Y fue en ese momento, con 18 años cuando Willed se paró frente a la decisión más importante de su vida hasta entonces, abandonar el fútbol y dedicarse a la minería, que era el trabajo que tenía alrededor y que daba certeza inmediata, o seguir intentando algo que en ese punto todavía no le había dado nada concreto. El fútbol tiene esos momentos.
los tiene con todos sus protagonistas. Los momentos en que la lógica fría dice que el camino no lleva a ningún lado y que la única persona que cree en la posibilidad es el propio jugador. A veces hay alguien más que cree. Y en el caso de Willedita, ese alguien fue Pablo Zuleta, el hombre que creyó en él.
Pablo Zuleta creyó en Willed cuando muchos entrenadores ya habían pasado por el sin detenerse. Y creer en un jugador no es solo decirle palabras de aliento en el vestuario. Creer en un jugador es tomar decisiones concretas que cambian el rumbo de su carrera. Lo que Suleta hizo fue doble. Primero, algo que en el fútbol tiene un peso enorme y que a veces define una carrera antes de que esta realmente comience, cambiarlo de posición.
Dita había jugado de delantero centro en sus primeros años. soñaba con meter goles, con ser el hombre que resuelve y sueta lo miró con otros ojos. Vio que donde ese muchacho encontraba su potencial real no era en el área rival, sino en la propia. vio que la fortaleza física, la lectura del juego, el liderazgo que naturalmente imponía en la cancha eran exactamente las herramientas de un defensor central, no de un centro delantero.
Encontró en la defensa el lugar donde todas sus características tenían sentido, donde el tamaño no era un dato menor, sino una ventaja sistemática, donde la lectura anticipada del movimiento rival no era un complemento, sino la herramienta principal. Y lo segundo que hizo su leta fue aún más concreto, lo recomendó. le abrió la puerta hacia el Barranquilla, el equipo filial del Junior en la categoría Primera B.
Y esa puerta, que por fuera parecía pequeña, adentro era la entrada al proceso que iba a llevarlo al sitio donde siempre quiso estar. Barranquilla FC fue la escuela que terminó de formar al defensor. No fue un proceso glamoroso, no fue el debut en grande que los jugadores sueñan cuando se imaginan entrando al fútbol profesional. Fue trabajo.
Fue acumulación de partidos entre 2017 y 2018. Primero como suplente mientras se ganaba el lugar y después como pieza clave de una defensa que en el torneo finalización 2017 fue la más sólida del campeonato. Más de 40 partidos acumulados, la titularidad ganada a pulso, la mejor defensa del torneo. Eso es lo que Barranquilla FC le dio a Willedita y eso fue suficiente para que el Junior de Barranquilla tomara la decisión que el chico del César había soñado desde niño.
Comienzo de carrera profesional. Llegar al Junior de Barranquilla siendo oriundo de la costa Caribe colombiana tiene un peso emocional que no se explica solo con palabras. El Junior no es simplemente un club de fútbol en esa región, es una identidad. Es la camiseta que la gente del Caribe colombiano lleva en el alma antes de ponérsela en el cuerpo.
Y Willeda, que había crecido viéndolo desde afuera, que había soñado con el desde chico en la Jagua, llegó como jugador profesional en 2018. Con su actitud y ganas se convirtió rápidamente en titular. se convirtió en uno de los defensores más prometedores del fútbol colombiano y lo que vino después fue la confirmación de que la apuesta de Zuleta, la paciencia de Barranquilla FC y la decisión de no irse a la mina habían sido la elección correcta.
En 2018, Junior de Barranquilla se coronó campeón de la liga colombiana. Willita era parte del plantel, era parte del proyecto. Aunque no fue convocado para los partidos de la final de ese torneo, el título era de todos los que habían construido esa temporada y en 2019, ya como titular indiscutible, fue pieza fundamental en el bicampeonato.
