Posted in

JULIAN QUIÑONES: Finalmente ROMPIO el SILENCIO y CONMOCIONO a TODO MEXICO

 Ese miedo, lejos de frenarlo, lo volvió más feroz. Cada entrenamiento lo encaraba como si fuera el último. Cada partido como si tuviera que demostrarle al mundo que seguía vivo. Y fue justo esa mentalidad la que lo preparó para el capítulo más glorioso de su etapa en México. El Renacimiento tuvo nombre y colores: rojo y negro.

 En 2021, Julián llegó al Atlas, un club encantador y maldito a partes iguales, porque arrastraba más de 70 años sin levantar un título de liga. 70 años de frustración, de aficionados que heredaban la espera de padres a hijos sin ver una sola corona. Y entonces apareció él. Quiñones se convirtió en el referente ofensivo de aquel equipo que rompió la maldición y conquistó no uno, sino dos campeonatos consecutivos.

 El primer bicampeonato en la historia del club. El niño que jugaba descalzo acababa de romper una de las sequías más dolorosas del fútbol mexicano. En Guadalajara su nombre quedó tatuado para siempre. Para dimensionar lo que hizo en Atlas, hay que entender lo que significaba ese título para una afición entera.

 Generaciones completas de aficionados rojinegros había nacido, crecido y envejecido sin ver a su equipo campeón. Era una espera convertida en folklore, en chiste cruel, en identidad. Y un muchacho nacido a miles de kilómetros en otro país fue quien por fin les devolvió la sonrisa. ¿Te imaginas la carga emocional de llevar eso sobre la espalda? Julián no solo metió goles, curó una herida de siete décadas y eso no se olvida.

 Y aún así, lo [carraspeo] mejor todavía estaba por escribirse. Su rendimiento demoledor no pasó desapercibido. En 2023, el Club América tocó a su puerta. Para muchos jugadores, llegar al gigante de Coapa es una presión que aplasta. Para Julián fue otro escenario donde demostrar de que estaba hecho.

 Fue un paso muy grande porque sabía que llegaba al equipo más grande de México. Reconocería. Había muchos reflectores sobre mi llegada y eso me llenaba más de querer seguir trabajando. Quería dar lo mejor de mí para que mi fichaje no fuera en vano. No lo fue. Con las Águilas volvió a ser bicampeón, repartió goles y asistencias a Granel y se consolidó como uno de los atacantes más determinantes que ha pisado la Liga MX en la última década.

Pude construir títulos en ese gran equipo, diría con orgullo. Es un equipo al cual le tengo mucho aprecio. Agradezco la confianza que siempre me dieron. Seis títulos de liga repartidos entre Tigres, Atlas y América. Un ganador serial, un hombre que se acostumbró a levantar trofeos en cada club por el que pasó.

 Pero mientras su palmarés crecía en México, en pleno 2024 llegó la oferta que lo cambiaría de continente. El fútbol de Arabia Saudita, que por aquellos años repartía millones para llevarse a las grandes figuras del planeta, puso los ojos en él. El Alia desembolsó una cifra que rondó los 14 millones de euros, en lo que se convirtió en uno de los traspasos más caros jamás pagados por un futbolista vendido desde un club mexicano.

 El niño que no tenía ni para zapatos era ahora una de las ventas más costosas en la historia del balonpié Azteca. Todo jugador sueña con salir de la zona de confort y experimentar otros lugares y otros países. Diría sobre aquel salto. Nunca tuve miedo a tomar esa oportunidad. Aquel traspaso fue en cierto modo la confirmación de un viaje imposible.

 El mismo niño que cruzaba descalzo los potreros de Maguipay terminaba firmando un contrato millonario en el otro extremo del mundo, en una liga que les disputaba estrellas a los clubes más ricos del planeta. Pero quienes lo conocían sabían que el dinero nunca había sido su motor. Lo que movía a Julián era otra cosa, mucho más difícil de comprar.

 las ganas de demostrar una y otra vez que jamás debieron subestimarlo. Y el dinero no significa nada si no se responde dentro de la cancha. Julián respondió de la única forma que conoce, a golpe de gol. En su mejor temporada en la Liga Saudí firmó 33 anotaciones, una cifra brutal que lo coronó como campeón de goleo del torneo. ¿Y sabes quién dejó atrás en esa tabla? nada menos que a Cristiano Ronaldo, una de las máquinas de hacer goles más letales de la historia que milita en esa misma liga.

 El colombiano descalso de Magui Payan, terminó la temporada por encima del portugués. Léelo de nuevo porque parece imposible. Con ese nivel su nombre era imposible de ignorar. Y al otro lado del océano, en México, un veterano entrenador llamado Javier Aguirre tomaba nota porque lo que venía a continuación no tenía que ver con clubes ni con millones.

 tenía que ver con una bandera y con una de las decisiones más polémicas y emotivas que un futbolista puede tomar. El Tri, una elección de vida. Aquí es donde la historia se parte en dos. Porque Julián Quiñones no nació mexicano, nació colombiano y no de cualquier forma representó a su país en las categorías juveniles.

 Vistió la camiseta de Colombia en el Sudamericano sub20 de 2017 y hasta ganó el oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2018. Llevaba el amarillo, azul y rojo en el pecho. Parecía destinado a convertirse en una figura de la selección cafetera, pero el fútbol colombiano, una fábrica inagotable de talento, miraba para otro lado.

 En un país que produce cracks por docenas, un delantero que se había marchado jovencito a México simplemente no entraba en los planes. Lo suyo allá era casi invisible. Y mientras Colombia lo olvidaba, México lo veía crecer partido a partido, gol a gol, título a título. Dos países, dos miradas opuestas sobre el mismo hombre.

 Uno lo ignoraba, el otro lo hacía suyo. El llamado a la mayor nunca llegó. Año tras año, Julián anotaba en México, rompía sequías, levantaba títulos y el teléfono de la selección Colombia permanecía en silencio. Imagina la frustración. Imagina ver como otros eran convocados mientras tú, que metías goles cada fin de semana, eras ignorado por el país que te vio nacer.

 Haber salido a temprana edad de Colombia me marcó mucho, confesaría. Me ayudó a ser el jugador que soy ahora. Eso me ayudó a forjarme como un guerrero. Esa palabra guerrero no era un adorno. Julián había aprendido a pelear desde antes de saber atarse unos zapatos. Cada rechazo, cada puerta cerrada, cada noche lejos de casa lo había endurecido.

 Para cuando llegó el momento de elegir bandera, no era un niño deslumbrado por los reflectores. Era un hombre que sabía perfectamente lo que quería y, sobre todo, donde lo habían tratado como uno más de los suyos. Y entonces, cuando por fin Colombia pareció reaccionar, ya era demasiado tarde porque la vida de Julián ya no estaba en Colombia, estaba en México. Aquí construyó su carrera.

Read More