La suma de agravios era intolerable. Le habían vendido munición podrida. Le habían congelado el dinero depositado en el banco de Columbus. Le habían cerrado [carraspeo] la frontera al armamento del que dependía su ejército y habían respaldado al hombre que él consideraba un traidor a la patria. El gobierno que durante años lo había tratado como aliado, lo había abandonado en el peor momento y un mercader lo insultaba sabiéndose intocable.
La madrugada del 9 de marzo de 1916, 500 jinetes cruzaron la frontera en la oscuridad y cayeron sobre Columbus. Era la respuesta de Villa al país que le había negado lo que era suyo. Esta es la historia de aquella respuesta de lo que Pancho Villa hizo cuando Estados Unidos se negó a entregarle el armamento que había pagado y de cómo aquella decisión tomada en un rancho de Chihuahua por un caudillo humillado, provocó la invasión de un pueblo norteamericano y la cacería más larga y costosa de toda la historia

militar estadounidense. Dos años antes de cruzar la frontera para atacar Columbus, Pancho Villa había sido el favorito de los estadounidenses. Los periódicos de Nueva York publicaban sus fotografías. Las compañías de cine de Hollywood firmaban contratos para filmar sus batallas. Los comerciantes de El Paso le vendían armas, municiones y suministros sin restricciones, y Villa pagaba puntualmente con el oro de Chihuahua, con el ganado confiscado a los ascendados, con el algodón de la comarca lagunera.
En 1914, cuando la división del norte parecía destinada a ganar la guerra, Washington lo veía como el hombre más fuerte de México y el más dispuesto a entenderse con Estados Unidos. Aquella relación se rompió en cuestión de meses y la ruptura explica por qué Villa terminó atacando a la nación que lo había cortejado.
El derrumbe comenzó en el Bajío durante la primavera de 1915. Álvaro Obregón aplicando las tácticas de la guerra europea, aniquiló a la división del norte en Celaya, en León, en [carraspeo] Aguascalientes. Las cargas de caballería villista, que durante dos años habían arrollado a cada enemigo, se estrellaron contra las trincheras, el alambre de púas y las ametralladoras.
En cuestión de meses, el ejército revolucionario más poderoso del continente quedó reducido a fragmentos. Villa, que había entrado en 1915 como el caudillo más temido de México, terminó el año como un jefe derrotado, replegándose hacia las montañas de Chihuahua. El golpe político llegó el 19 de octubre de 1915.
Aquel día, el presidente Woodro Wilson reconoció oficialmente al gobierno de Venustiano Carranza, el rival de Villa como la autoridad legítima de México. Para Villa la decisión fue una traición personal. Durante años se había esforzado por mantener buenas redaciones con Estados Unidos.
Había protegido a los ciudadanos estadounidenses en las zonas bajo su control. había cultivado a los empresarios que le vendían armas y ahora Washington premiaba a su enemigo y lo abandonaba a él en el momento de su mayor debilidad. El reconocimiento no fue solamente un gesto diplomático, tuvo consecuencias materiales inmediatas. Estados Unidos cerró la frontera al paso de armas y municiones destinadas a villa, cortando la fuente de abastecimiento de la que dependía cualquier intento de reconstruir su ejército.
Peor aún, [carraspeo] durante la batalla de Agua Prieta en noviembre de 1915, el gobierno estadounidense autorizó el paso de tropas carrancistas a través de territorio norteamericano para reforzar la guarnición que villa atacaba y permitió el uso de reflectores eléctricos alimentados con energía estadounidense que cegaron a los villistas durante el asalto nocturno.
y contribuyeron a su derrota. Villa atacó confiando en sorprender una guarnición débil y se encontró con un enemigo reforzado gracias a la colaboración de Washington. La derrota le costó otros miles de hombres. La rabia de Villa hacia Estados Unidos creció hasta convertirse en convicción política. empezó a sostener en cartas y declaraciones que Carranza había vendido México a los estadounidenses.
Aseguraba que existía un pacto secreto entre Carranza y Wilson, por el cual México cedería territorio, ferrocarriles y concesiones petroleras a cambio de un préstamo y del respaldo norteamericano. En una carta dirigida a Emiliano Zapata, Villa anunció su decisión. No gastaría un cartucho más contra los mexicanos y dedicaría sus fuerzas a atacar a los americanos en sus propias madrigueras.
La guerra civil para él había dejado de ser el problema principal. El enemigo verdadero estaba al norte de la frontera. A aquella convicción política se sumaban los agravios concretos. El dinero que Villa había depositado en el banco de Columbus estaba congelado. El comerciante Samuel Rabel le había vendido munición defectuosa y se negaba a devolver el oro.
La frontera estaba cerrada al armamento que necesitaba. Cada uno de estos agravios apuntaba hacia el mismo lugar, el pequeño pueblo fronterizo de Columbus, Nuevo México, donde se concentraban el dinero retenido, el comerciante que lo había estafado y una guarnición estadounidense que Villa creía débil. Allí dirigiría su respuesta.
El nombre de Samuel Rabel aparecía una y otra vez en la rabia de Villa durante aquellos meses. Rabel era un comerciante de Columbus que durante los años anteriores se había convertido en uno de los principales proveedores de armamento del caudillo. La relación había funcionado mientras Villa pagaba y Rabel entregaba. Pero en algún momento de 1915, el comerciante le vendió un cargamento de cartuchos Mauser de 7 mm que resultaron defectuosos.
Aquella munición falló en combate y falló en el peor momento posible durante las batallas del vajío, cuando los soldados villistas necesitaban cada disparo para enfrentar las ametralladoras de Obregón. Los testimonios posteriores señalarían que aquellos cartuchos inservibles contribuyeron a las derrotas que destruyeron a la división del norte.
Villa había pagado por aquella munición sumas considerables en oro y plata. Cuando comprendió que lo habían estafado, envió al coronel Candelario Cervantes a Columbus con una exigencia clara, que Rabel devolviera el dinero o reemplazara el material defectuoso. Label, que se había protegido por la frontera, respondió con desprecio.
No iba a tratar con bandidos mexicanos. Aquella respuesta selló su destino y el de Columbus. Villa decidió cruzar la frontera, capturar a Rabel y fusilarlo en territorio mexicano. Pero antes de Columbus hubo otro episodio que reveló la nueva orientación de Villa contra los estadounidenses. El 10 de enero de 1916, un grupo de villistas comandado por el general Ramón Banda Quesada detuvo un tren cerca de Santa Isabel en Chihuahua.
