Chávez sabía escuchar, sabía preguntar, sabía hacer sentir a una mujer que era la [música] persona más importante del mundo en ese momento. Y eso para muchas era infinitamente más poderoso que el atractivo físico. Se graduó de la academia en [música] 1975 como subteniente y fue destinado a diferentes unidades militares en Venezuela.
Y fue en esos años de oficial joven [música] moviéndose entre cuarteles y ciudades. Cuando Hugo Chávez conoció a la primera mujer importante de su vida. Su nombre era Nancy Colmenares. Era maestra de escuela [música] primaria, originaria de Sabaneta como él, con una familia modesta y una sonrisa tranquila.
Nancy era exactamente lo que un oficial joven del ejército venezolano de los años 70 necesitaba para proyectar est habilidad. Y Hugo Chávez se casó con ella en 1977. Tenía [música] 23 años. El matrimonio entre Hugo Chávez y Nancy Colmenares duró 18 años en el papel. En la realidad [música] duró bastante menos porque Hugo Chávez era un hombre que necesitaba más de lo que un matrimonio [música] convencional podía ofrecerle, o al menos eso era lo que él parecía creer.
Nancy le dio tres [música] hijos, Rosa Virginia, María Gabriela y Hugo Rafael, y fue una esposa fiel, discreta, que acompañó a su marido en los traslados entre cuarteles, que crió [música] a sus hijos con poco dinero y mucha paciencia, que guardó silencio cuando había que guardar silencio. Pero Hugo Chávez, incluso [música] estando casado, incluso siendo padre de familia, nunca dejó de buscar otra cosa, algo [música] más intenso, más intelectual, más parecido a lo que él sentía que se merecía.
Y en 1983, [música] 9 años después de casarse con Nancy, Hugo Chávez encontró exactamente eso. Su nombre era Erma Marxman. Erma Marxman era historiadora, intelectual, mujer de ideas y [música] de carácter. Había nacido en 1949. era hija de una campesina venezolana y de un inmigrante alemán que trabajaba como sindicalista.
Era una mujer culta, apasionada, con una visión política formada y con la capacidad de debatir de igual a igual con cualquier hombre. Y cuando conoció a Hugo Chávez en la casa de una amiga común en Caracas en los primeros años de la década del 80, algo entre ellos hizo un clic inmediato e inevitable.
Chávez estaba en ese momento construyendo de forma clandestina el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, el MBR 200, una organización secreta dentro del ejército que buscaba preparar las condiciones para una transformación radical de Venezuela. Y Erma Marxman no solo se convirtió en su amante, sino en algo mucho más valioso para Chávez en [música] ese momento.
Se convirtió en su cómplice, en su confidente, en su colaboradora política más cercana. Erma guardaba documentos secretos del movimiento en su casa. Erma [música] transportaba mensajes entre los conspiradores. Erma leía los manifiestos que Chávez escribía y los corregía, los afinaba, [música] los hacía más sólidos. Erma era en muchos sentidos la arquitecta intelectual de aquellos primeros años del bolivarianismo.
Y durante 9 años, de 1983 a 1992, [música] Chávez mantuvo esa doble vida con una frialdad que asombraba a quienes la conocían de cerca. Por un lado, el oficial de familia, el esposo de Nancy, el padre presente en las fechas importantes. Por otro lado, [música] el revolucionario clandestino que se reunía con Erma en apartamentos discretos, que le escribía cartas encendidas, que le [música] decía que ella era su verdadero amor, su compañera del alma, la mujer que de verdad lo entendía. Y Herma Marxman [música] creyó
esas palabras durante 9 años. Las creyó porque Chávez era convincente de una forma que pocas personas logran ser. esa convicción absoluta, casi performativa, [música] que hacía que sus palabras sonaran siempre como la verdad más profunda del mundo. Y mientras Erma creía, mientras Nancy esperaba, mientras los hijos crecían entre [música] cuarteles y secretos, Hugo Chávez seguía tejiendo su plan, el plan que lo llevaría al centro de la historia venezolana de una forma que nadie, ni siquiera él, podía prever con exactitud.
El 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez salió de las sombras y se metió de golpe en la historia. Esa madrugada, [música] el teniente coronel Hugo Chávez Frías encabezó un intento de golpe de estado contra el gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez. Tanques en las calles de [música] Caracas, militares tomando posiciones en Valencia, en Maracaibo, en Maracay.
Venezuela despertó ese día con el sonido de los helicópteros sobrevolando el palacio de Miraflores [música] y la certeza de que algo irreversible estaba ocurriendo. El golpe fracasó. Las unidades rebeldes no lograron coordinar sus movimientos como [música] estaba planeado. El gobierno resistió y Hugo Chávez, atrapado en el Museo Militar de Caracas sin salida posible, tomó una decisión que cambiaría todo.
