Posted in

Zita de Austria: la emperatriz que perdió un imperio en una sola noche

monarquías seguían funcionando con la lógica de la sangre y el linaje. María Antonia contactó con diversas casas reales y finalmente los ojos de la familia se posaron en un joven archiduque austríaco que pertenecía a la familia más antigua y poderosa del continente. Su nombre era Carlos y cuando Sita lo conoció por primera vez en el castillo de Schwarzau, ninguno de los dos podía imaginar que ese encuentro lo llevaría apenas unos años después al vértice del poder europeo y luego al precipicio más profundo que una familia imperial

pudiera imaginar. Lo que comenzó como un acuerdo entre familias se convirtió en algo que las crónicas de la época describirían. repetidamente como un amor genuino, una devoción mutua que ni la guerra, ni el exilio, ni la miseria, ni la muerte serían capaces de disolver del todo.

Pero eso es avanzar demasiado rápido. Primero hay que entender de dónde venía Carlos y qué clase de mundo era aquel en el que Sita estaba a punto de entrar. Un mundo que brillaba con una intensidad extraordinaria, precisamente porque estaba a punto de desaparecer para siempre. El imperio austrohúngaro en los primeros años del siglo XX era una de las construcciones políticas más asombrosas y más frágiles que el mundo había visto jamás.

Se extendía desde los Alpes hasta los cárpatos, desde el Adriático hasta las llanuras de Galicia, y en su interior convivían, no siempre en paz, más de una docena de pueblos distintos con lenguas, tradiciones, religiones e historias propias. Alemanes, húngaros, checos, polacos, croatas, eslovenos, serbios, italianos, rumanos y muchos más compartían la misma bandera imperial.

bajo el gobierno del anciano Francisco José I, que llevaba en el trono desde 1848 y que a sus más de 80 años era ya una figura casi mitológica, un símbolo viviente de una era que el mundo moderno estaba empezando a dejar atrás a marchas forzadas. Francisco José había sobrevivido a todo. Había sobrevivido a revoluciones, a guerras perdidas, a la muerte de su hijo único en circunstancias trágicas y oscuras, al asesinato de su esposa, la legendaria emperatriz Sisí, y a la desaparición de casi todos los que habían sido sus contemporáneos.

Era un hombre vaciado por la historia que cumplía con sus obligaciones con una puntualidad mecánica. y que gobernaba un imperio cuyas costuras crujían en todas partes, aunque él prefirie no escuchar ese sonido. El heredero al trono era el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador, un hombre de carácter difícil, pero de ideas reformistas, que soñaba con transformar el imperio en una federación de pueblos con iguales derechos.

Francisco Fernando se había casado por amor con una condesa checa de sangre no suficientemente imperial y esa unión morganática le había costado el respeto de buena parte de la corte de Viena, pero no la determinación de sus propias convicciones. Sus hijos, por la condición de su matrimonio, no podían heredar el trono. Por eso Carlos, sobrino de Francisco Fernando, era el segundo en la línea de sucesión.

Carlos de Absburgo, Lorena, tenía exactamente el temperamento contrario al de su tío. Era tranquilo donde Francisco Fernando era impulsivo, conciliador donde el heredero era intransigente y poseía una dulzura de carácter que los que lo conocían describían como genuina y no como calculada. Cuando conoció a Cita en el castillo de Schwarzou, tenía 19 años y ella 17.

se vieron por primera vez en junio de 1909 durante una visita familiar y la impresión que se llevaron mutuamente debió de ser suficientemente intensa porque los encuentros se repitieron y la correspondencia entre los dos jóvenes comenzó a tejer algo que iba más allá de la conveniencia dinástica. El 21 de octubre de 1911, Carlos y Sita contrajeron matrimonio en el castillo de Schwartzou, en la baja Austria.

Fue una boda de la aristocracia europea, solemne y llena de representantes de las casas reales del continente. Pero los testimonios de quienes estuvieron presentes insisten en que lo que se veía en los ojos de los novios no era la satisfacción protocolar de un deber cumplido, sino algo más difícil de fingir.

Carlos tenía 20 años, Cita tenía 19. Y delante de ellos se extendía lo que parecía ser una vida de privilegio, de representación, de viajes y recepciones en los palacios más suntuosos de Europa. Una vida en la que el poder sería eventual, pero no urgente, porque Francisco Fernando todavía era joven y su salud era buena. Nadie en aquella boda podía imaginar que en menos de 5 años todo eso cambiaría de una manera radical e irreversible.

En los primeros años de su matrimonio, Sita y Carlos vivieron en Hetsendorf y luego en el castillo de Richenau, en la baja Austria. Tuvieron su primer hijo, Oto, en noviembre de 1912 y la familia comenzó a crecer con una regularidad que contrastaba con la inestabilidad creciente del mundo que los rodeaba. Cita aprendió rápidamente los protocolos de la Corte de Viena, esa intrincada maquinaria de ceremonias, jerarquías y etiquetas que Francisco José mantenía en funcionamiento con la misma obstinación con que mantenía en funcionamiento todo

lo demás. La emperatriz joven observaba, escuchaba, aprendía y callaba. Pero quienes la trataban de cerca notaban que detrás de su compostura perfecta había una inteligencia afilada y una voluntad de acero. El 28 de junio de 1914 en Sarajebo, dos disparos cambiaron el curso de la historia.

El archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía fueron asesinados por un joven nacionalista serbio mientras pasaban en automóvil por las calles de la ciudad. El mundo conto el aliento por un momento y luego como una velocidad que todavía hoy asombra a los historiadores, las alianzas militares de Europa se activaron como un mecanismo de relojería al que nadie podía detener.

Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. Rusia movilizó sus tropas. Alemania declaró la guerra a Rusia y a Francia. Gran Bretaña entró al conflicto. En cuestión de semanas, el continente más poderoso del mundo estaba en llamas. Carlos se convirtió de golpe en el heredero al trono del imperio austrohúngngaro y cita que hasta ese momento era simplemente la esposa de un archiduque relativamente secundario, se encontró de pronto en el centro del escenario más peligroso y más complicado de toda la historia europea.

La guerra transformó a Carlos de una manera que quienes lo conocían antes apenas podían reconocer, no en el sentido de haberlo endurecido o deshumanizado, sino en el sentido de haber acelerado en él una madurez que en tiempos de paz habría llegado de forma más gradual y cómoda. sirvió en distintos frentes, observó la destrucción de cerca, habló con soldados de todas las nacionalidades del imperio y llegó a una conclusión que Francisco José, encerrado en su mundo de protocolos y tradiciones, se resistía a admitir con la misma obstinación con que

se había resistido a todo lo que olía a cambio durante más de seis décadas. La guerra era una locura que no tenía salida honorable para nadie. Cita, mientras tanto, gestionaba la vida familiar desde la retaguardia, criando a sus hijos en circunstancias cada vez más difíciles y siguiendo de cerca los movimientos políticos y militares con una atención que sorprendía a los diplomáticos que la trataban.

No era una mujer que se conformara con el papel ornamental que la tradición de la corte asignaba a las esposas imperiales. Leía los informes, hacía preguntas incómodas, mantenía conversaciones con ministros y generales y formaba opiniones que no dudaba en expresar cuando la situación lo requería.

Read More