Y Leana, con su popularidad creciente entre el pueblo rumano, se convirtió en una amenaza silenciosa para su ego. El pueblo la quería. La veían en los hospitales, en las aldeas, en los actos de caridad. La llamaban la princesa del pueblo y eso a Carol le resultaba insoportable. Fue en ese contexto que en julio de 1931 se celebró en el castillo de Péz, en la localidad de Sinaya una boda que tenía tanto de celebración como de maniobra política.
Y Leana contrajo matrimonio con el archiduque Antón de Austria, un hombre de la casa de los Absburgos. La ceremonia fue espléndida, como correspondía a una princesa de su rango, pero detrás del esplendor se ocultaba una intención muy concreta. Su propio hermano, el rey Carol, había alentado aquella unión con el objetivo de sacar a Ileana del país y funcionó.
Apenas terminada la ceremonia, Carol utilizó el argumento de que el pueblo rumano nunca aceptaría que un Absburgo viviera en suelo rumano para negarles el permiso de residencia en el país. Y Leana y su esposo se instalaron en el castillo de Somberg, cerca de Viena. Era una vida confortable, incluso hermosa en muchos sentidos, pero era también el comienzo de un alejamiento que Ileana nunca dejó de sentir como una herida.
Rumanía era su tierra, su lengua, su identidad más profunda y la habían apartado de ella con una sonrisa y una firma oficial. En Somberg, Ileana construyó una vida familiar. tuvo seis hijos en poco más de una década y con cada nacimiento hizo algo que resume mejor que cualquier discurso, quién era ella en lo más íntimo.
Bajo cada cama donde daba a luz, mandaba colocar un cuenco de cerámica lleno de tierra rumana para poder decir que sus hijos habían nacido en suelo de Rumanía. Era un gesto pequeño, casi secreto, pero decía todo sobre el amor que sentía por un país al que no le estaban permitiendo volver. Al mismo tiempo, mientras criaba a sus hijos en la fe católica de su esposo, Ileana nunca abandonó su propia fe ortodoxa.
En aquella casa austríaca, en medio de un mundo de ritos y tradiciones distintas a las suyas, mantuvo encendida una llama espiritual que con los años se haría cada vez más intensa. La fe no era para ella un adorno ni una costumbre heredada. Era algo vivo, algo que crecía con cada dificultad y con cada pérdida. Y las dificultades, como si alguien las hubiera planificado, no tardarían en llegar una tras otra.
El mundo que Ileana conocía comenzó a desmoronarse antes de que nadie pudiera impedirlo. En 1938 murió la reina María, su madre, la mujer que la había enseñado a mirar a los ojos a los soldados heridos, la que la había llamado la que me completó. Con su muerte desapareció el ancla más sólida queana tenía en este mundo y también desapareció gran parte del equilibrio que la reina había mantenido durante décadas en la familia real rumana.
Europa, mientras tanto, avanzaba a pasos acelerados hacia un abismo que la mayoría no quería ver. Alemania extendía su sombra sobre el continente con una velocidad que aterrorizaba a los gobiernos y paralizaba a las cancillerías. Y en ese clima de amenaza creciente, el castillo de Somber, cerca de Viena, ya no era el refugio tranquilo de los años anteriores.
Las tropas alemanas habían anexionado Austria en 1938 y la vida de los Absburgos en ese territorio estaba cargada de incertidumbre y peligro. Cuando los ejércitos soviéticos comenzaron a avanzar hacia el frente oriental y Viena empezó a convertirse en un lugar cada vez más peligroso, Leana tomó una decisión que volvía a hablar de quién era.
No huyó hacia la seguridad de un país neutral, ni se instaló en algún refugio confortable lejos del conflicto. Tomó a sus seis hijos y regresó a Rumanía. regresó al castillo de Bran, aquel edificio de torres y muros gruesos enclavado en los cárpatos que había heredado de su madre la reina María. Rumanía seguía siendo su hogar y mientras hubiera un hogar al que regresara, ella regresaría.
El castillo de Bran tiene una historia que va mucho más allá de las leyendas que el turismo moderno le ha construido alrededor. Paraana era algo muy concreto y muy personal. Era el lugar que su madre había amado, el lugar donde había pasado veranos de infancia, el lugar que olía a madera y a montaña y a Rumanía profunda.
