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FLOR estuvo EMBARAZADA de JAVIER 5 meses… ANTONIO la obligó a abortar y ella nunca lo perdonó

5:30 de la mañana. Antonio Aguilar cerró la puerta de la casa de Coyoacán con cuidado. No quería despertar a Pepe. El niño tenía 6 años recién cumplidos. Dormía en su cuarto con la puerta entreabierta. Antonio cargó su maleta hasta el Cadillac. Tenía grabaciones en Guadalajara. Cuatro semanas fuera de la ciudad.

regresaría el 14 de marzo. Flor lo vio desde la ventana de la sala. No salió a despedirse. Se quedó ahí parada, quieta, viendo como el cadilac desaparecía en la esquina. Cuando el motor ya no se oía, Flor caminó a su cuarto, abrió el closet, sacó una caja de metal del fondo, detrás de los zapatos que nunca usaba. La abrió.

Dentro había tres cartas perfumadas. Olor a gardenias baratas, todas firmadas Turro. Rocío, la bailarina de Cabaret de Monterrey, 23 años, piernas largas, sonrisa fácil, la amante de Antonio. Flor encontró las cartas dos meses atrás, diciembre de 1964. En el bolsillo interior del saco gris de Antonio, el que usaba para presentaciones importantes, lo llevó a la tintorería, revisó los bolsillos antes de entregarlo y ahí estaban.

Mi Antonio querido, extraño tus manos. Extraño cómo me miras cuando canto solo para ti. Regresa pronto, tu royó las tres cartas esa tarde, sentada en el piso de su cuarto con la puerta cerrada. Pepe jugaba en el jardín, [música] se oían sus risas desde la ventana. No lloró. Eso fue [música] lo extraño. No sintió ganas de llorar.

Lo que sintió fue libertad. Porque si Antonio tenía secretos, ella también podía tenerlos. Si Antonio buscaba cariño en otra cama, ella podía hacer lo mismo. El matrimonio era una mentira de todas formas. Hacía 3 años que dormían en la misma cama sin tocarse. 5 años que Antonio solo la besaba cuando había fotógrafos cerca.

Flor guardó las cartas en la caja de metal, las escondió en el closet, no le dijo nada a Antonio, pero tomó una decisión. Esa misma noche del 15 de febrero, cuando Antonio ya estaba en Guadalajara, Flor marcó un número que se sabía de memoria, un número que había marcado cientos de veces en su cabeza, pero nunca en la vida real.

El teléfono sonó cuatro veces. Bueno, la voz de Javier Solís, ronca, cansada. Eran las 11 de la noche. Javier, soy yo. Hubo un silencio largo. Javier respiró profundo del otro lado. Flor. Antonio se fue a Guadalajara cuatro semanas. Otro silencio. ¿Estás segura? Nos vemos mañana en el lugar de siempre. Flor colgó antes de que Javier pudiera responder.

Se quedó sentada junto al teléfono con el corazón latiéndole rápido, las manos temblando. Acababa de cruzar una línea y no había vuelta atrás. El [carraspeo] lugar de siempre era un departamento en la colonia Roma, segundo piso de un edificio viejo en la calle Orizaba. Javier lo rentaba bajo el nombre de un amigo, Ernesto Villalobos, contador, 52 años, hombre discreto que cobraba 500 pesos al mes por prestar su nombre.

Nadie sabía de ese departamento, ni la esposa de Javier, ni los productores, ni los músicos con los que trabajaba. Era su refugio, el lugar donde escribía canciones, donde fumaba en paz, donde podía ser el mismo sin las cámaras ni los reflectores. Flor y Javier se conocieron 6 años antes, 1959. Estudios churubusco. Grabación de la película La cucaracha.

Flor tenía el papel de Valentina, una adelita enamorada de un revolucionario que nunca regresaba. Javier no estaba en la película, solo fue a visitar a un amigo que trabajaba en el set, [música] Jorge Mistral, actor español. Fumaban juntos en los descansos. Ese día Flor grababa una escena musical. Cantaba Que seas feliz sentada junto a una ventana de utilería.

Vestido blanco, reboso negro, maquillaje que la hacía ver más joven de sus 28 años. Javier estaba en el pasillo fumando cuando la escuchó. cantar. Apagó el cigarro, entró al set sin que nadie lo invitara. Se quedó parado en una esquina, quieto, viendo como Flor cerraba los ojos al llegar al coro. Que seas feliz, aunque me cueste la vida.

que seas feliz, aunque no esté yo contigo. Cuando terminó la toma, el director gritó, “Corten.” Flor abrió los ojos, se bajó de la silla de utilería y lo vio ahí parado mirándola. Javier caminó hacia ella despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cantas como si te estuvieran rompiendo el corazón.

Flor lo miró directo a los ojos. porque me lo están rompiendo. No dijeron nada más ese día, pero ambos lo supieron. Había algo ahí, algo peligroso, [música] algo que no podían tocar. Los siguientes 6 años fueron una tortura silenciosa. Se veían en eventos, en programas de televisión, en grabaciones, [música] siempre rodeados de gente, siempre sonriendo para las cámaras, [música] siempre fingiendo que solo eran colegas.

Pero había miradas. Miradas largas, miradas que duraban dos segundos de más, miradas que decían todo lo que no podían decirse en voz alta. En 1962 coincidieron en Monterrey, Festival de la Canción Mexicana. Tres días de presentaciones. Antonio estaba con Flor. La esposa de Javier, Blanca Estela, también viajó.

La última noche del festival hubo cena de gala en el hotel Ansira. 120 invitados. Orquesta en vivo, champán francés. Antonio se sentó con productores a hablar de negocios. Blanca Estela platicaba con otras esposas en una mesa del fondo. Flor salió al jardín del hotel. Necesitaba aire. Necesitaba alejarse del ruido, de las conversaciones falsas, de la sonrisa que llevaba pintada en la cara desde hacía horas.

Se quedó parada junto a una fuente. El agua caía en cascada. hacía un ruido suave, tranquilo. Yo también necesitaba aire. La voz de Javier detrás de ella. Flor no volteó, solo cerró los ojos. No deberías estar aquí. Lo sé. Si alguien nos ve, no nos van a ver. Todos están adentro. Javier se paró junto a ella, los dos mirando [música] la fuente, sin tocarse, separados por 30 cm que parecían kilómetros.

¿Eres feliz, Flor? La pregunta la tomó por sorpresa. Nadie le había preguntado eso en años. No, yo tampoco. Se quedaron ahí parados 10 minutos más en silencio, solo escuchando el agua de la fuente. Y cuando Flo regresó al salón, Antonio ni siquiera notó que se había ido. Pero esa noche de febrero de 1965 fue diferente porque ya no había nada que perder.

Antonio tenía a Rocío. Flor tenía las cartas como prueba. El matrimonio era una farsa y Flor estaba cansada de fingir. 16 de febrero de 1965, 3 de la tarde. Flor llegó al departamento de la calle Orizaba en taxi. Le pidió al chóer que la dejara dos cuadras antes. Caminó el resto del camino. Llevaba lentes oscuros, sombrero de ala ancha, vestido azul marino.

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