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Sunny von Bülow: Cayó en Coma… y su Esposo Fue Acusado de Intentar Matarla

Para S, aquel joven príncipe austríaco, debió de parecer la encarnación perfecta de todo aquello que los libros de su infancia habían prometido. El cortejo fue breve, la atracción entre ambos era genuina. O al menos eso es lo que todos los que los conocieron entonces aseguraron durante años. Se casaron en 1953 en una ceremonia que reunió a lo más selecto de la sociedad europea y norteamericana y que las revistas de la época cubrieron con la devoción que hoy se reserva para las bodas reales.

S llevaba un vestido de una sencillez estudiada que hacía resaltar su belleza natural. Y Alfred lucía esa expresión satisfecha de quien sabe que ha ganado algo valioso. La pareja se instaló entre Europa y los Estados Unidos, alternando residencias con la facilidad de quienes nunca han tenido que preocuparse por el precio de un billete de avión.

De esa unión nacieron dos hijos. Alexander Bonuersberg llegó al mundo en 1955 y su hermana Annie Lori, a quien todos llamarían Ala, nació poco después. Durante un tiempo, la familia parecía el retrato perfecto de la prosperidad privilegiada. S era una madre dedicada, cariñosa, que volcaba en sus hijos esa calidez que había caracterizado su personalidad desde la infancia.

Sin embargo, por debajo de esa superficie impecable, el matrimonio comenzó a mostrar fisuras que ni el dinero ni el apellido podían reparar. Alfred era un hombre de su tiempo y de su clase, acostumbrado a una independencia que el vínculo matrimonial fue recortando con el paso de los años. Y Sani, a pesar de su aparente docilidad, tenía una personalidad y una voluntad que no estaban dispuestas a plegarse indefinidamente.

El divorcio llegó en 1961 tras casi una década de matrimonio. No fue un divorcio escandaloso ni particularmente amargo en sus formas externas, pero dejó en sanca que quienes la conocían podían percibir bajo su sonrisa habitual. Había creído en el amor con la fe absoluta de quien nunca ha sido decepcionado.

Y la realidad había resultado ser más complicada que cualquier promesa susurrada en un salón bienes. Aún así, SN de las personas que se quedaban inmóviles frente a la adversidad. Era joven, era libre, era extraordinariamente rica y el mundo seguía siendo un lugar lleno de posibilidades. Lo que no sabía entonces, lo que nadie a su alrededor podía imaginar, era que el siguiente hombre que entrase en su vida cambiaría todo, absolutamente todo, y no precisamente para bien.

Klaus Cecil Borberg nació el 11 de agosto de 1926 en Dinamarca. Hijo de Sven Borberg, un dramaturgo y crítico teatral de cierta notoriedad en los círculos culturales escandinavos. Desde muy joven, Klaus mostró una inteligencia aguda y una ambición que parecía demasiado grande para el entorno en que había crecido.

Estudió derecho en Cambridge, donde se graduó con distinción y donde también comenzó a pulir ese barniz de sofisticación cosmopolita que con los años se convertiría en su sello personal. Era un hombre que sabía exactamente cómo presentarse ante el mundo, elegante, sin ostentación. Culto sin pedantería, encantador sin resultar empalagoso.

Después de Cambridge, Klaus trabajó durante varios años en el despacho del abogado más célebre de Europa en aquella época, el mismísimo Paul Getti, el magnate del petróleo. Aquella experiencia lo sumergió en el universo de los grandes patrimonios, los negocios internacionales y las fortunas que se medían en cifras que la mayoría de los mortales no puede concebir.

Klaus aprendió a moverse con soltura en ese mundo, a entender sus códigos no escritos, a distinguir la riqueza verdadera de la mera ostentación y a proyectar en todo momento la imagen de alguien que pertenece de manera natural a los niveles más altos de la jerarquía social. cambió su apellido paterno, Borberg, por el materno von Bullow, que sonaba infinitamente más aristocrático y abría puertas que el primero jamás habría podido abrir.

Con ese nuevo nombre y esa identidad cuidadosamente construida, Klaus Von Bullow comenzó a frecuentar los mismos círculos que Sny Craford. La alta sociedad de Nueva York y Newport en los años 60 era un mundo pequeño y perfectamente delimitado, donde todos se conocían y donde los encuentros entre personas de cierto nivel eran casi inevitables.

Cuando Klaus y Sani se conocieron, en algún punto de esa década de transformaciones profundas que resultó ser la de 1960, la atracción fue inmediata y mutua. Él tenía exactamente lo que ella admiraba en un hombre. Inteligencia brillante, cultura vasta, presencia física imponente y una seguridad en sí mismo que rozaba la arrogancia, pero que en él resultaba paradójicamente seductora.

Para quienes los observaban desde fuera, hacían una pareja formidable. S aportaba la fortuna, la calidez y el apellido americano que abría las puertas del dinero nuevo. Klaus aportaba el glamur europeo, el ingenio verbal y esa capacidad para brillar en sociedad que convierte cualquier cena en un evento memorable.

Se casaron en 1966 en una ceremonia íntima, pero impecablemente organizada y se instalaron en un estilo de vida que combinaba lo mejor de ambos mundos. Tenían una mansión en Newport, Rode Island, conocida como Clarenton Kurt, una residencia de dimensiones verdaderamente señoriales que en épocas anteriores había pertenecido a otras familias de la élite norteamericana.

También tenían un apartamento de lujo en la Quinta avenida de Nueva York y una villa en Europa para los veranos. Vivían en todos los sentidos a una escala que la mayoría de la humanidad no puede ni imaginar. En 1967 nació Cosima Bon Bullow, la hija que San y Klaus tuvieron juntos y que completó una familia que desde fuera parecía absolutamente perfecta, pero la perfección, como saben muy bien quienes han vivido lo suficiente, suele ser la máscara más convincente que adopta la infelicidad dentro de Claron Court, detrás de los

muros de piedra y los jardines perfectamente cuidados. Había tensiones que los invitados a las cenas nunca llegaban a ver. Klaus era un hombre de apetitos complejos y de una frialdad emocional que contrastaba con la necesidad de afecto genuino que S siempre había tenido. Ella bebía más de lo que debería, algo que quienes la rodeaban notaban, pero nadie se atrevía a mencionar abiertamente.

Él tenía amistades y compromisos que ella no siempre comprendía ni aprobaba. El matrimonio era funcional, presentable, socialmente impecable, pero el amor, si alguna vez había sido lo que ambos creyeron, se había ido transformando en algo mucho más difícil de nombrar. La salud de San Von Bullow había sido una preocupación discreta, pero constante durante varios años antes de que todo se derrumbara de manera irreversible.

Quienes la conocían de cerca describían una mujer que a veces parecía extrañamente cansada, que se quejaba de malestares vagos, que en ciertos momentos mostraba una lentitud de movimientos y una confusión de pensamiento que no concordaba con su edad ni con su historial médico. Los médicos que la atendían consideraban sus síntomas en el contexto de una mujer adinerada con tendencia al consumo excesivo de alcohol y de ciertos medicamentos que en aquella época se recetaban con una generosidad que hoy resultaría alarmante.

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