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Frida Kahlo: la mujer que sufrió por amor mientras se convertía en una leyenda

Era inteligente, curiosa, irreverente, una niña que no encajaba del todo en ningún molde y que quizás por eso terminaría creando el suyo propio. Pero la vida no tardó en mostrarle su lado más cruel. A los 6 años, Frida contrajo poliomialitis, una enfermedad que en aquella época era casi una sentencia. Sobrevivió, pero la pierna derecha quedó más delgada, más corta, ligeramente diferente.

Los niños del barrio, con esa crueldad sin filtros que a veces tiene la infancia, la llamaban Frida Pata de Palo. Ella respondía con desafío, con humor, con una actitud que ya entonces anticipaba quién sería de adulta. Aprendió a caminar diferente, a moverse diferente, a existir diferente y en lugar de esconder esa diferencia, con el tiempo la convertiría en parte de su identidad.

Esa primera batalla contra el cuerpo fue solo el ensayo de lo que vendría después, porque la vida de Frida Calo no fue una historia de éxito tranquilo, fue una historia de golpes, de levantadas, de amor que duele más que las heridas físicas, de arte que nace exactamente donde más duele.

Y para entender todo eso, hay que seguir adelante, hay que conocerla de verdad. Bienvenidos a este recorrido por la vida de una de las mujeres más fascinantes del siglo XX. Si en algún momento alguien que conoces te ha roto el corazón y aún así has seguido amándolo, escríbelo en los comentarios, porque esta historia también va de eso, de amar sin poder evitarlo, aunque duela. de Frida Calo.

Coyoacán en los años 20 era un lugar donde el tiempo parecía moverse más despacio que en el resto del mundo. Las calles empedradas, las casas de colores vivos, los mercados llenos de olores a flores y especias, todo formaba parte de un universo que Frida absorbía con una intensidad poco común.

Pero ella no quería quedarse en ese universo para siempre. Quería más. Quería entender cómo funcionaba el mundo. Quería estudiar. Quería ser médica. Y con esa determinación que la caracterizaba desde niña, a los 15 años logró entrar en la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México, una de las instituciones educativas más prestigiosas del país, donde solo el 35 de los 2000 estudiantes eran mujeres.

Allí, entre pasillos llenos de jóvenes brillantes y profesores que moldeaban mentes, Frida encontró su tribu. Se unió a un grupo de estudiantes intelectuales y rebeldes conocidos como los cachuchas, jóvenes que leían a Marx, que debatían sobre política y arte, que cuestionaban todo lo que la sociedad mexicana de la época daba por sentado.

En ese grupo había risas, complicidad, ideas que chocaban entre sí como piedras produciendo chispas y Frida era una de las chispas más brillantes. Fue también en esos años cuando vio por primera vez a Diego Rivera. El muralista más famoso de México estaba pintando uno de sus monumentales frescos en el anfiteatro de la propia escuela preparatoria.

Frida, con esa descaro que la hacía única, lo observaba trabajar desde abajo y a veces le gritaba comentarios irónicos. Rivera, 20 años mayor que ella, casado, enorme físicamente, con fama de mujeriego y redento, ni siquiera le prestaba atención. No podía imaginar que aquella adolescente insolente que lo interrumpía desde el suelo sería el amor de su vida y también su mayor tormento.

Por ahora, Frida seguía siendo una estudiante con sueños de medicina y una vida todavía intacta, pero esa integridad estaba a punto de quebrarse de una manera tan violenta que nada volvería a ser igual. El destino, que a veces actúa con una brutalidad innecesaria, ya tenía preparado el siguiente golpe.

Y ese golpe llegaría un martes de septiembre en un autobús de madera en medio de una tarde ordinaria que terminaría siendo extraordinaria por las peores razones posibles. El 17 de septiembre de 1925, Prida Calo tenía 18 años y todo el futuro por delante. Ese día abordó un autobús junto a su novio de entonces, Alejandro Gómez Arias.

Era uno de esos días en que nada parece anunciar lo que está a punto de ocurrir, el sol, el ruido de la ciudad, la rutina. Y entonces, en cuestión de segundos, todo cambió. El autobús en el que viajaban chocó de frente contra un tranvía eléctrico. El impacto fue devastador. Los vehículos de la época no tenían los sistemas de seguridad que conocemos hoy.

La madera astillada voló en todas direcciones. Los pasajeros fueron lanzados como muñecos y Frida, que en ese momento llevaba una sombrilla metálica bajo el brazo, sufrió algo que desafía la imaginación. La barra de metal la atravesó por la cadera, entrando por un lado y saliendo por el otro.

La columna vertebral quedó fracturada en tres lugares. La clavícula rota, varias costillas fracturadas. La pierna derecha, la misma que ya había sido debilitada por la polio, destrozada en 11 puntos, el pie derecho aplastado y además el pasamanos del autobús le había fracturado la pelvis en tres lugares distintos. Alejandro la encontró tendida en el suelo, cubierta de sangre y de polvo dorado de un paquete de pintura en polvo que alguien llevaba en el autobús.

Años después, él recordaría ese momento con una imagen que se le grabó para siempre en la memoria. Frida, en medio de los escombros, cubierta de ese polvo que brillaba como oro, parecía una figura sacada de un sueño terrible y hermoso al mismo tiempo. Los médicos que la atendieron no creían que fuera a sobrevivir.

Su cuerpo era un mapa de fracturas y heridas, pero Frida sobrevivió. sobrevivió con una voluntad que no se puede explicar racionalmente. Lo que nadie podía anticipar entonces era que esa supervivencia tendría un precio enorme. Los meses de inmovilidad absoluta, atrapada en un corsé de yeso, mirando el techo de su habitación, serían el comienzo de algo que nadie esperaba, ni ella misma.

Imagina estar tumbada boca arriba durante meses. Imagina no poder moverte, no poder salir, no poder hacer casi nada. Imagina que tienes 18 años y que acababas de empezar a vivir. Eso fue exactamente lo que vivió Frida Calo después del accidente. Meses en cama, inmovilizada, con un corsé de yeso que le cubría el torso entero, mirando el techo de la casa azul, que era como llamaban a la casa de su familia en Coyoacán.

Pero Frida no era el tipo de persona que se queda quieta, ni siquiera cuando el cuerpo la obliga a estarlo. Su madre mandó fabricar un espejo especial que se colocó en el techo, justo encima de su cama, para que pudiera verse el rostro, y su padre le prestó sus pinturas. Así, casi sin proponérselo, Frida comenzó a pintar.

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