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Agatha Christie — La reina del crimen que escondía su mayor secreto

 La familia Miller habitaba una casa llamada Ashfield, en las afueras de la ciudad. No era una mansión señorial, pero sí una vivienda amplia y cómoda, rodeada de un jardín que, a los ojos de una niña tenía las dimensiones de un reino entero. Había un huerto, había praderas de césped, había un bosquecillo con árboles altos donde la luz se filtraba en columnas verdes.

En aquel jardín transcurrió la parte más dichosa de su infancia, y aquella casa volvería su memoria una y otra vez durante el resto de su existencia, como quien regresa al único paraíso que ha conocido de verdad. El padre Frederick Miller era estadounidense, hombre sociable y de trato agradable, querido por cuántos lo conocían.

Agatha Christie: First Lady of Crime — WHISTLESTOP BOOKSHOP

 Vivía de las rentas heredadas, sin oficio ni ambición particular, dedicado a sus clubes, a sus amistades y a una existencia tranquila que entonces parecía inquebrantable. La madre Clara era de naturaleza muy distinta, intensa, imaginativa, intuitiva hasta lo asombroso, capaz de presentir las cosas antes de que ocurrieran y de ver el mundo siempre en clave de drama.

 De ella heredaría Agatha la imaginación, del padre la dulzura y el sentido del humor. Entre ambos compusieron un hogar afectuoso, sereno y por aquel entonces sin sombras. Agatha era la menor de tres hermanos y esa circunstancia marcó por completo su carácter. Su hermana Match le llevaba 11 años, su hermano Monti 10. Cuando ella apenas empezaba a descubrir el mundo, los dos mayores eran ya casi adultos, ocupados en sus estudios, en sus viajes y en su propia vida.

 De manera que, pese a tener hermanos, la pequeña creció en la práctica como hija única, en una casa habitada sobre todo por personas mayores, sus padres, los sirvientes y por encima de todos la figura entrañable de su vieja niñera, a la que siempre llamó Norcy. Aquella soledad, lejos de entristecerla, se convirtió en su mayor tesoro.

 Sin compañeros de juego de su edad, la niña aprendió a fabricarlos ella misma. Los gatitos fueron los primeros, pero pronto vinieron otros. familias enteras de criaturas inventadas con sus historias, sus parentescos y sus destinos, que ella gobernaba como una pequeña divinidad doméstica. Un simple aro de madera, su compañero inseparable, se transformaba, según el día, en un caballo de carreras, en una serpiente marina o en un tren expreso, y con él recorría el jardín durante horas, viviendo aventuras que solo ella

presenciaba. No necesitaba más. Llevaba dentro un teatro entero y en aquel teatro nunca caía el telón. La educación de la pequeña discurrió por caminos igualmente singulares. Su madre sostenía una teoría firme. Ningún niño debía aprender a leer antes de los 8 años, pues hacerlo demasiado pronto perjudicaba los ojos y la cabeza.

 Era un convencimiento sincero propio de una mujer que confiaba más en sus intuiciones que en los manuales. Por eso, nadie en Ashfield se molestó en enseñar las letras a Agatha y se dio por hecho que esperaría pacientemente la edad reglamentaria, entretenida con sus juegos y sus historias inventadas. La niña, sin embargo, tenía otros planes, aunque ni ella misma fuera del todo consciente de ellos.

 Pasaba largos ratos con un libro de cuentos en el regazo, pidiendo que se lo leyeran una y otra vez, observando los signos de la página, asociando sonidos y formas, preguntando aquí y allá el nombre de una letra como quien no quiere la cosa. Y un día, casi sin que nadie lo advirtiera, sucedió lo inevitable.

 A los 5 años, sentada con su libro, comenzó a leer sola, en voz alta las palabras que hasta entonces le habían leído los demás. Fue Nursi quien lo descubrió y quien, mitad orgullosa, mitad apurada, hubo de confesar a la madre que la pequeña, contra todo pronóstico y contra toda teoría, ya sabía leer. Aquel pequeño acto de desobediencia silenciosa encierra la clave del enigma planteado al principio.

 La timidez de Agatha no era vacío, sino reserva. Bajo su silencio bullía una mente incansable, ávida de historias, que no esperaba permiso para alimentarse. La misma niña, que no se atrevía a hablar con un extraño, era capaz de construir a solas mundos enteros poblados de personajes, conflictos y desenlaces.

 Aquel jardín de Torque fue su primer escenario y los gatitos, sus primeras criaturas de ficción. Mucho antes de imaginar un solo crimen, Agatha Cristiis ya había aprendido el arte esencial de su oficio. Dar vida a quienes no existen y hacerlos tan reales que el lector, como ella misma de niña, olvide que nunca respiraron. Así, entre las paredes amables de Ashfield y la luz verde de su jardín, se fue formando, sin que nadie lo sospechara, la imaginación que un día asombraría al mundo.

Era todavía una niña callada que jugaba sola y leía escondidas, pero ya llevaba dentro, intacto y secreto, el manantial del que brotaría toda su obra. Una tarde de noviembre de 1901, una niña de 11 años permanecía inmóvil en el rellano de una escalera, escuchando el silencio espeso de una casa donde algo terrible se estaba decidiendo.

Arriba, tras una puerta cerrada, su padre llevaba días debatiéndose entre la vida y la muerte. Dos enfermeras lo atendían sin descanso y su madre no se había separado de su lado ni de día ni de noche. De pronto, la puerta del dormitorio se abrió de golpe. La madre salió como impulsada por una fuerza invisible, las manos apretadas contra los ojos y se encerró en la habitación contigua sin mirar a nadie.

Entonces una de las enfermeras bajó unos peldaños y dijo a la abuela que subía despacio, “Todo ha terminado.” La niña comprendió en aquel instante que su padre había muerto. Aquel día se cerró para siempre el paraíso de Ashfield. La criatura que poco antes poblaba el jardín de amigos invisibles descubría de golpe que el mundo podía romperse, que las puertas se cerraban y no volvían a abrirse, que la seguridad en la que había crecido era mucho más frágil de lo que jamás había imaginado.

Pero junto al dolor se abría también un misterio de otra índole, uno que los adultos comentaban en voz baja por los rincones de la casa, el del dinero de la familia, que parecía haberse esfumado sin dejar rastro. Aquella cuestión que entonces Ganini apenas alcanzaba a entender planeaba ya sobre su porvenir.

Frederick Miller había muerto a los 55 años de una neumonía doble agravada por semanas de angustia. Su salud venía deteriorándose desde hacía tiempo, pero los médicos nunca lograron poner un nombre claro a su mal. Lo que sí estaba claro era que las preocupaciones económicas lo habían ido minando por dentro.

 En sus últimos meses viajaba con frecuencia a Londres, alojado en casa de su madrastra. buscando algún empleo que le permitiera sostener a los suyos. No lo encontró. En aquella época, un caballero como él no estaba preparado para ganarse la vida. O se era abogado, médico o militar, o se pertenecía desde la juventud a una de las grandes casas bancarias, o sencillamente no había lugar en el mundo de los negocios.

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