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Chica De Medellín Se Casó Con Estadounidense Viejo Por Dinero — Encontrado Muerto Dos Días Después

Dos semanas después, Richard Kalahan fue encontrado muerto en ese mismo apartamento. El cuerpo fue descubierto un miércoles a las 11 de la mañana por doña Carmensa, la señora del aseo que subía cada tercer día al apartamento 12B del edificio Las Palmas en el sector de Manila, en el poblado. Llamó al número de emergencias con la voz quebrada y las manos apoyadas contra el marco de la puerta, sin entrar, como si cruzar ese umbral la convirtiera en parte de algo que no quería que le perteneciera.

Los primeros agentes de la Policía Nacional llegaron 16 minutos después. Richard Kalahan estaba tendido en la cama, vestido con ropa de dormir, con la cabeza apoyada sobre la almohada, en una posición que desde la puerta podría haberse confundido con sueño profundo. No había señales visibles de violencia. La habitación estaba ordenada.

 El vaso de agua sobre el velador a medio tomar. El celular sobre la mesa de noche con la pantalla apagada, la ventana entreabierta dejaba entrar el ruido sordo del tráfico de avenida El poblado. El médico legista, que llegó junto al equipo de criminalística, estableció en valoración preliminar que la muerte había ocurrido entre 36 y 48 horas antes.

Eso situaba el momento aproximado entre el lunes en la noche y el martes al amanecer. Valentina había salido del apartamento el lunes al mediodía. Así lo declaró ella misma cuando los investigadores la contactaron esa misma tarde. Dijo que habían discutido, que Richard se había puesto difícil desde la semana anterior, más callado, más cerrado, que llevaban días durmiendo con una distancia entre los dos que ninguno había nombrado todavía.

 que ella salió a caminar, que fue a visitar a su madre en la ladera, que se quedó allá esa noche porque no quería volver con ese ambiente pesado, que al día siguiente intentó llamarlo dos veces y que él no contestó y que eso le pareció raro, pero tampoco la sorprendió porque Richard tenía la costumbre de apagar el teléfono cuando quería estar solo.

 La declaración fue recibida con cortesía y registrada con atención. El investigador asignado al caso, el subintendente Jorge Arbeláez, de la Sigin, la seccional de investigación criminal de la policía, era un hombre metódico que llevaba 17 años trabajando homicidios en Medellín y que había aprendido a desconfiar exactamente de los relatos que sonaban demasiado coherentes.

La historia de Valentina sonaba demasiado coherente. Los registros de la empresa administradora del edificio mostraban que su tarjeta de acceso había sido usada para ingresar al apartamento el lunes a las 10:47 de la noche, 5 horas después de que ella afirmó haber salido. La cámara del pasillo del piso 12, sin embargo, tenía un ángulo muerto justo frente a la puerta 12B.

El ingreso quedó registrado en el sistema electrónico, pero no en ninguna imagen. Cuando Arbeláez le señaló esa discrepancia, Valentina no titubeó. dijo que sí, que había vuelto al apartamento esa noche, que se le había olvidado mencionarlo, que entró, que Richard estaba dormido, o al menos eso creyó, que tomó unas cosas que necesitaba y que se fue sin despertarlo, que no encendió la luz del cuarto para no molestarlo, que salió antes de la medianoche.

 El registro mostraba una salida a las 11:23 de la noche. Eso cuadraba. Pero la toxicología contaría otra historia. El informe del Instituto Nacional de Medicina Legal llegó 4 días después del hallazgo del cuerpo. La causa de muerte fue establecida como paro cardiorrespiratorio inducido por depresión severa del sistema nervioso central.

 En la sangre de Kalahan se encontró una concentración de Alprasolam, benzodiacepina de acción rápida, comúnmente conocida como Shanax. muy por encima del rango terapéutico, lo suficiente para producir sedación profunda en una persona de su peso, no letal por sí sola, pero sí combinada con una segunda sustancia, alcohol etílico en nivel moderado, que había actuado como potenciador.

 Calahan no tenía prescripción médica para Alprazolam. Su médico en Tucon, contactado por las autoridades colombianas a través del consulado, confirmó que Richard padecía hipertensión leve y colesterol elevado, pero que nunca le había recetado ansiolíticos. El registro de medicamentos del apartamento no incluía pastillas de ese tipo entre sus pertenencias.

 Arbeláz solicitó los extractos bancarios de la cuenta colombiana que Kalahan había abierto en Bancolombia tres meses atrás para manejar sus gastos locales. Valentina figuraba como beneficiaria autorizada desde el momento del matrimonio. Los movimientos de las últimas seis semanas mostraban retiros en efectivo regulares desde cajeros del poblado en montos que individualmente parecían razonables, pero que acumulados representaban cerca de 4 millones de pesos por mes, aproximadamente $,000 extraídos siempre en dos o tres

operaciones separadas dentro del mismo día. Además de esa cuenta, Kalahan tenía activos en Estados Unidos, una cuenta de inversión en Charles Schwab y una póliza de seguro de vida. El nombre del beneficiario en ambas había sido actualizado tres semanas antes de su muerte. La nueva beneficiaria era Valentina Osorio de Calaján.

Subintendente Arbeláez cerró la carpeta, se sirvió un tinto de la máquina del pasillo y volvió a su escritorio. Miró por la ventana hacia el cerro tutelar que dominaba el oriente de la ciudad, siempre verde, siempre quieto. Luego abrió el computador y empezó a redactar la solicitud de orden de captura. La captura de Valentina Osorio se realizó sin resistencia un jueves al amanecer en la casa de su madre, en la parte alta de la comuna 13, en el sector conocido como El Salado.

 Cuatro agentes de la Sijín subieron a pie los últimos tramos porque las callejuelas de ese sector no tenían espacio para los vehículos. Llegaron cuando el cielo todavía estaba morado y las primeras arepas del día empezaban a oler desde las casas vecinas. Valentina abrió la puerta antes de que tocaran como si los esperara. Vestía ropa interior y una sudadera de la Universidad de Antioquia que nunca había cursado.

 Se dejó esposar sin pronunciar palabra. Su madre, una mujer de cabello entre cano y manos ásperas llamada Nubia, observó la escena desde el corredor con los brazos cruzados sobre el pecho, sin llorar, con esa expresión particular que desarrollan las personas que han visto demasiadas cosas difíciles como para que una más derrumbe.

En el trayecto hacia la sede de la Sillin en el centro, Valentina no habló. Miró por la ventanilla el perfil de la ciudad que despertaba. Los buses articulados del metro cable bajando cargados desde la ladera, los vendedores instalando sus puestos en las esquinas. Medellín entera moviéndose con la indiferencia enorme que tienen las ciudades grandes ante los dramas individuales.

 La audiencia de imputación de cargos se realizó dos días después ante un juez de control de garantías. La fiscalía le imputó homicidio agravado con circunstancias de mayor punibilidad, específicamente por haberse cometido dentro de una relación conyugal y con un método que implicó indefensión de la víctima.

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