A bordo viajaban 17 empleados estadounidenses de una compañía minera, laco, que regresaban a reabrir las minas bajo la garantía de seguridad ofrecida por el gobierno de Carranza. Los villistas los bajaron del tren y los fusilaron casi a todos. La masacre de Santa Isabel provocó indignación en Estados Unidos y anunció lo que vendría.
Villa había declarado la guerra a los estadounidenses y estaba dispuesto a matarlos. Durante las semanas siguientes, Villa concentró sus fuerzas para la operación principal. Ya no comandaba la poderosa división del norte de 1914. Disponía de varios centenares de hombres, los que le quedaban tras las derrotas del año anterior.
Una fuerza guerrillera reducida, pero todavía leal. y endurecida por la adversidad, recibió el informe sobre Rabel en la Hacienda de San Jerónimo el 17 de febrero de 1916 y al día siguiente puso a sus hombres en marcha hacia el norte. La columna villista avanzó hacia la frontera a través del desierto de Chihuahua durante las semanas finales de febrero y los primeros días de marzo.
El movimiento se ejecutó con sigilo, evitando las poblaciones y las guarniciones carrancistas, manteniendo el objetivo en secreto, incluso para muchos de los propios combatientes. Villa conocía aquel terreno como pocos. Había sido arriero y prófugo en aquellas mismas tierras y sabía moverse por el desierto sin ser detectado.
Para los primeros días de marzo, la fuerza villista, aproximadamente 500 jinetes, se encontraba a pocos kilómetros de la línea fronteriza oculta en los terrenos áridos al sur de Columbus. Los objetivos del ataque se habían vuelto múltiples. Estaba Rabel, el comerciante que debía ser capturado y fusilado. Estaba el banco de Columbus, donde Villa esperaba recuperar dinero y donde el ataque podía financiarse mediante el saqueo.
Estaban los almacenes del pueblo, llenos de las armas, municiones y suministros que la frontera cerrada le negaba. Y estaba la guarnición de Camp Furlong, el destacamento del ejército estadounidense que custodiaba el pueblo y que Villa creía considerablemente más débil de lo que en realidad era. El golpe combinaría la venganza personal, la necesidad logística y el mensaje político.
Demostrar que Estados Unidos no era intocable. En la oscuridad de la madrugada del 9 de marzo de 1916, Villa dividió a sus hombres en dos columnas y dio la orden. Los jinetes avanzaron hacia la frontera en silencio, cruzaron la línea que sepaba los dos países y se prepararon para caer sobre el pueblo dormido.
Por primera vez 1814, una fuerza armada extranjera estaba a punto de atacar territorio continental de Estados Unidos. Eran aproximadamente las 4:15 de la madrugada cuando los primeros jinetes villistas entraron en Columbus al grito de Viva villa y viva México. El pueblo dormía. Columbus era una localidad pequeña y polvorienta de unos 350 habitantes, pegada a la frontera con sus casas de madera, su estación de ferrocarril, su banco, los almacenes comerciales y el campamento militar de Cam Furlon en las afueras.
Nada en aquel lugar anticipaba que estaba a punto de convertirse en el escenario del primer ataque contra territorio continental estadounidense en más de un siglo. Villa había dividido a sus fuerzas en dos columnlas que entraron por puntos distintos. Los jinetes se lanzaron por las calles, disparando contra las ventanas, golpeando las puertas, prendiendo fuego a los edificios.
El plan tenía objetivos concretos: el campamento militar, el banco, los almacenes y la captura de Samuel Rabel. Durante las primeras horas, el factor sorpresa favoreció a los atacantes. Los soldados estadounidenses de Cam Furlong, despertados por los disparos, tardaron en organizarse y los villistas recorrieron el pueblo prácticamente sin oposición durante los primeros minutos del asalto.
Los atacantes se dirigieron al comercial hotel donde creían que se ocultaba Rabel. Registraron el edificio, sacaron a los huéspedes, mataron a varios hombres. Pero Rabel, el hombre que había desencadenado todo, no estaba allí. se encontraba en el paso donde había viajado para someterse a un tratamiento médico.
El objetivo principal de la venganza personal de Villa se le escapó precisamente la noche en que cruzó la frontera para ajusticiarlo. Sus hermanos, que sí estaban en Columbus, lograron sobrevivir escondiéndose. El comerciante que había vendido munición podrida a villa y lo había llamado bandido, nunca pagó por ello.
Mientras un grupo buscaba a Rabel, otros villistas saquearon los almacenes y prendieron fuego al pueblo. Las llamas se propagaron rápidamente entre las construcciones de madera, iluminando la oscuridad y paradójicamente sellando el destino de los atacantes. Porque aquella luz permitió a los soldados estadounidenses, una vez recuperados de la sorpresa, ver con claridad a los jinetes villistas recortados contra el fuego.
La guarnición de Camp Furlong era considerablemente más fuerte de lo que Villa había calculado. El destacamento del decimotercer regimiento de caballería contaba con varios centenares de soldados y disponía de algo que decidiría el combate. Ametralladoras. Una vez que los oficiales organizaron la resistencia, los soldados emplazaron las ametralladoras y abrieron fuego sostenido contra los villistas que se movían por las calles iluminadas por el incendio.
El arma que había destruido a la división del norte en el vajío volvía a cobrarse víctimas villistas, esta vez en suelo estadounidense. Los jinetes, expuestos a la luz de las llamas, cayeron en número creciente bajo el fuego cruzado. El combate se prolongó durante aproximadamente 2 horas. A medida que avanzaba la madrugada y la resistencia estadounidense endurecía, Villa comprendió que mantener el ataque significaba la aniquilación.
Había logrado parte de sus objetivos, el saqueo de armas. municiones y caballos, la destrucción parcial del pueblo, el golpe simbólico contra Estados Unidos, pero el precio crecía con cada minuto. “Hacia el amanecer,” ordenó la retirada. Las columnas villistas abandonaron Columbus en dirección al sur, cruzando de nuevo la frontera hacia México, llevándose el botín y dejando atrás a sus muertos.
La caballería estadounidense los persiguió varios kilómetros dentro de territorio mexicano antes de regresar. El balance del ataque era sangriento. Aproximadamente 18 estadounidenses muertos entre soldados y civiles y un número considerablemente mayor de bajas villistas calculadas en alrededor de 100 hombres muertos en las calles del pueblo y en la persecución.
