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EL CASO QUE CONGELÓ A VENEZUELA: AMOR, TRAICIÓN Y UNA DESAPARICIÓN INEXPLICABLE

 Es en esta ciudad palpitante y caótica donde Mariana Vázquez, una joven de 26 años, psicóloga recién graduada de la Universidad Central de Venezuela, conoció a Rodrigo Castillo. Era marzo de 2019. El país atravesaba uno de sus momentos más difíciles. Los apagones eran constantes. La escasez de alimentos se sentía en cada esquina y muchos venezolanos ya habían tomado la dolorosa decisión de emigrar.

 Pero en medio de esa incertidumbre, Mariana había decidido quedarse. “Venezuela me necesita”, le decía a su madre, Elena Vázquez, una maestra de escuela que había criado sola a sus dos hijas en el sector de los chaguar. Mariana era conocida por su sonrisa contagiosa y su determinación inquebrantable. tenía el cabello castaño oscuro que le caía en ondas suaves sobre los hombros, ojos color miel que transmitían calidez y una manera de hablar pausada que hacía que las personas se sintieran escuchadas.

 Trabajaba en una pequeña consulta en Chacao, donde atendía principalmente a adolescentes y familias de bajos recursos, muchas veces sin cobrar por sus servicios. Fue en una reunión de amigos en el restaurante Alterego en las Mercedes, donde Mariana conoció a Rodrigo. Él tenía 31 años, era ingeniero civil y trabajaba para una empresa constructora que aún mantenía algunos proyectos en la ciudad.

 Alto, de complexión atlética, con una barba cuidadosamente recortada y una forma de vestir impecable, Rodrigo llamaba la atención apenas entraba a un lugar. Desde que los vi juntos esa primera noche, supe que había química. Recuerda Andrea Colmenares, amiga cercana de Mariana desde la universidad. Rodrigo no le quitaba los ojos de encima y Mariana, que normalmente era más reservada con los hombres, se veía diferente.

 Estaba radiante. Esa noche, mientras Caracas brillaba desde las alturas de las Mercedes y el murmullo de conversaciones llenaba el ambiente, Rodrigo se acercó a Mariana con una copa de vino tinto en la mano. psicóloga le preguntó con una sonrisa, “Entonces ya sabes todos mis secretos sin que te diga nada”, bromeó.

Mariana rió y esa risa fue el comienzo de todo. Los siguientes seis meses fueron un torbellino de emociones. Rodrigo y Mariana se volvieron inseparables. Él la llevaba a cenar a restaurantes que ella nunca había visitado. El Artillo los domingos. el Ávila Burger en la Castellana, paseos por el parque del Este, le compraba flores sin razón aparente.

 La sorprendía con detalles que demostraban que prestaba atención a cada palabra que ella decía. Recuerdo que un día me dijo que siempre había querido ver el atardecer desde el Ávila, pero nunca había tenido tiempo”, contó Rodrigo a los amigos en común. Así que organicé todo. Subimos en el teleférico, llevé vino, queso, pan.

 Ella lloró de la emoción. Me dijo que nadie había hecho algo así por ella. En sus redes sociales, la pareja se mostraba feliz. Fotografías en la playa de los roques, videos bailando salsa en algún bar de sabana grande, selfies sonrientes frente al mural de Chacao. Los comentarios de amigos y familiares no se hacían esperar.

 Qué linda pareja, hace match perfecto. Se nota que se aman de verdad. Elena, la madre de Mariana, también aprobaba la relación. Rodrigo era educado, trabajador, respetuoso. Cuando venía a la casa siempre traía algo, un postre, frutas. Una vez hasta me ayudó a arreglar una gotera en el baño. Yo pensaba, “Por fin mi hija encontró a alguien que la valora.

” Pero había algo que no todos sabían, algo que Mariana comenzó a notar, pero que decidió ignorar en esos primeros meses de euforia romántica. Todo comenzó de manera sutil. Rodrigo, quien al principio respetaba los espacios de Mariana, empezó a hacer preguntas. ¿Con quién estás? ¿Quién te llamó? ¿Por qué tardaste tanto? Al principio, Mariana lo interpretaba como interés genuino, como prueba de que él se preocupaba por ella.

 Andrea recuerda una conversación que tuvo con Mariana en agosto de ese mismo año. Estábamos tomando café en el Starbucks de Chacao y su teléfono sonó como cinco veces seguidas. Era Rodrigo. Ella me miró incómoda y me dijo, “Perdona, es que se pone ansioso si no contesto rápido.” Yo le pregunté si todo estaba bien y ella me aseguró que sí, que solo era sobreprotector.

Los amigos de Rodrigo también comenzaron a notar cambios en él. se volvió más distante con nosotros. Cuenta a Miguel Herrera, amigo de Rodrigo desde el bachillerato. Antes salíamos los viernes, íbamos al gimnasio juntos, pero después de conocer a Mariana, todo era ella. Si lo invitábamos a algo y ella no podía ir, él tampoco iba.

 Decía que prefería estar con ella. En septiembre de 2019, durante una reunión familiar por el cumpleaños de la hermana menor de Mariana, Rodrigo tuvo un incidente que levantó algunas cejas. Mariana estaba hablando animadamente con un primo que había regresado de Colombia para la celebración. Reían, se ponían al día, recordaban anécdotas de la infancia.

 Rodrigo, que estaba del otro lado del patio de la casa, se acercó interrumpiendo la conversación. ¿No me vas a presentar? Preguntó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Mariana, un poco sorprendida, hizo las presentaciones. El ambiente se tensó ligeramente. El primo de Mariana, notando la incomodidad, se excusó y se fue a hablar con otros invitados.

Esa noche, cuando ya estábamos solos, le pregunté qué había pasado. Contó Mariana semanas después a Andrea. Me dijo que solo quería conocer a mi familia, pero yo sentí que estaba molesto. Yo le dije que era mi primo, que no tenía por qué ponerse así. Y él se disculpó, me abrazó, me dijo que a veces se sentía inseguro porque yo era muy especial y tenía miedo de perderme.

 Ese tipo de explicaciones se volvieron recurrentes. Cada vez que Mariana cuestionaba algún comportamiento, Rodrigo tenía una justificación que sonaba razonable, que apelaba a sus emociones, que la hacía sentir culpable por siquiera dudar de él. Para diciembre de 2019, la relación ya llevaba 9 meses.

 Caracas se preparaba para la Navidad a pesar de la crisis. Las luces decoraban el centro Sanil. Las familias hacían malabares para preparar a con lo que podían conseguir. Y en las calles se escuchaban gaitas y aguinaldos que insistían en mantener vivo el espíritu navideño. Mariana había estado más callada de lo normal.

 Su hermana menor, Carolina, de 22 años, lo notó. Le pregunté varias veces si todo estaba bien con Rodrigo. Ella me decía que sí, pero yo la conocía. Algo la estaba perturbando. Una tarde, mientras preparaban el arreglo de la casa para Nochebuena, Mariana le confesó algo a su madre que quedaría grabado en la memoria de Elena para siempre.

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