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Esta mujer revela lo que nadie sabía de Hugo Chávez

Esa era la historia oficial, la historia que Chávez contaba en sus discursos interminables, a veces de seis, de [música] 8, de 10 horas seguidas, la historia que sus seguidores repetían como evangelio en los barrios, en las misiones, en las plazas bolivarianas. La historia que los libros de texto venezolanos enseñarían [música] a los niños por generaciones como si fuera sagrada e intocable.

 Pero hay otra historia, una historia que no aparece en esos libros. Una historia [música] que las personas más cercanas a Chávez conocían y guardaban en silencio durante años. Algunas por miedo genuino, otras por lealtad ciega, otras simplemente porque sabían lo que le pasaba [música] a quien se atreviera a hablar. La historia del hombre detrás del comandante.

 El hombre que amaba a las mujeres con intensidad y las abandonaba con la misma facilidad. El hombre que prometía amor eterno una semana y desaparecía la siguiente sin dar explicaciones. El hombre que tuvo hijas fuera del matrimonio que vivieron [música] en las sombras durante años mientras su padre gobernaba un país entero desde el palacio de Miraflores, [música] rodeado de cámaras y adulación.

El hombre que construyó una revolución sobre la promesa de la verdad, pero que mantuvo sus propias verdades enterradas bajo capas de poder y silencio. Esa [música] es la historia que se va a contar hoy, no la del comandante eterno que aparece en los murales de Caracas, sino la del hombre real, Hugo Chávez [música] Frías, con sus grandezas y con sus miserias profundas, con su carisma arrollador y con [música] sus traiciones íntimas, con su revolución y con los secretos que intentó llevarse a la tumba, pero que las mujeres que lo

amaron y las hijas que él ignoró se negaron a dejar morir con él. Para entender los [música] secretos de Hugo Chávez, hay que empezar desde el principio verdadero, no desde 1992, cuando el mundo lo conoció por el golpe militar fallido. desde 1998 cuando ganó la presidencia con una sonrisa enorme y una boina roja que se convertiría en símbolo, sino desde mucho antes, desde Sabaneta, desde una casa de palma y bajarque en los llanos venezolanos, donde nació el 28 de julio de 1954, un niño que vendía dulces descalzo por las calles polvorientas y

que soñaba con ser algo grande, aunque todavía no sabía exactamente qué. Hugo Rafael Chávez Frías era el segundo de seis hijos del matrimonio entre Hugo de los Reyes Chávez y Elena Frías, ambos maestros de escuela primaria en Sabaneta, estado Barinas, una familia humilde en el sentido más literal de la palabra.

 No había [música] lujos, no había comodidades, no había nada que sobrara. La casa donde nació Hugo era pequeña, de paredes de barro y techo de [música] palma, en un pueblo tan pequeño que la mayoría de los venezolanos no sabría ubicarlo en un mapa. Y los padres, aunque tenían trabajo estable como maestros, ganaban tan poco que no podían sostener [música] a todos sus hijos bajo el mismo techo.

 Entonces tomaron una decisión que marcaría a Hugo para siempre. Cuando el [música] niño tenía apenas unos años, lo enviaron a vivir con su abuela paterna, Rosa Inés Chávez en Sabaneta. Y esa decisión que parecía simplemente práctica, una boca menos que alimentar, [música] cambió todo.

 Porque la abuela Rosa Inés no era una mujer cualquiera. Era una mujer de carácter fuerte, de fe profunda, de amor incondicional y fue ella quien verdaderamente formó a Hugo Chávez. Fue ella quien le enseñó a leer y a escribir [música] antes de que entrara a la escuela. Fue ella quien le inculcó el amor por la historia venezolana, por Simón [música] Bolívar, por los héroes de la independencia.

Y fue ella quien le enseñó a vender, porque para ayudar con los gastos del hogar, la abuela Rosa preparaba unos dulces de lechosa que Hugo salía a vender por las [música] calles de Sabaneta gritando su pregón particular. Por eso le decían el arañero de Sabaneta, por esos dulces con forma de araña que el niño Hugo vendía [música] descalzo bajo el sol brutal de los llanos venezolanos, aprendiendo desde temprano que en la vida nadie te regala [música] nada, que todo se consigue con esfuerzo, con voz, con presencia.

Y ese niño que vendía dulces descalso absorbió algo en esas calles de Sabaneta, [música] que ninguna academia militar, ningún libro de filosofía, ningún asesor político podría haberle dado. Jamás absorbió el lenguaje del pueblo. Aprendió a hablar como la gente humilde habla, a reírse como ellos se ríen, a llorar como ellos lloran.

Y eso décadas [música] después se convertiría en su arma política más poderosa, mucho más poderosa que cualquier tanque o cualquier discurso escrito por asesores. Pero en [música] Sabaneta, en esos años de infancia, Hugo Chávez todavía no pensaba en política. Pensaba en [música] béisbol, en pintura, en las historias que su abuela le contaba sobre Bolívar como si fueran cuentos de hadas venezolanos.

y pensaba en salir, en salir de Sabaneta, en salir de la pobreza, en ser alguien que el mundo recordara. Hugo Chávez creció con esa obsesión silenciosa de llegar lejos, [música] de dejar huella, de no quedarse atrapado en los llanos de Barinas como tantos otros jóvenes de su generación y encontró su camino en 1971, [música] cuando a los 17 años ingresó a la Academia Militar de Venezuela en Caracas.

 No fue una decisión [música] puramente vocacional. La academia representaba algo concreto y tangible [música] para un muchacho pobre de provincia. Una educación gratuita, un techo seguro, un uniforme, una carrera. Su hermano Adán ya tenía inclinaciones políticas [música] de izquierda y le hablaba de revolución, de cambio, de justicia social.

 Pero Hugo, al menos en ese momento, quería algo más inmediato. Quería una vida mejor que la que había dejado en Sabaneta y la academia se la daría, aunque de formas que él todavía no podía imaginar. En la Academia Militar, Hugo Chávez descubrió tres cosas que definirían el resto de su vida. La primera fue su talento para el liderazgo.

 Desde los primeros meses como cadete, Hugo destacaba no necesariamente por sus notas, sino por su capacidad de atraer a la gente, de hablar, de convencer. Sus compañeros lo seguían de forma natural, casi instintiva, como si hubiera algo en el que generaba confianza [música] y adhesión sin que él tuviera que esforzarse demasiado.

 La segunda cosa que descubrió [música] fue la historia venezolana en toda su profundidad. En la academia leía con voracidad todo lo que encontraba sobre Bolívar, sobre Zamora, sobre los libertadores y fue construyendo una visión del mundo donde Venezuela tenía [música] un destino histórico pendiente, una revolución inconclusa que alguien tendría que terminar.

Y Hugo Chávez, con toda la certeza de un joven de 20 años, decidió que ese alguien podría ser él. La tercera cosa que descubrió Hugo Chávez en la Academia Militar fue su efecto sobre las mujeres, porque Hugo Chávez no era un hombre físicamente imponente, no era alto, no era atlético en el sentido clásico, no tenía la apariencia de Galán de telenovela, pero tenía algo que resultaba irresistible para muchas mujeres, esa combinación particular de carisma, de intensidad emocional, de palabras precisas en el momento exacto.

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