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URGENTE: León XIV Pone Contra las Cuerdas al Gobierno de España

Guarda esa idea porque va a volver. Pero el momento que paró el corazón de España fue ese lunes por la mañana, 8 de junio, dentro de un edificio de piedra en el centro de Madrid. Porque nunca jamás en toda la historia de ese país un Papa había hablado ante las Cortes, ante el Congreso y el Senado juntos en la misma sala.

Era la primera vez y la primera vez de algo siempre deja huella en la historia. Ahora detente un segundo conmigo, porque para entender lo que ese hombre dijo, hay que entender quién es. El Papa León nació en Estados Unidos, el primer papa estadounidense de toda la historia. Se llamaba Robert Francis Prevoz antes de vestirse de blanco. Agustino de la orden de San Agustín, hombre de estudio y de oración larga.

Pero su corazón lo llevó lejos a lo otro extremo del mundo. Se fue de misionero a Perú años enteros. Imagínalo en aquellos años. Un sacerdote de Chicago, criado en otro idioma, en otro clima, metido en parroquias pobres del norte del Perú. Caminos de tierra, casas humildes, gente que lo recibía con lo poco que tenía.

Allí aprendió a hablar como hablan los pobres. Allí aprendió a sentarse junto a una cama de enfermo sin prisa. Allí aprendió que la fe no se grita desde lejos, se acompaña de cerca. Esos años en el Perú no se le borraron, se le quedaron en la voz. Fue elegido Papa en mayo de 2025, un hombre callado, prudente, de los que escuchan más de lo que hablan.

Cuando salió por primera vez al balcón de la basílica de San Pedro, no llegó con discursos de fuego. Llegó pidiendo paz con la voz baja como quien todavía no se cree del todo lo que le ha caído sobre los hombros. Imagínatelo entonces esa mañana en Madrid. Uno puede imaginar al Papa en el coche mirando por la ventanilla calles que no son las suyas, sabiendo que en pocos minutos va a entrar donde ningún sucesor de Pedro había entrado antes.

Lo que sintió por dentro solo Dios lo sabe. Eso no te lo voy a inventar. Pero los hechos sí los conocemos y los hechos ya dicen bastante. Lo recibieron los que mandan, la presidenta del Congreso, Francina Armengol, el presidente del Senado, Pedro Royán, y el presidente del gobierno, Pedro Sánchez. Allí estaban todos esperando, algunos con respeto sincero, otros quizá con cierta incomodidad de tener delante a alguien que iba a hablar de Dios en el templo de las leyes humanas.

Hasta la propia sala parecía vigilarlo. En lo alto del muro principal hay pinturas antiguas, hay imágenes de reyes de hace siglos, hay figuras que recuerdan de dónde viene España. Un escenario cargado de historia. Y en medio de toda esa piedra y todo ese oro, un hombre de blanco con un papel en la mano dispuesto a hablar.

Y el Papa, que parecía el invitado más tranquilo de la sala, empezó con palabras de agradecimiento y de respeto. Dijo que venía como obispo de Roma y como pastor de la iglesia. dejó claro desde el principio que respetaba la tarea de los que legislan, que la iglesia no viene a mandar sobre el Estado, que reconoce la autonomía de las cosas del mundo y que sabe distinguir lo que es de la fe y lo que es de la política.

Parecía entonces que iba a hacer un discurso suave de los que no molestan a nadie. Y entonces algo cambió, porque ese hombre callado, el que respetaba la tarea de los demás, fue subiendo el tono poco a poco, sin gritar, sin señalar a nadie por su nombre. Pero firme, lo que vino después es el corazón de esta historia y es lo que tienes que escuchar con calma, sin prisa, como se escuchan las cosas que importan.

León empezó hablando de la memoria de España, de su grandeza. Habló de Cervantes, del Quijote, de aquella frase donde se dice que la libertad es uno de los dones más preciosos que el cielo dio a los hombres. Habló de Santa Teresa de Ávila, mujer de oración onda. habló de un Amuno, aquel pensador que decía que el hombre no se resigna a morir del todo.

Y habló de Salamanca, de su vieja universidad, donde hace 500 años unos maestros se atrevieron a preguntar algo que el poder de su tiempo no quería oír. Y aquí está la primera semilla de todo. Escúchala bien, porque parece historia vieja y es de una actualidad que asusta. Hace medio milenio, cuando España habría mundos nuevos al otro lado del mar, cuando había imperios y conquistas y oro.

Unos frailes de Salamanca dijeron una cosa incómoda. El nombre de uno de ellos era Francisco de Victoria. Dijeron que la razón no se puede usar para vestir de legítimo, lo que en el fondo solo es fuerza o conveniencia, que el hecho de poder hacer algo no lo hace justo y que todo ser humano tiene un valor que ningún poder puede pisar. Hasta el más pobre, hasta el del otro extremo del mundo, hasta el que no tiene quien lo defienda.

Aquellos hombres hablaron de una sola familia humana, más ancha que cualquier imperio, de que hay lazos de justicia entre los pueblos que nadie puede romper y de que toda autoridad, por grande que sea, lleva siempre encima una responsabilidad. El Papa lo recordó con respeto, hasta reconoció que ni la sociedad ni la propia iglesia estuvieron siempre a la altura de aquella luz.

Pero la semilla quedó plantada y de ella nació mucho de lo bueno que el mundo entiende hoy por dignidad humana. ¿Lo ves venir? El Papa estaba contando historia antigua, pero apuntaba al presente con cada palabra, porque después de pasear por la gloria de España, giró y dijo que toda esa herencia sigue viva cada vez que un legislador hoy se pregunta si lo que es legal es de verdad humano, si lo posible es justo, si la voluntad de la mayoría respeta aquello que ninguna mayoría tiene derecho a pisar, esa frase merece que la repita. Hay cosas que ninguna

mayoría, por grande que sea, por muchos votos que junte, tiene derecho a pisar. Guárdala, vuelve más adelante. Y entonces el Papa avisó que tenía que decir con sus propias palabras una palabra serena y firme. A quienes cargan con la grave responsabilidad de ordenar la vida en común, serena y firme, las dos a la vez.

Y lo que vino después fue subiendo ladrillo a ladrillo hacia algo que dejó la sala sin respiración. Habló de los mundos nuevos de hoy. Dijo que ya no se dibujan en los mapas como en tiempos de Salamanca. Ahora se abren en la técnica, en la economía, en la medicina, en ese universo digital donde vivimos medio metidos sin darnos cuenta.

Habló de la inteligencia artificial, esa que ya está en todas partes, y recordó algo de su encíclica más reciente, una verdad sencilla y enorme. La tecnología nunca es neutral. Toma siempre el rostro de quien la crea, de quien la paga, de quién la usa. La pregunta, dijo, es, ¿qué lugar ocupa la persona humana en medio de todo eso? Y de ahí, despacio, fue hacia el punto más delicado de todos.

habló de la dignidad de la persona, de que esa dignidad viene antes que cualquier concesión del Estado, que no depende de las modas, que no se somete al bavén de las mayorías de cada momento. Dicho en cristiano, para que se entienda en cualquier cocina. Tu valor como persona no te lo da el gobierno de turno, no te lo da tu cuenta del banco, no te lo quita ningún voto en ningún parlamento.

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