Pero en aquellos años de guerra, el castillo dejó de ser un refugio familiar para convertirse en algo mucho más urgente y Leana lo transformó en hospital. Con sus propias manos, con sus propios recursos y con una energía que dejaba asombrados a todos los que la rodeaban, organizó un centro médico para atender a soldados y civiles heridos.
No era una doctora. No tenía título médico ni formación formal en medicina, pero tenía algo que muchos médicos formales no tienen. Tenía la capacidad de estar completamente presente junto a quien sufre, de no apartarse ante el dolor, de seguir adelante cuando otros se detienen. Entre los pacientes que llegaron al hospital de Bran, hubo aviadores abatidos durante los bombardeos sobre los campos petrolíferos rumanos.
Hombres jóvenes, a menudo extranjeros, atrapados en una guerra que los había reducido a cuerpos malheridos en camas improvisadas. Y Leana los atendió a todos. Su esposo, el archiduque Antón, llegó también a Rumanía en esos años, pero las circunstancias lo convirtieron en prisionero en lugar de en compañero. Las fuerzas del Ejército Rojo, que ocupaban progresivamente el país, lo sometieron a arresto domiciliario.
La familia estaba reunida físicamente, pero separada por las rejas invisibles de una guerra que no hacía distinciones entre princesas y soldados rasos, entre archiduques y campesinos. Y sin embargo, en medio de ese caos, Ileana seguía siendo Ileana. En el invierno de 1945 comenzó a hacer algo que habría podido costarle la libertad o algo peor.
Empezó a abogar por los presos políticos, a presentarse ante funcionarios del nuevo régimen que comenzaba a instaurarse en Rumanía, a pedir que se respetaran los derechos de personas arrestadas sin juicio, desaparecidas en cárceles sin nombre. Era un acto de valentía que desafiaba toda lógica de supervivencia personal, pero para Ileana la lógica nunca había sido el criterio principal para actuar.
En aquellos días turbulentos de 1945, Iliana tuvo un encuentro que nadie habría podido predecir y que, sin embargo, tendría consecuencias reales sobre vidas humanas concretas. Se reunió con Emil Botnarash, uno de los hombres más influyentes del Partido Comunista Rumano, que visitó Bran acompañado de un general.
Era una situación que cualquier persona en su lugar habría evitado. Una princesa de la familia real reunida con un cuadro comunista en el periodo más incierto de la historia reciente de Rumanía. Pero Iliana no fue a esa reunión a salvar su propia posición. fue a presentar su proyecto de ampliar el hospital local.
La sinceridad con la que expuso su propuesta, su absoluta falta de cálculo político, su enfoque en las personas concretas que necesitaban atención médica, impresionó a Botnarash de una forma que él mismo no esperaba y le prometió ayuda cuando su partido tomara el poder definitivamente. Era una promesa extraña, hecha en un momento extraño, pero resultó ser real.
Poco tiempo después, cuando el cirujano jefe del hospital de Brashov fue arrestado por el nuevo régimen, Ilana le escribió una carta a Botnarash. No era una carta de protocolo ni de interés personal. Era una carta que pedía la liberación de un médico porque ese médico hacía falta para salvar vidas. Botnarash intervino.
El médico fue liberado. Era una pequeña victoria en un campo de batalla invisible. Pero era una victoria real. Hubo más intervenciones de ese tipo, algunas nocturnas, clandestinas, llevadas a cabo con el sigilo de quien sabe que está cruzando líneas peligrosas. Iliana se reunió en secreto con Botnarash para pedir que no se comenzara la nueva era del régimen con ejecuciones masivas para argumentar que la sangre derramada al inicio de una época dejaría una mancha que ningún proyecto político podría borrar jamás y varias sentencias
de muerte fueron conmutadas por cadena perpetua. Nadie supo en su momento que una princesa había estado detrás de esas decisiones. Nadie lo sabría durante años. Mientras tanto, el hospital que Ileana había levantado en Bran con tanto esfuerzo seguía funcionando. Le habían dado un nombre que era en sí mismo una declaración de afecto filial.
