
¿Cómo es posible que una figura que hace pocos años parecía destinada a ser una voz disidente en el Congreso hoy se perfile como el favorito indiscutible de las mayorías? La respuesta no reside en estrategias de marketing sofisticadas ni en presupuestos millonarios de publicidad. La respuesta, curiosamente, está en la calle, en el panal de huevos que sube de precio, en la angustia del ciudadano que busca una pensión digna y en la sensación de que, por primera vez, el discurso político se alinea con la realidad del hogar colombiano.
La burbuja que estalló
Durante décadas, la política colombiana se cocinó en una burbuja. Los candidatos desfilaban por los estudios de televisión, las encuestas se ajustaban para favorecer a los ungidos y los debates se limitaban a un intercambio de frases preparadas que poco decían sobre los problemas reales de la gente. Pero esa burbuja ha comenzado a desinflarse. Y lo que ha quedado al descubierto es una desconexión total entre quienes aspiran al poder y quienes realmente lo otorgan: los ciudadanos.
Hoy, la oposición se encuentra en un estado de desespero palpable. Las últimas mediciones, incluso aquellas provenientes de medios que no suelen ocultar sus simpatías hacia el establecimiento, muestran una tendencia que se ha vuelto una pesadilla para ellos: el ascenso imparable de Iván Cepeda. No es un margen estrecho de error estadístico; es una brecha que se ensancha cada semana. En todos los escenarios, en todas las regiones, ante cualquier contrincante, la intención de voto parece volcarse hacia una misma dirección.
Lo que más duele a la vieja guardia política no es solo la derrota en los números. Es la pérdida del control de la narrativa. Durante años, pudieron dictar qué temas eran importantes y cuáles no. Podían agitar el miedo, inventar fantasmas y moldear la opinión pública a su antojo. Pero hoy, la gente ya no es boba. El ciudadano promedio, armado con su propia experiencia y acceso a información diversa, ha aprendido a distinguir entre el discurso cínico y el trabajo coherente.
Qué sucede cuando el miedo deja de funcionar?
El manual del político tradicional siempre tuvo un capítulo dedicado al miedo. “Si votan por ellos, el país se acaba”, “se viene la expropiación”, “el dólar va a llegar a las nubes”. Eran los pilares de su campaña. Y funcionó, durante mucho tiempo. Pero después de años de ver que el dólar baja, que la economía se mueve y que el país no se ha desmoronado, el miedo se convirtió en un recurso agotado.
Hoy, cuando una figura de la oposición sale a gritar que el apocalipsis está a la vuelta de la esquina, la gente simplemente cambia de canal o se ríe. La deformación de la realidad que intentan vender se ha vuelto caricaturesca. ¿Qué siente un ciudadano cuando ve a alguien que ayer defendía políticas de austeridad hoy llorar porque el dólar está barato y le permite comprar más cosas? Siente desprecio por el cinismo.
El peso de la historia y el costo de la pensión
Más allá de los titulares, lo que realmente impulsa este fenómeno son los datos duros de la vida cotidiana. La realidad de que solo una minoría de los colombianos logra acceder a una pensión digna no es un número frío en un informe del DANE; es el drama de millones de familias que ven cómo su vida laboral se diluye sin seguridad para la vejez. Este gobierno ha puesto sobre la mesa, por primera vez, la necesidad de corregir estas distorsiones históricas.
Los uribistas, muchos de ellos ciudadanos de estratos populares que por años votaron en contra de sus propios intereses bajo la influencia de una retórica incendiaria, están comenzando a despertar. Se dan cuenta de que, cuando se aplican políticas que benefician al asalariado, que impulsan el salario mínimo y que protegen el empleo, su vida mejora, independientemente de quién esté en el poder. Y ese es un aprendizaje que ninguna campaña de desprestigio puede borrar.
El desespero de los candidatos tradicionales es natural. Sienten que el suelo se les mueve. Vemos a figuras que, en otro tiempo, se sentían invencibles, ahora tratando de buscar aliados, de cambiar sus posturas y de intentar imitar el lenguaje de la gente común, sin éxito. Es una actuación desesperada para intentar recuperar una legitimidad que perdieron hace tiempo.
La democracia no es un teatro de sombras
Lo más valioso que deja este proceso —y que a veces pasamos por alto en medio de la polarización— es que Colombia es hoy un país más democrático. Incluso aquellos que detestan profundamente las ideas del actual gobierno deben admitir que se ha generado un debate nacional como nunca antes. Cada esquina, cada bus, cada panadería se ha convertido en una tribuna de discusión. La gente ya no es pasiva. La gente opina, cuestiona y, sobre todo, participa.
Petro, independientemente de los resultados finales, ha logrado una hazaña: despertar al ciudadano anestesiado. Y ese despertar tiene consecuencias. Cuando la gente se informa, cuando la gente comprende que el desarrollo del país depende de la equidad y no del privilegio de unos pocos, el voto se convierte en un arma poderosa.
Frente a este escenario, los intentos de la oposición por deslegitimar el proceso mediante encuestas amañadas o narrativas de fraude preventivo parecen, más que nunca, los pataleos de un sistema que se niega a morir. Pero la historia no se detiene por los deseos de una élite. La historia se mueve hacia donde la mayoría decide que debe ir.
¿Hacia dónde vamos?
Estamos a las puertas de una elección que definirá el carácter de nuestra nación por las próximas décadas. El fenómeno que estamos viendo es una señal de esperanza para quienes creen que un país más justo es posible. Pero también es un reto para la ciudadanía. La responsabilidad de proteger este despertar recae en cada uno de nosotros.
