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VÍCTOR RABANALES: el CAMPEÓN MEXICANO que LO PERDIÓ TODO por un VOLCÁN

Lo primero que hizo cuando llegó la primera bolsa importante fue mandar dinero a Ciudad Hidalgo. Sus papás recibieron por primera vez un fajo de billetes que les permitió arreglar la casa, poner un techo decente, comprar muebles nuevos. Su mamá lloró. Su papá le dio un abrazo seco de esos que no se sueltan fácil. El muchachito que de niño caminaba descalzo entre cultivos de maíz, ahora podía mantener a su familia con sus propios puños.

Pero junto con el dinero empezaron a aparecer las personas. Promotores con sonrisas demasiado amables, apoderados con trajes demasiado caros, abogados que aseguraban poder manejarle todo. Víctor, que apenas sabía leer un contrato porque su escuela había sido el monte, firmaba donde le decían que firmara. confiaba en los apretones de mano y ahí, sin que nadie lo notara todavía, empezó a abrirse el primer hueco por donde se le escaparía una fortuna entera.

En diciembre de 1989, Víctor tuvo su primera oportunidad real de pelear por un cinturón mundial. El rival era Raúl Gíbaro Pérez, un peligrosísimo boxeador que ostentaba el título gallo del Consejo Mundial de Boxeo. Víctor llegó al ring con la confianza de quien viene invicto, pero esa noche, frente a un campeón experimentado y con todas las trampas del boxeo profesional aplicadas en su contra, perdió.

Salió del ring con el rostro magullado y sobre todo con el orgullo destrozado, pero el lacandón no era de los que se rinden. Volvió a Ciudad Hidalgo unos días, comió frijoles con su mamá y regresó al gimnasio con una furia distinta. Madrugadas frías subiendo cuestas, doble jornada de costal, sparring con rivales más grandes y más pesados que él.

Por lo tanto, cuando le tocó subir al ring otra vez, ese muchacho ya no era el mismo. Era más rápido, más seco, más calculador. Y en cada knockout, los promotores empezaron a entender una cosa, que tarde o temprano a La Candón le iba a tocar otra vez una pelea mundial y esta vez no la iba a dejar escapar.

Mientras tanto, su entorno seguía creciendo. Más amigos, más fiestas, más invitaciones a restaurantes de moda. Empezaron a gustarle los trajes nuevos, los relojes brillantes y los autos lujosos. Pronto vas a descubrir como cada uno de esos pequeños lujos terminó siendo una grieta por donde se le escapaba el dinero sin que él se diera cuenta.

A finales de 1991 llegó la llamada que cambiaría su vida. El Consejo Mundial de Boxeo había definido un nuevo monarca en el peso gallo, Joichiro Tatsuyoshi, un japonés de 22 años, invicto, querido por su país como si fuera una mezcla de cantante de moda y héroe deportivo. Katsuyoshi tenía detrás de él un imperio entero, patrocinios millonarios, cadenas de televisión, aficionados que pagaban lo que fuera por verlo pelear y el consejo había decidido algo que pocos esperaban.

El siguiente rival oficial de Tatsuyoshi sería el chiapaneco que apenas dos años atrás había caído frente a Raúl Pérez. El siguiente rival sería Víctor el Lacandón Rabanales. Para los japoneses, la pelea estaba prácticamente decidida antes del primer campanazo. Víctor era visto como un trámite, un nombre más en el récord del ídolo. Las casas de apuestas pagaban 10 a un a favor del japonés.

Pero lo que esos periódicos no contaron fue lo que la Candón estaba haciendo durante esos meses en un gimnasio modesto del centro de México. Entrenaba 10 horas al día, comía lo justo, dormía con la imagen de Tatsuyoshi pegada en la pared justo enfrente de su cama. El 27 de marzo de 1992, Víctor abordó un avión rumbo a Osaka con apenas tres maletas.

Nadie en aquel aeropuerto le pidió fotos, nadie le hizo entrevistas, subió al avión como subiría cualquier obrero rumbo al trabajo. Pero ya tenía una decisión tomada. No iba a regresar a México sin el cinturón verde y oro. Lo que ocurriría aquella noche en Japón frente a más de 15,000 personas sería el momento más glorioso del boxeo mexicano de aquella década.

Y sin que el lacandón pudiera sospecharlo, también el inicio invisible de su destrucción. La llegada a Osaka fue un baño de humillación silenciosa. En el aeropuerto, decenas de reporteros esperaban con cámaras, pero ninguno se dirigió al mexicano. Todos rodearon a Tatsuyoshi, que llegaba ese mismo día desde Tokio, vestido de blanco, sonriendo como artista de cine.

Víctor y su esquina técnica cargaron ellos mismos sus maletas hasta un taxi y en el camino al hotel, mirando por la ventanilla las luces neón de aquella ciudad gigantesca, el la candón apretó la mandíbula sin decir una palabra. Durante los días previos, todo en Osaka parecía estar diseñado para hundirlo.

En los entrenamientos abiertos al público llegaban aficionados japoneses solo para reírse del chiapanec. Le tomaban fotos con burla, le gritaban frases que él no entendía. Víctor, que llevaba la calma metida en los huesos por su origen indígena, seguía pegándole al costal. Cada golpe sonaba en aquel gimnasio japonés como un trueno seco.

Y sin que los locales lo notaran, estaba afilando un arma que pronto iba a usar contra ellos. El 30 de marzo de 1992 llegó la fecha marcada en rojo. El estadio en Osaka estaba completamente repleto. Tambores, esa entrega total que solo se ve en Asia cuando alguien de los suyos está a punto de coronarse para siempre. Tatsuyos salió primero al ring.

Lo recibieron como a un dios. Música ceremonial, pétalos de flores, cámaras de televisión siguiéndolo paso a paso. Luego salió Víctor. Le pusieron una música cualquiera, como si fuera relleno del cartel. La afición lo abucheó al verlo cruzar el corredor. Pero el lacandón seguía caminando con la cabeza baja, con los puños vendados, como un hombre que ya había decidido lo que iba a pasar esa noche. Sonó la campana.

Tatsuyoshi salió fuerte, dominante, le tiró combinaciones rápidas a la cabeza, lo movió por todo el ring, le dejó claro que él era el campeón. Víctor recibió esos primeros embates en Guardia Alta. Esquivaba, se cubría, esperaba. Para el segundo round, los japoneses ya estaban celebrando como si la pelea estuviera ganada.

Pero el lacandón había detectado algo, algo que solo un boxeador con 4 y tantas peleas en el cuerpo es capaz de detectar. Tatsuyos tenía una grieta pequeñita casi invisible en su guardia, una hendidura justo en el costado izquierdo y Víctor sabía exactamente cómo entrar por ahí. Para el quinto round, algo había cambiado.

El mexicano se movía distinto, más cerca, más adentro, pegando ganchos cortos al costado izquierdo del japonés, justo en esa zona donde nadie le había pegado antes. En las gradas, los aficionados japoneses ya no gritaban con la misma euforia. Algo no cuadraba. Su héroe empezaba a moverse con la espalda contra las cuerdas.

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