Lo llamó Spitalul Inima Reginei, el hospital del corazón de la reina en honor a su madre. Era un homenaje vivo, un edificio donde cada cama era también un recuerdo. Y en ese hospital Ileana no solo administraba, trabajaba, lavaba, vendaba, acompañaba. se sentaba junto a los moribundos en las noches largas de invierno y les hablaba con la misma naturalidad con que había hablado siempre con la gente común.
La situación política de Rumanía se deterioraba a un ritmo imparable. El Partido Comunista, respaldado por la presencia militar soviética, fue absorbiendo todas las estructuras del Estado con la sistematicidad de quien sabe que el tiempo está de su lado. Las instituciones democráticas se vaciaron de contenido una a una.
La prensa fue controlada, los partidos de oposición fueron ilegalizados y la familia real, que había sido el símbolo de la nación durante décadas, se convirtió en un obstáculo que el nuevo poder necesitaba eliminar. El rey Miguel, sobrino de Ileana y monarca legítimo de Rumanía, se había convertido en uno de los pocos focos de resistencia simbólica que quedaban en el país. Su popularidad era enorme.
Cuando se desplazaba por las ciudades, la gente salía a las calles a aclamarlo con una energía que ponía nerviosos a los dirigentes comunistas. Y Leana también era aclamada, también era querida. Y esa popularidad compartida era, a ojos del nuevo régimen, una amenaza que no podían tolerar indefinidamente. El 30 de diciembre de 1947 fue un día que partió la historia de Rumania en dos.
El rey Miguel, con apenas 26 años fue convocado al palacio y sometido a una presión brutal para que firmara su abdicación. se le amenazó consecuencias gravísimas para él y para su familia si no lo hacía. Se le dijo que si se negaba, miles de jóvenes estudiantes que habían sido detenidos en los días previos serían ejecutados. Era un chantaje despiadado, calculado para no dejar escapatoria.
Miguel firmó y con su firma la monarquía rumana dejó de existir. Fue abolida en pocas horas con la velocidad y la frialdad de quien ha preparado ese momento durante mucho tiempo. El comunicado oficial fue breve y seco, y en los días que siguieron, la familia real entera fue notificada de que debía abandonar el país.
No había negociación posible. No había apelación. El régimen no discutía, ordenaba. Para Iliana, la noticia llegó como un golpe que mezclaba el dolor político con algo mucho más íntimo y más profundo. Porque lo que estaban exigiéndole no era simplemente que dejara un país. Le estaban pidiendo que abandonara el hospital que había construido con sus propias manos.
Las camas donde habían curado asientos de heridos, los muros del castillo de Bran, donde su madre había paseado y donde ella había colocado cuencos de tierra rumana bajo las camas donde nacieron sus hijos. Le estaban pidiendo que dejara atrás todo lo que amaba. La despedida fue, según quienes la presenciaron, uno de los momentos más desgarradores de aquel invierno terrible.
Los pacientes del hospital, los aldeanos de los alrededores, las personas que la habían visto trabajar día y noche durante años, se agolparon para verla partir. No había discursos preparados, no había protocolo que guiara ese momento, solo el silencio tenso de quienes saben que están viendo marcharse para siempre a alguien que los había cuidado cuando nadie más lo hacía.
I Leana partió con su familia en tren hacia la zona soviética de Viena. Era el comienzo de un exilio que ella aún no sabía exactamente cuánto duraría ni hasta dónde la llevaría. Desde Viena viajaron a Suiza, donde se reunió brevemente con el rey Miguel, que también iniciaba su propio camino en el destierro.
Era un encuentro agridulce, el de dos ramas de una misma familia real que el comunismo había arrancado de su tierra con la misma frialdad con que se arranca una planta de cuajo. Suiza fue solo una parada transitoria. La vida en Europa, tan cerca de los territorios controlados por la Unión Soviética, no ofrecía la seguridad ni las posibilidades queana necesitaba para reconstruir algo parecido a una vida normal para ella y para sus hijos.
Y entonces llegó una invitación que venía de muy lejos y que señalaba en una dirección completamente inesperada, Argentina. El gobierno argentino, en aquellos años dirigido por Juan Domingo Perón, había abierto sus puertas a una cantidad notable de refugiados europeos y Iliana encontró allí una comunidad de rumanos exiliados que necesitaba exactamente lo que ella sabía dar: presencia, organización, apoyo concreto.
