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VILLANO III: la MÁSCARA que PERDIÓ para SIEMPRE… El ASQUEROSO SECRETO que su familia OCULTÓ

Pero antes necesitas entender de dónde venía Arturo, porque todo empezó en Ciudad de México, en una familia donde el destino de cada hijo ya estaba escrito desde que nacían, aunque ese destino fuera exactamente lo que su padre más temía para ellos. Rey Mendoza.  Ese nombre importa. Ese nombre lo explica absolutamente todo.

Si alguna vez escuchaste hablar de los villanos, de  la dinastía imperial, del pancracio mexicano como un legado que se hereda en la sangre generación tras generación, ese hombre es el origen de todo. Ray Mendoza no era solo un luchador, era una institución. Un hombre que había construido su nombre con años de trabajo brutal sobre los encordados, que había peleado en las eras donde la lucha libre mexicana era el espectáculo más grande del país, el rival del  fútbol en el corazón de los aficionados. Y Ray Mendoza sabía

mejor que absolutamente nadie lo que ese deporte le hacía a un cuerpo. Lo había vivido desde adentro. Lo había sentido en sus propias articulaciones,  en su propia columna vertebral, en los cortes cosidos en los backstage de docenas de arenas.  Sabía que el cuerpo aguantaba hasta cierto punto y que después las facturas llegaban sin manera de pagarse.

Sabía que las lesiones podían llegar de un día para el otro y convertir a un atleta en su pico en alguien que no podía levantarse de la cama. Por eso, Ray Mendoza tenía una regla absoluta para sus ocho hijos, una regla que no admitía discusión. Cada hijo que quisiera dedicarse  a los cuadriláteros tenía primero que terminar una carrera universitaria.

La educación era el seguro,  era la salida de emergencia, era la garantía de que si el ring los destruía, habría algo más que los sostuviera. Esa regla también era, aunque nadie lo dijera en voz alta, la manera de Ray Mendoza de retrasar lo inevitable, de ganar tiempo, de intentar convencerse a sí  mismo de que podía controlar el camino de sus hijos, aunque el ring ya les corría por las venas desde que nacieron.

Arturo Díaz Mendoza nació el 23 de marzo de 1952 en Ciudad de México. Era el tercero de esos ocho hijos.  El tercer varón de una familia que tenía el ring como contexto cotidiano, como el lenguaje que se hablaba en la mesa y en los entrenamientos. Desde que Arturo tenía uso de razón, la lucha libre no era para él un espectáculo que veía desde afuera, era el  aire que respiraba en casa.

Y para el momento en que era adolescente, sus dos hermanos mayores, villano primero y villano Segundo,  ya habían tomado ese camino. Grábate esto porque es importante. Arturo estudió. Obtuvo un grado en educación física de la Escuela Superior  de Educación Física. Cumplió la condición del padre. Pero lo que Ray Mendoza no sabía, lo que nadie en la familia supo durante un tiempo, es que Arturo ya estaba entrenando de manera paralela a sus estudios.

ya estaba buscando su camino al ring, solo que lo hacía usando un nombre que no era el suyo, varios nombres, una colección de identidades falsas que servían para una sola cosa, que su padre no se enterara de que su tercer hijo ya estaba en los encordados. El 29 de enero de 1970, en la Arena Nesa, Arturo Díaz Mendoza debutó profesionalmente.

Tenía 17 años sin máscara con el nombre de Ray Rosas. Un luchador faltó a la función. Había un hueco en el cartel de preliminares y los luchadores del vestuario animaron al joven Arturo para que subiera. Él dudó. No era que no estuviera listo técnicamente, era que subir significaba existir. Y existir como luchador significaba que tarde o temprano su padre lo sabría.

Porque en el mundo del pancracio mexicano de 1970 los círculos eran pequeños y el apellido Mendoza resonaba más que ninguno, pero subió. Y lo que los que estuvieron ahí esa noche describieron fue consistente. El chico tenía clase. No era el movimiento torpe de un principiante. Había algo en la manera en que Arturo se movía, que delataba años de observación silenciosa, de absorber cada técnica que había visto hacer a su padre durante toda su infancia.