Columbus ardía y al otro lado de la frontera, en Washington, la noticia del ataque estaba a punto de desencadenar una respuesta de dimensiones que Villa no había anticipado. La noticia del ataque llegó a Washington pocas horas después y la reacción fue inmediata. Por primera vez la guerra de 1812 contra Gran Bretaña, una fuerza armada extranjera había invadido territorio continental de Estados Unidos y había matado a soldados y civiles norteamericanos en su propio suelo.
La afrenta era intolerable para la opinión pública. Los periódicos exigían represalia. El Congreso reclamaba acción. El presidente Woodro Wilson, que durante los años anteriores había intentado mantener una política cautelosa hacia México, comprendió que no podía dejar el ataque sin respuesta, sin pagar un costo político devastador.
La dimensión real del ataque a Columbus había sido modesta en términos militares. 18 muertos estadounidenses, un pueblo fronterizo, parcialmente incendiado, un asalto de dos horas ejecutado por una fuerza guerrillera reducida, pero la dimensión simbólica era enorme. había demostrado que la frontera no protegía a Estados Unidos, que un caudillo mexicano podía cruzarla y atacar un pueblo norteamericano y escapar.
Wilson no podía permitir que aquella humillación quedara impune, especialmente en un año electoral y en un momento en que la creciente probabilidad de entrar en la guerra europea exigía proyectar fortaleza. Dentro de los días siguientes, Wilson autorizó la operación militar que se conocería como la expedición punitiva. El objetivo declarado era capturar a Villa, vivo o muerto, y dispersar las fuerzas que habían atacado Columbus.
El mando recayó en el general John Joseph Persin, uno de los oficiales más capaces del ejército estadounidense, veterano de las campañas coloniales en Filipinas. Persin recibió la orden de cruzar la frontera y perseguir a Villa por el territorio de Chihuahua hasta neutralizarlo. La fuerza que Persin reunió reflejaba la determinación de Washington de no fracasar.
Las tropas iniciales sumaban unos 5000 soldados, cifra que durante los meses siguientes crecería hasta aproximadamente 10,000 hombres. Pero lo más significativo no era el número, sino la tecnología. La expedición punitiva fue la primera operación militar estadounidense en emplear sistemáticamente la tecnología moderna en territorio extranjero.
Aeroplanos del primer escuadrón de aviación para el reconocimiento aéreo. Camiones motorizados para el transporte. automóviles, telégrafo de campaña. Era el ejército del siglo XX lanzado contra un caudillo a caballo. El 15 de marzo de 1916, apenas 6 días después del ataque a Columbus, las columnas de Persing cruzaron la frontera y entraron en México.
La confianza estadounidense era absoluta. Los generales aseguraban que la captura de villa sería cuestión de semanas. ¿Cómo podría un bandolero analfabeto al frente de unos cientos de hombres exhaustos escapar del ejército más moderno del continente, equipado con aviones y automóviles? La superioridad material parecía garantizar un resultado rápido.
Aquella confianza ignoraba dos factores decisivos. El primero era el terreno, las montañas y los desiertos de Chihuahua, que villa conocía palmo a palmo y donde los aviones se averiaban y los camiones se atascaban. El segundo era la población, los campesinos chihuahüenses, que aún sin amar necesariamente a Villa, detestaban todavía más a los invasores extranjeros y que sistemáticamente negaban información a los estadounidenses, los enviaban en direcciones equivocadas o simplemente callaban.
Persing avanzaba hacia un territorio hostil, persiguiendo a un hombre que se movía como pez en el agua y que contaba con el silencio cómplice de toda una región. Villa, mientras tanto, había desaparecido. Tras el ataque y la retirada, se internó en las montañas de Chihuahua, dispersó a sus hombres y se ocultó.
El caudillo que Washington había dado prácticamente por acabado tras las derrotas de 1915, estaba a punto de protagonizar la fase más extraordinaria de su carrera, convertirse en el hombre más buscado del continente y humillar durante 11 meses al ejército más poderoso de América sin ser capturado jamás. Persin avanzó hacia el sur de Chihuahua, convencido de que la tecnología decidiría rápidamente la persecución.
Se equivocó casi de inmediato. Los ocho aeroplanos del primer escuadrón de aviación, presentados como el arma que localizaría a villa desde el aire, empezaron a fallar durante las primeras semanas. Los biplanos curtis no estaban diseñados para las altitudes de la Sierra Madre. Los vientos de montaña los zarandeaban.
Los motores perdían potencia en el aire enrarecido y uno tras otro fueron estrellándose o quedando inservibles. En pocos meses, la flota aérea que debía cazar a Villa había dejado prácticamente de existir. Los camiones motorizados corrieron una suerte parecida. Diseñados para caminos firmes, se hundían en la arena del desierto y se atascaban en el barro de los caminos rurales durante la temporada de lluvias.
Las fotografías de la época muestran a los soldados estadounidenses empujando sus vehículos modernos hundidos en zanjas o recurriendo a mulas mexicanas para sacarlos del lodo. El ejército del siglo XX descubría que en el terreno de Chihuahua sus máquinas valían menos que los caballos del caudillo al que perseguían.
Pero el obstáculo decisivo no fue técnico, sino humano. Persing necesitaba información para encontrar a Villa y la información solo podía venir de la población local. Aquella población se negó a darla. Cuando los soldados estadounidenses preguntaban por Villa, las respuestas eran siempre las mismas. Había pasado por allí la semana anterior. Estaba muy lejos.
Estaba en otra parte. Nadie lo había visto. Los campesinos enviaban a las columnas en direcciones equivocadas. Los guías contratados los perdían en las montañas. Un pueblo entero se cerró en un silencio cómplice. Villa, que para muchos chihuahuenses era un bandido, era de todos modos su bandido y nadie iba a entregarlo a los invasores extranjeros.
El episodio que mejor reveló el verdadero problema de Persing ocurrió el 12 de abril de 1916 en la ciudad de Parral. Un destacamento estadounidense al mando del mayor Frank Tomkins entró en la población buscando suministros. La reacción de los habitantes fue inmediata y furiosa. La gente salió a las calles gritando contra los invasores, lanzando piedras, insultando a los soldados.
Una maestra llamada Elisa Griensen reunió a los niños de su escuela, los armó con lo que encontró. y los lanzó contra el destacamento, gritando “¡Vivas a México!” Las tropas carrancistas de la zona, que en teoría debían colaborar con la persecución, empezaron a tomar posiciones para combatir a los estadounidenses.
