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Ana de Rumanía: Se Enamoró de un Rey… y lo Forzaron a Abdicar

Francia se encontró de pronto en el ojo del huracán. Para la familia de Ana, vinculada por sangre y apellido a varias casas reales que el régimen nazi consideraba peligrosas o directamente enemigas, permanecer en París era una apuesta demasiado arriesgada. La decisión fue rápida, había que huir. Y así comenzó para Ana a los 15 años el primer exilio de su vida.

La familia escapó primero a España, un país que bajo Franco vivía su propia versión turbia de la historia, luego a Portugal, donde el régimen de Salazar ofrecía una neutralidad conveniente, aunque incómoda, y finalmente cruzaron el Atlántico para llegar a los Estados Unidos, a Nueva York, la ciudad que en aquellos años recibía a reyes destronados, intelectuales perseguidos y aristócratas empobrecidos con la misma indiferencia democrática que aplicaba a todo el mundo.

Nueva York era otro planeta. Para una joven princesa criada en la formalidad europea, aquella ciudad ruidosa, incansable y radicalmente igualitaria fue un choque cultural de proporciones monumentales. Pero Ana no se quebró, al contrario, se adaptó con una flexibilidad que sorprendió incluso a los miembros más optimistas de su familia.

Se inscribió en la escuela Parsons de Diseño, una institución de renombre, y durante 3 años estudió con la misma aplicación con que otra joven de su condición habría aprendido a gobernar una corte. Para ganarse la vida y entender lo que significaba el dinero ganado con las propias manos, llegó incluso a trabajar como asistente de ventas en los grandes almacenes maes.

Un detalle que hubiera escandalizado a muchos de sus ancestros, pero que ella recordaría siempre con una sonrisa discreta, como prueba de que sabía lo que era el mundo real. Pero la guerra no era solo algo que se leía en los periódicos. Para Ana de Borbón Parma, el conflicto que devastaba Europa era una herida abierta en el corazón de su familia, de su continente, de su identidad.

Y en 1943, cuando aún tenía 19 años, tomó una decisión que pocos habrían esperado de una princesa de su linaje. Se alistó voluntariamente en el ejército francés, no como figura honoraria, no como embajadora de buena voluntad. Se incorporó como conductora de ambulancias a las fuerzas francesas libres, el contingente que bajo el liderazgo del general Charles de Gol combatía al nazismo desde el exilio.

Era un servicio real, físico y peligroso. Ana conducía ambulancias en zonas de combate activo, transportando heridos bajo el fuego enemigo, viendo de cerca la brutalidad de una guerra que no distinguía entre sangre azul y sangre común. Sus destinos fueron algunos de los frentes más duros de la contienda, Argelia, Marruecos, Italia, Luxemburgo y finalmente Alemania.

En cada uno de esos lugares, la joven princesa que había crecido entre salones y protocolos, demostró una valentía que no tenía nada de decorativa. Conducía de noche, sin luces, por caminos destrozados por los bombardeos, con el sonido de los cañones como fondo permanente. Cargaba heridos, tomaba decisiones rápidas en situaciones donde equivocarse significaba morir.

Cuando la guerra terminó en 1945, Ana de Borbón Parma no regresó a la vida cortesana como si nada hubiera pasado. El ejército francés reconoció su servicio con el rango deteniente y le otorgó la cruz de guerra, la CADER, una de las condecoraciones militares más respetadas de Francia, preservada para quienes habían demostrado valor excepcional frente al enemigo.

Era una princesa sin reino y con una medalla de guerra, una combinación que el mundo de los tronos y los salones no sabía muy bien cómo clasificar. Mientras Ana cerraba ese capítulo de su vida y comenzaba a reconstruir una existencia más estable en la Europa devastada de posguerra, en el otro extremo del continente, un joven rey enfrentaba su propia tormenta.

Ese joven se llamaba Miguel Io de Rumanía y su historia estaba a punto de cruzarse con la de Ana de una manera que ninguno de los dos podría haber imaginado. El destino, en su forma más literaria estaba preparando el escenario. Solo faltaba que los protagonistas entraran en él. Miguel Io de Romanía era, en muchos sentidos, el espejo masculino de Ana.

También él era un hombre de linaje antiguo, atrapado por las circunstancias de una época que no tenía tiempo para los matices dinásticos. Había subido al trono por primera vez a los 6 años, en 1927, como consecuencia de la muerte de su abuelo, el rey Fernando I, y de la renuncia temporal de su padre, el príncipe Carol, que prefirió a su amante antes que a la corona.

Era un niño en el trono de un país que intentaba sobrevivir entre la presión de la Alemania nazi y la amenaza creciente del comunismo soviético. A lo largo de los años 30 y 40, Miguel navegó aguas turbulentas con una madurez que sorprendía a los observadores extranjeros. En 1944 tomó una de las decisiones más valientes de su reinado.

Ordenó el arresto del mariscal Ion Antonescu, el líder pronazi de Rumanía, y sacó al país de la alianza con Hitler para unirse a los aliados. Fue un golpe de estado ejecutado desde el trono, una jugada de ajedrez de consecuencias inmediatas y devastadoras a largo plazo, porque aunque le valió la estrella de la victoria por parte de los aliados, también atrajo sobre Rumanía la mirada fría y calculadora de la Unión Soviética.

Y así fue como en noviembre de 1947 Miguel Io se encontraba en Londres para asistir a la boda de la princesa Isabel de Inglaterra con el príncipe Felipe de Grecia y Dinamarca. Una de esas bodas reales que reunían a casi toda la aristocracia superviviente de Europa en un mismo salón. Era un evento social en apariencia, pero en realidad era también un barómetro político, un lugar donde se leían alianzas, se evaluaban futuros y se murmuraba sobre el destino de los tronos que aún quedaban en pie.

Ana también recibió la invitación a esa boda, aunque inicialmente no tenía intención de asistir. Fue su primo, el futuro gran duque Juan de Luxemburgo, quien la persuadió de ir en el último momento con ese tipo de argumento casual que a veces cambia el curso de una vida entera. Ana se dio, se preparó para la celebración y en algún momento de aquella tarde londinense, entre el brillo de las condecoraciones y el susurro discreto de las conversaciones diplomáticas, sus ojos se encontraron con los del rey de Rumanía.

Según el propio Miguel Io, la conexión fue inmediata. Pasaron tiempo juntos durante aquellos días en Londres, siempre con la presencia discreta de la madre de Ana o de su hermano como acompañantes, siguiendo el protocolo que las familias reales aplicaban incluso en momentos aparentemente informales. Pero la formalidad no pudo ocultar lo evidente.

Entre aquellos dos jóvenes, ambos marcados por la guerra, ambos sin un territorio firme bajo los pies, estaban haciendo algo que no tenía nada de protocolar. Una semana después de conocerse, el rey le propuso matrimonio. Lo que sucedió a continuación parece sacado de una novela de intriga política, no de un cuento de hadas. Miguel regresó a Rumanía con la intención de comunicar a su gobierno el compromiso con Ana antes de hacer ningún anuncio oficial, siguiendo los pasos que la tradición y la responsabilidad de su cargo exigían.

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