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Ileana de Rumanía: De Princesa a Monja Tras Perder su Reino

Y Leana, con su popularidad creciente entre el pueblo rumano, se convirtió en una amenaza silenciosa para su ego. El pueblo la quería. La veían en los hospitales, en las aldeas, en los actos de caridad. La llamaban la princesa del pueblo y eso a Carol le resultaba insoportable. Fue en ese contexto que en julio de 1931 se celebró en el castillo de Péz, en la localidad de Sinaya una boda que tenía tanto de celebración como de maniobra política.

Y Leana contrajo matrimonio con el archiduque Antón de Austria, un hombre de la casa de los Absburgos. La ceremonia fue espléndida, como correspondía a una princesa de su rango, pero detrás del esplendor se ocultaba una intención muy concreta. Su propio hermano, el rey Carol, había alentado aquella unión con el objetivo de sacar a Ileana del país y funcionó.

Apenas terminada la ceremonia, Carol utilizó el argumento de que el pueblo rumano nunca aceptaría que un Absburgo viviera en suelo rumano para negarles el permiso de residencia en el país. Y Leana y su esposo se instalaron en el castillo de Somberg, cerca de Viena. Era una vida confortable, incluso hermosa en muchos sentidos, pero era también el comienzo de un alejamiento que Ileana nunca dejó de sentir como una herida.

Rumanía era su tierra, su lengua, su identidad más profunda y la habían apartado de ella con una sonrisa y una firma oficial. En Somberg, Ileana construyó una vida familiar. tuvo seis hijos en poco más de una década y con cada nacimiento hizo algo que resume mejor que cualquier discurso, quién era ella en lo más íntimo.

Bajo cada cama donde daba a luz, mandaba colocar un cuenco de cerámica lleno de tierra rumana para poder decir que sus hijos habían nacido en suelo de Rumanía. Era un gesto pequeño, casi secreto, pero decía todo sobre el amor que sentía por un país al que no le estaban permitiendo volver. Al mismo tiempo, mientras criaba a sus hijos en la fe católica de su esposo, Ileana nunca abandonó su propia fe ortodoxa.

En aquella casa austríaca, en medio de un mundo de ritos y tradiciones distintas a las suyas, mantuvo encendida una llama espiritual que con los años se haría cada vez más intensa. La fe no era para ella un adorno ni una costumbre heredada. Era algo vivo, algo que crecía con cada dificultad y con cada pérdida. Y las dificultades, como si alguien las hubiera planificado, no tardarían en llegar una tras otra.

El mundo que Ileana conocía comenzó a desmoronarse antes de que nadie pudiera impedirlo. En 1938 murió la reina María, su madre, la mujer que la había enseñado a mirar a los ojos a los soldados heridos, la que la había llamado la que me completó. Con su muerte desapareció el ancla más sólida queana tenía en este mundo y también desapareció gran parte del equilibrio que la reina había mantenido durante décadas en la familia real rumana.

Europa, mientras tanto, avanzaba a pasos acelerados hacia un abismo que la mayoría no quería ver. Alemania extendía su sombra sobre el continente con una velocidad que aterrorizaba a los gobiernos y paralizaba a las cancillerías. Y en ese clima de amenaza creciente, el castillo de Somber, cerca de Viena, ya no era el refugio tranquilo de los años anteriores.

Las tropas alemanas habían anexionado Austria en 1938 y la vida de los Absburgos en ese territorio estaba cargada de incertidumbre y peligro. Cuando los ejércitos soviéticos comenzaron a avanzar hacia el frente oriental y Viena empezó a convertirse en un lugar cada vez más peligroso, Leana tomó una decisión que volvía a hablar de quién era.

No huyó hacia la seguridad de un país neutral, ni se instaló en algún refugio confortable lejos del conflicto. Tomó a sus seis hijos y regresó a Rumanía. regresó al castillo de Bran, aquel edificio de torres y muros gruesos enclavado en los cárpatos que había heredado de su madre la reina María. Rumanía seguía siendo su hogar y mientras hubiera un hogar al que regresara, ella regresaría.

El castillo de Bran tiene una historia que va mucho más allá de las leyendas que el turismo moderno le ha construido alrededor. Paraana era algo muy concreto y muy personal. Era el lugar que su madre había amado, el lugar donde había pasado veranos de infancia, el lugar que olía a madera y a montaña y a Rumanía profunda.

Pero en aquellos años de guerra, el castillo dejó de ser un refugio familiar para convertirse en algo mucho más urgente y Leana lo transformó en hospital. Con sus propias manos, con sus propios recursos y con una energía que dejaba asombrados a todos los que la rodeaban, organizó un centro médico para atender a soldados y civiles heridos.

No era una doctora. No tenía título médico ni formación formal en medicina, pero tenía algo que muchos médicos formales no tienen. Tenía la capacidad de estar completamente presente junto a quien sufre, de no apartarse ante el dolor, de seguir adelante cuando otros se detienen. Entre los pacientes que llegaron al hospital de Bran, hubo aviadores abatidos durante los bombardeos sobre los campos petrolíferos rumanos.

Hombres jóvenes, a menudo extranjeros, atrapados en una guerra que los había reducido a cuerpos malheridos en camas improvisadas. Y Leana los atendió a todos. Su esposo, el archiduque Antón, llegó también a Rumanía en esos años, pero las circunstancias lo convirtieron en prisionero en lugar de en compañero. Las fuerzas del Ejército Rojo, que ocupaban progresivamente el país, lo sometieron a arresto domiciliario.

La familia estaba reunida físicamente, pero separada por las rejas invisibles de una guerra que no hacía distinciones entre princesas y soldados rasos, entre archiduques y campesinos. Y sin embargo, en medio de ese caos, Ileana seguía siendo Ileana. En el invierno de 1945 comenzó a hacer algo que habría podido costarle la libertad o algo peor.

Empezó a abogar por los presos políticos, a presentarse ante funcionarios del nuevo régimen que comenzaba a instaurarse en Rumanía, a pedir que se respetaran los derechos de personas arrestadas sin juicio, desaparecidas en cárceles sin nombre. Era un acto de valentía que desafiaba toda lógica de supervivencia personal, pero para Ileana la lógica nunca había sido el criterio principal para actuar.

En aquellos días turbulentos de 1945, Iliana tuvo un encuentro que nadie habría podido predecir y que, sin embargo, tendría consecuencias reales sobre vidas humanas concretas. Se reunió con Emil Botnarash, uno de los hombres más influyentes del Partido Comunista Rumano, que visitó Bran acompañado de un general.

Era una situación que cualquier persona en su lugar habría evitado. Una princesa de la familia real reunida con un cuadro comunista en el periodo más incierto de la historia reciente de Rumanía. Pero Iliana no fue a esa reunión a salvar su propia posición. fue a presentar su proyecto de ampliar el hospital local.

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