Pidió que [música] le dieran un minuto en televisión nacional para pedirle a sus compañeros que se rindieran y evitar más derramamiento de sangre. Y en ese minuto, con el uniforme [música] puesto y la boina roja calada, Hugo Chávez pronunció las palabras que Venezuela todavía [música] recuerda décadas después. Por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados y ese por ahora, esas dos palabras breves y cargadas de promesa convirtieron [música] a un golpista fracasado en un líder popular de la noche a la mañana.
Porque Venezuela en 1992 era un país al borde del colapso. La corrupción del gobierno de Carlos Andrés Pérez era escandalosa. El caracaso de 1989, cuando el pueblo salió a las calles y el gobierno respondió con masacres, había dejado una herida abierta que no cerraba. Y cuando la gente vio a ese militar moreno [música] llanero, que hablaba como ellos, que se hacía responsable de sus actos en lugar de huir, que prometía implícitamente que esto no había terminado, algo en Venezuela se encendió de forma irreversible. Chávez fue
enviado a prisión en Yare y desde la prisión de Yare, paradójicamente, [música] su poder creció. Recibía visitas, daba entrevistas, escribía cartas. se convirtió en símbolo y Erma Marxman, la mujer que había pasado 9 años siendo su cómplice más cercana, su amante más leal, siguió creyendo en él incluso desde la cárcel.
Siguió visitándolo, siguió [música] apoyándolo, siguió pensando que cuando saliera todo sería diferente, pero todo fue diferente de una forma que Erma no esperaba. En 1994, [música] el presidente Rafael Caldera decretó el sobresimiento de los golpistas y [música] Hugo Chávez quedó libre. Y lo primero que hizo Chávez al salir de la prisión de Yaren no fue correr hacia Erma, que [música] había dedicado 11 años de su vida a él.
Lo primero que hizo fue distanciarse. Empezó a aparecer en público [música] sin ella. Empezó a construir su imagen política de forma que Erman no encajaba en el cuadro. Y Erma Marxman, la historiadora brillante que había guardado los secretos del MBR 200 en su casa durante años, que había transportado documentos comprometedores arriesgando su propia seguridad.
que había creído cada palabra de amor [música] que Chávez le había dicho durante casi una década, entendió finalmente lo que Chávez le había dicho en alguna conversación, sin decirlo con palabras, que para él las personas eran útiles mientras eran necesarias y cuando dejaban de ser necesarias [música] dejaban de existir en su mundo.
Erma Marxman lo resumió años después con una frase que quedó grabada como hierro en la memoria de quienes la [música] leyeron. Hugo Chávez me utilizó. Así de simple. Así de brutal. Erma Marxman no se quedó callada. Eso fue lo que diferenció su historia de las muchas otras mujeres que pasaron por la vida de Hugo Chávez y desaparecieron en silencio.
Erma habló primero en [música] entrevistas a medios venezolanos, luego en libros, en testimonios documentados que quedaron registrados para siempre. Publicó junto al investigador Alberto Garrido el libro El otro [música] Chávez y colaboró también en el testimonio Habla Erma Marxman. Hugo Chávez me utilizó. donde contó con una precisión demoledora la historia de 11 años de relación clandestina con el hombre que después gobernaría Venezuela.
Y lo que Erma contó no era solamente [música] una historia de amor traicionado, era algo más complejo y más oscuro, porque Erma describió a un Hugo Chávez que muy pocas personas conocían. no el [música] comandante carismático de los discursos, sino un hombre profundamente contradictorio, capaz de una ternura genuina en los momentos íntimos y de una frialdad calculadora en cuanto sus intereses políticos entraban en juego.
Un hombre que usaba [música] el afecto como herramienta, que sabía exactamente qué decirle a cada persona para obtener lo que necesitaba y que cuando ya no necesitaba nada, simplemente cerraba la puerta y seguía [música] caminando. Mientras Erma hablaba y el mundo escuchaba, Hugo Chávez seguía adelante con una velocidad que no dejaba espacio para la culpa.
En 1997, apenas 3 años después de salir de la prisión de Yare, Chávez se casó por segunda vez. Su nueva esposa era Maríabel Rodríguez, periodista, mujer atractiva y de fuerte carácter, con quien tuvo a su hija Rosinés. Y el matrimonio con Marisabel proyectó exactamente la imagen que Chávez necesitaba en ese momento político, [música] la del hombre renovado, el líder que había madurado, el candidato presidencial con familia estable y futuro prometedor.
[música] Venezuela le creyó. En diciembre de 1998, Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales con el 56% de los votos. El arañero de Sabaneta había llegado al palacio de Miraflores. El niño descalso que vendía dulces en los llanos de Barinas ahora comandaba uno de los países con las reservas de petróleo más grandes del mundo.
Y con ese poder llegó algo que Chávez [música] nunca había tenido en toda su vida anterior. la certeza absoluta, casi física, de que era intocable, de que las reglas que aplican a [música] los demás hombres, la fidelidad, la responsabilidad, la consecuencia, no aplicaban para él, porque él era el comandante, él era la revolución, él era Venezuela.
