Ese fue su crimen, que lo hizo con amor. Pero para entender cómo una mujer que no necesitaba a nadie terminó necesitando a un hombre que la destruía, hay que volver a donde todo empezó. En este vídeo vas a descubrir seis verdades sobre Aba Garner que los documentales de Hollywood no cuentan. Seis verdades sobre el amor que la atrapó, sobre la fuerza que tuvo para escapar y sobre lo que quedó de ella cuando finalmente lo hizo.
Te avisaré cuando llegue cada una. Aba Lavinia Gardner nació el 24 de diciembre de 1922 en Grabtown, Carolina del Norte. Un nombre que no aparece en ningún mapa importante. Una comunidad agrícola en el condado de Johnston, donde las casas estaban separadas por campos de tabaco y las distancias entre las personas se medían de otra manera.
en lo que se decía y en lo que no se decía nunca, que era casi siempre más. Era la séptima hija de Jonas Gardner, una parcero que trabajaba la tierra con la misma expresión, con que hacía todo lo demás callado, constante, presente en el cuerpo y ausente en todo lo que no fuera el trabajo. y de Mary Elizabeth Baker, una mujer que administraba una pensión para maestros rurales y que quería a sus hijos con una calidez que era real y que, sin embargo, no tenía la dureza necesaria para interponerse entre ese mundo y sus hijas cuando el mundo se ponía entre ellas.
Aba creció sabiendo leer el silencio de su padre con la precisión que desarrollan los hijos de los hombres que no hablan. Aprendió significaba cada variante de ese silencio, cuándo era seguro acercarse y cuándo era mejor quedarse en el otro lado de la habitación. Aprendió que el amor de un hombre es algo que se adivina más que algo que se dice, que hay que merecerlo, que hay que ganarlo de alguna manera.
Esa lección aprendida en una granja de Carolina del Norte antes de los 10 años definiría cada relación que Aba Gartner tuvo el resto de su vida, de una manera que ningún análisis posterior logró borrar del todo. Primera revelación. Cuando Aba tenía 18 años, un hombre de su comunidad la violó. No hubo consecuencias para él.
No hubo proceso legal. No hubo nadie que se pusiera de su lado con suficiente fuerza para que algo cambiara. Hubo silencio. El mismo tipo de silencio que había rodeado otras cosas en esa familia, en ese pueblo, en ese mundo, donde las cosas que les pasaban a las mujeres jóvenes eran tratadas como accidentes del clima, algo que ocurría, algo que había que sobrevivir, algo de lo que no se hablaba, porque hablar no cambiaba nada y en cambio costaba todo.
Lo que esa experiencia le enseñó a Aba Gardner 18 años en una granja de Carolina del Norte, sin nadie que la protegiera. Fue algo que quedó grabado en ella de una forma que los años no borraron, sino que endurecieron. Su cuerpo no era de ella. El mundo podía tomarlo cuando quisiera. Pero si ese era el trato, al menos ella podía decidir a quién se lo entregaba.
Al menos esa decisión podía ser suya. Eso no es cinismo. Es la forma en que una mujer joven construye algo parecido a la agencia cuando la agencia real le ha sido arrebatada. En 1941, su cuñado, casado con su hermana Beatriz, tomó unas fotografías de AVA y las expuso en el escaparate de su estudio fotográfico en Nueva York.
Las fotografías no eran extraordinarias. La mujer que aparecía en ellas sí lo era. Un agente de la MGM entró en el estudio, vio las fotografías y llamó al estudio esa misma tarde. Aba Garner tenía 19 años y nunca había actuado en nada. No importó. Tenía esa cara. Y en el Hollywood de los años 40, esa cara era suficiente para abrir cualquier puerta.
Los primeros años en la MGM fueron años de aprendizaje y de espera. Aba tomaba clases de actuación, de adicción, de movimiento. Aprendía a moverse delante de una cámara con la misma disciplina con que había aprendido todo lo demás en su vida sola, mirando, repitiendo hasta que salía bien.
Y mientras aprendía, la MGM la prestaba a otros estudios, la ponía en papeles pequeños, la exhibía en los eventos correctos, porque lo que la MGM había comprado no era una actriz, había comprado una presencia y esa presencia no necesitaba demasiada preparación para funcionar. Solo necesitaba que la pusieran en el lugar correcto y la iluminaran bien.