Dos ligas consecutivas, dos superligas. Un defensor que en 4 años había pasado de estar cerca de abandonar el fútbol para irse a la mina de carbón a ser parte de una de las defensas más sólidas de Colombia. Participó en Copa Libertadores, participó en Copa Sudamericana, vivió la dimensión continental del fútbol con la camiseta del equipo de sus amores y para 2021, en el intento del Junior por conseguir el tricampeonato que la afición esperaba con cada partido de liguilla, era considerado uno de los jugadores más
importantes del equipo. Pero el fútbol tiene esa manera de complicar exactamente cuando las cosas parecen más asentadas. El Junior llegó a la final de ese torneo, la final que podía ser histórica. y la perdió ante América de Cali. Y en esa derrota y en las semifinales que vinieron después en los torneos siguientes, Dita cometió algunos errores en momentos decisivos que la afición tiburona no procesó con paciencia.
Y fue ahí, en ese momento complicado, cuando volvió a aparecer una encrucijada, no del tamaño de la de los 18 años frente a la mina, pero encrucijada al fin. Quedarse en junior con el costo emocional que eso implicaba o salir a buscar un nuevo contexto donde volver a ser el jugador que sabía que podía ser.
Esta vez la respuesta llegó desde Rosario. Argentina. La resurrección en Argentina. Cuando un jugador sale de su país con la sombra de las críticas encima, el destino que elige dice mucho de lo que está buscando. Willedita llegó a Newwell Soul Boys de Rosario en enero de 2022, inicialmente en calidad de préstamo. Y Newwelles, que apostó por el cuando parte del fútbol colombiano ya lo había sentenciado, recibió de regreso algo que el club de la ciudad de Lionel Messi no esperaba del todo en esas dimensiones.
Recibió a un defensor hambriento. No hay otra manera de describir lo que Dita hizo en Rosario. No llegó a recuperarse con calma. Llegó a demostrar. Llegó a recordarle al fútbol y asimismo que las malas rachas no son veredictos definitivos. La adaptación fue casi inmediata. El técnico lo puso de titular y ahí se quedó.
No porque no hubiera competencia, sino porque cada partido que jugaba era mejor que el anterior. Disputó más de 50 partidos oficiales con el club, marcó dos goles, lideró la defensa con una consistencia que en Junior había perdido temporalmente y que en Argentina recuperó entera. El grito que se popularizó entre los hinchas leprosos, ese vamos, vamos que Dita lanzaba desde adentro del campo y que la tribuna de News terminó adoptando como propio, no fue una campaña de marketing, fue la expresión natural de un jugador que en Rosario encontró el lugar donde
volvió a creer en sí mismo. La dirección deportiva de Newes ejecutó la compra definitiva. Pagaron aproximadamente $00,000 por su pase. una fortuna en términos del mercado europeo, pero una señal clara en el fútbol sudamericano de que el club creía en el jugador más allá del préstamo. Y esa señal que Dita agradeció con rendimiento sostenido fue la que llamó la atención de los scouts que miraban desde México.
Su salida de Newes generó tensión. El club no quería venderlo. La afición leprosa había construido un vínculo real con ese defensor colombiano que lanzaba arengas y hacía limpiezas en el último metro. Pero el fútbol tiene esa lógica también, la de que cuando un jugador llega a cierto nivel, llegan también las ofertas que el propio club no puede rechazar por mucho tiempo.
Y la oferta que llegó en julio de 2023 era de un club que en México tiene una historia que pesa como pocas en el continente. Cruz Azul vino por Willedita y Willedita aceptó. Llegada a Cruz Azul. La operación que llevó a Willedita al Cruz Azul fue de aproximadamente 4.5 millones de dólares. En el contexto del mercado de la Liga MX, ese número dice algo sobre la valoración que el club tenía del jugador.
Cruz Azul no gasta ese dinero sin tener la certeza de que lo que trae resuelve una necesidad real. La necesidad era concreta. La salida de Pablo Aguilar, defensor histórico del equipo, había dejado un hueco en el eje defensivo que el club necesitaba cubrir con alguien que tuviera jerarquía, experiencia continental y la capacidad de convertirse en referente desde el primer torneo.
