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El último de su especie: La verdadera razón por la que Clint Eastwood es irreemplazable

Clint hizo todo lo  contrario, se puso un poncho, apretó los dientes y se quedó completamente callado. Ese minimalismo fue una decisión que cambió todas las reglas del juego. Él entendió antes que nadie que en el cine menos es más. Si no mostrás lo que pensás, el que está del otro lado completa ese vacío con sus propios miedos o también sus propias ideas. Clinto.

Fácil. buscaba sentirse cómodo con su papel y darle un poder real a su personaje. Con esa decisión logró que el silencio tuviera peso y eso fue lo que le terminó dando una autoridad única en sus papeles. Sin embargo, esa jugada del tipo impasible también fue una especie de condena con Harry.

El sucio ya no era solamente un vaquero en el desierto, era la cara de la justicia por mano propia. Ahí no se andaba con vueltas y no le pedía permiso a nadie. El público lo encasilló como el tipo que les daba una seguridad tremenda en un mundo que se sentía completamente loco. Si eso decían en su tiempo, imagínense lo que dirían hoy. Pero mientras todos aplaudían al policía que gatillaba sin dudar, él ya estaba mirando para otro lado, aburrido de hacer más de lo mismo.

Ese aburrimiento se nota en las cuatro secuelas que le siguieron a Harry. Clint llegó a decir que sentía que el personaje se estaba volviendo una parodia de sí mismo, que estaba estancado. Y él no quería ser una estatua de bronce que solamente sabía disparar. Por eso, en películas como El fugitivo de Josie Wales, empezó a meter matices.

Un tipo duro, sí, pero que arrastra una pérdida y que empieza a cuestionar para qué sirve tanto plomo. Estaba buscando aire intentando romper la pared que Hollywood le había construido a su alrededor. Ahí es donde aparece su faceta más observadora. Ya no se quedaba esperando en el tráiler a que lo llamaran para la siguiente toma.

Él se plantaba al lado de la cámara para ver cómo se iluminaba, cómo se cortaba una escena y, sobre todo, cómo se manejaba el presupuesto. En ese momento estaba preparando su propia salida de emergencia. Sabía que si empezaba a decir que no a lo que los estudios le pedían, corría el riesgo de quedarse sin trabajo.

La única forma de sobrevivir era convertirse en el dueño del circo para poder contar sus propias historias. Así que cuando veas esos papeles serios y fríos de Eastwood, recordá que por debajo había un tipo paciente que estaba aprendiendo a dirigir para poder expandirse y finalmente ser libre. A principio de los 70, la jugada le salió brillante y fundó su propia productora Malpaso.

El nombre era un chiste interno. Se lo puso porque su agente le dijo que armar su propia empresa era un mal paso, que se iba a pegar un palo de frente, pero él tenía en claro que para dejar de ser un empleado tenía que ser el que firmaba los cheques. Y ahí es donde aparece el Eastwood director con una filosofía que hoy parece de otro planeta.

Filmar a los hachazos. En un Hollywood donde se gastan millones en repetir una escena 50 veces buscando una perfección impresionantemente ridícula. Cleaniswood impuso la ley de la primera toma. El tipo llega, planta la cámara, los actores dicen su letra y si no se le cayó un foco en la cabeza a nadie, se pasa a la siguiente.

Y esto no era de rata, era su forma de entender el arte. Él es un tipo de jazz, un amante de la improvisación que cree que la primera vez que un actor dice una frase hay una verdad. Una chispa que se apaga si la repetís todo el día. Ese dinamismo es lo que le permitió filmar casi una película por año durante décadas, manteniendo una frescura que otros pierden en la sala de edición.

Aparte, ¿quién le va a cuestionar algo a Clean Eastwood? Pero acá tenemos un pero, que hay que decirlo. Al filmar rápido y barato se volvió el sueño de cualquier estudio y al mismo tiempo su propio infierno. Nadie podía decirle qué contar ni cómo editar porque el tipo siempre entregaba la película antes de tiempo y por menos plata de la que le daban.

Esa eficiencia fue su escudo, su verdadera salida de emergencia. Mientras otros directores se desangraban peleando con los productores por el corte final, él ya estaba en su casa tocando el piano y literalmente porque muchas veces él mismo compone su música, porque su película ya estaba terminada y nadie tenía argumentos para tocarle un solo frame.

Esta etapa es clave porque es donde empieza a probar cosas que el clean de acción nunca se hubiera permitido. En su debut como director, Play Misty For Me ya no es el héroe invencible, es un tipo acosado, vulnerable, que mete la pata y tiene miedo. Estaba usando su propia estructura para decirnos que el tipo duro también podía sangrar.

Estaba ensayando a la vista de todos el autor en el que se iba a convertir años después, cuando ya no necesitara el revólver para sostener la mirada. Esa necesidad de que las cosas se hagan a su manera lo llevó incluso fuera del cine. En los años 80, Kinn se cansó de que los burócratas de su pueblo le pusieran trabas para construir. ¿Y qué hizo este maestro? Se presentó a las elecciones y ganó por afán. Fue intendente durante dos años.

Todo esto no lo hizo por fama, lo hizo para demostrar que se podía gestionar sin tanta vuelta, de la misma forma que filmaba sus películas, rápido, sin desperdiciar recursos y yendo directo al grano. Con esto, gente, podemos entender que Clint no habita Hollywood, habita su propia realidad, donde el sentido común manda por sobre la mugre de la política tradicional.

Pero no se crean que ser el dueño del circo le salió gratis. Hubo un momento a finales de los 80 la industria directamente lo quiso jubilar. Lo veían como un viejo testarudo que se negaba a usar los nuevos chiches tecnológicos. En el rodaje de Beer, su biografía de Charlie Parker, los ejecutivos estaban aterrados porque Clint filmaba casi en penumbra sin ninguna luz de relleno, buscando solamente la mugre  del jazz.

Y todos le decían que no se iba a ver nada en la pantalla. Y saben lo que hizo Clint directamente los echó del set. Les dijo que si querían una película iluminada como un shopping, contrataran a otro. Ahí es donde entendés que su economía de guerra para filmar no era por tacaño, era para que nadie tuviera el derecho de meterle la mano en  el cuadro.

Esa pelea con ciertos ejecutivos es lo que le permitió llegar a los 90s con la autoridad necesaria para filmar lo que se le diera la gana, sencillamente por ser Clean Iswood. En 1992,  Clint volvió a hacer algo que nadie esperaba. Unforgiven afirmó Unforgiven, los imperdonables. Pero no fue un western más para sumar a su lista, fue una confesión pública.

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