Tomkins comprendió que se había metido en una trampa y ordenó la retirada bajo el fuego. Dos soldados estadounidenses murieron y varios resultaron heridos durante el repliegue. lo dejó todo claro. Pershing no perseguía solamente a un hombre, enfrentaba a un país entero que lo rechazaba. La población lo odiaba.
Las autoridades carrancistas saboteaban su misión y hasta los niños le tiraban piedras. Cada kilómetro que avanzaba lo hundía más en un territorio hostil donde su superioridad material de nada. Mientras tanto, Villa era invisible. Durante los primeros meses de la persecución, herido en una pierna por un combate previo con tropas carrancistas, el caudillo se escondió en una cueva de la Sierra Madre, la cueva del Costcomate, acompañado por apenas dos hombres de confianza mientras se recuperaba, 5000 soldados estadounidenses con aviones, camiones y telégrafos
recorrían Chihuahua buscándolo. Y él yacía herido en una cueva de montaña a la que ninguno se acercó. La paradoja resumía toda la operación. Persing terminaría enviando a sus superiores un informe que se haría famoso. Tenía el honor de comunicar que Villa se encontraba en todas partes y en ninguna. Mientras Persin recorría a Chihuahua sin encontrarlo, Villa se recuperaba de su herida en las montañas y planeaba el regreso.
El hombre que Washington había dado por acabado tras las derrotas de 1915. El fugitivo escondido en una cueva con dos compañeros estaba a punto de demostrar que la persecución estadounidense no solo había fracasado en capturarlo, sino que lo había fortalecido. El sentimiento antiankee que crecía en Chihuahua, alimentado por incidentes como el de Parral, jugaba a favor del caudillo.
Cada abuso de los invasores le ganaba simpatizantes. Cada campesino humillado por las tropas extranjeras era un recluta potencial. El regreso espectacular llegó el 15 de septiembre de 1916, 6 meses después del cruce de Persing. Villa eligió una fecha simbólica, la víspera de la independencia mexicana para atacar la ciudad de Chihuahua, la capital del estado.
La operación parecía imposible. La ciudad estaba defendida por más de 9000 soldados carrancistas y villa disponía de apenas 2000 hombres reunidos durante las semanas anteriores. Atacó de todos modos. Aprovechando el conocimiento de la ciudad y el factor sorpresa. Los villistas penetraron en Chihuahua antes del amanecer.
Llegaron a la prisión. liberaron a decenas de prisioneros que se incorporaron al instante a sus filas y se retiraron antes de que la guarnición pudiera organizar una respuesta. La operación se ejecutó casi sin bajas. El golpe demostró al mundo lo que Persing intentaba ocultar en sus informes optimistas.
El caudillo que la expedición punitiva debía haber capturado. No solo seguía libre, atacaba ciudades, liberaba prisioneros y reconstruía su ejército, mientras 10,000 soldados estadounidenses lo buscaban sin éxito. Durante los meses siguientes, Villa encadenó nuevas victorias. Volvió a tomar Chihuahua en noviembre, atacó Torreón, derrotó guarniciones carrancistas y para finales de 1916 controlaba de nuevo buena parte del estado donde su movimiento había nacido.
El derrotado de 1915 había resucitado. Mientras Villa renacía, la posición de Persing se volvía insostenible por otro frente. El 21 de junio de 1916, un destacamento estadounidense al mando del capitán Charles Boy chocó con tropas carrancistas en el pueblo de Carrizal. El combate fue desastroso para los estadounidenses.
El capitán Boit murió. Otro oficial cayó con él. 14 soldados resultaron muertos y 23 fueron capturados por los mexicanos. Carrizal estuvo a punto de provocar una guerra abierta entre Estados Unidos y México. Durante varios días, ambos países se prepararon para el conflicto, pero ninguno de los dos gobiernos lo quería.
Wilson tenía la mirada puesta en la guerra europea y Carranza sabía que México no podía sostener una guerra contra Estados Unidos. La crisis se desactivó mediante negociaciones, pero dejó claro que la presencia de Persin en México generaba más problemas de los que resolvía. Para finales de 1916, todo apuntaba al fracaso.
Villa estaba más fuerte que al comienzo de la persecución. La población mexicana era cada vez más hostil. Las relaciones con Carranza estaban al borde de la ruptura. La operación había costado decenas de millones de dólares sin alcanzar su objetivo y sobre todo la guerra en Europa se acercaba. La probabilidad de que Estados Unidos entrara en la Primera Guerra Mundial crecía cada semana y Washington podía permitirse mantener a 10,000 soldados atascados en Chihuahua cuando los necesitaría en Francia.
La decisión de retirarse llegó a comienzos de 1917. El 5 de febrero, las últimas tropas de Persing cruzaron la frontera de regreso a Estados Unidos sin haber capturado a Villa, sin haber dispersado definitivamente sus fuerzas, sin haber alcanzado ninguno de sus objetivos. 11 meses de persecución, 10,000 soldados, aviones, camiones y telégrafos.
Todo había fracasado ante un caudillo a caballo. Villa seguía libre en las montañas de Chihuahua y el ejército más poderoso del continente regresaba a casa derrotado por un hombre al que había despreciado. La retirada de Persing coincidió casi exactamente con un acontecimiento que cambiaría el destino del mundo. El mismo año en que las tropas estadounidenses abandonaban México humilladas, Estados Unidos entraba en la Primera Guerra Mundial y entre los dos hechos existía una conexión más directa de lo que suele reconocerse.
Durante los meses de la expedición punitiva, Alemania había observado con interés el desgaste militar estadounidense en México. Cada soldado norteamericano atascado en Chihuahua era un soldado que no estaría disponible para combatir en Europa. Berlín calculó que podía aprovechar el conflicto entre Estados Unidos y México.
Y en enero de 1917 el ministro de exteriores alemán, Arthur Cimmeran, envió un telegrama secreto al gobierno mexicano. La propuesta era extraordinaria. Si Estados Unidos entraba en la guerra contra Alemania, México debía atacar a su vecino del norte y a cambio Alemania lo ayudaría a recuperar los territorios perdidos en 1848, Texas, Nuevo México y Arizona.
