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66 años y Así es la vida de Marco Antonio Solís y su Mansión | Fortuna, Amores, Secretos y más

De niño quería ser payaso o en su defecto, humorista. Le fascinaba hacer reír a la gente, le encantaba el espectáculo, le atraía la idea de pararse frente a un público y provocar una reacción. No sabía todavía que esa reacción no sería la risa, sino las lágrimas, y que las provocaría no con chistes, sino con canciones. La música entró en su vida antes de que pudiera resistirla. Su padre tocaba.

En ário de Rosales, la música era parte del aire que se respiraba. Los fines de semana las plazas se llenaban de sonidos. Los domingos después de misa, la gente cantaba y el niño Marco Antonio absorbía todo. Cada melodía, cada ritmo, cada acorde que escuchaba se quedaba grabado en su cabeza como una fotografía sonora.

A los 10 años, en 1970, hizo algo que cambió el rumbo de su vida para siempre. formó un dueto musical con su primo Joel Solís, lo llamaron los hermanitos Solís y después el dueto Solís. Eran dos niños con guitarras, nada más, sin equipo, sin micrófono, sin amplificadores, solo dos guitarras y dos voces que se complementaban con una naturalidad que no se podía enseñar.

Se paraban en la plaza principal de Ario de Rosales y tocaban para los transeútes. La gente se detenía, los miraba, dejaba monedas y esos dos niños de apenas 10 y 11 años cautivaban a los caminantes con un innato amor por la música y unas voces privilegiadas que no correspondían con su edad. Y entonces, a los 12 años, Marco Antonio y Joel hicieron algo que requiere una valentía que la mayoría de los adultos no tienen.

Se fueron a la ciudad de México solos. Dos niños de un pueblo de Michoacán, sin dinero, sin contactos, sin nadie que los esperara, tomaron un autobús y se fueron a la capital a buscar una oportunidad. ¿Te imaginas? Dos niños de 12 años llegando a la ciudad de México con una guitarra cada uno y el sueño de ser músicos, sin saber a dónde ir, sin saber a quién hablarle, sin saber cómo funciona la industria, solo con la certeza de que en su pueblo no iba a pasar nada y de que si querían ser alguien tenían que irse.

Se presentaron en el popular programa de televisión siempre en domingo, conducido por Raúl Velasco bajo el nombre de los soles Tarascos. Era 1971. La aparición les dio visibilidad, pero no contratos. Nadie les abrió la puerta, nadie les ofreció un disco, nadie los tomó en serio. Eran dos niños más de los cientos que llegaban a la capital cada semana buscando el mismo sueño imposible y empezaron a tocar puertas.

Literalmente iban de disquera en disquera, de oficina en oficina, de productor en productor. Buenas tardes, somos los hermanitos Solís. Queremos grabar un disco. Y la respuesta era siempre la misma. No, vuelvan después. No nos interesa. Son muy jóvenes. No tienen experiencia. No, no, no. Dos años.

Durante 2 años Marco Antonio y Joel tocaron puertas sin que nadie les abriera. 2 años de rechazos, 2 años de dormir quién sabe dónde, 2 años de comer lo que podían, 2 años de esa humillación silenciosa que sufren los artistas jóvenes cuando el mundo les dice que su sueño no vale nada. Pero no se rindieron. Y en 1972, después de dos años de escuchar, no encontraron un sí.

Un hombre llamado Ignacio Morales, dueño de discos Melody, los escuchó en una audición y algo en esos dos adolescentes lo convenció. Quizá fue la voz de Marco Antonio, quizá fue la persistencia, quizá fue la intuición de un empresario que sabía reconocer el talento bruto cuando lo tenía enfrente. Sea lo que haya sido, Morales les dijo que sí.

Les ofreció un contrato, pero les cambió el nombre. Los hermanitos Solís no funcionaba. Necesitaban algo más. memorable y morales los bautizó como los bukis. Buki, una palabra que en lengua yaki, la lengua de los pueblos del noroeste de México, significa niño. Los niños, eso eran, dos niños que habían conquistado a un productor con nada más que sus guitarras y su terquedad.

En 1973 salió al mercado su primer álbum, Jugando con las estrellas. 10 temas, la mitad compuestos por Marco Antonio. A los 13 años ya estaba componiendo las canciones de su propio disco. Eso no era normal. Eso no es normal en ningún contexto. Un adolescente de 13 años escribiendo letras que un estudio de grabación consideraba lo suficientemente buenas para publicar.

Eso era talento puro, sin filtro, sin academia, sin maestro que le enseñara. Solo un niño de Michoacán que escuchaba música en la plaza de su pueblo y que de alguna manera podía crear la suya propia. Pero el disco no vendió mucho. Ni el segundo, te tuve y te perdí. Ni el tercero, los bookies existían, pero no explotaban. Eran un dueto que tocaba en bares, en el metro de Tacuba, en las carretas, abriendo para grupos más famosos.

ganaban poco, comían menos y la tentación de rendirse estaba ahí constante, como un zumbido que no se apagaba. Pero Marco Antonio tenía algo que la mayoría de los artistas no tienen. Visión. Sabía que un dueto no era suficiente, que necesitaban más instrumentos, más sonido, más potencia, que para competir con los grandes necesitaban convertirse en un grupo completo.

Y empezó a buscar músicos. Poco a poco la formación fue creciendo. Eusebio el Chivo Cortés llegó al bajo en 1978. Roberto Guadarrama a los teclados en 1979. Javier Solís a las percusiones en 1980. Pedro Sánchez a la batería en 1981. José Pepe Guadarrama a los segundos teclados en 1987. Cada nuevo integrante añadía una capa de sonido.

Cada músico aportaba algo diferente y Marco Antonio, con una capacidad de dirección musical que no había aprendido en ninguna escuela, iba moldeando el sonido hasta convertirlo en algo que no se parecía a nada que México hubiera escuchado antes. Los bukis no eran norteños, no eran cumbieros, no eran baladistas, eran otra cosa. Eran una fusión que no tenía nombre.

Tomaban la balada romántica y la vestían con instrumentos modernos. Tomaban la cumbia y le quitaban lo cursy. Tomaban el pop y le ponían tierra mexicana. Crearon un género que después se llamaría grupero, pero que en realidad era simplemente la música de Marco Antonio Solís interpretada por un grupo de amigos que creían en él.

Y en 1986, después de más de una década de trabajo, de giras por pueblos pequeños, de dormir en camionetas, de comer tacos de canasta entre presentación y presentación, llegó la canción que lo cambió todo. Tu cárcel. Cuatro acordes. Una letra que describía el dolor de amar a alguien que te tiene preso emocionalmente.

Una voz que temblaba en los momentos exactos y una melodía que era tan simple y tan perfecta que parecía haber existido siempre, como si Marco Antonio no la hubiera compuesto, sino descubierto. Tu cárcel no fue solo un éxito, fue un terremoto. El disco que la contenía. Me volví a acordar de ti. Rompió récords al vender más de un millón y medio de copias y le otorgó a los bookies algo que ningún artista de habla hispana había recibido antes.

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