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Sara García: el DOLOROSO Secreto que su TESTAMENTO REVELÓ tras 60 AÑOS

La mudez emocional infantil seguía intacta. cogió la maleta de cartón con la mano izquierda y siguió a la monja directora dentro del patio principal, sin mirar atrás ni una sola vez. Su padre salió en silencio por la puerta del colegio para  el coche de caballos que lo llevaría de regreso a la estación. Desapareció dentro de la mañana brumosa y jamás volvió a aparecer dentro de la vida adulta de Sara durante el resto de las décadas siguientes.

Esa misma mañana, dentro del patio principal del colegio de las bizcaínas, una niña de apellido González Cuenca terminaba el desayuno reglamentario, sentada en un banco de piedra debajo del árbol antiguo que llevaba allí desde la fundación del edificio. tenía exactamente la misma edad que Sara, 8 años cumplidos.

Llevaba el mismo uniforme oscuro que todas las demás internas, pero a diferencia de Sara, no era huérfana. Era hija de un comerciante mexicano del centro de la capital y sus padres iban a visitarla con regularidad cada mes durante los siguientes años de internado obligatorio. Esa mañana concreta de 1903, Rosario González Cuenca fue la primera niña del internado que se levantó del banco de piedra para acercarse a Sara cuando la monja directora la dejó parada en mitad del patio sin saber dónde sentarse. Su nombre era Rosario González

Cuenca. vino caminando despacio desde el banco de piedra hasta pararse frente a Sara dentro del patio. La miró fijamente durante varios segundos sin pronunciar palabra alguna, y al final le tendió la mano derecha esperando a que la niña recién llegada se atreviera a sostenerla. Sara aceptó la mano y aquel instante exacto fue el momento concreto en que Sara García Hidalgo y Rosario González Cuenca empezaron oficialmente a construir la relación que iba a durar 77 años exactos.

Existe una fotografía concreta que la monja directora del Colegio de las Viscaínas guardó dentro del archivo oficial de internas durante los siguientes 70 años. Es una fotografía en blanco y negro tomada durante el primer mes que Sara García pasó dentro del internado en 1903. Y dentro de aquella fotografía aparece Sara García de pie en el centro de la primera fila, sosteniendo con la mano derecha la mano izquierda de Rosario González Cuenca dentro de aquel patio donde se habían conocido apenas unas semanas antes. Vamos a regresar a esa

fotografía más adelante. La primera noche que Sara durmió dentro del dormitorio común del colegio de las Viscaínas, ocurrió algo que iba a marcar oficialmente el inicio de la relación íntima entre las dos niñas. Las monjas habían apagado las velas centrales del pabellón apenas pasadas las 9. Las internas debían permanecer en silencio absoluto dentro de sus camas hasta el amanecer bajo amenaza de castigos físicos.

Y Sara, dentro de su propia cama recién asignada empezó a llorar en silencio pensando en su madre muerta. Lloró durante varias horas, mordiéndose el puño derecho para que ninguna monja del pabellón escuchara a los soyosos. Hasta que en algún punto de la madrugada escuchó pasos descalzos acercándose a su cama desde la cama vecina.

Era Rosario González Cuenca. Rosario cruzó en silencio la mesita de noche que separaba las dos camas. Se metió dentro de la cama de Sara debajo de las mantas, abrazándola para consolarla dentro de aquella habitación oscura. Sara dejó de llorar dentro de los siguientes minutos. Y aquella noche Sara García Hidalgo pronunció la primera palabra que había salido de su boca desde la muerte de su madre 4 meses antes. Gracias.

Durante los siguientes 7 años exactos, Rosario González Cuenca durmió dentro de la misma cama del internado que Sara García Hidalgo Cada noche, reglamentaria del calendario académico, sin que ninguna monja del colegio de las Viscaínas descubriera jamás aquel ritual silencioso de consuelo entre dos niñas internas que durante todo el día reglamentario aparentaban ser únicamente compañeras de aula corrientes.

Hubo una sola vez en algún punto del año 1907 en que una de las monjas auxiliares del pabellón nocturno casi descubrió la costumbre silenciosa entre Sara y Rosario. Las dos niñas tenían entonces 12 años cumplidos. La monja entró sin previo aviso al dormitorio común para revisar que todas las internas estuvieran durmiendo.

Caminó entre las hileras de camas con una vela encendida dentro de la mano derecha. Y cuando llegó a la cama de Sara, García descubrió un bulto debajo de las mantas que parecía demasiado grande para una sola interna de 12 años. La monja levantó las mantas durante un instante y dentro de la cama de Sara vio a Rosario González Cuenca acompañando en silencio a Sara García.

Las dos niñas durmiendo profundamente dentro del mismo colchón individual. La monja se quedó parada junto a la cama durante varios segundos sin saber qué hacer. Bajó las mantas con cuidado para no despertar a las niñas y se alejó de la cama sin decir nada a la directora del internado sobre lo que acababa de descubrir aquella madrugada.

¿Por qué decidió no reportar el descubrimiento? Jamás se supo con certeza. Lo que sí se sabe es que Sara y Rosario continuaron durmiendo dentro de la misma cama durante los siguientes 3 años sin que jamás volviera a producirse otra inspección nocturna del pabellón. Pero el internado terminó. En algún punto del año 1910, cuando Sara cumplió 15 años de edad, la familia paterna decidió retirarla del colegio de las bizcaínas.

Las cuotas mensuales que el padre había estado enviando desde Orizaba se habían vuelto económicamente insostenibles. Sara salió del internado una mañana de primavera con la misma maleta de cartón con la que había entrado 7 años antes. Las dos niñas se despidieron en la puerta principal del colegio sin decir una sola palabra durante aquellos minutos finales.

Sara le tendió la mano derecha a Rosario, tal como esta había hecho 7 años antes dentro del mismo patio. Y Rosario le sostuvo la mano durante varios segundos sin pronunciar palabra alguna antes de soltarla definitivamente. 29 años. Existe una segunda fotografía concreta que jamás llegó a los archivos oficiales del colegio de las viscaínas.

Es una fotografía tomada por una compañera de aula dentro del patio principal durante la última semana antes de la salida definitiva de Sara, en 1910. Y dentro de aquella fotografía aparecen las dos niñas sentadas debajo del árbol antiguo del patio con Rosario apoyando la cabeza sobre el hombro izquierdo de Sara mientras las dos miran fijamente hacia el suelo sin sonreír a la cámara.

Esa fotografía la guardó Sara durante los siguientes 70 años de su vida adulta dentro del armario principal del dormitorio compartido con Rosario González Cuenca. Vamos a regresar también a esa segunda fotografía más adelante. Durante esos 29 años de separación entre las dos mujeres, Sara García Hidalgo iba a construir frente al público mexicano la imagen de la abuelita católica más amada del siglo XX.

mientras dentro de su corazón guardaba el recuerdo silencioso de aquella niña con apellido González Cuenca, que durante su infancia entera había sido lo único parecido a una familia que ella había conocido. Pero antes de aquel reencuentro en la acera del Centro Histórico Mexicano, en el año 1939, Sara García vivió 30 años de su vida adulta intentando ajustarse a lo que la Sociedad Católica Mexicana del siglo XX esperaba de una mujer joven.

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