Se estableció en Argentina y creó una red de ayuda para los compatriotas que habían huido del comunismo. Organizó encuentros, facilitó recursos, fue el punto de referencia visible de una diáspora que trataba de mantener viva su identidad lejos de casa. Argentina fue un capítulo necesario, pero no definitivo.
La vida en Buenos Aires le ofrecía a Iliana un espacio para actuar, pero también le presentaba una realidad que se fue haciendo cada vez más difícil de ignorar. Su matrimonio con el archiduque Antón llevaba años mostrando las grietas de dos personas que la guerra y el exilio habían ido separando en lugar de unir.
En 1954, después de 23 años de matrimonio y seis hijos en común, el divorcio fue consumado. Para una mujer de su formación, de su época y de su fe, el divorcio era algo mucho más que un trámite legal. Era una fractura que ponía en cuestión parte de la identidad que había construido durante décadas.
Y sin embargo, Iliana no se dejó consumir por el peso de esa fractura. tenía una capacidad casi inexplicable para convertir las crisis en puntos de partida en lugar de en puntos finales. Y lo que vino después de ese divorcio fue en muchos sentidos la etapa más significativa de toda su vida. En 1950, antes incluso de que el divorcio fuera oficial, Iliana ya había comenzado a hacer las maletas de nuevo.
Esta vez el destino era los Estados Unidos. Se instaló primero en Boston, en Massachusetts con sus hijos y desde allí comenzó a recorrer el país de punta a punta, encontrándose con comunidades de rumanos exiliados en ciudades de todo el territorio norteamericano. Hablaba en iglesias, en salones comunitarios, en universidades.
Denunciaba los crímenes del comunismo. recordaba a la opinión pública estadounidense que existía una Rumania viva y sufriente bajo el peso de una dictadura que el mundo occidental miraba con demasiada distancia. Sus conferencias eran seguidas con atención creciente. Tenía el don de hablar con una claridad que no necesitaba adornos retóricos.
Describía lo que había visto con sus propios ojos. Los heridos en las camas del hospital de Bran, los presos políticos por cuyos derechos había intercedido, las personas que habían huido a pie a través de los bosques de los cárpatos para escapar de un régimen que los trataba como enemigos del pueblo por el solo hecho de no ser comunistas.
No era propaganda, era testimonio directo y eso tenía un peso que ningún discurso político podía igualar. En ese periodo también vivió una segunda unión matrimonial con Stefan y Sarescu, pero esa relación tampoco encontró la solidez necesaria para perdurar. El segundo divorcio la dejó sola de una manera que esta vez fue diferente.
No era solo la soledad de quien ha perdido a una pareja, era algo más profundo. Era el reconocimiento de que la vida que había conocido, la vida de la nobleza, de las familias, de los castillos y de las coronas, pertenecía ya a otro mundo, a un mundo que el siglo XX había barrido sin contemplaciones. Y fue en esa soledad donde algo comenzó a moverse dentro de ella, algo que venía de muy atrás de aquellas noches de infancia en Yashi, cuando veía a su madre inclinarse sobre los heridos de aquellos cuencos de tierra rumana que
mandaba colocar bajo sus camas de parturienta, de aquella fe ortodoxa que nunca había abandonado, aunque viviera rodeada de un mundo católico. La espiritualidad, que había sido siempre un hilo conductor en su vida, empezaba a convertirse en el eje central de todo lo demás. La transformación no fue repentina, fue lenta, como son las transformaciones más auténticas.
Y Leana comenzó a profundizar en la fe ortodoxa con una seriedad que iba mucho más allá del hábito religioso heredado de la infancia. Estudiaba teología. leía a los padres de la Iglesia, participaba activamente en la vida litúrgica de las comunidades ortodoxas de la costa este de los Estados Unidos.
Y fue en ese proceso de inmersión donde encontró algo que ningún título nobiliario ni ningún castillo europeo le había dado nunca, una certeza de propósito que no dependía de las circunstancias externas. Los rumanos de la diáspora norteamericana la seguían viendo como una figura de referencia, pero ella no era solo la princesa exiliada que testimoniaba sobre los horrores del comunismo.