Dita reunía esas condiciones. llegó con el número cuatro en la espalda. Llegó a un proyecto que en ese momento encabezaba el Tuca Ferreti y luego Martín Anselmi, uno de los entrenadores más interesantes del fútbol latinoamericano en ese periodo, un técnico con ideas claras y con la capacidad de sacarle el máximo a los jugadores que entendían su sistema.
El primer torneo no fue sencillo. Cruz Azul tenía un rendimiento colectivo irregular y los resultados no acompañaban las aspiraciones del club. Pero dita, que ya había aprendido en Colombia y en Argentina que los contextos difíciles no son señales para rendirse, sino oportunidades para consolidarse, se mantuvo.
Partido a partido fue ganando la confianza del técnico, del cuerpo técnico y de la afición celeste, que empezó a ver en ese defensor colombiano a un jugador diferente a los que habían pasado por la posición en años recientes. El 2025 marcó el primer gran hito de su etapa en México. Cruz Azul se consagró campeón de la CONCACAF Champions Cup 2025, derrotando al Vancouver BT Caps con un aplastante 5 a0 en la final.
Willedita fue parte de esa defensa que en los partidos decisivos del torneo continental sostuvo el orden que el equipo necesitaba para llegar hasta el final. Las actuaciones individuales en esa campaña lo proyectaron como uno de los mejores defensores de la liga. El reconocimiento formal llegó después. Fue elegido mejor defensa central de la Liga MX en la temporada 2024.
El Balón de Oro de la Liga MX en su posición. El premio que reconocía lo que cualquiera que había visto a Cruz Azul ese año podía confirmar. Willedita no era una promesa ni un refuerzo de temporada, era un referente. Era el hombre sobre el que la máquina construía desde atrás. Y entonces llegó el Clausura 2026, el torneo de la décima estrella, el torneo que Cruz Azul, que llevaba 5 años sin ganar un campeonato de liga desde el Guardianes 2021, necesitaba conquistar para cerrar un ciclo y escribir una página nueva.
Willita no se perdió un solo minuto en los 22 partidos del Clausura 2026. Entre fase regular y liguilla jugó 990 minutos. Todos como titular, todos desde el primer silvatazo. Esa cifra más allá del estadístico, es el mapa de un jugador que en el torneo más importante del año fue inamovible. La liguilla de la décima.
La liguilla del Clausura 2026 fue de las que se recuerdan, no porque los marcadores hayan sido escandalosos, sino porque en cada serie había tensión real, eliminaciones que nadie tenía certeza de anticipar y partidos donde el margen entre avanzar y quedarse en el camino era tan delgado que cualquier error, cualquier pelota mal controlada, cualquier segundo de desconcentración podía ser definitivo.
Cruz Azul llegó a la liguilla como tercer lugar de la tabla general. Eso significaba ventaja para los que habían terminado mejor posicionados, pero también significaba que la máquina tenía que ir a ganar en condiciones donde el empate global no le favorecía. En cada una de las tres series que disputó, la presión era la misma: ganar o irse a casa. El primer obstáculo fue el Atlas.
El conjunto rojinegro, que suele complicar el Higuilla con su estilo ordenado y físico, recibió a Cruz Azul en la ida en el estadio Jalisco. El partido terminó 3 a 2 en favor de la máquina. Un resultado con margen, pero un resultado que sobre el papel parecía más holgado de lo que el partido había sentido.
La vuelta se jugó en el estadio Banorte, la cancha que Cruz Azul usó como local durante ese torneo porque el Azteca ya estaba bajo control de la FIFA para los preparativos del Mundial 2026. Y en esa vuelta, con el Atlas necesitando remontar y con Cruz Azul sabiendo que no podía ceder, José Paradela marcó el único gol del encuentro al minuto 32 para sellar el global 4 a2.
Willita en la defensa fue la muralla que el equipo necesitaba para que esas oportunidades del Atlas no se convirtieran en goles. La semifinal fue contra Chivas de Guadalajara. El rebaño sagrado, que había terminado segundo en la tabla general y llegaba a la semis después de eliminar a Tigres en una remontada de cuartos, tenía la ventaja del empate global a su favor.