Y esa certeza, ese escudo invisible que el poder construye alrededor de los hombres que lo ejercen sin contrapeso fue exactamente lo que destruyó [música] su matrimonio con Marisabel en tiempo récord. Porque Maríabel Rodríguez no era Nancy con Menares, no iba a quedarse callada, no iba a mirar hacia otro lado mientras su marido hacía exactamente lo que había hecho [música] durante todo su primer matrimonio.
Y en 2004, siendo todavía [música] primera dama de Venezuela, Marí Isabel le pidió el divorcio a Hugo Chávez ante los ojos de todo el país. Fue un escándalo sin precedentes. Nunca antes en la historia venezolana una primera dama había iniciado un proceso de divorcio [música] mientras su marido estaba en el ejercicio del poder. Y Marisabel no solo se fue, habló.
Le dijo a los medios que Chávez era violento, controlador, que la vida dentro del Palacio de Miraflores no tenía nada que ver con la revolución que él predicaba afuera. El divorcio de Marisabel Rodríguez dejó [música] a Hugo Chávez en una posición incómoda que él resolvió de la única forma que sabía resolver las incomodidades, convirtiendo [música] la narrativa.
En sus discursos empezó a hablar del divorcio como un asunto personal doloroso pero superado, un hombre [música] que había aprendido de sus errores, un líder que ponía a Venezuela por encima de sus asuntos privados y Venezuela, [música] o al menos la Venezuela que lo amaba, le creyó otra vez, porque Chávez tenía esa habilidad extraordinaria de hacer que sus fracasos personales sonaran como sacrificios [música] heroicos.
Después del divorcio de Marisabel, la vida sentimental de Chávez se convirtió oficialmente [música] en secreto de estado. Nadie en el gobierno hablaba de eso. Los medios oficiales no tocaban el tema y los medios independientes que intentaban investigar se encontraban con puertas cerradas, fuentes [música] que de repente no recordaban nada y en algunos casos compresiones más concretas y más amenazantes.
Pero los secretos de un presidente [música] no desaparecen solo porque nadie los publique. Los secretos viven en las personas que los conocen, [música] en los empleados del palacio, en los edecanes militares, en las mujeres que recibían llamadas desde números [música] que no figuraban en ningún directorio oficial.
Y uno de esos secretos tenía nombre, Liset Segura. Bexiliset Segura era funcionaria venezolana, cónsula en Guayaquil, Ecuador, cuando su relación con Hugo Chávez se hizo imposible de ocultar completamente porque Liset Segura quedó embarazada. Y el primero de mayo de 2005 en la clínica Sanatrix de Chacao en Caracas nació una niña a quien llamaron Génesis María.
Génesis no fue presentada públicamente de inmediato. Pasaron dos años antes de que su existencia se reconociera en Barinas, en una ceremonia familiar discreta, lejos de los flases y de los noticieros. Y no fue sino hasta marzo de 2009, cuando Génesis ya tenía casi 4 años, que Hugo Chávez firmó el acta de reconocimiento de paternidad.
4 años. 4 años en que esa niña existió en una especie de limbo oficial, hija de un presidente que gobernaba Venezuela con el eslogan de la justicia y la igualdad, pero que tardó 4 años en reconocer formalmente que esa niña era [música] su hija. Y Génesis no fue la única, porque según las investigaciones que saldrían a la luz con el tiempo, Hugo Chávez tuvo otra hija fuera del matrimonio cuya historia [música] es todavía más oscura y más compleja.
Su nombre era Sara Manuela. Y la madre de Sara Manuela Era, según [música] múltiples fuentes periodísticas venezolanas y estadounidenses, Nidia Fajardo Briseño, una azafata del avión presidencial venezolano con quien Chávez habría mantenido una relación de 14 años, la más larga y la más profunda de todas sus relaciones fuera del matrimonio.
Tan profunda [música] que algunos medios llegaron a reportar que Chávez se habría casado con ella en secreto. Nidia Fajardo nunca confirmó públicamente la relación, pero la partida de nacimiento de Sara Manuela, según fuentes citadas por medios venezolanos, registraba la paternidad de Hugo Chávez. Y esa niña, hija del comandante, creció en una situación particular y dolorosa, porque con la muerte de Chávez en 2013, [música] su madre no podía sacarla del país sin presentar el acta de defunción presidencial, un documento que las [música]
autoridades venezolanas no entregaban con facilidad. Hay algo que une las historias de Nancy Colmenares, de Erma Marxman, de Marisabel [música] Rodríguez, de Liset Segura y de Nidia Fajardo. Algo que va más allá de haber amado al mismo hombre o de haber sido abandonadas por él de una forma u otra. Lo que las une es el silencio que se les impuso de distintas maneras, con distintos grados de presión, pero siempre el mismo resultado. El silencio.