Era también una mujer que hablaba de fe con una profundidad que sorprendía incluso a quienes conocían bien la teología ortodoxa. Sus escritos comenzaron a circular entre las comunidades ortodoxas de habla inglesa. Escribía sobre la vida espiritual con una sencillez que hacía accesibles realidades muy complejas y esos textos encontraron lectores en lugares que ella nunca habría imaginado.
La idea de fundar un monasterio ortodoxo en suelo americano fue tomando forma de manera gradual. No era un proyecto impulsivo ni un gesto simbólico. Era la conclusión lógica de una vida que había ido depurándose hasta encontrar su forma más esencial. En 1961 fue recibida como novicia en la fe ortodoxa y el nombre que eligió para su nueva vida religiosa fue Madre Alexandra.
Era un nombre que honraba una de sus raíces más antiguas, Alejandro Segund. El sar reformador, de cuya sangre venía, había sido también un hombre que intentó transformar su mundo desde la posición que le tocó ocupar. La vida monástica que comenzaba a construir no tenía nada de la comodidad a la que podría haber aspirado una mujer de su origen.
El monasterio de la transfiguración que fundó en Elwood City, en Pennsylvania, fue levantado con recursos escasos, con el trabajo de personas que creían en el proyecto y con una voluntad que no admitía la palabra imposible. Ileana, que había fundado un hospital en medio de una guerra que había organizado redes de apoyo para refugiados en tres continentes distintos, aplicó a ese proyecto monástico la misma energía pragmática y la misma fe inquebrantable.
Fue la primera abadeza ortodoxa en fundar un monasterio de habla inglesa en toda América del Norte. No era un título más, era el reconocimiento de algo genuinamente histórico. En un continente que tendía a ver la ortodoxia como una religión de inmigrantes europeos del este, una princesa rumana había plantado una semilla que florecería en una comunidad espiritual de alcance mucho más amplio que el de su propia diáspora.
Las monjas que se unieron a ese primer monasterio venían de orígenes muy diversos. No todas eran rumanas, no todas tenían la misma historia de exilio ni de pérdida, pero todas encontraron en la madre Alexandra a una guía que hablaba desde la experiencia vivida, no desde la teoría aprendida. Cuando ella hablaba del sufrimiento como un camino posible hacia algo más profundo, no lo decía como quien recita un texto, lo decía como quien ha recorrido ese camino con sus propios pies, cargando el peso de seis hijos,
dos matrimonios rotos, un país perdido y un palacio convertido en recuerdo. La vida en el monasterio de Elwood City tenía un ritmo completamente diferente a todo lo que Iliana había conocido antes. Las jornadas comenzaban antes del amanecer con la oración de Laudes que marcaba el inicio del día monástico. Había trabajo físico, trabajo intelectual, atención a los peregrinos y visitantes que llegaban cada vez en mayor número y había también inevitablemente el peso de la memoria.
Porque la madre Alexandra era Iliana de Rumania y Iliana de Rumania no podía olvidar que había un país al otro lado del mundo donde el comunismo seguía aplastando a personas que le importaban. Desde el monasterio siguió escribiendo. Sus textos sobre espiritualidad ortodoxa fueron reconocidos no solo en los círculos religiosos, sino en un público más amplio que buscaba respuestas a preguntas que ninguna comodidad material podía satisfacer.
Hablaba de la oración con la misma concreción con que había hablado de medicina en BRAN o de derechos humanos en sus reuniones con funcionarios comunistas. Para ella todo era parte de la misma tarea, cuidar a los seres humanos con las herramientas que cada momento ponía a su disposición. Los años 60 y 70 fueron décadas de consolidación para el monasterio.
La comunidad creció. La biblioteca se fue llenando de textos patrísticos en inglés que la propia madre Alexandra traducía o supervisaba. El monasterio se convirtió en un centro de referencia para la vida ortodoxa en el mundo angloparlante. Y ella, que había nacido entre los cañonazos de Bucarest y había criado a sus hijos con tierra rumana bajo las camas, encontró en aquellas colinas de Pennsylvania algo que nunca habría sabido nombrar en su juventud, una pertenencia que no dependía de ningún territorio ni de ningún título.
Mientras tanto, en Rumanía, la dictadura de Nicolae Chauscu había convertido el país en uno de los regímenes más represivos de toda Europa del Este. Las noticias que llegaban a través de la diáspora eran devastadoras. Escasez de alimentos, cortes de electricidad, una policía secreta que convertía cada conversación en una trampa posible.