Su primer matrimonio fue con Mickey Rooney en 1942. Ella tenía 19 años. Él tenía 22 y era la estrella más taquillera de Hollywood, lo que en el Hollywood de 1942 era una forma de poder que pocas cosas podían igualar. El matrimonio duró un año. Rooney era incapaz de la fidelidad que cualquier relación requiere y tampoco parecía particularmente interesado en aprenderla.
Aba se divorció sin drama, sin escándalo público, con esa capacidad suya para separar lo que había sido de lo que necesitaba ser a partir de ese momento. El segundo fue con el músico de jazz Shaw en 1945. Shaw era inteligente, culto, con una capacidad intelectual que Aba admiraba y que al mismo tiempo usaba como instrumento de control.
le decía constantemente que era hermosa, pero no inteligente, que su belleza era su único activo real, que sin él no sería nada más que una cara bonita de segundo nivel. Le recomendó terapia no para ayudarla, sino para que la terapia le confirmara lo que él ya le decía. Ese matrimonio también terminó, pero dejó algo que los divorcios no limpian del todo.
La duda, la pregunta de si Shao tenía razón, de si la belleza era todo lo que había. En 1950, una encuesta de fans de Hollywood la votó como la mujer más hermosa de la industria. No la mejor actriz, la mujer más hermosa. Ava Gardner leyó ese titular y sintió exactamente lo que era. Una confirmación y una trampa al mismo tiempo.
Una confirmación de que lo que tenía era real y funcionaba. una trampa, porque lo que tenía era exactamente y únicamente lo que la MGM había comprado en 1941, una cara, un cuerpo, una presencia y que mientras eso siguiera siendo lo que el mundo veía cuando la miraba, nunca podría ser otra cosa. No era ingratitud y era lucidez.
La lucidez de una mujer que sabe exactamente en qué moneda la pagan y que entiende lo que eso significa cuando la moneda se devalúe. Segunda revelación. Frank Sinatra vio a Aba Gardner por primera vez en 1949 y decidió que iba a casarse con ella antes de haberle dicho una sola palabra. No es una manera de hablar, es lo que él mismo contó en varias entrevistas a lo largo de los años.
la vio en una fiesta en Hollywood en ese momento específico en que ella estaba hablando con alguien y se rió de algo que ese alguien había dicho. Y Sinatra dijo después que en ese momento el resto de la habitación dejó de existir, que era la mujer más hermosa que había visto en su vida, que tenía que tenerla.
ese fervó, tenerla, no conocerla, no enamorarse de ella, tenerla. Esa es la palabra que Sinatra usó en su propio idioma para describir lo que sintió la primera vez que vio a Aba Gardner. Y si se escucha con atención, ahí está ya todo lo que vendría después. En 1949, Frank Sinatra era una leyenda de la música la voz que había hecho desmayarse a adolescentes durante los años 40, el hombre que llenaba cualquier sala del mundo.
Pero su carrera estaba en un momento complicado. Las adolescentes que se desmayaban habían crecido y estaban descubriendo a otros artistas. Sus películas no terminaban de funcionar. Su matrimonio con Nancy Barbato, la madre de sus tres hijos, estaba destruido por una serie interminable de infidelidades que Nancy había soportado durante años con una dignidad que la industria admiraba y que Sinatra interpretaba como permiso.
Cuando Aba Gartner entró en su vida, Frank Sinatra necesitaba algo que no sabía nombrar exactamente, pero que reconoció en el momento en que la vio reírse en esa fiesta. Necesitaba a alguien que lo hiciera sentir que merecía lo que era. La persiguió durante meses con rosas enviadas al estudio, con llamadas telefónicas a horas que hacían imposible ignorarlas, con apariciones en los lugares donde sabía que ella estaría, con canciones, siempre con canciones que seleccionaba y le enviaba como mensajes en código que
ella podía interpretar. o no, según quisiera. Era una persecución de una intensidad que Aba Gartner, que había sido admirada desde los 19 años y que había aprendido a tratar la admiración masculina con la distancia clínica del que ya sabe lo que vale en ese mercado, no había experimentado antes, porque los hombres que la habían deseado antes la habían deseado como se desea un objeto.
Inatra la deseaba como se desea a una persona. Aunque la diferencia entre ambas cosas fuera en la práctica más pequeña de lo que parecía en ese momento, ¿qué tiene que ofrecerte un hombre para que permitas que te destruya? Lo que Sinatra le ofrecía era algo que Aba Gartner nunca había tenido en la misma cantidad, la certeza de que era irreemplazable.