Para Cruz Azul, el único resultado que servía era la victoria. La ida se jugó en el estadio Banorte y el partido fue de poder a poder. Chivas marcó primero, Cruz Azul empató, Chivas volvió a marcar, Cruz Azul volvió a empatar 2 a 2 al final de los 90 minutos con el estadio en llamas y con la serie abierta hacia la vuelta, pero abierta de una manera que dejaba a la máquina en una posición clara.
Había que ganar en el Jalisco, el estadio Jalisco, estadio rojiblanco, estadio de la afición de Chivas en Guadalajara. Uno de los recintos más hostiles para el visitante en el fútbol mexicano. Cruz Azul fue ahí, sabiendo lo que significaba, sabiendo que el empate global eliminaba al equipo y ganó 1 a0 en el marcador de esa noche.
Global 3 a4 en favor de los Celestes, Cruz Azul en la final. Y Willeda, que en la ida había estado a centímetros de anotar un gol desde larga distancia que hubiera cerrado la serie antes, fue parte de la defensa que en el Jalisco aguantó la presión de un equipo que al final del partido hasta el portero había subido al área buscando el empate.
La final más que conocida por todos fue ante Pumas. El equipo universitario, que había terminado como líder de la tabla general, era el rival más difícil del torneo en términos de posición y en términos de lo que venía mostrando con Efraín Juárez en el banco. Pumas tenía a Keor Navas en el arco, una de las incorporaciones más importantes de la liga en ese torneo.
Tenía a Jordan Carrillo desequilibrando por las bandas, tenía a Robert Morales aportando goles importantes en momentos clave. La ida de la final se jugó en el estadio Ciudad de los Deportes, la cancha provisional de Cruz Azul para esa etapa del torneo y el partido terminó 0 a0 sin goles. 90 minutos de tensión de dos equipos que se midieron con respeto mutuo, de pocas llegadas claras y de una defensiva que en ambos casos estuvo a la altura.
Willita no necesitó hacer grandes intervenciones en ese partido porque el equipo como conjunto nunca perdió el orden, pero una de las acciones que pasó casi desapercibida en el análisis posterior fue un despeje suyo que cortó una contra de Pumas en la primera parte, cuando el partido todavía no había encontrado su ritmo.
Un despeje que no sale en los resúmenes, pero que en tiempo real impidió que Pumas llegara al mano a mano que casi siempre termina en gol. La vuelta fue en el estadio Olímpico Universitario, la cancha de Pumas, el mismo estadio donde Cruz Azul había ganado la Concacaf Champions Cup contra Vancouver. Y en esa segunda final, todo lo que el fútbol puede ofrecer en términos de drama, tensión y emoción se concentró en 90 minutos que en los últimos minutos de compensación decidieron todo.
Puma salió con energía desde el inicio. El ambiente del Estadio Universitario empujaba. Al minuto 31, Robert Morales aprovechó un contragolpe y marcó el 1 a0. El hervidero, que era la tribuna de Pumas, se convirtió en algo más. Cruz Azul en desventaja. La décima estrella pareciendo lejana. Willedita no se derrumbó. Los grandes defensores no se derrumban cuando el marcador se pone en contra.
Se concentran más, ordenan a los compañeros, evitan que el 1 a0 se convierta en 2 a0, que es el marcador donde la serie se terminan de cerrar en la mente antes de terminar en el papel. Y Cruz Azul aguantó y en el inicio del segundo un autogol de Rubén Duarte empató el partido 1 a 1. La final viva, todo abierto.
Y entonces en el minuto 90+ 4 Rodolfo Rotondi recibió el balón dentro del área de Pumas, lo acomodó con una media vuelta que no le dio tiempo al Keaylor Navas de reaccionar y lo mandó al fondo con potencia. 2 a 1. Cruz Azul campeón del Clausura 2026. La décima estrella en la historia del club. La primera liga desde el Guardianes 2021.
