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ANA Colchero: la TRAICIÓN que DESTRUYÓ su CARRERA… Su misteriosa VIDA en el EXILIO

Porque mientras las demás niñas juegan a ser princesas y ensayan sonrisas frente al espejo, tú lees, cuestionas, observas el mundo que te rodea con una intensidad que a veces hace que los adultos se incomoden sin saber exactamente por qué. Eso era Ana Colchero de niña, una mente que no sabía apagarse y eso fue lo que la hizo [música] tan poderosa en la pantalla y también eventualmente lo que la destruyó dentro del sistema que la catapultó a la fama.

Ana nació en la Ciudad de México a mediados de los años 60 en una familia de clase media con una sensibilidad cultural por encima del promedio. No era una familia de artistas en el sentido tradicional, pero había libros en casa, había conversaciones con peso, había una comprensión de que el mundo era más complejo de lo que la televisión de la época quería mostrar.

Y eso marcó Ana de una manera que nadie en Televisa habría podido anticipar cuando la contrataron, porque lo que los ejecutivos vieron fue una cara extraordinariamente bella, [música] una presencia que llenaba el cuadro con una naturalidad que no se aprende en ninguna escuela y una voz que sabía cariciar las palabras justas cuando el guion lo pedía.

Lo que no vieron o decidieron ignorar fue que detrás de esa belleza había una mujer que pensaba, una mujer que leía filosofía, que tenía opiniones políticas definidas, que no estaba dispuesta a morderse la lengua indefinidamente solo para conservar el contrato. Y esa parte de ella, invisible para las cámaras, pero absolutamente real, iba a ser la que terminara definiéndolo todo.

[música] Su formación fue algo que la distinguió desde el principio de una forma que no es común en la televisión comercial. Estudió actuación con seriedad, con la clase de seriedad que va más allá de memorizar guiones y aprender a llorar a la orden. Tenía influencias que iban mucho más allá de las telenovelas de las tardes, [música] más allá de los melodramas lacrimógenos que eran el pan de cada día de la televisión latinoamericana.

[música] Había algo en ella de las grandes actrices del cine de arte. esa capacidad para estar completamente presente en la escena, para comunicar con los ojos lo que el diálogo no alcanzaba a decir, para hacer que el personaje existiera de una forma que iba más allá de las palabras escritas [música] en el papel. Y eso se notó enseguida cuando empezó a aparecer en pantalla.

Las cámaras no la encontraban, ella las encontraba a ellas. Sus primeros pasos en la televisión mexicana fueron los de alguien que aprendía rápido y no tenía miedo al trabajo. Pequeños papeles que fueron creciendo, proyectos donde demostró que podía cargar una escena sin apoyo, que tenía carisma, pero también técnica, [música] que podía hacer creíble un personaje, incluso cuando el guion no le daba muchas herramientas para hacerlo.

Y en algún punto de principios de los 90, alguien en Televisa tomó la decisión que cambiaría su vida y la vida de millones de espectadores. Darle el papel protagónico en Corazón Salvaje. Corazón Salvaje era una historia clásica del melodrama mexicano basada en una novela de Caridad Bravo Adams que ya había sido adaptada varias veces.

Pero esta versión de 1993 tenía algo que las anteriores no tenían, algo que es difícil de explicar en términos racionales, pero que cualquiera que la haya visto reconoce inmediatamente. Tenía una química entre sus protagonistas que trascendía la pantalla. Eduardo Palomo hacía de Juan del con una intensidad que hizo que millones de personas en todo el continente se enamoraran de esa telenovela de una forma que todavía recuerdan con una especie de nostalgia física.

Y Ana estaba a la altura de cada escena, de cada mirada, de cada momento donde el personaje pedía algo más que la actuación correcta. Pedía humanidad y ella la tenía de sobra. La forma en que sus ojos sostenían una escena difícil, la forma en que su cuerpo comunicaba lo que las palabras no podían terminar de decir, la forma en que hacía que el sufrimiento de su personaje se sintiera real y no como un ejercicio técnico.

Todo eso era Ana Colchero en estado puro, sin filtros, completamente entregada al oficio. El rating fue una locura desde el primer capítulo. La telenovela se convirtió en un fenómeno regional que se exportó a docenas de países, que se emitió en horarios estelares en [música] toda América Latina, que hizo que el nombre de Ana Colchero empezara a circular en los pasillos de las televisoras del continente, como el de una estrella en ascenso imparable.

Las revistas de espectáculos la ponían en portada semana tras semana. Las entrevistas se acumulaban, las marcas querían su cara. La cara de Ana Colchero se convirtió en una de esas imágenes que la gente de cierta generación lleva grabada en la memoria con una nitidez que el tiempo no borra y que el paso de los años más bien refuerza con el barniz dorado de la nostalgia.

Pero el problema, [música] y esto es algo que hay que entender para comprender lo que vino después, es que Ana no procesó ese éxito como lo procesaban la mayoría de las actrices de su generación, mientras otras se entregaban al personaje público, al ritual de las revistas de espectáculos, a las sonrisas calibradas para las alfombras rojas, a la liturgia del estrellato, que incluye decir exactamente lo que [música] la industria quiere escuchar.

Y nunca nada más Ana seguía siendo intensamente ella misma. Seguía leyendo, seguía formándose opiniones sobre el mundo que la rodeaba, seguía mirando la industria del entretenimiento con una lucidez crítica que no siempre era cómoda para quienes la rodeaban y en una industria donde la docilidad era la moneda más valiosa, eso iba a costar.

[música] Y entonces llegó a Londra. Si Corazón Salvaje la había lanzado a la órbita de las estrellas, Alondra [música] de 1995 la instaló en un nivel diferente, en la estratosfera de las figuras que definen una época y que el público recuerda no como personajes, sino casi como personas reales que existieron en sus propias vidas.

La historia de esa joven que descubre que es hija de una familia poderosa, que navega entre el amor y la traición, que aprende que la identidad no se hereda, sino que se construye a base de decisiones y de la valentía de sostenerlas. Conectó con el público de una manera que pocas [música] telenovelas logran.

Fue otro fenómeno, otro récord de audiencia, otro viaje por toda América Latina donde las pantallas repetían su cara una y otra vez, donde los seguidores esperaban cada capítulo con una intensidad que hoy en día uno solo ve con las series de streaming más adictivas. En ese momento, a mediados de los 90, Ana Colchero era probablemente la actriz de telenovelas más reconocida de México y era también una de las más reconocidas de América Latina en su género.

Su cara era omnipresente, su nombre era sinónimo de éxito garantizado. Los ejecutivos de Televisa la miraban como lo que era, uno de sus activos más valiosos, uno de esos elementos que mueven ratings y generan contratos internacionales y hacen que los anunciantes paguen lo [música] que les pidan sin negociar demasiado. Y aquí viene lo primero que quiero que entiendas de verdad, porque es la clave de todo lo que vino después.

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