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La Esposa del Che REVELÓ lo Que NADIE Sabía Sobre Camilo — El SECRETO Que GUARDÓ 8 Años de Morir

Parte 1

Nadie vio llorar a Ernesto Che Guevara cuando Camilo Cienfuegos le entregó su sombrero en la pista de Camagüey, pero todos habrían entendido que ese gesto parecía una despedida antes de una ejecución.

El 28 de octubre de 1959, el calor caía sobre el aeropuerto como una sábana mojada. El cielo estaba raro, partido entre un azul enfermo y una muralla de nubes negras que avanzaban desde el mar. Los mecánicos hablaban bajo, los soldados fumaban mirando al suelo y el pequeño Cessna 310 esperaba con la puerta abierta como si tuviera la boca lista para tragarse a alguien.

Camilo Cienfuegos apareció con su sonrisa de siempre, esa sonrisa que hacía que los campesinos dejaran de tener miedo y que los niños corrieran detrás de él por las calles de La Habana. Llevaba su sombrero de cowboy, la barba alborotada, la chaqueta de campaña y una alegría que parecía invencible. Pero Ernesto Che Guevara, que había dormido junto a él en la Sierra Maestra, que lo había visto reír con hambre, disparar con fiebre y cantar bajo la lluvia, supo de inmediato que algo estaba roto.

Camilo no caminaba como un hombre que volvía a casa. Caminaba como alguien que ya había aceptado su destino.

El Che había llegado sin avisar. Se había levantado antes del amanecer con una opresión en el pecho, había dejado a Aleida dormida y había conducido durante horas sin decirle a nadie. No tenía una razón política ni militar. Solo una certeza oscura: tenía que ver a Camilo antes de que subiera a ese avión.

Camilo lo vio y abrió los brazos.

—Che, hermano, ¿ahora también persigues aviones?

El Che lo abrazó con tanta fuerza que Camilo soltó una risa breve.

—No sé por qué vine —admitió Ernesto, sin soltarlo—. Pero no subas hoy. El clima está mal.

Camilo miró el cielo. La sonrisa se le quedó en la boca, pero no en los ojos.

—Fidel me espera en La Habana. Quiere el informe sobre Huber Matos.

El nombre cayó entre los dos como una piedra. La misión en Camagüey había terminado. Camilo había detenido a Matos, el comandante que había renunciado acusando al gobierno de tomar un rumbo comunista. Todo el mundo decía que Camilo había cumplido con honor. Pero el Che notó algo en su voz: cansancio, no físico, sino moral.

—Fidel puede esperar 1 día —dijo Ernesto.

Camilo bajó la mirada.

—Fidel nunca espera, Che. Tú lo sabes.

El viento levantó polvo alrededor de sus botas. El piloto gritó algo desde el avión, impaciente. Camilo se acercó más, tanto que su voz quedó enterrada entre el ruido de la hélice y el silbido del aire.

—Tengo que decirte algo antes de irme.

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