Nancy Colmenares guardó silencio durante décadas, [música] la primera esposa discreta que crió a sus tres hijos sola mientras el padre de esos hijos se convertía en el hombre más poderoso de Venezuela. Erma Marxman [música] rompió ese silencio y pagó el precio de ser ignorada por la historia oficial, borrada del relato bolivariano como si sus 11 años de lealtad [música] y riesgo nunca hubieran existido.
Marí Isabel Rodríguez habló y fue retratada por los medios cercanos al gobierno como una mujer amargada, una traidora, alguien que no supo estar a la altura del comandante. Y las otras, las que tuvieron [música] hijos fuera del matrimonio, vivieron en esa zona gris donde oficialmente no existían, pero donde la realidad de sus vidas era [música] totalmente real y totalmente difícil.
Porque ser la madre de una hija de Hugo Chávez sin el reconocimiento [música] oficial no significaba poder ni privilegio, significaba incertidumbre, significaba criar a una niña que llevaba la sangre del presidente de la República, pero que no podía decirlo en voz alta sin consecuencias impredecibles. Y todo eso ocurría mientras Chávez construía su imagen pública con materiales cuidadosamente seleccionados.
el hombre del pueblo, el padre de la patría, el revolucionario que había renunciado a los privilegios burgues para servir a los más pobres. El líder que gobernaba para los que nunca habían tenido nada, para los de abajo, para los olvidados. Y la paradoja era tan grande que resultaba casi inverosímil. El hombre que prometía justicia para los olvidados de Venezuela tenía hijas que vivían en el olvido por su propia decisión.
El hombre que denunciaba la hipocresía de las élites construía su vida privada sobre capas de hipocresía que habrían escandalizado a cualquiera que las conociera en su totalidad. Pero el poder protege sus propios secretos con una eficiencia que ninguna otra institución [música] humana puede igualar. Y el poder de Chávez era inmenso.
Controlaba los medios de comunicación [música] del Estado, controlaba el aparato judicial, controlaba los recursos del petróleo venezolano, que en los años de bonanza de la primera década del siglo XXI generaban [música] una riqueza tan obsena que el gobierno podía comprar lealtades, silenciar voces y borrar inconveniencias con una facilidad que habría parecido de ciencia ficción en cualquier otro contexto.
Entonces, las historias de esas mujeres y de esas niñas quedaban atrapadas en los márgenes, en las conversaciones privadas, en los artículos [música] de medios venezolanos que operaban desde el exilio, en los rumores que circulaban por Caracas, pero que nunca llegaban a convertirse en verdad [música] oficial, porque la verdad oficial en Venezuela durante esos años era lo que Chávez decía que era la verdad.
Pero hay una parte de la historia de Hugo Chávez que sus seguidores más leales siempre defendieron con una convicción que resulta difícil ignorar completamente. Y es que más allá de sus contradicciones personales, más allá de las mujeres abandonadas y las hijas no reconocidas a tiempo, Hugo Chávez si vino de donde decía que venía.
Si fue ese niño pobre de Sabaneta, si creció sin zapatos, si [música] vendió dulces para ayudar a su abuela, si entró a la Academia Militar porque era la única puerta que se abría para un muchacho sin dinero [música] ni contactos en la Venezuela de los años 70. Y esa verdad, esa raíz genuinamente popular era lo que hacía que su historia fuera tan poderosa y tan complicada al mismo tiempo.
Porque Chávez no era un farsante de principio a fin. Era algo más difícil de categorizar, un hombre que contenía [música] multitudes, que podía ser al mismo tiempo auténtico y manipulador, generoso y cruel, visionario y vengativo. Un hombre que de verdad creía en algunas de las cosas que [música] decía, que de verdad sentía algo cuando hablaba de los pobres de Venezuela, pero que también usaba ese sentimiento como combustible para un proyecto de poder personal que [música] no tenía límites claros ni controles reales. Y esa complejidad es la que hace
que su historia sea tan difícil de contar con justicia, [música] porque simplificarla en una dirección u otra sería mentir. Decir que Chávez era simplemente [música] un dictador corrupto sería ignorar la pobreza real de la que vino y el cambio real que produjo en millones de vidas venezolanas durante los primeros años de su gobierno.
Pero decir que era el padre del pueblo, el hombre incorruptible, el revolucionario puro, sería ignorar las historias de las personas que lo conocieron de cerca y que cuentan una versión muy diferente. Y entre esas personas que lo conocieron de cerca, pocas lo conocieron con la profundidad [música] y la duración con que lo conoció Erma Marxman.