Los rumanos exiliados que visitaban el monasterio traían consigo historias que hacían que los años de la guerra de Iliana parecieran casi pintorescos en comparación. La madre Alexandra no se instaló en la comodidad del claustro ignorando ese sufrimiento. Siguió siendo un punto de referencia para quienes pedían ayuda, para quienes necesitaban orientación, para quienes buscaban a alguien que los escuchara sin juzgar su historia política ni su situación económica.
El monasterio funcionaba en muchos sentidos como había funcionado el hospital del corazón de la reina en Brán, con la misma lógica del cuidado incondicional y de la puerta abierta. En esos años también fue construyendo una relación más madura con su propia historia. Ya no hablaba del exilio solo como una pérdida, aunque lo fuera.
hablaba de él como de algo que la había obligado a encontrar una libertad que los muros de ningún palacio podían contener. En sus textos y en sus conferencias comenzó a aparecer una serenidad que no era resignación. Era la serenidad de quien ha entendido que el lugar de pertenencia más verdadero no se mide en kilómetros ni se registra en pasaportes.

Las décadas pasaron y el mundo que había expulsado a Eliana comenzó a mostrar las primeras grietas. En los años 80 la Europa del Este empezó a moverse de maneras que los analistas políticos no siempre supieron anticipar. En Polonia, un sindicato llamado Solidaridad desafiaba al poder soviético con una persistencia que iba más allá de la lógica de la fuerza bruta.
En Hungría y en Checoslovaquia, voces cada vez más numerosas se atrevían a pronunciar palabras que habían estado prohibidas durante décadas. Y en Rumanía, aunque el régimen de Chauchescu mantenía una apariencia de control total, la realidad debajo de esa superficie era cada vez más frágil. La madre Alexandra seguía su vida en el monasterio con la constancia que caracteriza a quien ha encontrado su lugar. Tenía ya más de 70 años.
El cuerpo acusaba el paso del tiempo. Las jornadas que en otros momentos habría podido absorber sin esfuerzo exigían ahora un ritmo más pausado. Pero la lucidez intelectual y la profundidad espiritual estaban más presentes que nunca. Las monjas de la comunidad la rodeaban con una reverencia que no era solo jerárquica, era el respeto de quienes saben que están viviendo cerca de alguien cuya vida en su totalidad tiene la densidad de algo verdaderamente excepcional.
Y entonces, en diciembre de 1989 ocurrió lo que durante 40 años había parecido imposible. El régimen de Chauchescu cayó con una velocidad que dejó atónito al mundo entero. La dictadura que había convertido a Rumanía en una prisión a escala nacional se derrumbó en pocos días. Las imágenes del dictador huyendo en helicóptero desde el techo del Comité Central y de su posterior captura y ejecución recorrieron las televisiones de todo el mundo.
Rumanía era libre, o al menos comenzaba a hacerlo. Para Iliana, la noticia llegó como algo que era a la vez una alegría y un dolor de una intensidad difícil de describir. La alegría era real. El país que había tenido que abandonar en el invierno de 1948 existía de nuevo como un espacio donde la libertad era, por primera vez en décadas una posibilidad concreta.
El dolor era también real, porque 40 años son 40 años y todo lo que el tiempo se lleva consigo no vuelve con los cambios de régimen. La invitación a regresar a Rumanía llegó y la madre Alexandra, que tenía ya 80 años y una salud que no le permitía los viajes largos con la misma facilidad de antes, hizo un esfuerzo extraordinario para responder a esa invitación.
regresó a Rumanía en 1990, apenas unos meses antes de su muerte. Fue un viaje cargado de una emoción que ninguna cámara de televisión ni ningún periodista podía capturar del todo. Los rumanos la recibieron como alguien que regresa de entre los muertos, porque para muchos de ellos la princesa Ileana pertenecía ya a la categoría de lo legendario.
era una figura de la historia, no del presente, y sin embargo, ahí estaba con sus hábitos monásticos, con su voz que todavía llevaba la cadencia del rumano aprendido en la infancia. Con los ojos que reconocían cada esquina de un país, que el tiempo y la distancia habían ido convirtiendo en recuerdo y en sueño simultáneamente.
