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CASO PERTURB*DOR EN COLOMBIA: Relación De Tres, Los Celos Terminaron En Muerte Y Una Cadena Perpetua

Pero Andrés leía entre líneas lo que no estaba escrito. Interpretaba cada respuesta como una señal de que el hilo seguía intacto. Cuando ella tardaba en contestar, él enviaba otro mensaje. Cuando ella no contestaba, enviaba tres. Con el paso de las semanas, el tono fue cambiando. Las preguntas se volvieron más directas, que con quién salía, que por qué había publicado esa foto en redes sociales, que quién era el hombre que aparecía en el fondo de una imagen que ella había subido desde un café.

Valeria dejó de responder. Andrés interpretó el silencio como una provocación. En febrero, sin avisar, apareció en Bogotá. No llamó antes, no anunció su llegada. Tomó un bus desde la terminal de Medellín un jueves por la tarde y llegó a la capital entrada la noche. Se instaló en un hostal del barrio Santa Fe y al día siguiente se presentó en el edificio donde vivía Valeria en la Soledad con una bolsa de fruta y la excusa de que estaba en la ciudad por un asunto de negocios.

Valeria lo recibió en la entrada sin invitarlo a subir. La conversación duró menos de 20 minutos y terminó con ella pidiéndole que no volviera a presentarse sin avisar. Andrés bajó las escaleras del edificio con la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos. esa noche le envió un mensaje largo. En él le reclamaba que lo había tratado como a un extraño, que después de dos años de relación merecía al menos una conversación real.

Le decía que sabía que había alguien más, que no era tonto, que podía verlo en la forma en que ella lo miraba, le pedía que fuera honesta, le exigía que fuera honesta. El tono oscilaba entre el ruego y el reclamo con una velocidad que resultaba perturbadora. Valeria le respondió esa vez. Le dijo que sí, que estaba conociendo a alguien, que eso era parte de su derecho y que él necesitaba aceptar que habían terminado.

Andrés no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, horas después, [música] el mensaje era breve. Está bien, pero esto no termina así. Diana, la amiga de los tiempos de Medellín, supo de la visita por una llamada que Valeria le hizo esa misma noche. Le contó lo ocurrido con voz tranquila, pero con esa clase de calma que en realidad es tensión contenida.

Diana le dijo que debía guardar todos los mensajes, que debía documentar cada contacto no solicitado. Valeria le dijo que no quería hacer un escándalo, que Andrés era intenso, pero que no creía que fuera a hacer algo. Diana no dijo nada más esa noche, pero tampoco dejó de pensar en eso. Mateo supo de la existencia de Andrés en esos días.

Valeria se lo contó con la misma honestidad con que lo contaba todo, sin dramatismo, pero sin omitir los detalles importantes. Mateo escuchó, preguntó lo necesario y le dijo que si en algún momento se sentía insegura, debía decírselo. No reaccionó con celos ni con territorialismo. Esa serenidad que a Valeria le parecía tan distinta de lo que había conocido antes, era también lo que más apreciaba de él.

Marzo llegó con los cerezos del Parque Nacional en flor y con una calma aparente que duró exactamente tres semanas. Luego Andrés volvió a aparecer. Esta vez no fue al edificio, se limitó a estar. Una tarde Valeria lo vio desde la ventana del café donde solía trabajar, parado en la acera de enfrente, mirando hacia adentro. Cuando ella salió, él ya no estaba.

Esa noche recibió un mensaje que decía solamente, “Te ves bien.” El miedo no llegó de golpe. Llegó así, en acumulación, en la suma de pequeñas certezas que se van apilando hasta que el peso ya no puede ignorarse. Valeria empezó a mirar hacia atrás cuando caminaba. Empezó a cerrar las cortinas antes de lo habitual.

le cambió la contraseña a sus redes sociales y activó la verificación en dos pasos en todas sus aplicaciones. El jueves 14 de abril, Valeria habló con su madre por videollamada. Le contó que el invierno bogotano estaba especialmente inclemente ese año, que el apartamento se ponía frío desde temprano y que había comprado una cobija nueva para el sofá.

Su madre le preguntó cómo estaba. Valeria dijo que bien, [música] que un poco cansada, pero bien. Le preguntó por Mateo y ella sonrió. Esa sonrisa fue lo último que su madre vio antes de que la llamada terminara con un abrazo prometido para las vacaciones de mitad de año. Tres días después, el domingo 17 de abril, Valeria dejó de contestar mensajes.

El domingo 17 de abril comenzó como cualquier otro domingo en el barrio La Soledad. Los vendedores ambulantes instalaban sus puestos sobre la avenida Chile. El olor a pan, recién horneado salía de la panadería de la esquina y los perros del vecindario hacían su ronda matutina con la libertad que solo existe en las mañanas de fin de semana.

Valeria no apareció en ninguna de esas escenas. Su puerta permaneció cerrada, sus cortinas quietas. Mateo fue el primero en notarlo. Habían quedado en encontrarse ese domingo al mediodía para caminar por el parque Elvirrey y almorzar en un pequeño restaurante de cocina nariñense que ella quería conocer desde hacía semanas.

A las 12:15 le envió un mensaje preguntando si ya estaba lista. No obtuvo respuesta. A la 1 de la tarde llamó. El teléfono sonó varias veces y pasó al buzón de voz. Esperó media hora y volvió a intentarlo. Mismo resultado. Mateo fue hasta el edificio. La portera, una señora de unos 60 años llamada Cecilia, le dijo que no había visto salir a Valeria esa mañana.

Tampoco la había visto bajar a recoger el periódico, cosa que hacía casi todos los domingos antes de las 9. Mateo subió hasta el cuarto piso y tocó la puerta del apartamento 402. Nadie abrió, pegó el oído a la madera y no escuchó nada. Bajó de nuevo, le dejó su número a Cecilia y le pidió que le avisara si Valeria aparecía.

Pasó el resto de la tarde en un estado de inquietud que intentó calmar sin éxito. Al día siguiente, lunes, Valeria no llegó a trabajar. Su jefa en la agencia de comunicaciones, una mujer llamada Lorena Pedraza, la llamó a las 9 de la mañana al no verla conectada en la plataforma del equipo. El teléfono siguió sin respuesta.

A las 11, después de que varios compañeros confirmaran que tampoco habían tenido noticias de ella, Lorena decidió contactar a Mateo, cuyo número tenía guardado desde una reunión social de la empresa meses atrás. Fue Mateo quien llamó a Diana esa tarde. Le contó lo que estaba pasando con la voz de quien todavía espera que todo tenga una explicación sencilla.

Diana no lo dejó terminar. le dijo que llamara a la policía. Le dijo que esto no era normal, que Valeria no era el tipo de persona que desaparece sin decirle nada a nadie y que si Andrés Castaño había estado rondando en las semanas anteriores, no había ninguna razón para esperar más. La denuncia por desaparición fue radicada esa misma tarde en la Sijin, la seccional de investigación criminal de la Policía Nacional con sede en Bogotá.

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