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Cinco primos desaparecieron mientras cruzaban un puente en 1990 — 34 años después alguien lo pintó de rojo

Yo tenía nueve años cuando mis primos desaparecieron.

Nueve años y fiebre.

Esa fue la razón por la que no crucé el puente con ellos aquella noche. No porque fuera más listo, ni porque alguien me protegiera de una manera especial, ni porque el destino me eligiera para contar la historia después. Nada tan poético. Tenía fiebre, la garganta inflamada y mi madre me obligó a quedarme en casa mientras los demás bajaban a la verbena de San Roque.

A veces la vida se decide por cosas tan tontas como unas décimas de temperatura.

Lo he pensado muchas veces. Demasiadas. Si aquel termómetro hubiera marcado menos, yo habría ido con ellos. Habría cruzado el puente. Habría desaparecido también. O quizá no. Quizá mi presencia habría cambiado algo. Quizá habríamos ido más despacio, o más deprisa, o habríamos parado a atarnos una zapatilla, o habríamos discutido en mitad del camino y el desastre habría pasado de largo.

Esa clase de pensamiento no sirve para nada, pero acompaña. Se instala en la cabeza como una gotera. De día no siempre la oyes. De noche sí.

El pueblo se llamaba Valdelagua, aunque agua había más bien poca en verano. Estaba en una comarca del norte que la gente de fuera confundía siempre con otra provincia. Casas de piedra, tejados de pizarra, huertos pequeños, bares donde los hombres hablaban de cosechas aunque ya casi nadie viviera de la tierra. Un sitio bonito si ibas de paso. Un sitio asfixiante si nacías allí y todos sabían de quién eras hijo antes de aprender tu nombre.

El Puente de la Culebra era el paso más corto entre el barrio viejo y la zona de las eras, donde se montaban las atracciones durante las fiestas. No era un puente grande, pero para nosotros, de niños, parecía una frontera. De un lado estaba la vida normal: la panadería, la escuela, la casa de los abuelos, las broncas de las madres, los deberes sin hacer. Del otro lado estaba la verbena: luces de colores, tómbola, churros, música mala, petardos y esa sensación de libertad que a los diez años te parece enorme aunque solo estés a trescientos metros de casa.

Mis primos eran cinco.

Lucía tenía diecisiete y caminaba siempre como si llevara prisa por llegar a una vida distinta. Quería estudiar Enfermería en Oviedo. Decía que en Valdelagua todos envejecían mirando por la ventana y ella no pensaba hacerlo.

Mateo, de quince, era callado y bueno con las manos. Arreglaba bicicletas, radios, persianas. Si algo se rompía en casa de los abuelos, mi abuela no llamaba a un técnico: llamaba a Mateo.

Inés tenía catorce y una lengua rápida. Se reía de todo, se metía con todos, pero era la primera en defender a cualquiera si veía una injusticia. Mi madre decía que Inés tenía “fuego en los huesos”.

Samuel, de doce, era el miedoso del grupo, aunque odiaba que se lo dijeran. Le daban miedo los perros grandes, los truenos y las películas de fantasmas, pero no soportaba quedarse atrás.

Y Nico, el pequeño, tenía ocho años. El más pequeño de todos. Llevaba siempre un cochecito verde en el bolsillo y preguntaba cosas que dejaban a los adultos sin respuesta.

Eran primos entre ellos y primos míos. Pero en un pueblo pequeño, la palabra primo significa algo más. Significa pandilla, verano, meriendas compartidas, peleas tontas y secretos guardados detrás de una tapia.

La tarde del 14 de agosto de 1990 empezó como cualquier víspera de fiesta. Mi abuela Carmen preparó empanada. Mi abuelo Julián sacó sillas al patio. Las madres iban y venían con platos, vasos, servilletas. Los hombres hablaban del tiempo, del precio del gasóleo y de un camión rojo que llevaba varios días pasando por la carretera vieja a horas raras.

Recuerdo ese detalle porque mi tío Andrés lo dijo mientras partía pan:

—Ese Pegaso rojo no es de por aquí.

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