como el derecho a huelga, el contrato colectivo, la jornada laboral limitada.

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