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Niña desapareció en un aeropuerto en 1982 — 32 años después, su madre encontró su perfil en Facebook

 El país acababa de superar la recesión del petróleo y las familias de clase media, como los rentía, empezaban a gozar de las primeras oportunidades de realizar viajes internacionales gracias a los programas de intercambio cultural que emergían tímidamente. Los Rentería eran una familia originaria de Monterrey que se había trasladado a la capital en 1978 cuando Ricardo el padre obtuvo un empleo como ingeniero civil en una constructora que colaboraba en los preparativos para el Mundial de fútbol de 1986.

Clara, su esposa, era maestra de educación primaria y había solicitado una licencia temporal para dedicarse a sus dos hijos, David, de 8 años, y Sara, que acababa de cumplir 3 años en febrero de 1982. La pequeña Sara era una niña notablemente sociable y despierta. A diferencia de otros niños de su edad que se mostraban tímidos ante los desconocidos, ella poseía una facilidad innata para iniciar conversaciones con cualquier persona.

 Clara solía decir en broma que su hija menor no veía extraños, sino amigos por conocer. Esta personalidad extrovertida, que tanto deleitaba a la familia se convertiría en un factor crucial de lo que estaba a punto de ocurrir. En marzo de 1982, Ricardo había sido elegido por su empresa para asistir a un seminario de ingeniería sísmica en Los Ángeles, California.

 Dado que el viaje duraba solo 5co días y coincidía con las vacaciones de primavera de David, la familia resolvió convertirlo en unas breves vacaciones familiares. Era la primera ocasión en que los niños viajarían en avión y el primer viaje internacional de toda la familia. Durante las semanas previas al viaje, la excitación en la casa Rentería era evidente.

 David había empezado a estudiar inglés básico con renovado interés, mientras que Sara no cesaba de hacer preguntas sobre los aviones y cómo era posible que volaran como las aves. Clara había adquirido ropa nueva para todos y había pasado días enteros planificando cada aspecto del itinerario. El aeropuerto internacional de la ciudad de México en 1982 era bastante distinto al complejo moderno que conocemos hoy.

 Las instalaciones eran más reducidas. La tecnología de seguridad era rudimentaria en comparación con los estándares actuales y los procedimientos de control eran mucho más laxos. No había las cámaras de seguridad omnipresentes de hoy en día y el personal de vigilancia era considerablemente menor. Los sistemas de comunicación interna operaban principalmente por radio y teléfonos fijos y la coordinación entre las distintas áreas del aeropuerto dependía en gran medida de la comunicación humana directa.

 La terminal 1, principal en aquel entonces, gestionaba tanto vuelos nacionales como internacionales y durante las horas puntas se transformaba en un hervidero de gente. Los sonidos típicos de aquellos años incluían el incesante tecleo de las máquinas de escribir en los mostradores de las aerolíneas. Los anuncios por megafonía, que a menudo se oían distorsionados debido a sistemas de sonido deficientes y el bullicio general de viajeros que transportaban maletas notablemente más pesadas que las actuales, ya que las restricciones de

equipaje eran mucho más flexibles. El vuelo de aerolíneas de México con destino a Los Ángeles estaba fijado para las 2:30 de la tarde del 15 de marzo de 1982. La familia Rentería llegó al aeropuerto a las 11:30 de la mañana, acatando la recomendación de presentarse con tres horas de antelación para vuelos internacionales.

 Ricardo transportaba una maleta grande de cuero marrón que había sido de su padre, mientras que Clara llevaba un bolso de mano color azul marino y vigilaba a los niños. Sara lucía un vestido amarillo con pequeñas flores blancas que Clara había cocido especialmente para la ocasión. zapatos blancos de charol y sostenía en sus brazos a Osito un pequeño oso de peluche marrón que era su compañero inseparable desde que cumplió 2 años.

 David, por su lado, vestía un pantalón de mezclilla, una camisa a cuadros y una mochila pequeña donde llevaba sus libros de inglés y algunos juguetes. El proceso de facturación se desarrolló sin problemas. La aerolínea había asignado a la familia cuatro asientos juntos en la fila 23 y tras finalizar los trámites migratorios se encaminaron a la sala de espera internacional.

 Sería aproximadamente la 1 de la tarde cuando se acomodaron en una zona cercana a la puerta de embarque 7. La sala de espera estaba moderadamente concurrida. Había familias mexicanas que claramente viajaban de vacaciones, hombres de negocios con maletines de cuero leyendo la prensa y algunos turistas extranjeros que volvían a Estados Unidos.

 El ambiente era de la expectación habitual de cualquier aeropuerto. Conversaciones en voz baja, niños revoltosos y el sonido continuo de los anuncios del sistema de megafonía. Ricardo había comprado revistas en el kosco de prensa y se había puesto a leer mientras Clara ordenaba los documentos de viaje en su bolso. David estaba fascinado viendo los aviones despegar y aterrizar a través de los grandes ventanales, mientras Sara jugaba en el suelo con su osito, inventando historias que contaba en voz baja.

 A la 1:45 de la tarde, Clara se percató de que necesitaba cambiar el pañal de Sara. Aunque la niña ya no usaba pañales de forma regular, Clara siempre llevaba uno de emergencia en los viajes largos. Le pidió a Ricardo que cuidara a David y se fue con Sara hacia los aseos de señoras, que estaban a unos 50 m de donde se sentaban.

 Los baños de 1982 carecían de las comodidades actuales para cambiar bebés, por lo que Clara tuvo que improvisar extendiendo su abrigo sobre la encimera del lavabo. El proceso duró más de lo previsto porque Sara estaba especialmente inquieta y emocionada por el inminente viaje. Durante todo el tiempo, la niña no dejó de hablar de los aviones y hacía preguntas constantes sobre el vuelo.

 Al terminar, Clara lavó las manos de Sara y las suyas. La niña insistió en secarse las manos sola con las toallas de papel, un pequeño ritual de independencia que siempre le gustaba realizar. Fueron estos detalles aparentemente triviales, los que más tarde Clara recordaría con una nitidez dolorosa. Al salir del baño, Clara tomó la mano de Sara y empezaron a caminar de vuelta hacia donde Ricardo y David las aguardaban.

 Sin embargo, a mitad de camino, Sara se soltó bruscamente de la mano de su madre y corrió hacia un puesto de golosinas que había llamado su atención. Era un pequeño kiosco regentado por un hombre mayor que vendía chocolates, chicles y pequeños juguetes. Clara, inicialmente sin alarmarse, siguió a Sara hasta el puesto. La niña había quedado prendada de una pequeña avioneta de juguete que valía 20 pesos.

El vendedor, un hombre de unos 60 años, delgado y con bigote canoso, sonreía mientras Sara observaba el juguete con la seriedad que solo una niña de 3 años puede tener. ¿Te gusta el avioncito, pequeña?, preguntó el vendedor con voz amable. Sara asintió con entusiasmo y empezó a contarle que ella también iba a volar en un avión de verdad.

 El hombre escuchaba con aparente paciencia, haciendo preguntas sobre el viaje y mostrando un interés genuino en la conversación. Clara, que había estado buscando monedas en su bolso para comprar el juguete, alzó la vista y vio a Sara charlando animadamente con el vendedor. Por un instante sintió una punzada de orgullo al verlo sociable que era su hija, pero también una ligera inquietud que no supo identificar en ese momento. “Sara, vámonos.

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