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Tatiana Romanov: La Hija del Zar que Bajó al Sótano… y Nunca Regresó

Mi tatianushka le escribía, mi gran apoyo, mi pilar. Y aquí aparece la primera particularidad de esta historia. Tatiana fue criada desde muy pequeña, no como una niña, sino como una segunda madre, como un pilar emocional, como un sostén. Sus hermanas la llamaban el gobernador. Era ella quien decidía qué ropa se ponían cada mañana, quien organizaba los horarios, quien repartía los caramelos cuando había caramelos, quien iba a hablar con los preceptores cuando alguna había hecho una travesura.

A los 12 años, Tatiana funcionaba ya como la administradora invisible de cuatro niñas y de su madre enferma. ¿Cuántos niños conoces que crecen así? que crecen siendo el adulto antes de tener tiempo de ser niño. Esa fue Tatiana y eso explicaría muchas cosas más adelante. En 1904 llegó el shock, el acontecimiento que partiría a la familia en dos para siempre.

El 12 de agosto de ese año, Alejandra dio a luz al varón que toda Rusia llevaba esperando una década. Alexei Nikolajevich Romanov, un varón, un heredero. Las campanas sonaron en todas las iglesias del imperio. Hubo fuegos artificiales, cañonazos, una alegría salvaje en San Petersburgo, en Moscú, hasta en los pueblos más remotos de Siberia. Tatiana tenía 7 años.

Vio a su madre finalmente feliz. Vio a su padre llorando de emoción. vio al bebé. Era hermoso, rubio, de ojos azules, perfecto. Lo que nadie sabía aún, lo que el médico tardaría algunos días en descubrir, era que el bebé tenía hemofilia. La enfermedad de los reyes europeos, heredada de la reina Victoria, la que pasaba de generación en generación a través de las mujeres, pero que mataba solo a los hombres.

Alexei estaba enfermo y lo iba a estar siempre. Una caída, un golpe, un rasguño. Cualquier hematoma podía ser mortal. Cada nuevo amanecer era una lotería. Y aquí entra la sombra que cambiaría a Tatiana para siempre. La sombra que el mundo entero recordaría con un solo nombre, Rasputín. Pero antes de hablar de él, hay que entender lo que Tatiana sentía.

Hay que entrar en su cabeza en la de una niña de 7, 8, 10 años que veía a su madre llorar todas las noches, que escuchaba los gritos de su hermanito cuando le sangraba una articulación durante días, que oía a los médicos discutir en alemán pensando que las niñas no entendían nada, que sentía a su padre alzar todopoderoso de Rusia, encerrarse en su despacho durante horas, vencido, sin saber qué hacer.

Tatiana hacía lo único que sabía hacer. Rezaba, cuidaba, organizaba, sostenía a su madre, sostenía a sus hermanas, sostenía a Alexei, sostenía un imperio entero, sin saberlo, con sus brazos de niña. Y entonces, en 1905 apareció él. Para entender lo que Rasputín significó para Tatiana, hay que entender primero una escena, una sola escena. Spala, Polonia, otoño de 1912.

Alexei tiene 8 años. Está jugando en un bote en un río pequeño. Resbala. Se golpea la pierna contra una madera. Al principio no parece grave. Al día siguiente, sin embargo, una hemorragia interna empieza en la cadera. Un hematoma del tamaño de una sandía se forma en su pierna. El niño grita, grita de un dolor que no se puede describir.

Llaman a los mejores médicos de Europa, telegrafían a especialistas en París, llega un equipo de San Petersburgo. Todos coinciden. El niño va a morir. Tatiana tiene 15 años. Está en la habitación de al lado, sentada en el suelo junto a la puerta rezando. Lleva ahí tres días. Casi no come, casi no duerme.

Cuando Alexei grita, Tatiana se tapa los oídos con las manos y reza más fuerte. Sus hermanas están en otra habitación llorando. Y entonces su madre toma una decisión desesperada. Envía un telegrama a un hombre que está en Siberia, le pide que rece por su hijo. El hombre responde con un telegrama propio. Dios ha escuchado tu plegaria, dice, “No te aflijas.

El pequeño no morirá. No permitas que los médicos lo molesten demasiado. 24 horas después, la hemorragia se detiene. El niño sobrevive. Los médicos no entienden nada. Tatiana, que vio todo eso a los 15 años, nunca olvidó. Para ella, Rasputín no era un hombre, era un milagro andante. Era la única persona en el mundo capaz de salvar la vida del hermanito al que adoraba.

Un hombre alto, de ojos clarísimos, de barba descuidada, de olor fuerte. Un campesino siberiano que se hacía llamar Grigor y Rasputín. Un hombre santo, decía la gente, un sanador. Tatiana lo vio por primera vez a los 8 años y desde el principio sintió algo extraño, algo que no podía describir, algo entre la atracción religiosa y el miedo.

Lo que ella no sabía, lo que nadie sabía todavía, era que ese hombre se convertiría en el mayor escándalo del trono ruso y que el odio que iba a generar contra la familia imperial sería tan profundo que llevaría una década y media después a una noche oscura en un sótano de Ecaterimburgo. Antes de continuar, pausa un momento.

¿Desde qué rincón del mundo nos acompañas hoy en esta historia? Déjanoslo en los comentarios. Nos hace mucha ilusión leerlos y nos ayuda a saber hasta dónde están llegando estas vidas olvidadas que tratamos de rescatar del olvido. Y ahora seguimos. Porque lo que viene a continuación es lo que convirtió a Tatiana en la mujer más extraordinaria y más trágica de toda su generación.

La adolescencia de Tatiana fue una contradicción permanente. Por un lado, era la joven más codiciada del Imperio ruso, hija del sar, sangre real, belleza pura. Las cancillerías europeas empezaban a especular con futuros matrimonios. El príncipe heredero de Rumania, el príncipe Carl, hasta se habló del príncipe Eduardo de Inglaterra, su primo lejano.

Por otro lado, vivía como una semireligiosa, encerrada en palacios, sin amigas reales, con cuatro hermanas, sus únicas confidentes, sin acceso a fiestas, sin conciertos, sin la vida que cualquier joven europea de su clase llevaba en ese momento. ¿Te imaginas tener 15 años, ser la segunda joven más conocida de Europa y no haber bailado nunca en un salón de verdad, Tatiana? Sí.

A los 14 años su belleza empezó a ser evidente. Era la más alta de las cuatro, la más esbelta. Tenía el cuello largo de un cisne, decían las damas de la corte. vestía con una elegancia natural que no necesitaba esfuerzo. Cuando entraba en una sala, todos los ojos se giraban hacia ella y no hacia Olga, ni hacia las pequeñas.

Pero más allá de la belleza, había algo más raro, una madurez precoz, una seriedad, una forma de mirar a las personas frente a frente, sin sonrisa fácil, que intimidaba a muchos adultos. Sus institutrices la describían con una palabra que se repite en todos los diarios. Imperturbable. Tatiana no lloraba.

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