Porque Herman no solo fue su amante, fue su testigo. [música] Estuvo presente durante los años en que Chávez pasó de ser un teniente [música] idealista a convertirse en el conspirador que planeaba cambiar Venezuela por la fuerza. Y lo que Erma vio en ese proceso fue una transformación que la perturbó profundamente. Vio como el hombre apasionado y lleno de ideales que había conocido en aquella casa de Caracas fue siendo reemplazado gradualmente por otro hombre, un hombre que empezó a disfrutar del poder y la adulación de una forma que lo alejaba de
los principios que decía defender. Un hombre que empezó a tratar a las personas como piezas en un tablero, útiles cuando servían a sus objetivos y descartables cuando dejaban de servir. un hombre que decía una cosa en privado y otra en público sin que eso pareciera causarle ningún conflicto interno. Yma Marxman, que lo había amado y apoyado durante 11 años, que había arriesgado su seguridad por él, que había creído en la Revolución Bolivariana con una fe casi religiosa, terminó mirando al comandante en el televisor y [música] sintiéndose
extraña, como si el hombre de la pantalla fuera un desconocido que usaba la voz y los gestos de [música] alguien que ella había conocido hace mucho tiempo y que ya no existía. El cáncer llegó sin avisar cómo llegan las cosas que cambian todo. En junio de 2011, Hugo Chávez anunció desde La Habana lo que nadie [música] en su círculo cercano esperaba escuchar. Tenía cáncer.
Un tumor maligno había sido extirpado de su región pélvica en una clínica cubana y la noticia sacudió a Venezuela con una intensidad que era difícil de explicar para [música] quien no hubiera vivido esos años. Porque Chávez no era solo el presidente, era el eje alrededor del cual giraba [música] todo el sistema político venezolano que él mismo había construido durante 12 años.
No había instituciones independientes, [música] no había oposición con poder real, no había ningún mecanismo de transición que no pasara por él. Venezuela era Chávez y Chávez era Venezuela y esa ecuación que él había cultivado deliberadamente con cada discurso, [música] con cada cadena nacional, con cada vez que se presentaba como el único capaz de defender la revolución, esa ecuación ahora se convertía en una vulnerabilidad enorme.
Y mientras Venezuela procesaba la noticia del [música] cáncer de su comandante, algo ocurrió en el plano personal de Chávez que pocos conocieron en ese momento. El hombre que había pasado décadas siendo el centro de todo, el hombre que tomaba decisiones sobre millones de personas, el hombre que gobernaba con una energía que parecía inagotable.
Ese hombre se enfrentó por primera vez en su vida adulta a algo que no podía controlar, [música] que no podía convencer, que no respondía a su carisma ni a su poder, la enfermedad. Y en ese enfrentamiento, según personas cercanas a él durante esos años, algo en Chávez cambió, no de forma radical ni inmediata, sino gradual y casi imperceptible [música] para quien lo mirara desde lejos.
Pero los que lo veían de cerca notaban momentos de quietud que antes no existían. Momentos en que el comandante eterno parecía detenerse, mirar hacia algún lugar indefinido y quedarse ahí en silencio con una expresión [música] que nadie había visto antes en su rostro. Durante los meses que siguieron al diagnóstico, Chávez viajó varias veces a Cuba para recibir tratamiento.
Las operaciones se sucedieron. La quimioterapia, los comunicados oficiales, siempre optimistas [música] que contrastaban con los rumores que circulaban entre quienes tenían acceso a información más real sobre su estado de salud. Y Venezuela seguía funcionando, [música] o al menos seguía intentando funcionar con un presidente que gobernaba a ratos desde la Habana, que aparecía en cadenas nacionales visiblemente deteriorado, [música] aunque todavía con voz, todavía con esa capacidad de llenar el espacio con su presencia que nunca lo abandonó
completamente. En octubre de 2012, con el cáncer avanzando, Hugo Chávez ganó su tercera reelección presidencial. Obtuvo el 55% de los votos y en diciembre de ese mismo año, antes de viajar a Cuba para una nueva operación de la que no regresaría vivo, Chávez hizo algo que reveló la única forma de vulnerabilidad que él siempre [música] había permitido que se viera.
Habló de sus hijas, de Rosa Virginia, de María [música] Gabriela, de Rosinés. las nombró con una ternura que parecía genuina y que conmovió incluso a quienes no lo apoyaban. Y la pregunta que quedó flotando sin respuesta fue si en esos momentos de proximidad con la muerte, Chávez pensó [música] también en las otras hijas.
En Génesis, en Sara [música] Manuela, en las que habían crecido en las sombras, Hugo Chávez [música] murió el 5 de marzo de 2013 a las 4 de la tarde, hora de Caracas. Tenía [música] 58 años. La causa oficial fue un parocardiorrespiratorio como consecuencia del cáncer que lo había consumido durante casi 2 [música] años. Y la reacción de Venezuela fue exactamente lo que había sido la reacción de Venezuela a todo lo relacionado [música] con Chávez durante 14 años, intensa, polarizada y absolutamente incapaz de encontrar un punto medio. Los que lo
amaban lloraron con una desesperación que resultaba física, corporal, [música] como si algo dentro de ellos se hubiera roto sin posibilidad de reparación. Los que lo odiaban respiraron con una mezcla de alivio y de miedo, porque sabían que la muerte de Chávez no significaba el fin del chavismo, sino el comienzo de una incertidumbre todavía más profunda.