El telegrama fue interceptado por la inteligencia británica y revelado al gobierno estadounidense. La indignación que provocó en la opinión pública norteamericana fue uno de los factores que empujaron a Estados Unidos a declarar la guerra a Alemania en abril de 1917. La conexión era reveladora. La aventura mexicana de Villa, que había comenzado con munición defectuosa y un comerciante que se negaba a devolver el oro, había contribuido a tensar las relaciones entre Estados Unidos y México hasta el punto de que Alemania creyó
posible convertir a México en su aliado contra Washington. El ataque a Columbus y la persecución de Persing formaban parte de la cadena de acontecimientos. que desembocó en la entrada estadounidense en la guerra mundial. Pershing paradójicamente salió fortalecido del fracaso mexicano. Apenas semanas después de regresar de Chihuahua, sin haber capturado a Villa, fue nombrado comandante de la fuerza expedicionaria estadounidense que se desplegaría en Francia.
La experiencia mexicana, por frustrante que hubiera sido, lo había convertido en el oficial de mayor perfil del ejército y dirigiría las tropas norteamericanas en el conflicto más importante de la época. Entre los oficiales jóvenes que habían servido bajo su mando en México y que alcanzarían fama posterior, estaban George Patton, que se había distinguido en una escaramuza, y otros que combatirían en las guerras mundiales.
Para Villa, el fracaso de Persing tuvo un efecto que ninguna victoria militar habría podido producir. El caudillo derrotado de 1915, el fugitivo escondido en una cueva, se transformó en el hombre que había desafiado a Estados Unidos y había sobrevivido. Había cruzado la frontera, atacado un pueblo norteamericano y escapado.
había resistido 11 meses de persecución del ejército más poderoso del continente sin ser capturado. Para amplios sectores del pueblo mexicano y para muchos en toda América Latina, Villa se convirtió en el símbolo de la resistencia frente al coloso del norte, el único hombre que se había atrevido a atacar a Estados Unidos en su propio territorio y había vivido para contarlo.
La expedición punitiva fue, vista en perspectiva, el primer gran fracaso del intervencionismo militar estadounidense del siglo XX. Estados Unidos había desplegado su poder material más avanzado contra un enemigo aparentemente insignificante y había fracasado. La lección que se repetiría décadas después en otros continentes era que la superioridad técnica no garantizaba la victoria contra un adversario que conocía el terreno y contaba con el apoyo de la población.
Aquella lección aprendida en Chihuahua en 1916 sería olvidada y reaprendida muchas veces a lo largo del siglo. Villa, mientras tanto, seguía libre. La aventura que había comenzado con la negativa de Estados Unidos a entregarle el armamento que había pagado, terminaba con el caudillo convertido en leyenda y con el ejército más poderoso de América, regresando a casa con las manos vacías.
Villa siguió libre en las montañas de Chihuahua durante los años que siguieron a la retirada de Persing. La caída de Carranza en 1920, derrocado por sus propios generales sonorenses, cambió las condiciones que habían sostenido la guerra del caudillo. El nuevo gobierno de Álvaro Obregón, el mismo hombre que había aniquilado a la división del norte en el Bajío, le ofreció condiciones de paz que Villa aceptó.
En julio de 1920 firmó su rendición a cambio de la hacienda de Canutillo en Durango, una extensión considerable de tierra donde se retiró con un grupo de sus hombres más leales. Los tres años en Canutillo mostraron una faceta inesperada del caudillo. Villa convirtió la hacienda en una comunidad agrícola próspera.
construyó una escuela para los hijos de sus antiguos soldados. Compró maquinaria agrícola moderna, instaló talleres, organizó la producción. El hombre que había incendiado Columbus y desafiado al ejército estadounidense, pasaba sus días administrando cosechas y enseñando a leer a los niños, pero su pasado no lo dejó en paz.
Villa seguía siendo una figura demasiado poderosa, demasiado impredecible, con demasiados enemigos acumulados a lo largo de una década de guerra. El 20 de julio de 1923, mientras conducía su automóvil por las calles de Parral, un grupo de hombres armados emboscó el vehículo desde una casa cercana. Las descargas fueron tan numerosas que Villa murió casi instantáneamente junto con varios de sus acompañantes.
El caudillo que había sobrevivido a las ametralladoras de Celaya, a la persecución de Persing a una década de combates, cayó asesinado en una calle de Chihuahua. Los autores intelectuales nunca fueron juzgados con claridad, aunque las sospechas apuntaron a sectores del gobierno que consideraban a Villa una amenaza permanente.
Tenía 45 años. Samuel Rabel, el hombre cuya negativa había desencadenado todo, nunca pagó por nada. La noche del ataque a Columbus se encontraba en el paso, fuera del alcance de los villistas, que lo buscaban para fusilarlo. Sus almacenes ardieron, pero él sobrevivió. El comerciante que había vendido munición defectuosa a villa, que se había quedado con su oro y que lo había llamado bandido, sabiéndose protegido por la frontera, escapó a la venganza que había provocado la muerte de 18 estadounidenses y la invasión de su propio pueblo.
La ironía era completa. El ataque a Columbus había logrado casi todo menos su objetivo personal original. John Persing alcanzó en Europa la gloria que México le había negado. Como comandante de la fuerza expedicionaria estadounidense en la Primera Guerra Mundial. dirigió a más de un millón de soldados norteamericanos en el frente occidental y terminó la guerra como uno de los militares más prestigiosos del país.
Recibió el rango de general de los ejércitos una distinción rarísima en la historia estadounidense. El fracaso de Chihuahua quedó sepultado bajo los laureles de Francia. murió en 1948, reconocido como un héroe nacional y pocos recordaban que su carrera había incluido 11 meses persiguiendo sin éxito a un caudillo a caballo.
El ataque a Columbus dejó una herida duradera en la memoria de ambos países. para Estados Unidos fue la única vez en más de un siglo en que una fuerza extranjera atacó territorio continental, un hecho que durante décadas alimentó el resentimiento y la desconfianza hacia México.
Para México, en cambio, Columbus y la posterior humillación de Persing se convirtieron en una fuente de orgullo nacional, la prueba de que ni siquiera el coloso del norte era invencible. El pueblo de Columbus, reconstruido tras el incendio, conserva hoy un museo dedicado a aquella madrugada de marzo y cada año recuerda el día en que Pancho Villa cruzó la frontera, la frontera que le había negado el armamento y que él había cruzado para cobrarse lo que consideraba suyo.
Más de un siglo después, los historiadores siguen discutiendo por qué Villa atacó Columbus. El episodio tiene la particularidad de admitir varias explicaciones, todas parcialmente ciertas, ninguna completamente satisfactoria por sí sola. Desentrañar las motivaciones reales del caudillo permite entender no solo aquel ataque, sino la lógica profunda de un hombre acorralado, que decidió jugarse todo en una sola operación.