No la más hermosa, no la más deseable, irreemplazable. Sinatra le hacía sentir que sin ella el mundo tenía un hueco de su forma exacta que ninguna otra persona en el universo podía llenar. Para una mujer que había crecido ganándose el amor de su padre en silencio, que había sido violada a los 18 años sin que nadie se pusiera de su lado, que había pasado dos matrimonios con hombres que la usaron de distintas maneras.

Esa certeza era la cosa más valiosa que alguien le había ofrecido nunca y fue suficiente para que dijera que sí. Se casaron el 7 de noviembre de 1951 en una pequeña ceremonia en Pennsylvania. Ella tenía 29 años, él tenía 36. Su primera esposa, Nancy, tardó meses en firmar el divorcio que Sinatra le exigía con una urgencia que sus amigos encontraban indecorosa.
En Hollywood, la prensa dividió al mundo en dos equipos, los que culpaban a Aba de destruir un matrimonio y una familia, y los que simplemente contaban los titulares. leyó los artículos con esa expresión que tendría el resto de su vida cuando el mundo opinaba sobre ella sin preguntarle.
una mezcla de cansancio y algo que se parecía al desprecio, pero que era en realidad dolor. Los primeros meses fueron lo que los romances de esa intensidad son siempre al principio deslumbrantes, totales, con esa sensación de que el mundo anterior a esa persona era una versión menor y en blanco y negro de lo que viene después. Sinatra le cantaba, le escribía, la llamaba desde cualquier ciudad del mundo en que estuviera de gira para decirle que la echaba de menos.
Era generoso, atento, presente de una manera que ninguno de sus maridos anteriores había sido. Y era celoso, de una manera que al principio parecía pasión y que con el tiempo reveló su verdadera naturaleza. celoso de los directores que la dirigían, de los actores que la miraban en el plató, de los fotógrafos que la fotografiaban, celoso de los hombres que la habían conocido antes que él y que por tanto habían tenido algo que ahora era de Frank Sinatra.
Cuando alguien mencionaba en su presencia que Aba Gartner era hermosa, Sinatra respondía con la expresión de quien acaba de recibir una información amenazante. No con orgullo, con alerta. Lo que nadie sabía en ese momento era que los celos de Frank Sinatra no eran un defecto de carácter que se pudiera trabajar con paciencia y buena voluntad.
eran la arquitectura entera de como ese hombre amaba. No podía separar el amor de la posesión porque para él eran la misma cosa. Y lo que se posee no se comparte y lo que no se comparte empieza a asfixiarse. Las infidelidades de Sinatra empezaron en las primeras giras, no como decisión meditada. Sinatra no era un hombre que meditara mucho sus decisiones en ese terreno, como hábito, como la prolongación natural de un patrón que había funcionado durante años con Nancy y que con Ava simplemente continuó porque nadie le había enseñado
que debía funcionar de otra manera. actrices en Los Ángeles, cantantes en Las Vegas, mujeres que cruzaban su camino en giras por el país y que encontraban en Frank Sinatra, exactamente lo que Frank Sinatra encontraba en ellas, un momento sin consecuencias. Aba lo descubrió. Claro que lo descubrió. Las mujeres siempre descubren estas cosas, especialmente las mujeres que han aprendido desde niñas a leer lo que no se dice. Lo confrontó.
Él negó. Ella insistió con las pruebas que había encontrado. Él se derrumbó. Yoru le dijo que la amaba, que era la única, que había sido un error, que no volvería a ocurrir, que sin ella no era nada. Y Aba Garner, que llevaba toda la vida esperando a alguien que la amara de forma incondicional, que había crecido con un padre que no decía que quería y que había pasado dos matrimonios con hombres que la infravaloraron, escuchó a ese hombre llorar y le creyó.
No por ingenua, porque necesitaba que fuera verdad. Suscríbete ahora mismo porque seguimos contando cada semana estas historias de mujeres que el mundo preferiría que olvidaras y la que viene es igual de necesaria. Tercera revelación. El ciclo se repitió al menos seis veces documentadas durante los tr años que duró el matrimonio.
Seis veces que Aba descubrió una infidelidad. Seis veces que la confrontación terminó en llanto de él y en perdón de ella. Seis veces que Sinatra prometió que sería la última. Y entre cada repetición del ciclo, algo se iba acumulando en AVA, que no era exactamente rabia, aunque la rabia estuviera, sino algo más parecido al agotamiento de quien lleva años peleando una guerra que no pidió y que no puede ganar porque las reglas las fija.