Y los que estaban en algún lugar intermedio, que eran quizás los más, [música] se quedaron en silencio procesando lo que significaba que ese hombre ya no estuviera. Ese hombre que había sido tan central en sus vidas durante tanto [música] tiempo que resultaba difícil imaginar Venezuela sin él.
El cuerpo de Chávez fue velado en la Academia Militar de Caracas durante [música] 4 días. Colas de kilómetros de personas que esperaban horas bajo el sol para poder pasar unos segundos frente al féretro. Y en esa cola había madres con sus hijos. [música] Había viejos que habían votado por Chávez en todas las elecciones desde 1998. Había jóvenes [música] que lo lloraban como si hubieran perdido a un padre que nunca habían conocido en persona, pero que sentían profundamente suyo.
Pero en esos cuatro días [música] de velorio, en medio de todo ese dolor masivo y colectivo, hubo algo que no apareció en ninguna cámara, que no fue cubierto [música] por ningún medio venezolano, la ausencia de ciertas personas, porque Génesis, la hija que Chávez reconoció después de 4 años, tenía en ese momento 7 años.
Y Sara Manuela, la otra hija, era todavía más pequeña. Y ni ellas ni sus madres estuvieron en el velorio oficial. No hubo lugar para ellas en el ceremonial de estado que la Revolución Bolivariana construyó alrededor de la muerte de su líder. El féretro, [música] los militares, los himnos, los discursos de Maduro y de Fidel Castro y de Evo Morales.
Todo eso estaba perfectamente orquestado. Pero las hijas que vivían en la sombra seguían en las sombras, incluso [música] en el día en que su padre era enterrado. Y años después, cuando periodistas venezolanos e internacionales intentaron reconstruir la historia [música] completa de la familia Chávez, se encontraron con un patrón que resultaba imposible ignorar.
La familia oficial, la que aparecía en las fotos, la que daba declaraciones, la que heredó el apellido con todos [música] sus pesos y todos sus beneficios, era una versión incompleta de la realidad, una versión editada, recortada, seleccionada para proteger una imagen que ya no necesitaba protección porque el hombre que la había construido ya estaba muerto.
Y sin embargo, la maquinaria seguía funcionando por inercia o por convicción, protegiendo el legado, controlando la narrativa, decidiendo qué parte de Hugo Chávez podía ver el mundo y qué parte tenía que quedarse guardada para siempre. Pero la historia de Hugo Chávez y las mujeres de su vida no termina [música] con su muerte.
Termina o más bien continúa con lo que esas mujeres hicieron después. Y lo que hicieron es revelador de formas que ningún discurso oficial puede borrar completamente. Nancy Colmenares, la primera esposa, la madre de los tres hijos mayores, la mujer que aguantó en silencio durante 18 años, despidió a Chávez con una carta publicada en El Universal que conmovió a Venezuela entera.
[música] No era una carta de amargura ni de reproches. Era una carta de alguien que había amado a un hombre complicado y [música] que lo seguía amando a pesar de todo, o quizás precisamente por todo, por las complejidades y las contradicciones que solo se ven desde adentro. Y esa carta, más que cualquier análisis político, reveló algo sobre la naturaleza del vínculo que Chávez establecía con las personas que lo amaban, algo que iba más allá de la razón y que sobrevivía incluso al abandono.
Erma Marxman, [música] en cambio, no escribió ninguna carta de despedida. Erma Marxman vio la noticia de la muerte de Chávez en su casa y sintió algo que ella misma describió [música] como una mezcla extraña de tristeza y alivio. Tristeza por el hombre que había conocido en los años 70, el capitán joven y apasionado que hablaba de Bolívar con los ojos encendidos.
Alivio porque con su muerte se cerraba un capítulo de su vida que había sido extraordinariamente costoso en términos emocionales, en términos de los años que le había entregado a alguien que los usó y los devolvió rotos. Y Erma siguió hablando, siguió dando [música] entrevistas, siguió describiendo al Hugo Chávez que ella había conocido, un Chávez que para entonces resultaba casi irreconocible comparado con el mito que la revolución había construido.
Describía a [música] un hombre que en privado tenía momentos de una humanidad genuina y vulnerable, pero que nunca [música] pudo convertir esa humanidad en la base de una relación honesta con nadie, porque el proyecto de poder siempre terminaba ganándole al proyecto [música] personal. Y Marisabel Rodríguez, la segunda esposa, la que se atrevió a pedir el divorcio siendo primera dama, siguió siendo una figura incómoda en la Venezuela post Chávez, porque su historia no encajaba en ninguno de los dos relatos [música]
disponibles. No encajaba en el relato de los chavistas que preferían ignorarla, pero tampoco encajaba perfectamente en el relato de la oposición, que nunca supo bien qué hacer con una mujer que había sido parte del sistema y [música] que al mismo tiempo lo había denunciado desde adentro. Marisabel quedó en ese territorio incómodo que habitan las personas cuya verdad no le conviene [música] completamente a ningún bando y que por eso terminan siendo ignoradas por todos con igual eficiencia.
