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ALITO MORENO Y MANOLO JIMÉNEZ: LA FILTRACIÓN QUE PUEDE HUNDIR AL PRI EN COAHUILA

Para sus críticos, su gobierno quedó marcado por el crecimiento brutal de la deuda pública y por una red de poder que siguió influyendo durante años. Después llegó Rubén Moreira, su hermano, y el Estado permaneció bajo el mismo signo político. Dos hermanos, dos sexenios conectados, una estructura que no se desarmó. ¿Y por qué importa esto hoy? Porque las maquinarias políticas no nacen en una elección.

Se construyen con años de favores, lealtades, cargos, contratos, programas, operadores y silencios. Nadie arma una estructura territorial de la noche a la mañana. Nadie conoce cada colonia, cada sección, cada necesidad y cada punto de presión social en una campaña improvisada. Eso se hereda,  se perfecciona, se protege. La deuda de Coahuila se volvió parte de esa memoria colectiva.

Se habló durante años de megadeuda, de irregularidades, de responsabilidades políticas, de documentos cuestionados, de gobiernos que refinanciaron, heredaron y administraron obligaciones que los ciudadanos seguirían pagando mucho tiempo después. Y aquí está la contradicción que duele. Mientras se pedía confianza pública, el costo de decisiones tomadas en las alturas terminaba cayendo sobre la población.

Manolo Jiménez creció políticamente dentro de ese ecosistema. Fue parte de la vida pública local cuando el Estado todavía cargaba con las consecuencias  de aquella etapa. Sus defensores pueden decir que una cosa es haber hecho carrera en Coahuila y otra ser responsable de todo lo anterior. Eso es cierto.

No se puede culpar a  una persona por toda la historia de un sistema, pero sus críticos hacen otra  pregunta. Si llegas al poder gracias a una estructura, ¿hasta dónde eres renovación y hasta dónde eres continuidad? Esa es la pregunta que incomoda. Porque el discurso de renovación funciona mientras no aparezcan viejos métodos.

Funciona mientras la victoria aparezca limpia, funciona mientras la maquinaria se presente como organización y no como control. Pero cuando surge una denuncia de presunta compra de votos, cuando se habla de códigos QR, bases de datos y pagos por sufragio, la imagen cambia por completo. Ya no estás hablando de un partido fuerte, estás hablando de un partido que según sus adversarios habría tenido que pagar para sostener su dominio.

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Las acusaciones de clientelismo no son exclusivas del PRI. Morena también ha sido señalada en distintos estados por usar programas sociales como herramienta de movilización política. El PAN también ha enfrentado acusaciones históricas en gobiernos locales. Movimiento Ciudadano tampoco está fuera de las disputas por estructuras territoriales.

En México, la frontera entre política social, control electoral y operación partidista ha sido borrosa durante décadas. Pero el caso de Coahuila tiene un elemento distinto, la permanencia.  Casi un siglo de control prista no se explica solo con carisma, ni solo con buenos candidatos, ni solo con errores de la oposición.

Se explica por una  red profunda y las redes profundas tienen una regla. Todos saben algo,  pero casi nadie habla. El operador sabe, la lidereza sabe, el funcionario sabe, el beneficiario sabe, el partido sabe, pero mientras todos dependan de la maquinaria, la maquinaria se mantiene. Por eso la idea de una filtración interna es tan explosiva, porque una filtración desde adentro no solamente entrega datos.

Rompe el pacto de silencio, le dice al sistema, “Ya no todos  te tienen miedo. Ya no todos te deben lealtad. Ya no todos están dispuestos a hundirse contigo si la investigación avanza.” Y aquí conviene detenerse. ¿Qué tendría que pasar para que alguien que conoce el sistema decida entregar información? Puede ser enojo, puede ser venganza, puede ser cálculo, puede ser hartazgo, puede ser que alguien haya visto que el barco podía hundirse y decidió saltar primero.

Pero cualquiera de esas opciones revela lo mismo. Algo se quebró dentro. Hasta aquí podríamos  pensar que estamos ante una denuncia más, una de tantas. Una acusación electoral que se presenta genera ruido unos días y después se pierde entre expedientes, declaraciones y archivos. Pero espera porque aquí la historia empieza a moverse con fechas, con nombres, con reacciones y con una línea de tiempo que transforma la acusación en una narrativa mucho más peligrosa.

Primero viene la elección. Domingo 7 de junio de 2026, Coahuila vota. El PRI celebra resultados favorables en los distritos en disputa.  Desde el discurso público priista, la jornada se presenta como una prueba de fuerza. El mensaje es claro. Coahuila sigue siendo nuestro territorio. Para Alejandro Moreno esa noche significa algo más que números.

Significa aire político. Significa una foto de victoria en medio de una etapa donde el PRI necesita demostrar que todavía tiene  vida. Hasta aquí podría parecer una elección más en un estado históricamente prista. Pero lo que pasó a continuación cambió el tono de la historia. A las horas de la celebración, desde Morena y sus aliados empiezan los señalamientos.

No hablan solamente de irregularidades aisladas, no dicen únicamente que hubo acarreo o presión. La acusación es mucho más específica. Hablan de un presunto sistema de códigos que es reculado a votantes, registros digitales y pagos posteriores. La narrativa opositora empieza a tomar forma. No fue solo operación territorial, fue una operación organizada con tecnología.

Y aquí la primera pregunta retórica aparece sola. Si todo fue tan limpio como dice el PRI, ¿por qué sus adversarios aseguran tener una base de datos? Después viene el segundo momento. Se menciona que habría ciudadanos identificados, registros asociados a teléfonos, escaneos, posibles transferencias y una estructura capaz de seguir el voto en tiempo real.

La acusación se vuelve más delicada porque ya no depende solamente de testimonios. Si existieran esos registros y si las autoridades los validaran, estaríamos ante una diferencia enorme con otros casos electorales. Ya no serían rumores, serían rastros. La tensión sube porque el PRI queda atrapado entre dos respuestas posibles.

Si niega todo, tendrá que explicar por qué sus adversarios hablan de información concreta. Si admite que hubo estructuras digitales, tendrá que explicar para qué se usaron. Y si la investigación  sigue el dinero, entonces la pregunta deja de ser electoral y se vuelve financiera. Luego aparece el tercer hito, el monto.

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