El estadio, que segundos antes era un volcán de Pumas, quedó en silencio mientras los jugadores de Cruz Azul corrían a abrazar a Rotondi. Willedita fue uno de los primeros en llegar. El defensor colombiano que había recorrido miles de kilómetros desde la Jagua de Ibirico, que había estado a punto de irse a la mina, que había sido silvado en el Metropolitano y aplaudido en Rosario, que había llegado a México a ganarse un lugar y lo había ganado partido a partido, estaba ahí.
En el estadio de Pumas, campeón de México, el reconocimiento. Las horas que siguieron a la final fueron de celebración. La caravana de Cruz Azul desde Ciudad Universitaria hasta el Ángel de la Independencia fue una marea celeste que desbordó las calles del centro de la Ciudad de México con la intensidad de quien espera 5 años un momento así.
Willita terminó en el tercer lugar de la votación de la afición para elegir al mejor jugador del plantel en ese torneo. La encuesta que circuló entre los seguidores de Cruz Azul después de la décima lo ubicó detrás de Rotondi, el goleador de la final y José Paradela, el cerebro del equipo. Pero el tercer lugar en esa votación, en ese contexto, no fue un consuelo.
Fue el reconocimiento de lo que la afición había visto semana a semana, un defensor con firmeza, con físico imponente los duelos, con constancia y con la lectura defensiva que en los momentos más complicados de la liguilla había sido la diferencia entre avanzar y quedarse afuera. Los medios deportivos de México también se encargaron de documentar su temporada.
Los cinco héroes de Cruz Azul en la liguilla del Clausura 2026, según el análisis posterior de varios expertos, tenían en Willedita uno de sus nombres fijos. No el más mediático, no el que la cámara busca primero después del partido, el más consistente, el que durante los tres meses del torneo no bajó el nivel, ni cuando el equipo estaba en dificultades colectivas, ni cuando cambió el técnico a mitad de la temporada regular con la llegada de Joel Wiki en reemplazo de Nicolás Larcamón, porque eso también hay que contarlo.

Cruz Azul no llegó a la décima con un proyecto estable y sin turbulencias. El cambio de entrenador a mitad del torneo fue una sacudida institucional que en otros planteles habría desestabilizado a los jugadores. Idita, que en su carrera ya había aprendido que los contextos complicados no son justificación, sino prueba, se mantuvo igual antes que después del cambio.
Wiki encontró un defensor central listo para jugar, listo para liderar y listo para hacer el eje sobre el que la defensa se organizara en los partidos más importantes. 22 partidos como titular, 1980 minutos jugados en el Clausura 2026, sin salir en ningún partido, sin ser reemplazado en ningún momento de la liguilla.
Eso es la imagen más clara de lo que Willed representó para Cruz Azul en ese torneo. La de un jugador del que el cuerpo técnico dependía, tanto que sacarlo del campo no era una opción. El sueño mundialista. El 25 de mayo del 2026, con la copa todavía fresca y las fotos de la décima estrella circulando por todas las redes, Néstor Lorenzo publicó la lista de convocados de la selección Colombia para el mundial 2026.
El nombre de Willed apareció en la nómina de defensas junto a Daniel Muñoz, Santiago Arias, Davinson Sánchez, Jerry Mina y John Lucumí, junto a jugadores que llevan años en el radar de la selección, que han jugado en las ligas más importantes de Europa, que tienen experiencia internacional acumulada en torneos grandes.
Dita, el defensor del Cruz Azul, el colombiano que había ganado la Liga Mexicana 4 días antes, estaba en esa lista. Colombia, que dirige Lorenzo con una propuesta de juego moderna y una selección que mezcla experiencia e irrupción de jóvenes, necesitaba opciones en la defensa central y el rendimiento de Dita en la Liga MX, la regularidad que había sostenido durante todo el Clausura 2026, el Balón de Oro como mejor defensa de la temporada anterior y el título reciente fueron argumentos que ningún criterio de selección pudo ignorar. La convocatoria
tuvo un eco particular en el departamento del César, en la Jagua de Ibirico, el municipio donde Willedita nació y creció entre el calor del Caribe y el sonido de las minas de carbón, la noticia se recibió con un orgullo que sobrepasaba lo deportivo. Los medios locales de la región documentaron las reacciones.
