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El hombre que mató a Manolete

 ¿Quién tiene la culpa de que Manuel Laureano Rodríguez Sánchez muriera en esa camilla con 30 años en una plaza de segunda fila, en una corrida que nadie recuerda que tuviera que ser histórica? La respuesta oficial es Islero, el toro número 50 de la ganadería de Miura. 500 kg, pitones largos, la fiera que mató al más grande. Pero hay otra respuesta.

Y esa respuesta tiene nombre y apellido, y no es el nombre de un toro. Antes de seguir, necesito que sepas una cosa. Lo que vas a escuchar en este video no es la historia de Manolete que te han contado, no es la geografía oficial, no es el mito, no es la estatua, es la historia real de un hombre que fue exprimido hasta que no quedó nada y de otro hombre que lo exprimió.

Manolete (Tänzer) – Wikipedia

Si eres nuevo en este canal, bienvenido. Aquí hablamos de toros, como se habla entre los que de verdad entienden, sin adorar mitos, sin aceptar versiones oficiales, sin miedo a que la verdad incomode. Dale al like si lo que vas a escuchar te parece importante y quédate hasta el final porque la última pieza de esta historia es la que más duele.

 Para entender lo que le pasó a Manolete, hay que entender primero quién era en realidad. Y el primer problema es que casi todo lo que creemos saber de él es una construcción, no una mentira exactamente, pero sí una versión muy editada de la verdad. La versión oficial suena así. Manolete fue el torero más grande de la historia.

 un genio trágico, melancólico, que vivía para el toro y que murió como tenía que morir en el ruedo ante el enemigo más poderoso. Su muerte fue un sacrificio, fue lo que tenía que ser, fue destino. Esa versión la construyeron tres cosas. el franquismo, que lo necesitaba como símbolo nacional, la prensa taurina que lo había convertido en el centro de su universo durante 8 años.

Y el propio Camará, el apoderado, que después de que Manolete murió, tuvo mucho interés en que la narrativa fuera la del torero inmortal, caído ante el toro invencible y no la del representante que llevó a su torero al matadero por seguir cobrando. Pero empecemos por el principio, por el hombre antes del mito.

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez nació en Córdoba el 4 de julio de 1917. Su padre Manuel Rodríguez Manolete era torero. Murió cuando Manuel tenía 5 años. Destrozado por las cornadas acumuladas y por la pobreza, que en aquella España de principios del siglo XX era el destino natural de los toreros que no llegaban a la primera fila.

La familia quedó en la miseria. La madre angustias crió a cuatro hijos sola. Manuel era el pequeño, era enfermizo, desgarbado, con una cara larga y triste que sus biógrafos describirían después como cara de exceo. No tenía el físico que uno imagina en un torero. No tenía la alegría, la chispa, el don de gentes que abre puertas en el mundo del toro.

Lo que tenía era algo más difícil de describir y mucho más difícil de fabricar. una manera de estar delante del toro que nadie había visto antes. Manolete citaba al toro de frente en recibiendo con el cuerpo quieto, sin moverse, esperando que el animal llegara a él en lugar de ir él al animal. Eso en teoría lo habían hecho antes.

En la práctica nadie lo hacía con la consistencia y la pureza con que lo hacía Manolete. Cada pase era una línea recta, cada faena era una arquitectura. No había adorno, no había circo, no había concesión a la galería. era el anticordobés antes de que el cordobés existiera. Y como el anticordobés generó un debate que todavía no se ha cerrado.

Los puristas lo adoraban. Algunos aficionados lo encontraban frío, geométrico, aburrido. Eso también forma parte de la historia real, aunque la versión oficial lo haya borrado. Pero en los años 40, en la España de la posguerra, Manolete se convirtió en algo que iba más allá del toreo. Se convirtió en el único.

 Y ahí empieza el problema. Ahora mismo te estoy contando quién era Manolete, pero lo que todavía no te he contado es cómo llegó Camará a su vida y por qué esa llegada lo cambió todo. Quédate porque lo que viene es la parte que los libros oficiales siempre cuentan muy rápido. José Flores González se llamaba Cámara. Había sido banderillero, había sido empresario de segunda fila y tenía un olfato extraordinario para detectar talento ajeno y convertirlo en dinero propio.

 Conoció a Manolete cuando el torero tenía 17 años. Le vio torear. Entendió inmediatamente lo que tenía delante y se lo quedó. La relación entre un apoderado y su torero en la España de los años 30 y 40 no era exactamente una relación entre iguales. El apoderado gestionaba todo, los contratos, los carteles, los toros, los viajes, los contactos con los empresarios, la imagen pública.

 El torero toreaba. El reparto del dinero dependía del contrato, pero los contratos los negociaba el apoderado, que también era parte interesada. Camará tomó el 50% de los ingresos de Manolete. En algunos momentos de la carrera, según distintas fuentes, llegó a tomar más. Manolete ganó muchísimo dinero durante su carrera y Camará también.

Pero hay algo más importante que el porcentaje. Hay algo en la naturaleza de esa relación que los biógrafos de Manolete describen de pasada y que merece atención directa. Manolete era emocionalmente dependiente de Camará. No era solo su representante, era la persona que tomaba las decisiones, la persona que le decía cuándo torear, dónde torear, ante quién torear.

En un hombre con la personalidad de Manolete, introvertido, melancólico, con una autoestima frágil, disfrazada de dignidad, esa dependencia era total. Y Camaral lo sabía y lo usó. La primera gran polémica de la carrera de Manolete tiene que ver con algo que los aficionados de su época debatieron apasionadamente y que hoy casi nadie menciona. Los toros.

 Manolete, según sus críticos, toreaba toros pequeños afeitados, sin las condiciones que debería exigir un torero de su categoría. El afeitado es una práctica ilegal que consiste en limar las puntas de los cuernos del toro para reducir su alcance y peligrosidad. Un toro afeitado es más manejable. Un torero que torea toros afeitados tiene mucho menos mérito del que aparenta.

Las acusaciones de que el ganado de Manolete llegaba afeitado a las plazas fueron constantes durante años. Camará las negó. Nunca se probó nada de manera definitiva, pero los que estaban cerca de las ganaderías, los que veían los toros antes de que salieran al ruedo, seguían diciendo lo mismo. Y aquí está la primera pregunta incómoda.

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