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SALVADOR SÁNCHEZ : LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ

El ritmo era  brutal, pero Salvador lo exigía él mismo. Más peleas, más bolsas, más dinero. Y con el dinero llegaron las cosas que el niño de Tianguistenko siempre miró desde lejos. ropa cara, relojes, un automóvil que costara  más que la casa donde creció. Salvador tenía 18 años y comenzaba a convertirse en  estrella.

El problema es que nadie le enseñó la diferencia entre ser famoso y ser buena persona.  Y en ese espacio vacío empezaron a crecer los errores más graves de su vida. El matrimonio.  En 1978, Salvador conoció a Cristina Martínez en una fiesta en la Ciudad de México. Ella tenía 17 años.

Hermosa, hija de familia trabajadora, con la mirada limpia de quien todavía no ha aprendido a desconfiar del mundo.  Se enamoraron rápido, como se enamoran los jóvenes que no saben todavía lo que cuesta  querer de verdad. 6 meses después, Salvador le propuso matrimonio. En octubre de 1978 se casaron en una ceremonia civil discreta en el pueblo.

Salvador tenía 19 años y prometió  cosas, muchas cosas, que la familia primero, que el boxeo era su trabajo, no su vida entera, que sería el hombre que ella merecía. Promesas sinceras en ese momento,  sin duda. Pero las promesas no sobreviven sin carácter que la sostenga. Un mes después de la boda, Cristina descubrió que estaba embarazada.

Salvador reaccionó con alegría pública,  con fotos para los periódicos deportivos, con declaraciones de hombre responsable y padre entregado.  Pero en privado algo cambió desde ese primer momento. La responsabilidad lo aterraba.  19 años, una carrera en ascenso vertiginoso y ahora un bebé en camino.

Las desapariciones empezaron casi de inmediato, llegadas  tarde, días enteros fuera de casa, excusas que se repetían hasta que dejaron de tener sentido. Cristina intuía que algo no cuadraba, las pruebas llegarían pronto  y cuando llegaron no fueron amables. En diciembre de 1978,  después de una pelea importante, Salvador desapareció toda la noche.

Cristina,  embarazada de dos meses, lo esperó en casa. Él regresó al amanecer sin explicaciones  y sin disculpas. Ese patrón se repetiría docenas de veces en los meses siguientes. Febrero de 1979,  Salvador ganó una pelea eliminatoria importante en la Arena Coliseo. Villaseñor lo notaba distraído en los entrenamientos, desvelado, llegando tarde.

¿Qué está pasando contigo?, le preguntó después de la victoria. Nada, maestro. Todo está bien”, mintió Salvador. “Pero todo no estaba bien. Cristina tenía 7 meses de embarazo y Salvador casi nunca estaba en casa y empezaba a escuchar rumores.  Salvador visto con otras mujeres en restaurantes caros. Salvador en fiestas privadas al lado de personas  que no eran su esposa.

Rumores que no podía confirmar todavía,  pero que ya dolían igual. Abril de 1979. Salvador Sánchez  Junior nació en un hospital público. Parto complicado pero exitoso. Un niño sano. Salvador llegó al hospital 3 horas después del nacimiento. Estaba entrenando. Explicó. Cristina no le creyó.

Esa misma noche, Salvador desapareció nuevamente. Dejó a Cristina sola con el bebé recién nacido. No regresó en dos días  sin explicaciones, sin remordimiento aparente. En septiembre de 1979  llegó la primera infidelidad concreta. Una mujer llamó a la casa preguntando  por Salvador. Cristina contestó.

La mujer, sin saber que hablaba con la esposa, mencionó planes de encontrarse con Salvador esa noche. Cristina confrontó  a Salvador cuando llegó. Salvador negó primero, luego  admitió a medias, luego lloró, luego suplicó perdón. Fue un error. No volverá a pasar. Perdóname. Cristina tenía un bebé de meses.

No tenía independencia económica. Su familia dependía de Salvador. Perdonó, primera vez, no sería la última. El campeón, 21 de febrero de 1980.  Arizona Veterans Memorial Coliseum. Phoenix, 12,000 personas en las gradas. Salvador Sánchez, 21  años. Retador relativamente desconocido a nivel internacional frente a Dani López, campeón mundial de peso  pluma del Consejo Mundial de Boxeo.

El Pequeño Rojo, 42 victorias,  uno de los pegadores más temidos de la división. Nadie esperaba que  el chico de Tianguistenco lo destronara esa noche. Nadie, excepto Villaseñor. Salvador boxeó como fantasma en los  primeros rounds. Velocidad que López no podía calcular, distancia que López no podía cerrar, combinaciones  que llegaban antes de que el campeón terminara de pensar.

Para el sexto round el coliseo murmuraba. Para el  décimo, López estaba frustrado. Para el round 13 estaba acabado. Combinación  al cuerpo, derechazo al mentón, primera caída, se levantó, segunda  caída. El árbitro detuvo la pelea a los 2 minutos y 42 segundos del 1tercer asalto. Salvador Sánchez, nuevo campeón mundial de peso pluma.

A los 21 años entre el público, Cristina lloraba, pero sus lágrimas no eran de alegría. Eran el llanto silencioso de quien sabe con certeza que acaba de perder a alguien para siempre. Tenía razón, el precio de ser intocable. El regreso a México fue como entrar a otro mundo. Aeropuerto  lleno de gente, cámaras, micrófonos.

El presidente de la República lo recibió en Los Pinos. Desfiles,  contratos publicitarios, dinero real, no las bolsas pequeñas del principio. Salvador  compró una casa grande en colonia elegante de la capital para Cristina y el niño. Compró el porche que meses después lo mataría.

Compró ropa de diseñador, joyas, relojes costosos, todo lo que un niño pobre de pueblo soñó alguna vez desde la banqueta. Pero la casa estaba vacía casi siempre. Salvador rara vez dormía  ahí. Tenía un departamento en otra parte de la ciudad, un espacio que Cristina no conocía, un lugar que  era la versión realía vivir.

Y mientras tanto, las defensas del título se acumulaban. Primera, segunda, tercera, cuarta, quinta. Salvador ganaba en el ring con una elegancia y una consistencia que asombraban al mundo del boxeo internacional. Nadie lo lastimaba, nadie lo ponía en serio aprieto, pero fuera del ring, la historia era completamente diferente.  ¿Cuánto tiempo puede una persona vivir siendo dos personas distintas al mismo tiempo? Salvador estaba a punto de descubrirlo.

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