[carraspeo] La primera explicación es la más concreta. La venganza contra Samuel Rabel. Villa había sido estafado por el comerciante, había perdido oro y había recibido munición que falló en combate. La negativa de Rabel a devolver el dinero, rematada con el insulto de llamarlo bandido, constituía para un hombre como villa una afrenta personal que exigía respuesta.
Esta teoría explica el objetivo específico del comercial hotel y la búsqueda del comerciante durante el ataque, pero no basta por sí sola. Nadie cruza una frontera internacional y arriesga una guerra solo para ajustar cuentas con un mercader. La segunda explicación es el dinero. El banco de Columbus retenía fondos que Villa había depositado para la compra de armas congelados tras el reconocimiento de Carranza.
El ataque podía servir para recuperar ese dinero o al menos para saquear recursos que la frontera cerrada le negaba. La necesidad logística era real. Villa intentaba reconstruir su ejército y carecía de los medios para hacerlo. Pero de nuevo, el saqueo de un pueblo fronterizo era un botín demasiado pequeño para justificar las consecuencias.
La tercera explicación y la que la mayoría de los historiadores considera la más profunda es política. Villa estaba convencido de que Carranza había vendido México a Estados Unidos. creía en la existencia de un pacto secreto por el cual México cedería territorio y recursos a cambio del respaldo norteamericano.
Para Villa, atacar Estados Unidos cumplía un propósito estratégico preciso, provocar una intervención militar estadounidense que pusiera a Carranza en una posición imposible. Si las tropas de Washington entraban en México persiguiendo a Villa, Carranza tendría que elegir entre tolerar la invasión, lo que lo desenmascararía como títere de los estadounidenses ante el pueblo mexicano o combatirla, lo que rompería su alianza con Washington.
En cualquiera de los dos casos, Villa ganaba. El ataque a Columbus era una trampa diseñada para destruir políticamente a Carranza. Esta interpretación tiene a su favor que explica lo que las otras no pueden un hombre inteligente arriesgaría una guerra por motivos que parecían menores Villa no atacó Columbus por error ni por simple sed de venganza.
lo hizo calculando que la reacción estadounidense desestabilizaría a su enemigo y en cierto modo el cálculo funcionó. La expedición punitiva sí tensó las relaciones entre Carranza y Washington hasta casi provocar una guerra en Carrizal y sí debilitó la posición del régimen carrancista ante un pueblo cada vez más antiyanque.
Lo más probable es que las tres motivaciones operaran juntas. Villa era un hombre capaz de combinar la venganza personal, la necesidad material y el cálculo político en una sola operación. Rabel le había robado, el banco le retenía el dinero y Carranza había vendido el país. Columbus reunía los tres agravios en [carraspeo] un solo blanco y el ataque los resolvía todos al mismo tiempo.
El episodio revela algo esencial sobre la relación entre México y Estados Unidos. Villa pasó de ser el aliado favorito de Washington a su enemigo más buscado en cuestión de meses, no porque él cambiara, sino porque cambió el cálculo estadounidense sobre quién convenía apoyar. Cuando dejó de ser útil, lo abandonaron y cuando se sintió traicionado, respondió de la única manera que conocía con las armas.
Aquella dinámica, la de un poder que apoya y desecha aliados según su conveniencia, definiría la relación entre ambos países durante el resto del siglo. De todos los episodios de la vida de Pancho Villa, el ataque a Columbus es el que mejor explica por qué su figura trascendió las fronteras de México para convertirse en un símbolo continental.
Otros caudillos ganaron batallas más grandes, gobernaron territorios más extensos, dejaron programas políticos más coherentes, pero ninguno hizo lo que Villa hizo aquella madrugada de marzo. Cruzar la frontera, atacar a Estados Unidos en su propio suelo y sobrevivir a la respuesta. Ese hecho, único en más de un siglo separó de todos los demás.
La dimensión simbólica del ataque creció con el paso del tiempo. En el momento fue una operación militar modesta de consecuencias mortales. Pero a medida que pasaron las décadas, Columbus se convirtió en algo más grande. La prueba de que el coloso del norte no era intocable, de que un hombre con unos cientos de jinetes podía golpearlo y escapar.
para un país que había perdido la mitad de su territorio en la guerra de 1847, que había sufrido la ocupación de Veracruz en 1914, que vivía a la sombra permanente de su poderoso vecino, la imagen de Villa cruzando la frontera para cobrarse lo que le debían. Tenía una fuerza que ninguna victoria contra otros mexicanos podía igualar.
La memoria del episodio quedó dividida según el lado de la frontera. En Estados Unidos, Columbus fue durante mucho tiempo un agravio. El recuerdo de la única vez que el territorio nacional fue invadido por una fuerza extranjera entre la guerra de 1812 y los ataques del siglo XXI. El pueblo reconstruido conservó la memoria de aquella madrugada y con los años convirtió el sitio del antiguo Cam Furlong en un parque y un museo que cuentan la historia del ataque y de la persecución.
Paradójicamente, el pueblo que Villa incendió terminó viviendo en parte de su memoria, atrayendo visitantes interesados en el episodio. En México, la memoria fue de signo opuesto. Villa, que en vida había sido para muchos un bandido, se transformó tras su muerte en uno de los símbolos centrales de la identidad nacional.
El gobierno que descendía de sus enemigos terminó incorporándolo al panteón oficial. Sus restos fueron trasladados al monumento a la revolución en Ciudad de México en 1976 junto a los de Madero, Carranza y calles, los mismos hombres con quienes había combatido. La canonización oficial convivió con la memoria popular que nunca dejó de ver en villa al hombre del pueblo, que se había atrevido a desafiar a los poderosos dentro y fuera de México.
La cultura popular amplificó la leyenda. Villa fue y sigue siendo una de las figuras más representadas de la historia mexicana en corridos, novelas, películas mexicanas y estadounidenses. La imagen del caudillo a caballo, con su sombrero y sus cananas cruzadas cruzando el desierto al frente de sus jinetes, se convirtió en uno de los iconos visuales más reconocibles del país.
Y dentro de esa leyenda, el ataque a Columbus ocupó siempre un lugar especial, porque era el episodio que mostraba a Villa enfrentándose no a otro mexicano, sino al enemigo exterior más poderoso imaginable. Lo que perdura del episodio, más allá de los hechos concretos, es la imagen de un hombre que se negó a aceptar la humillación.