Y así empezó la doble vida de Arturo Díaz Mendoza. El pulpo blanco, mancha roja, búfalo salvaje,  rocambole. Cada nombre era una capa de protección entre el luchador que estaba construyendo y el padre que todavía no sabía lo que ocurría. Pero dentro de esa familia los secretos tenían fecha de vencimiento. Ray Mendoza eventualmente se enteró y cuando lo hizo, el hombre que había pasado años estableciendo reglas para proteger a sus hijos de exactamente esto,  terminó aceptando la decisión de Arturo, porque la lucha era imposible de

contener. La llevaban en la sangre desde el primer día. Fue en 1973 cuando todo cambió. Arturo tomó el nombre que lo haría inmortal, villano tercero, el tercero de la dinastía. Y con ese nombre llegó la máscara. No la protección de un hombre distinto, sino un objeto físico que en la lucha libre mexicana tiene un significado que no existe en ningún otro deporte del mundo.

La máscara de un luchador mexicano es su identidad más profunda. Se porta con más respeto que un título, se defiende con más intensidad que cualquier campeonato. Cuando un luchador apuesta su máscara, está apostando literalmente quién es. Perderla es una muerte simbólica. Y para Arturo Díaz Mendoza, que había pasado 3 años de carrera ocultando su identidad con nombres falsos, esa máscara tenía un significado adicional.

Era el escudo definitivo,  la protección total. Y desde el primer día que se la puso, decidió que nunca iba a perderla. Aquí viene la primera revelación que te prometí. Grábate este número. 22 campeonatos en organizaciones  de México, Puerto Rico y Japón. El campeonato mundial semicompleto de la Uga, el segundo título más importante del país en su categoría, que ganó el 1 de marzo de 1981 derrotando a Fishman en el toreo de Cuatro Caminos.

Tenía 28 años y llevaba 11 de carrera. El campeonato semicompleto de la WWF, que  también pasó por sus manos. Los títulos del CMLL AA IWRG y WWC de Puerto Rico. Un recorrido por las dos décadas más productivas del pancracio mexicano con Arturo Díaz Mendoza en el centro de todo. Pero para entender qué era realmente Villano Tercero como luchador, los campeonatos son solo una parte de la historia,  porque lo que Arturo Díaz Mendoza construyó no fue simplemente un acumulador de títulos,  fue el rey de la pantera Rosa. Fue el

luchador que tomó el concepto de rudo del pancracio  mexicano y lo convirtió en algo que nadie había visto antes en esa forma. Escucha esto. En la lucha libre mexicana de los 70 y los 80, ser rudo significaba una cosa muy concreta. significaba hacer que el público te odiara. Significaba ser el villano de la historia, el que hacía trampa, el que provocaba al técnico, el que merecía la abuchada  colectiva de todos los presentes.

Era una función, un rol, una posición narrativa dentro del espectáculo y muchos luchadores lo  hacían bien, lo hacían con efectividad. Pero Villano Tercero hizo algo diferente. Villano Tercero tomó esa rudeza y la refinó hasta convertirla en elegancia. La Pantera Rosa no era un villano torpe y grosero, era un artista, un luchador que usaba su rudeza con una precisión quirúrgica que sabía exactamente cuándo romper una regla para maximizar la reacción del público, que tenía una capacidad de lectura del ring que pocos

de sus contemporáneos igualaban. Era el tipo de rudo que el público odiaba dentro del ring y respetaba fuera de él. Y eso creó algo paradójico que fue central en toda su carrera. El público que lo abuchaba como villano lo seguía función tras función con la misma pasión que a sus técnicos favoritos. Porque había algo en la manera en que Arturo luchaba que era imposible ignorar, algo que iba más allá del personaje rudo que se supone que debías odiar.

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