Y mientras las exesposas procesaban su historia de [música] maneras distintas, las hijas seguían creciendo. Rosa Virginia y María Gabriela, las hijas del primer matrimonio, [música] se convirtieron en figuras públicas dentro del chavismo, herederas del apellido y de la causa. Rosinés, la hija de Marisabel, tuvo una adolescencia complicada y pública, con escándalos en redes sociales que su padre en vida [música] intentó manejar con la misma mezcla de amor y control que aplicaba a todo lo demás.
Y luego estaban Génesis y Sara Manuela. Las dos hijas que crecieron fuera del círculo oficial, las dos niñas que llevaban la sangre del comandante, pero que no tenían el apellido bordado en ninguna bandera ni el rostro grabado en ningún mural. y sus historias, aunque distintas en los detalles, compartían una estructura emocional que resultaba difícil de leer sin sentir el peso de lo que significa crecer siendo el secreto de alguien poderoso.
Génesis María, la hija que Chávez tuvo con Liset Segura, fue reconocida oficialmente en 2009 cuando tenía 4 años. Pero el reconocimiento en un papel es una cosa y el reconocimiento real, [música] el que se construye con presencia y con tiempo compartido, es otra completamente diferente. Y Génesis creció en un contexto donde su padre era el presidente de Venezuela, donde su existencia era conocida por un círculo reducido de personas, donde [música] ella no podía simplemente ser una niña sin que esa condición particular, ser hija de Chávez, pero no la hija oficial,
pesara sobre cada aspecto de su vida cotidiana. Y Sara Manuela, la hija cuya madre sería, según múltiples fuentes, [música] Nidia Fajardo, vivió una situación todavía más complicada después de la muerte de Chávez. Porque con el presidente muerto y el acta de defunción convertida en un [música] documento que las autoridades venezolanas no entregaban con facilidad, la madre de Sara Manuela quedó en una situación caviana, queriendo [música] salir del país con su hija, una niña que según su partida de nacimiento era hija
de Hugo Chávez, [música] pero sin poder presentar los documentos que esa salida requería. una niña atrapada entre la burocracia de una revolución y el silencio de una familia que no la reconocía públicamente. Y hay algo en esas dos historias, [música] en la de Génesis y en la de Sara Manuela, que ilumina de una forma particular la contradicción central de Hugo Chávez, porque Chávez construyó toda su narrativa [música] política alrededor de los que no tienen voz, alrededor de los olvidados, de los que el [música] sistema ignora, de los que
no cuentan para los poderosos. Y sin embargo, en su [música] propia vida privada, reprodujo exactamente esa lógica que decía combatir. Tuvo hijas que no contaban para él de la misma manera que contaban las hijas oficiales. Tuvo mujeres a las que trató, como el sistema que él denunciaba trataba a los pobres como recursos útiles mientras [música] producían algo indescartables cuando dejaban de producir.
Y esa contradicción no cancela las cosas reales que Chávez hizo por millones de venezolanos durante sus años en el poder, pero tampoco puede ser ignorada por quien quiera entender [música] quién fue realmente ese hombre, más allá del mito y más allá de la demonización. Porque las personas no son ni mitos ni demonios, son seres humanos con capacidades y con miserias que coexisten de formas que raramente resultan cómodas para ninguna narrativa simple.
Y Hugo Chávez [música] era, en ese sentido profundamente humano, con todo lo que eso implica de grandeza y de devastación. Han pasado más de 12 años desde la muerte [música] de Hugo Chávez y Venezuela todavía no ha terminado de procesar lo que él significó. El país que heredó [música] Nicolás Maduro se fue deteriorando hasta alcanzar niveles de crisis que habrían parecido imposibles incluso [música] en los peores momentos del gobierno de Chávez.
Millones de venezolanos abandonaron el país en una diáspora [música] que no tiene precedentes en la historia latinoamericana moderna. Y en ese éxodo masivo se fueron también muchas de las personas que conocían de [música] primera mano la historia real de Chávez, la que no aparece en los libros de texto bolivarianos ni en las biografías oficiales.
Erma Marxman vive fuera de Venezuela. Ha seguido hablando [música] cuando alguien la escucha. Ha seguido describiendo a ese otro Chávez que ella conoció. El hombre antes del comandante, el hombre detrás de la boina roja. Y con cada entrevista que da, con cada testimonio que ofrece, Erma hace algo que quizás no se propuso conscientemente, pero que tiene un valor particular en el contexto de lo que Venezuela ha vivido.