Estados Unidos le había dado la espalda. Un comerciante lo había estafado y se reía de él desde el otro lado de la frontera. Su dinero estaba congelado y su armamento bloqueado. Villa podía haber aceptado la derrota y desaparecido. En lugar de eso, reunió a los pocos hombres que le quedaban y cruzó la frontera para cobrarse lo que consideraba suyo.
El gesto fue militarmente desastroso y costó muchas vidas, pero convirtió a un caudillo derrotado en una leyenda que el siglo no ha olvidado. Visto desde la distancia, el fracaso de Persing en Chihuahua fue mucho más que un episodio curioso de las relaciones entre México y Estados Unidos. Fue el primer ensayo de un patrón que el siglo XX repetiría una y otra vez en distintos continentes.
El de un ejército poderoso y tecnológicamente superior, incapaz de derrotar a un enemigo más débil, pero arraigado en su propio terreno y respaldado por su propia gente. La expedición punitiva reunió todos los elementos de ese patrón. Estados Unidos desplegó lo más avanzado de su arsenal.
Aviones, automóviles, telégrafos de campaña, 10,000 soldados profesionales. Villa disponía de caballos, conocimiento del terreno y el silencio cómplice de la población. La balanza material favorecía abrumadoramente a los estadounidenses. La balanza real, la que decidió el resultado, favorecía al caudillo. Los aviones se estrellaban, los camiones se atascaban, los soldados preguntaban por villa y recibían mentiras o silencio.
La superioridad técnica resultó inútil contra un enemigo que no presentaba batalla. que se disolvía entre la población y que reaparecía donde menos se esperaba. Décadas después, otros ejércitos aprenderían la misma lección a un costo mucho más alto. La idea de que la potencia de fuego y la tecnología garantizan la victoria se estrelló repetidamente contra la realidad de las guerras, donde el enemigo cuenta con el apoyo de la población local y el conocimiento del terreno.
Lo que Persin descubrió en Chihuahua en 1916, que no se puede capturar a un hombre al que todo un pueblo protege, sería redescubierto en las guerras de guerrillas y las insurgencias del resto del siglo. La expedición punitiva fue, en este sentido, un anticipo temprano de los límites del poder militar moderno.
Hay una segunda lección sobre la naturaleza de las alianzas entre potencias desiguales. Villa había sido el adiado favorito de Estados Unidos mientras le resultó útil. Lo cortejaron cuando parecía el ganador de la revolución. Lo filmaron, le vendieron armas, lo trataron como a un socio. En cuanto dejó de convenir, lo abandonaron y reconocieron a su enemigo.
Villa no entendió a tiempo que para una potencia los aliados son instrumentos, no compromisos, y que la utilidad de hoy no garantiza el respaldo de mañana. Su rabia, por desproporcionada que fuera en sus consecuencias, nacía de una traición real. lo habían usado y desechado. Esa dinámica, la de un poder que adopta y descarta aliados según su conveniencia del momento, se repetiría innumerables veces a lo largo del siglo y casi siempre con el mismo resultado para el aliado descartado.
Hay una tercera lección más incómoda sobre cómo se construyen los enemigos. Villa no nació enemigo de Estados Unidos. Fue empujado a serlo por una sucesión de agravios. El reconocimiento de su rival, el cierre de la frontera, la munición defectuosa, el dinero congelado, la ayuda prestada a sus enemigos en agua prieta.
Cada decisión de Washington, tomada por razones pragmáticas y sin medir las consecuencias, fue acercando al antiguo aliado hacia la ruptura. Cuando Villa finalmente atacó Columbus, Estados Unidos lo trató como a un bandido irracional, pero el bandido había sido en buena medida fabricado por las propias decisiones que ahora lo condenaban.
El episodio completo, desde la munición defectuosa de Rabel hasta la retirada de Persin, cuenta una historia que excede a sus protagonistas. Cuenta como un aliado humillado se convierte en enemigo, cómo la fuerza bruta fracasa contra la voluntad de un pueblo y cómo las potencias que se creen invencibles descubren una y otra vez que el poder tiene límites que su tecnología no puede superar.
Villa lo demostró en 1916 a caballo, en el desierto de Chihuahua, frente al ejército más moderno del continente. Volvamos al momento preciso. Es la madrugada del 9 de marzo de 1916. El desierto al sur de Columbus está en silencio y a oscuras. 500 jinetes esperan ocultos en los terrenos áridos, a pocos kilómetros de la línea que separa México de Estados Unidos.
Al frente está Pancho Villa, el hombre que un año antes comandaba el ejército más poderoso del continente y que ahora dirige a los restos endurecidos de aquella fuerza. Lleva semanas planeando este momento. Ha cruzado el desierto en secreto, evitando guarniciones y poblaciones, manteniendo el objetivo oculto hasta el último instante.
Frente a él, dormido y desprevenido, está el pueblo que reúne todos sus agravios. Villa divide a sus hombres en dos columnas. La orden es atacar antes del amanecer, cuando la guarnición duerme y la oscuridad protege a los atacantes. Los jinetes revisan las armas en silencio. Muchos de ellos han combatido junto a Villa desde los días de las grandes victorias.
Han sobrevivido a Celaya y a las derrotas del vajío. Han seguido al caudillo cuando todo parecía perdido. Ahora están a punto de hacer algo que ningún ejército mexicano ha hecho en generaciones. Atacar a Estados Unidos en su propio territorio. Pasadas las 4 de la madrugada, Villa da la orden.
Las columnas se ponen en movimiento y cruzan la frontera en la oscuridad. No hay vallas ni muros que detengan a los jinetes, solo la línea invisible que separa los dos países. Los caballos avanzan al paso para no hacer ruido y luego al acercarse al pueblo rompen al galope. Los pillistas entran en Columbus gritando viva villa y viva México! Disparando contra las ventanas, golpeando las puertas.
El pueblo despierta al estruendo de los cascos y los disparos. Durante los primeros minutos, el caos favorece a los atacantes. Los soldados de C Furlong, arrancados del sueño por el tiroteo, tardan en comprender qué ocurre. Los bilistas recorren las calles y rumpen en el comercial hotel buscando a Samuel Rabel.
saquean los almacenes, prenden fuego a los edificios. Las llamas empiezan a elevarse sobre las construcciones de madera y por un momento parece que el pueblo está a merced de los jinetes. Villa está cobrándose en una sola noche todos los agravios acumulados. La munición podrida, el oro robado, la frontera cerrada, la traición de Washington.