El otro Aba empezó a beber con más frecuencia. No para olvidar el alcohol no borra nada, solo lo desenfoca temporalmente, sino para soportar las noches en que él no estaba y ella sabía dónde estaba y con quién. para soportar las fiestas donde tenía que ser la mujer de Frank Sinatra con la sonrisa correcta y la actitud correcta, mientras contaba cuántos de los que la miraban sabían exactamente lo que estaba pasando en su matrimonio.
Para soportar los momentos en que él llegaba tarde y olía a perfume ajeno. Y ella tenía que decidir en tiempo real si esa noche iba a ser la noche de la pelea o la noche de mirar hacia otro lado. Las fiestas se volvieron más largas, más ruidosas. Aba bailaba hasta el amanecer en lugares que Sinatra no habría aprobado, con personas que Sinatra no conocía.
Y en ese baile había algo que era al mismo tiempo diversión real y desafío calculado. Porque Aba Gardner había aprendido de su matrimonio con Sinatra, algo que nadie le había enseñado explícitamente, que los celos de ese hombre eran la prueba más directa de que la amaba. Y si hacerlo rabiar de celos era la única forma de hacerle sentir lo que ella sentía cada vez que él la traicionaba, entonces lo haría.
¿Cómo distingues entre amor y obsesión cuando los dos duelen igual? Lo que Aba no calculó o lo que calculó y asumió como precio es que provocar los celos de Frank Sinatra no lo hacía menos posesivo, lo hacía más. Cada vez que ella salía sin él, cada vez que bailaba con alguien que no era él, cada vez que llegaba tarde a casa y no le daba explicaciones, la obsesión de Sinatra crecía.
Sus llamadas se multiplicaban. Sus apariciones en los lugares donde ella estaba sin haberlo invitado se volvían más frecuentes. Su necesidad de saber dónde estaba, con quién, qué hacía, a qué hora volvía. Todo eso aumentaba en proporción exacta a la independencia que ella intentaba recuperar. Hay un momento de ese matrimonio que está documentado en los testimonios de las personas que los conocían y que ninguna de las grandes biografías de Sinatra menciona en las primeras páginas.
Un momento en que la violencia emocional que había definido esos años encontró su expresión física. Sinatra golpeó a Aba. Aba nunca lo confirmó públicamente en vida, pero las personas que la conocían en ese periodo, amigos, asistentes, personas que la vieron en las horas posteriores, son consistentes en sus testimonios.
Y hay algo en la forma en que ella habló de esos años, en las pocas entrevistas en que se acercó al tema con esa distancia estudiada de quien ha aprendido a narrar algo doloroso desde lejos para poder narrarlo, que deja poco. Espacio para la duda. La violencia física es el punto en que la violencia emocional abandona la metáfora, en que ya no se puede decir que es complicado, que los dos tienen razón en algo, que el amor a veces es así.
Hay un punto de claridad absoluta. Y Aba Gartner, que había aprendido desde niña a sobrevivir, lo que no se podía nombrar, llegó a ese punto de claridad absoluta y tomó una decisión. No, inmediatamente. Estas decisiones no se toman inmediatamente. Se toman después de un tiempo en que la claridad existe, pero el miedo de actuar según ella, es más grande que el miedo de quedarse.
Ya. Gardner necesitó tiempo para que eso cambiara de proporción. Cuarta revelación. Mientras su matrimonio con Sinatra se desmoronaba, la carrera de Aba Gardner llegó al punto más alto que había alcanzado nunca. En 1953, el mismo año en que el matrimonio era ya insostenible, protagonizó Mogambo con Clark Gable en África.
El rodaje en Kenia y Uganda duró meses. Sinatra voló para visitarla con la urgencia del hombre que necesita ver con sus propios ojos, que ella sigue estando donde debería estar. Se quedó semanas en un continente que no le interesaba con un equipo de rodaje que no le interesaba, sintiéndose innecesario de una manera que no sabía manejar.
Y Aba, rodeada de trabajo real y de la distancia física que ponía entre ella y los meses de llamadas a las 2 de la mañana, se dio cuenta de algo. Se dio cuenta de que sin él podía respirar, no de la manera metafórica en que se dice eso. Literalmente, sin Frank Sinatra, en la misma habitación, su caja torácica se expandía de una manera diferente.
El silencio del hotel al final del día de rodaje era un silencio que le pertenecía a ella, no un silencio que alguien había llenado de expectativas y sospechas. El trabajo era su trabajo, no una amenaza a la imagen de él o una fuente de celo sobre los hombres con los que actuaba. Eso fue lo más peligroso que Aba Garner descubrió en África en 1953, que se sentía mejor sin él.
