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Lucha Villa: Don Neto, el Bisturí… y el Médico que NADIE Metió a la Cárcel

historias que necesitas escuchar, suscríbete ahora porque lo que viene a continuación no lo vas a encontrar en ningún otro canal. Para entender lo que le pasó a Lucha Villa en esa clínica de Monterrey, primero tienes que entender quién era Lucha Villa antes de entrar. Y cuando digo quién era, no me refiero a una biografía de Wikipedia, me refiero a la dimensión real de lo que México perdió esa tarde de agosto.

 Luz Elena Ruiz Bejarano, nació el 30 de noviembre de 1936 en Camargo, Chihuahua. Desde muy joven la llamaron la grandota de Camargo, por su estatura, por su presencia, por esa forma que tenía de ocupar un espacio como si el mundo entero le quedara chico. A los 24 años, en 1961, grabó su primera canción, La media vuelta de José Alfredo Jiménez.

 Esa misma canción que décadas después regrabaría Luis Miguel y que se convertiría en uno de los temas más reconocidos de la música mexicana. Pero la versión original, la primera, la que abrió el camino, fue de Lucha Villa. Lo que siguió durante los siguientes 36 años es una carrera que no tiene comparación en la historia de la música ranchera femenina en México.

 Lucha no solo cantaba, Lucha era la voz de un país entero. Grabó canciones de los más grandes compositores que ha dado México. José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Rubén Fuentes, Tomás Méndez, Alberto Cervantes. Temas como No discutamos. A medias de la noche amanecí otra vez. Qué bonito amor, tú a mí no me hundes.

 De parte de quién y Cielo Rojo se convirtieron en himnos que cualquier mexicano de cualquier generación puede cantar de memoria. Para que entiendas la magnitud de lo que estoy hablando, piensa en esto. Lucha Villa grabó canciones que hoy, casi tres décadas después de su retiro forzado, siguen sonando en las cantinas, en las fiestas, en las serenatas, en los funerales, en las bodas, en cada momento importante de la vida mexicana.

 Su voz está tejida en la tela cultural de este país de una forma tan profunda que la mayoría de la gente ni siquiera se da cuenta. Escuchan cielo rojo y sienten algo en el pecho. Escuchan, no discutamos. Y les vienen recuerdos de sus padres, de sus abuelos, de una época que ya no existe. La voz de Lucha Villa no era solo una voz bonita, era la banda sonora emocional de varias generaciones de mexicanos.

 Y eso no se puede medir en discos vendidos ni en premios ganados. Eso se mide en lo que un país siente cuando esa voz desaparece. Y esa voz desapareció. No gradualmente, no con el paso natural del tiempo, no con una despedida digna en un último concierto. Desapareció de golpe en una tarde en una clínica de Monterrey por culpa de un cirujano plástico que no supo manejar una emergencia.

 Pero Lucha Villa no era solo cantante, era actriz y no cualquier actriz. Ganó el Ariel, el premio más importante del cine mexicano, como mejor actriz por su trabajo en mecánica nacional de Luis Alcoriza en 1972. En esa película interpretó a una mujer abnegada, esposa de un mecánico machista interpretado por el gran Manolo Fábregas, que la humillaba constantemente.

 La ironía de ese papel, a la luz de lo que le pasaría después, es devastadora, porque Lucha Villa pasó su carrera interpretando a mujeres fuertes que sobrevivían a todo. Y después, la vida real le demostró que ni siquiera la mujer más fuerte del país puede sobrevivir a un visturí en las manos equivocadas. Filmó más de 50 películas.

 Trabajó con directores como Roberto Gabaldón, Luis Alcoriza y Arturo Ripstein. En El lugar sin límites de 1977 interpretó a la japonesa junto a Gonzalo Vega en una de las películas más importantes del cine mexicano. En El Gallo de Oro, basada en la novela de Juan Rulfo, demostró que su talento iba mucho más allá de la música. Era una artista completa, una artista total.

 de esas que México produce una vez cada generación y que después, cuando las pierde, tarda décadas en reemplazar. Para 1984, Lucha Villa era intocable, tenía 48 años. Era la reina indiscutible de la música ranchera. Su voz llenaba estadios, plazas de toros, palenques y teatros en todo México y en toda América Latina.

 Nadie la cuestionaba, nadie la igualaba, nadie se atrevía siquiera a compararse con ella. Y es en ese momento exacto, en la cima absoluta de su poder, cuando aparece la sombra de Don Neto. Ernesto Fonseca Carrillo, conocido como don Neto, nació el primero de octubre de 1930 en Badirahuato, Sinaloa, junto con Rafael Caro Quintero y Miguel Ángel Félix Gallardo.

 Fundó el cártel de Guadalajara en la década de los 80. Era tío de Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos, y de Vicente Carrillo Fuentes, el Veroy. En 1985 fue detenido por el ejército en Jalisco, acusado del secuestro y asesinato de la gente de la DEA, Enrique Kiki Camarena, fue condenado a 40 años de prisión. En 2016 obtuvo prisión domiciliaria por razones humanitarias y en abril de 2025, a los 94 años cumplió su condena y quedó en libertad total.

 Pero en 1984, don Neto no era un anciano enfermo en arresto domiciliario. Era uno de los hombres más poderosos y más peligrosos de México. Un hombre que, según las investigaciones del gobierno de Estados Unidos, siempre andaba armado y era extremadamente peligroso. un hombre que controlaba rutas de narcotráfico, que tenía alianzas con grupos colombianos, que movía toneladas de droga hacia Estados Unidos y que compraba todo lo que se pudiera comprar con dinero, propiedades, automóviles, oro, políticos, policías y personas. Y

aquí es donde entra Lucha Villa en una historia que durante décadas nadie se atrevió a contar públicamente, porque la relación entre el narcotráfico y la industria del espectáculo en México no empezó con Anabel Hernández, no empezó con Ema y las otras señoras del narco. Esa relación existe desde que los capos descubrieron que el dinero podía comprar no solo protección política, sino también acceso a lo supuestamente inaccesible.

 las estrellas más grandes del país y Don Neto fue uno de los primeros en convertir esa compra en un sistema. Según la propia Anabel Hernández, Don Neto tenía al menos cuatro esposas oficiales entre 1984 y 1985. Ofelia Núñez, Rosa Ester Valencia, Rocío Cabañas y Guillermina, cuyo apellido no fue consignado en las investigaciones. A todas les organizaba fiestas con papeles en regla.

 Ninguna podía cruzarse con otra. La convivencia entre ellas estaba estrictamente prohibida. Era un coleccionista, pero no solo de esposas, era un coleccionista de personas, de artistas, de cantantes, de cualquier ser humano que pudiera exhibir como prueba de su poder omnímodo. Marcela Rubiales, hija de Flor Silvestre y media hermana de Pepe Aguilar, también fue mencionada en el libro como una de las mujeres que frecuentaban las fiestas de don Neto.

Las escoltas del capo la veían llegar, la veían irse y la veían volver. Soy la flor, la morenita de voz de oro. Fue otra. Antonio Aguilar, el padre de Pepe Aguilar, fue amigo personal de don Neto. Su gusto compartido por los caballos y por la figura de Lamberto Quintero los unió durante años.

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