Pero el fuego que ilumina la noche también marca el cambio de la suerte. Recortados contra las llamas, los jinetes villistas se vuelven blancos perfectos. Los soldados estadounidenses, ya organizados, emplazan las ametralladoras y abren fuego. El mismo tipo de arma que destrozó a la división del norte en el vajío vuelve a segar villistas ahora en suelo norteamericano.
Los hombres de villa empiezan a caer. Lo que comenzó como un asalto sorpresa se convierte con el avance de la madrugada en una trampa mortal iluminada por el incendio que ellos mismos provocaron. Villa lo comprende. Rabel no aparece. Se ha escapado a el paso. La guarnición es más fuerte de lo previsto.
Cada minuto adicional cuesta más hombres. Hacia el amanecer, el caudillo da la orden de retirada. Los jinetes abandonan Columbus, llevándose lo que han podido saquear, dejando atrás a sus muertos en las calles y cruzan de nuevo la frontera hacia México mientras el pueblo arde a sus espaldas. En términos militares, el ataque ha sido un fracaso.
No capturó a Rabel, no tomó el banco como esperaba. Perdió alrededor de 100 hombres frente a 18 estadounidenses muertos. Pero en aquel momento, mientras Cabalda de regreso al desierto, con el resplandor del incendio iluminando el cielo a sus espaldas, Villa ha hecho algo que resonará durante más de un siglo. Ha respondido a la nación que lo traicionó.
Ha demostrado que la frontera no protege a Estados Unidos. ha provocado al coloso del norte y vivirá para verlo fracasar persiguiéndolo. Lo que parece una derrota aquella madrugada es en realidad el comienzo de la leyenda. El caudillo acabado de 1915 acaba de convertirse en el único hombre que se atrevió a atacar a Estados Unidos en su propio suelo.
Y durante los 11 meses siguientes, el ejército más poderoso del continente lo buscará por todo Chihuahua sin encontrarlo jamás. Lo que Pancho Villa hizo cuando Estados Unidos se negó a entregarle el armamento que había pagado, fue en el fondo, negarse a aceptar la humillación. Esa es la clave para entender no solo el ataque a Columbus, sino al hombre entero.
Villa podía haber hecho lo que hace la mayoría de los derrotados. tragarse el agravio, desaparecer en las montañas, sobrevivir como pudiera. En lugar de eso, reunió a los pocos hombres que le quedaban y cruzó la frontera para cobrarse lo que consideraba suyo. La decisión fue desastrosa en lo militar y costó muchas vidas, pero nació de un principio que el caudillo nunca abandonó.
No dejarse pisar sin responder. Conviene recordar la cadena de agravios que lo llevó hasta allí, porque explica por qué un hombre inteligente tomó una decisión tan arriesgada. Estados Unidos lo había acortejado mientras le convenía y lo había abandonado en cuanto dejó de serles útil. Había reconocido a Carranza, su enemigo, como presidente legítimo.
Había cerrado la frontera al armamento del que dependía. había ayudado a sus enemigos a derrotarlo en agua prieta y por encima de todo, un comerciante protegido por esa misma frontera le había vendido munición podrida, que contribuyó a destruir su ejército. Se había quedado con su oro y lo había llamado bandido, sabiéndose intocable.
Cada uno de esos golpes apuntaba en la misma dirección. Columbus los reunía todos. La primera lección del episodio es sobre la dignidad de los débiles. Villa no atacó Columbus porque tuviera posibilidades de ganar una guerra contra Estados Unidos. Sabía que no las tenía. atacó porque la alternativa era aceptar en silencio una serie de humillaciones que consideraba intolerables.
Hay una diferencia entre el cálculo frío de las probabilidades y la defensa de la propia dignidad, y Villa eligió la segunda. El gesto fue, en términos prácticos, una locura, pero convirtió a un caudillo derrotado en una figura que el poderoso vecino del norte no pudo doblegar y que más de un siglo después sigue siendo recordado precisamente por haberse negado a agachar la cabeza.
La segunda lección es sobre los límites del poder. Estados Unidos respondió al ataque con todo su arsenal. 10,000 soldados, aviones, automóviles, la tecnología militar más avanzada de la época y fracasó. No pudo capturar a un hombre que conocía su terreno y contaba con el silencio de su gente.
La superioridad material, que parecía garantizar una victoria rápida, resultó inútil frente a la combinación de astucia, conocimiento del territorio y apoyo popular. Persingin regresó a casa con las manos vacías y la lección quedó escrita para quien quisiera leerla. El poder tiene límites que ninguna tecnología supera. La tercera lección es la más incómoda y apunta hacia Washington más que hacia Villa.
El enemigo que atacó Columbus había sido fabricado en buena medida por las propias decisiones estadounidenses. Villa no nació enemigo de Estados Unidos. fue empujado a hacerlo agravio tras agravio por un poder que tomaba decisiones pragmáticas sin medir sus consecuencias. Cuando finalmente respondió, lo trataron como a un criminal irracional, pero su rabia tenía causas reales y la nación que lo perseguía como a un bandido había contribuido a crearlo.
Es una dinámica que se repetiría muchas veces a lo largo del siglo. potencias que apoyan y desechan aliados según su conveniencia y que luego se sorprenden cuando esos aliados descartados se vuelven contra ellas. Los protagonistas siguieron sus caminos. Villa se retiró a Canutillo, construyó escuelas y fue asesinado en Parral en 1923.
Rabel nunca pagó por su estafa. Persin alcanzó la gloria en Europa. Carranza, el enemigo cuya destrucción villa buscaba, fue derrocado y asesinado en 1920. Cada uno encontró su destino, pero el episodio que los unió a todos sigue contando algo que los trasciende. Porque al final lo que Villa hizo cuando Estados Unidos le negó el armamento no fue solo atacar un pueblo fronterizo.

fue afirmar que ni siquiera el más débil está obligado a aceptar la humillación en silencio y que el más poderoso no siempre puede imponer su voluntad. Cruzó la frontera sabiendo que probablemente perdería y al perder ganó algo que ninguna victoria militar le habría dado, la condición de leyenda. Si te ha gustado esta historia y quieres descubrir más episodios donde figuras despreciadas desafiaron a los poderosos y cambiaron el curso de la historia, suscríbete al canal y activa la campanita para no perderte los próximos
vídeos. En el siguiente episodio reconstruiremos la historia completa de la batalla de Celaya, el enfrentamiento en que Álvaro Obregón aniquiló a la división del norte y transformó para siempre la guerra en México, demostrando que la era de las grandes cargas de caballería había terminado. Nos vemos pronto.