Su actuación en Mogambo le valió una nominación al Óscar, mejor actriz de reparto. Era la primera nominación de su carrera. La prueba concreta y verificable de que lo que tenía no era solo la cara, era algo más, algo que los directores que trabajaban con ella habían visto desde los años 40 y que el sistema de estrellas de Hollywood había oscurecido sistemáticamente detrás de los carteles y las fotos de revistas.

y las encuestas sobre la mujer más hermosa. Art Show, el segundo marido que le había dicho que era hermosa, pero no inteligente, que su belleza era todo lo que tenía esa nominación era la respuesta que no le había dado en persona. La respuesta que el trabajo da cuando las palabras ya no son suficientes. Los últimos meses del matrimonio fueron los más violentos.
No siempre en el sentido físico, en el sentido de que las personas que llevan mucho tiempo lastimándose mutuamente pierden la capacidad de medirse, de calcular hasta dónde llega la siguiente pelea antes de que empiece. Peleas que empezaban en la mesa de la cena y terminaban en el pasillo del hotel a las 4 de la mañana con los vecinos llamando a recepción.
Peleas que los dos empezaban sabiendo que no iban a resolver nada y que sin embargo, eran incapaces de no tener, porque las peleas eran la única forma de comunicación que les quedaba, que no era mentira. ¿Por qué una mujer tan fuerte se queda cuando debería irse? Porque irse requiere creer que lo que hay al otro lado del irse es mejor que lo que hay quedándose.
Y cuando llevas años en un ciclo de traición y perdón y promesa y traición, tu capacidad de imaginar que existe algo diferente se erosiona. No porque seas débil, sino porque la erosión es constante y silenciosa. Y cuando te das cuenta de cuánto has perdido, ya no recuerdas con exactitud lo que había antes de que empezara.
Aba Gardner se acordaba a veces en los momentos de Mogambo, en los días de rodaje en África, cuando la respiración era diferente, se acordaba de que había existido una Ava Gardner anterior a Frank Sinatra y esa memoria fue suficiente. Se separaron en 1953, aunque el divorcio no se formalizó hasta 1957. Porque Sinatra no aceptó la separación de la manera en que los adultos aceptan el final de algo que no funciona.
La separación para Sinatra fue el inicio de una nueva fase de la obsesión, una fase sin la obligación de fingir respeto a los límites del matrimonio. Quinta revelación. Después de la separación, Frank Sinatra intentó suicidarse al menos una vez documentada en 1953 en una habitación de hotel en Indio, California.
Pastillas lo encontraron a tiempo. Sobrevivió. Y los que lo conocían en ese momento dicen que lo primero que hizo cuando recobró la conciencia fue preguntar si Aba lo sabía. No, si la ambulancia había llegado a tiempo, si Aba lo sabía. Eso es lo que Aba tuvo que cargar después de la separación. No solo el peso de los años juntos, no solo el ciclo de infidelidades y perdones y promesas rotas, también la responsabilidad implícita de mantenerlo vivo con su presencia.
La implicación de que si ella se iba completamente, si dejaba de responder las llamadas y de perdonar y de estar disponible para el llanto de las 2 de la mañana, las consecuencias serían de ella. Esa es la última trampa del amor tóxico, convertir al que abandona en responsable de lo que le pase al abandonado.
Sinatra la siguió llamando durante años. enviaba cartas, aparecía en los mismos lugares donde sabía que ella estaría. Sus amigos comunes le transmitían mensajes que ella no había pedido recibir. Su carrera en esos años, los años en que grabó In the W Small Hours, el álbum que muchos consideran su obra más auténtica, era la de un hombre que había convertido el dolor de esa relación en arte.
Canción tras canción sobre el amor perdido, sobre la noche, sobre los bares vacíos a la hora en que cierran. One for my baby en cada concierto, cantada con esa cara que las personas que lo vieron en directo recuerdan con la expresión de quien ha visto algo que no estaba seguro de que fuera apropiado mirar. Aba Gardner escuchaba esas grabaciones.