Visitó el castillo de Bran. Los muros seguían en pie. Las torres seguían siendo las mismas, pero el hospital que ella había levantado con tanta dedicación ya no existía como lo había dejado. El régimen comunista lo había clausurado, como había clausurado tantas otras cosas que llevaban su nombre o el nombre de su madre.
Caminó por aquellas salas con una calma que quienes la acompañaban describieron después como algo que iba más allá de la resignación. Era la calma de quien ha hecho las paces con su propia historia. El 21 de enero de 1991, en el hospital de Santa Isabel de Janstown en Ohio, la madre Alexandra, que había nacido como la princesa y leana de Rumanía 82 años antes, entre 21 cañonazos sobre Bucarest, cerró los ojos por última vez.
Era un martes de invierno. Afuera, la nieve cubría con su silencio las calles de una ciudad industrial del medio oeste americano. Adentro, las monjas de su comunidad rezaban los salmos que ella misma les había enseñado a rezar. No hubo cañonazos etbes, no hubo ceremonias de estado ni titulares en los periódicos de las grandes capitales europeas.
El mundo que la había visto nacer ya no existía. Los palacios de su infancia, los castillos de su madurez, los hospitales que había fundado con sus propias manos, todo aquello pertenecía a una época que el siglo XX había barrido con una velocidad que todavía dejaba atónitos a los historiadores que intentaban comprenderla.
Y sin embargo, algo de Ileana seguía en pie. El monasterio de la transfiguración en Elgwood City continuó funcionando después de su muerte. Las monjas que ella había formado siguieron viviendo y transmitiendo la tradición que ella había plantado en aquellas colinas de Pennsylvania. Sus textos sobre espiritualidad ortodoxa seguían siendo leídos y estudiados.
Su nombre seguía pronunciándose en los encuentros de la diáspora romana de todo el mundo, con esa mezcla de orgullo y melancolía que acompaña siempre a los nombres de quienes han cargado con una historia colectiva sin quebrarse. La historia de Ileana de Rumanía desafía las categorías simples. No fue una santa de las que conocemos de los libros de agiografía. Tuvo dos matrimonios.
Vivió en palacios y en monasterios. fue enfermera de guerra y princesa real, fundadora de hospitales y abadeza ortodoxa, testigo política y buscadora espiritual. Su vida entera parece una contradicción permanente resuelta a través de una coherencia interna que no se puede explicar solo con los datos biográficos. Hay algo más en su historia, algo que tiene que ver con la manera en que eligió responder a cada circunstancia que le tocó vivir.
Cuando el comunismo le arrancó Rumanía, no se instaló en el resentimiento, siguió sirviendo. Cuando los matrimonios se rompieron, no se hundió en la amargura, siguió buscando. Cuando el exilio la hizo extranjera en todos los países donde vivió, construyó comunidad en cada uno de ellos. Era como si la pérdida, lejos de abotarla, la empujara siempre hacia una forma más esencial de sí misma, como si cada cosa que el mundo le quitaba la liberara un poco más de una capa que no necesitaba.
La tierra rumana que mandaba colocar en cuencos bajo sus camas de partudienta en Austria. Los cañonazos que anunciaron su nacimiento en Bucarest, el hospital levantado en Bran, con manos que no eran de médico, pero que sabían cuidar. Las reuniones nocturnas con un dirigente comunista para pedir que no se matara a los vencidos.
El barco que la llevó a Argentina, las colinas de Pennsylvania, donde plantó su último hogar. Todo eso es Iliana, una vida que no cabe en un solo adjetivo ni en un solo título. La historia no siempre recuerda a las personas que la merecen. Hay reyes y generales y dictadores que llenan enciclopedias enteras mientras personajes como Iliana quedan en los márgenes, en las notas al pie, en los archivos que solo consultan los especialistas.
Pero las historias que importan terminan encontrando el camino para ser contadas. Y la deiliana de Rumanía, la princesa que terminó en el exilio, que encontró en ese exilio una libertad más verdadera que cualquier corona, es una de esas historias que no deberían perderse, porque en ella está el retrato de algo que trasciende el siglo XX y cualquier frontera geográfica.
el retrato de lo que un ser humano puede llegar a ser cuando elige una y otra vez seguir de