Los aficionados en redes sociales del César, que habían seguido de cerca la carrera del defensor desde que era el muchacho que destacaba en los juegos intercolegiales de Agustín Kodatzii, expresaron una emoción que tenía mucho de identificación, la de saber que alguien de su tierra, de las mismas calles, del mismo calor, había llegado hasta el punto más alto al que puede llegar un futbolista colombiano.
Dita fue, de hecho, el jugador más buscado en Google en Colombia durante las horas que siguieron al anuncio de la lista, por encima de James Rodríguez. por encima de Luis Díaz, por encima de todos los nombres más conocidos de la selección cafetera, porque la gente que no seguía el fútbol mexicano de cerca, que conocía al jugador de nombre, pero no de partidos, quería saber quién era ese defensor del Cruz Azul que de pronto aparecía en la lista mundialista.
Y lo que encontraban cuando buscaban era la historia que acaban de leer. Lo que también encontraban era un detalle que no es anécdota, sino símbolo. Dita había coincidido en la cantera del Barranquilla FC en sus primeros años de formación profesional con Luis Díaz. El extremo del Bayern Munich, uno de los futbolistas colombianos más talentosos de la actualidad, había empezado en el mismo lugar.
Habían sido compañeros en esa institución de la costa antes de que cada uno tomara su camino. Luis Díaz al Junior, a Portugal, a Liverpool, al Bayern Munich, Willedal Junior, a Argentina, a México. Caminos distintos, destinos paralelos. Los dos terminaron en la misma convocatoria mundialista. La sede deportiva del Barranquilla FC tenía razones para sentirse orgullosa.
Hay una frase que Willedita dijo en alguna entrevista cuando le preguntaron por su salida de Junior, por ese momento en que las críticas llegaban y la confianza se quebraba. dijo que su salida hacia Argentina se había dado en el momento correcto, que había salido con mucha tranquilidad y con deseos de crecer y que eso fue exactamente lo que hizo.
Esa frase, tan corta, tan sin adornos, dice más de la mentalidad de ese hombre que cualquier estadística de partidos jugados. Porque hay jugadores que cuando las cosas se complican buscan al culpable afuera, buscan al técnico que no los pone, al compañero que no les pasa el balón, a la afición que no los entiende, al club que no los protege.
Y hay jugadores que cuando las cosas se complican miran hacia adentro y deciden que la respuesta la tienen que dar ellos. Willedita siempre fue del segundo tipo. Lo fue a los 18 años cuando decidió no irse a la mina. Lo fue en Junior cuando las críticas llegaron y eligió crecer en lugar de quejarse. Lo fue en Newtió el préstamo en una demostración.
y lo fue en Cruz Azul cuando el torneo cambió de técnico a mitad de camino y él siguió siendo el mismo. La historia de Willedita no es la historia de un talento que apareció de la nada y conquistó todo rápido. Es la historia de un jugador que en cada punto donde el fútbol le puso un obstáculo eligió avanzar en lugar de detenerse.
Y eso, en un deporte donde el camino más corto entre el talento y el éxito pocas veces existe, es lo más difícil de construir y lo más difícil de sostener. El Mundial 2026 se juega en México, Estados Unidos y Canadá, en suelo donde Willedita lleva 3 años ganándose el respeto de una liga que el mismo contribuyó a elevar con sus actuaciones.
Y Colombia llega a ese torneo con él en la defensa, ese muchacho del César que estuvo cerca de la mina y terminó en la cancha. No hay cierre más elocuente que ese. Podemos decir que la vida de un futbolista de élite está llena de triunfos, pero también de caídas. Lo verdaderamente importante es ser perseverante y tener metas claras, tal como es el caso de Cristian Ever, quien tuvo que superar innumerables obstáculos para llegar a su nivel actual.
Si te interesa conocer esa historia inspiradora, te la dejo por aquí, No te la puedes perder, en la cual repasamos tanto su carrera futbolística como su vida privada muy entretenida. M.