Pone un cuerpo real donde el mito había puesto una estatua. Devuelve la humanidad, en todos sus sentidos, a un hombre que sus seguidores habían convertido en símbolo y que sus detractores habían convertido en [música] caricatura. Porque Herman no habla de un monstruo, habla de un hombre que amó y que usó ese amor como herramienta, que creyó en algunas cosas y que mintió sobre otras, que vino de la pobreza real y que nunca perdió completamente el vínculo con esa pobreza, pero que tampoco pudo evitar que el poder lo transformara en algo que
ya no tenía [música] mucho que ver con el muchacho que vendía dulces en Sabaneta. Y las hijas, todas ellas, las reconocidas y las que vivieron en los [música] márgenes, cargan con ese apellido de maneras distintas. Rosa Virginia y María Gabriela, las hijas del primer matrimonio, [música] han mantenido presencia pública dentro del espacio bolivariano venezolano.
Llevan el apellido como un escudo y como un peso simultáneamente. [música] Rosinés, la hija de Marisabel, ha tenido una vida más alejada del ojo público, [música] más parecida a la de alguien que prefiere construir su propia identidad en lugar de vivir dentro de la identidad [música] de su padre. Y Génesis y Sara Manuela, las hijas que crecieron en las sombras, representan quizás el capítulo más [música] honesto de toda la historia, porque ellas no eligieron ser hijas de Hugo Chávez.
No eligieron crecer en esa condición particular de existir, pero no existir oficialmente, de llevar una sangre que el mundo reconoce, pero que la familia oficial tardó años en reconocer o no reconoció del todo. Y sin embargo, ahí están creciendo, [música] viviendo, siendo personas completas más allá de la historia de su padre.
Más allá de la revolución, más allá del mito y del antimito que rodea el nombre de Hugo Chávez como una tormenta que no termina [música] de amainar. Y eso, ese hecho simple y poderoso de que esas personas existen y siguen [música] existiendo a pesar de todo, es quizás la respuesta más honesta a la pregunta que late debajo de toda esta historia.
La pregunta de qué queda cuando el poder se va, cuando los discursos [música] se silencian, cuando los murales se decoloran y los nombres en las avenidas empiezan a pertenecer más a la historia [música] que a la vida cotidiana de la gente. Lo que queda cuando el poder se va son las personas, siempre las personas.
No los discursos, no los [música] decretos, no los nombres grabados en piedra. Las personas que vivieron al lado del poder, que lo amaron, que lo sufrieron, que sobrevivieron a él de la mejor manera que pudieron. Y en la historia de Hugo Chávez, esas personas son muchas y son diversas y son irreducibles a ninguna narrativa simple. Están las mujeres que lo amaron y que él abandonó.
Están los hijos que él reconoció y los que tardó en reconocer. Están los millones de venezolanos que creyeron en él con una fe genuina y que hoy viven las consecuencias de un sistema que él construyó [música] sin pensar suficientemente en lo que pasaría el día en que él ya no estuviera. Y están también los que siempre supieron la diferencia [música] entre el Chávez del discurso y el Chávez de la realidad y que callaron por miedo o por conveniencia o simplemente porque en ciertos contextos hablar cuesta demasiado.
La historia de Hugo Chávez es la historia [música] de un hombre que conuvo contradicciones enormes con una energía extraordinaria durante casi seis décadas. Un hombre que de verdad vino de abajo y que de verdad llegó arriba, que de [música] verdad creyó en algunas cosas que dijo y que de verdad mintió sobre otras.
Un hombre que amó a las personas en abstracto, al pueblo, a la masa, a Venezuela como concepto, con una pasión que era genuina y visible, pero que amó a las personas concretas, a las mujeres reales, a las hijas reales, con una inconsistencia y una frialdad que contrasta de manera brutal con esa pasión abstracta.
Y esa brecha, la brecha entre el amor al pueblo y el trato a las personas individuales, [música] es quizás la contradicción más reveladora de todas. Porque los grandes líderes populares de la historia han caído a menudo en esa trampa, amar a la humanidad como idea y fallarle a los humanos específicos que tenían enfrente. Chávez no fue el primero ni será el último, pero su historia lo ilustra con una claridad particularmente porque las personas que él amó y falló dejaron testimonio.

Hablaron, escribieron, sobrevivieron para contarlo. Y ese testimonio, esas voces que el poder intentó silenciar y que, sin embargo, siguen resonando años después de que el poder mismo se extinguió, es lo más valioso que queda de toda esta historia. [música] No la estatua de bronce en la plaza Bolívar, no el nombre en la avenida, no el discurso grabado que se repite en cadena nacional cada aniversario, sino la voz de Herma Marxman diciendo, “Hugo Chávez me utilizó.
” La carta de Nancy Colmenares despidiendo al hombre que la abandonó y al que sin embargo amó. La historia de dos niñas que crecieron siendo el secreto de alguien que prometía no tener secretos. Eso es lo que queda y eso es lo que ningún mural puede borrar. M.