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JULIO CÉSAR CHÁVEZ: LO QUE LE HIZO A SALMA HAYEK (TERESA DE TELEVISA)

5 pesos por combate, 10 pesos si ganaban. Y un día el hermano menor que les quedaba quiso ir con ellos. Ese niño tenía 9 años de edad. Se llamaba Julio César. El borrego. El hermano Rafael, lo agarró de la mano, lo llevó al gimnasio de adobe, le puso unos guantes prestados más grandes que su propia cabeza y lo subió al cuadrilátero por primera vez.

En su vida recuerda esa imagen. Recuerda al hermano Rafael. El borrego subiendo al niño Julio César al cuadrilátero con unos guantes prestados, porque 42 años después ese mismo hermano, Rafael, el borrego, el que lo metió al boxeo, iba a aparecer muerto con cinco balas en una casa abandonada de Culiacán, Sinaloa.

Y lo que verdaderamente pasó esa noche es algo que el gran campeón mexicano nunca se atrevió a contar, pero todavía falta mucho para llegar a esa madrugada. En el cuadrilátero de Adobe, el niño Julio César aprendió tres cosas antes de los 12 años. Aprendió a apretar el puño, aprendió a aguantar un golpe sin llorar y aprendió que cada vez que ganaba una pelea, su madre Isabel podía descansar una hora antes de planchar la siguiente camisa.

Por eso peleaba, por eso aguantaba los golpes sin quejarse, porque cuando regresaba a casa con monedas en el bolsillo del pantalón, veía a su madre Isabel sentada en una silla de madera con el fierro de planchar caliente en la mano derecha, laillo de la re y le decía la misma frase: “Cada noche, madre, un día yo voy a comprarte una casa y nunca más vas a tener que planchar ropa de otra gente, en toda tu vida.

Esa promesa, la que ese niño de 12 años le hizo a su madre en una casa de madera de Ciudad Obregón, cumpliéndola. Le iba a costar todo, le iba a costar el matrimonio, iba a perder la salud, iba a destruir a tres hijos varones y casi le iba a costar la propia vida. Pero esa promesa se la cumplió. 2 de mayo del año 1980. Ciudad Juárez, Chihuahua, Frontera con Estados Unidos.

El niño que prometía sacar a su madre de la pobreza ya tenía 17 años cumplidos y subió por primera vez a un cuadrilátero profesional. Su rival se llamaba Andrés Félix. Era un peleador local con experiencia y nadie en el público apostó por el chamaco de Sonora. Pero algo extraño pasó esa noche. En el primer asalto, el joven de Ciudad Obregón aguantó.

En el segundo asalto conectó dos derechazos. En el tercer asalto le abrió una ceja al rival. En el cuarto, en el quinto uno, el to. El to lo arrinconó contra las cuerdas y en el sexto asalto lo noqueó. El árbitro le levantó la mano al chamaco y por primera vez en su vida, Julio César Chávez González escuchó a una multitud gritando su nombre.

Esa misma noche recibió un sobre con 500 pesos en efectivo. Era la primera vez que sostenía esa cantidad de dinero entre las manos. Y esa misma madrugada se subió al autobús que regresaba a Ciudad Obregón. Llegó a su casa al amanecer. Abrió la puerta de madera. encontró a su madre Isabel planchando, le puso los 500 pesos sobre la mesa de la cocina y se fue a dormir sin decir nada.

A partir de esa noche, Julio César Chávez no volvió a perder una pelea profesional durante los siguientes 13 años. 100 peleas seguidas sin conocer la derrota, 45 ganadas por knockout, cinco continentes, 12 países diferentes y un único objetivo en la cabeza, sacar a su madre de la miseria. Hubo una tarde en la playa El Tambor de la ciudad de Culiacán, Sinaloa. Semana Santa del año 1983.

El joven boxeador llegó con dos de sus hermanos. A pasar el día, caminando por la arena, encontró un puesto de tacos improvisado sobre una mesa de madera con una sombrilla de tela rota detrás del puesto. Una muchacha de cabello negro estaba friendo carne de cahuama en un sartén. Tenía 18 años.

Se llamaba Alba Amalia Carrasco Garduño, pero todos le decían Amalia. Esa tarde en la playa El Tambor, el joven boxeador se enamoró de la muchacha que vendía tacos. Le pidió su nombre, le pidió su teléfono, le prometió que iba a regresar y cumplió. Volvió cada Semana Santa, volvió cada vacación, volvió cada vez que tenía un día libre del entrenamiento, hasta que un día la muchacha de los tacos aceptó casarse con él.

Se casaron en julio del año 1984 en una iglesia pequeña de Ciudad Obregón con los padres de ambos como únicos invitados. Apenas dos meses después de aquella boda, el 13 de septiembre del año 1984, Julio César Chávez se subió al cuadrilátero del Forum de Inglewood, California, frente a un boxeador mexicano que se llamaba Mario Martínez.

En juego estaba el campeonato mundial de peso super pluma del Consejo Mundial de Boxeo. En el octavo asalto, Mario Martínez ya tenía el rostro destrozado. El árbitro detuvo la pelea y por primera vez en su vida, Julio César Chávez se colgó un cinturón de campeón mundial alrededor de la cintura, Mario César Chávez.

Mario Martínez, tenía 22 años de edad, subió a buscar a su esposa Amalia. que estaba sentada en primera fila con 2 meses de embarazo, la cargó, la abrazó, la besó frente a las cámaras de televisión. Esa noche toda Sonora celebró, toda Sinaloa celebró, todo México celebró y y al día siguiente cumplió la promesa que le había hecho a su madre Isabel cuando tenía 12 años de edad. le compró una casa.

En una colonia residencial de Culiacán, Isabel González, la planchadora, pudo guardar el fierro de carbón por primera vez en 50 años de su vida. Pero algo que él todavía no sabía iba a empezar a pasar. A partir de esa noche empezó la espiral más oscura de toda la historia del boxeo mexicano. El 7 de febrero del año 1986 nació el primer hijo varón del matrimonio, Chávez Carrasco.

Le pusieron Julio César como el padre. Le iban a decir Julio César Chávez Jr. 4 años después nació el segundo hijo. Le pusieron Omar en honor al hermano del padre, el que murió atropellado a los 4 años y 4 años más tarde. En 1994 nació el tercer hijo, Cristian, tres hijos varones, una esposa, una madre que ya no planchaba, una mansión en Culiacán, tres títulos mundiales en tres divisiones distintas, superpluma, ligero y superligero.

Más de 20 millones de dólares en cuentas bancarias, mansiones en Las Vegas, en Acapulco, en Culiacán, en Tijuana, coches de lujo, Jates, caballos pura sangre. Por fuera, Julio César Chávez González era el hombre más feliz del planeta. Por dentro algo se estaba pudriendo. Empezaron las fiestas, empezaron los viajes a Las Vegas sin la esposa, empezaron las apariciones en Televisa, empezaron las amistades con los productores de telenovelas, con los conductores de los programas de variedades, con las actrices.

Pasaron por su cama, modelos, cantantes, bailarinas, conductoras, bailarinas. Todo Televisa pasó por aquí. Lo dijo el propio gran campeón mexicano. Décadas después en una entrevista de televisión nacional, pero hubo una entre todas ellas que lo marcó para siempre. Una muchacha veracruzana de ojos verdes y cabello negro que tenía 23 años cumplidos.

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