Es imposible que no las escuchara. Estaban en todas partes, en las radios y en los tocadiscos de los restaurantes y en las tiendas de música de cualquier ciudad del mundo. Y hay algo en lo que ocurrió a continuación que dice todo sobre quién era ella y por qué la historia de Frank Sinatra no se puede contar sin entender primero la historia de Aba Gardner.
se fue a Europa, no de vacaciones, no como elección de carrera, como estrategia de supervivencia. Si Frank Sinatra estaba en todas partes en América, entonces América era un territorio que ya no era seguro para construir una vida sin él. España fue el primer destino. Madrid, los tablados flamencos, las corridas de toros, los amigos que no eran amigos de Sinatra y que por tanto podían ser amigos suyos sin la carga de las lealtades divididas.
Aba Gardner en España era una mujer que podía salir a las 3 de la mañana y llegar a las 6 del amanecer sin que nadie le preguntara a quién había visto. Una mujer que podía beber vino barato en bares, donde nadie sabía quién había sido la mujer de Frank Sinatra, una mujer que podía ser simplemente una mujer. Lo que nadie sabía en ese momento era que ese exilio voluntario iba a durar el resto de su vida activa, que Aba Gardner nunca volvería a establecerse en América de forma permanente.
El precio de escapar de Frank Sinatra era también el precio de alejarse de Hollywood, de los productores y directores y agentes que construyen una carrera no solo con talento, sino con presencia y disponibilidad constante, que la libertad tenía ese coste y que ella eligió pagarlo. Sexta revelación. Frank Sinatra nunca amó a otra mujer como amó a Aba Gartner.
Sus matrimonios posteriores fueron lo que no fue el de Aba, manejables. Mia Farrow, con quien se casó en 1966 y de quien se divorció 2 años después. Bárbara Marx, con quien se casó en 1976 y con quien vivió hasta su muerte. Relaciones que funcionaron precisamente porque no tenían la intensidad de lo que había habido con Aba.
Porque Sinatra había agotado la capacidad de querer de esa manera. Las personas que lo conocieron bien en esos años dicen que el nombre de Ava Gardner aparecía con una frecuencia y una carga emocional que ningún otro nombre tenía. que en las noches en que bebía más de lo habitual, era Aba quien aparecía en las conversaciones.
Que One for My Baby, nunca dejó de ser lo que era. Ava Gardner vivió en Madrid, en Londres, en Roma. Según los años y los proyectos y los estados de ánimo, nunca volvió a casarse. No porque no encontrara a nadie su vida en Europa. Estuvo llena de hombres que la amaron con distintos grados de intensidad y distintos grados de daño, sino porque después de Frank Sinatra, Aba Gartner sabía exactamente lo que costaba un amor de esa clase y había decidido que el precio era demasiado alto, que prefería la libertad incompleta de una vida sin ese tipo de
amor al amor completo que destruye lo que toca. Su carrera continuó en Europa con películas que le permitieron seguir trabajando, seguir actuando, seguir siendo la mujer que tomaba sus propias decisiones sobre su propia vida. Y en ese seguir había algo que no era resignación, era elección. La elección más cara que había hecho nunca y también con el tiempo la más propia.
Aba Garner murió el 25 de enero de 1990 en su apartamento de Londres. Tenía 67 años. La causa fue una neumonía que su cuerpo no pudo combatir. Estaba rodeada de las personas que la habían acompañado en esos últimos años europeos, sola en el sentido de que había elegido, después de años de ser poseída y controlada.
y amada de maneras que no distinguían entre las dos cosas, pertenecer únicamente a sí misma. Sinatra la sobrevivió 8 años. Murió en 1998. Sus biógrafos dicen que cuando le dieron la noticia de la muerte de Aba, guardó silencio durante un tiempo que los que estaban presentes no supieron cuánto duró exactamente. Antes de que te vayas, hay en este canal una historia que conecta directamente con lo que acabas de escuchar.
Otra mujer, otro hombre que amaba de una manera, que hacía daño sin proponérselo. El mismo patrón que el mundo. Lleva siglos romantizando sin preguntar a quién le cuesta. El enlace está aquí arriba. Grabó One for My Baby pensando en ella. Un hombre solo en un barracho hablándole a un vaso de whisky vacío en la hora en que los bares cierran.
Eso era su amor, la más hermosa declaración que sabía hacer y también la descripción exacta de lo que esa relación le costó a Aba Gardner, un hombre que no podía irse, un hombre que la necesitaba de una forma que no dejaba espacio para que ella necesitara nada propio. Ella finalmente entendió que un amor así no era amor.
un naufragio que la arrastraba al fondo. Así que huyó a Madrid, a Londres, a Roma, a cualquier lugar donde Frank Sinatra no estuviera. Y por primera vez en años fue completamente suya. M.