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LUIS AGUILAR: El BORRACHO BASURA que ABANDONÓ a sus HIJAS… Y la VIUDA que le hizo VOLAR la Cabeza

Agosto de 1954. Hermosillo, Sonora. Una mujer firma los papeles del divorcio sin levantar la vista del escritorio. Tiene dos hijas pequeñas pegadas a sus piernas. La mayor se llama Ana Luisa, tiene 7 años. La menor se llama Martha Fernanda, tiene cuatro. Ninguna de las dos sabe todavía que el hombre que firma del otro lado del escritorio no va a volver, que ya tiene los ojos puestos en otra mujer, una viuda, una actriz,  una mujer que viene cargando un hijo de otro hombre.

Ese hombre que firma del otro lado del escritorio se llama Luis Aguilar Manso. Tiene 36 años, lleva 8 años de matrimonio con Ana María Almada  y va a entrar en la historia del cine mexicano como El gallo giro, el charro más completo de la época de oro, el sucesor natural de Pedro Infante y Jorge Negrete, el hombre que protagonizaría más de 160 películas y que sobreviviría a sus dos rivales por casi medio siglo.

Pero esta mujer que firma en silencio no lo sabe todavía. Esta mujer solo sabe que el hombre que prometió quedarse con ella se está yendo  y que se está yendo borracho. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que el cine  de oro mexicano nunca te contó sobre Luis Aguilar. Primero, cómo un pescador de tiburones de Mazatlán  terminó en una pantalla de cine que iba a sostenerlo durante cinco décadas hasta su último aliento.

Segundo, ¿quién fue Ana María Almada?  la primera esposa olvidada que le dio dos hijas y a la que destruyó en menos de una década mientras él se construía el mito del charro perfecto. Tercero, ¿qué pasó la noche en que el alcohol decidió que iba a ser dueño de su vida  y por qué la fama no logró rescatarlo de ese pacto silencioso? Y cuarto, ¿cómo apareció en su camino Rosario Gálvez, la viuda que cargaba un niño de 4 años llamado Roberto? Y por qué el gallo Giro decidió cambiar a sus dos hijas legítimas por

ese  hijo prestado que iba a destruirle el alma. Esta es la historia que se firmó en silencio en Hermosillo en agosto de 1954.  La historia de dos niñas que crecieron sin padre porque su padre eligió la botella, eligió a otra mujer, eligió a un hijo que no era suyo, la historia que el cine mexicano envolvió en sombrero de charro y nunca quiso  desempolvar.

Para entender cómo llegó Luis Aguilar a esa oficina de Hermosillo a firmar el divorcio, hay que volver atrás  hasta el principio, hasta el 29 de enero de 1918,  hasta una casa modesta en Hermosillo, Sonora, donde Luis Aguilar Manso nació  siendo el segundo de cinco hermanos. Su padre era Luis C. Aguilar.

Su madre era Concepción Manso, una familia sonorense común de las que en aquella época todavía sentían el polvo de la Revolución Mexicana pegado al techo de la casa. El gobierno les había expropiado las tierras donde la familia llevaba radicando varias generaciones  y eso los empujó a la ciudad de México cuando Luis era todavía un niño.

El niño que un día sería el gallo Giro,  empezó la vida sin un peso. Su familia lo metió al colegio militar buscando que aprendiera una carrera. Estudió ingeniería en la Armada, pero algo en él no encajaba con la disciplina militar. Era inquieto, era aventurero, tenía una personalidad recia que no soportaba que le dijeran a qué hora levantarse y a qué hora apagar la luz.

Abandonó la milicia antes de terminarla  y se fue a trabajar al departamento agrario de la Secretaría de Hacienda, un empleo de escritorio que tampoco soportó mucho tiempo. A los 21 años, en 1939, hizo lo que ningún muchacho de buena familia hacía en aquella época. Se fue al  mar. se mudó solo a Mazatlán, en la costa sinaloense, y empezó una vida completamente distinta.

Empezó a pescar tiburones, tenía sus propias lanchas, empleaba a varios hombres del puerto, iba a comprar equipo más sofisticado para crecer el negocio.  Años después, cuando ya era famoso, contaría que en aquellos días no tenía ni la más mínima intención de subirse a un escenario. Pescar tiburones era su vida, el olor del aceite de pescado en la ropa era su perfume, las cicatrices en las manos eran su orgullo.

Pero entonces, en algún momento de 1942, decidió tomarse unas vacaciones cortas y visitar a unos parientes en la Ciudad de México. Una decisión inofensiva,  una visita familiar de fin de semana. Lo invitaron a una fiesta.  Había gente del medio artístico. Alguien sacó una guitarra y a Luis, que tenía la costumbre de cantar entre amigos sin darle mayor importancia, se le ocurrió subir el tono. Cantó dos rancheras.

Le aplaudieron, cantó una tercera.  Y entre los invitados había un productor canadiense llamado Robert Quigly, que llevaba años trabajando con el cine mexicano y que se quedó mirándolo con la boca abierta. O Quigley se le acercó al final de la fiesta. Le dijo que tenía algo.

Le dijo que México estaba buscando un nuevo tipo de galán para el cine ranchero, alguien diferente a Jorge Negrete y al joven Pedro Infante que empezaba a sonar y le ofreció una prueba en estudio. Luis se ríó. le explicó  que él era pescador de tiburones, que tenía sus lanchas en Mazatlán esperándolo, que el canto era un pasatiempo y nada más.

O  Quigly insistió y por algún motivo que Luis nunca supo explicar del todo, ese fin de semana de vacaciones en la capital terminó siendo el último fin de semana de su vida como hombre del mar. Hizo la  prueba, la pasó, empezó a filmar pequeños papeles secundarios en 1942. Lo descubrió formalmente Raúl de Anda, productor  experimentado, que vio en aquellas pobladas cejas y en aquella mirada profunda algo que la cámara podía  aprovechar.

Para 1945 ya tenía un papel relevante en caminos de sangre. Para 1946 filmó Yo maté a Rosita Alví y ese mismo año El Gallo  Giro, la película que le iba a dar el apodo con el que entraría a la historia del cine mexicano.  El sobrenombre se lo puso un locutor de radio llamado Pedro Delil.

Fue en 1948 en un programa de la XV2 donde Luis cantaba en vivo. Pedro de Lil  lo anunció con esa expresión. El gallo giro, refiriéndose al gallo de pelea que gira sobre sí mismo en el palenque antes de atacar.  A Luis le gustó, lo adoptó y nunca más se quitó ese nombre de encima.

En esos mismos años, mientras la carrera empezaba a despegar, Luis conoció a Ana María Almada,  una mujer hermosa, de buena familia, joven, educada, que se enamoró del muchacho de las cejas pobladas en la Primera Mirada. Se casaron el 17 de abril de 1946.  Él tenía 28 años, ella tenía 22. La boda fue íntima.

Ana María no era actriz. Ana María era una mujer normal que había aceptado casarse con un hombre que apenas empezaba a hacerse un nombre y aceptó las reglas que el cine mexicano imponía. Iba a vivir a la sombra del marido. Iba a esperarlo cuando saliera de gira. Iba a recibirlo cuando regresara oliendo a otras mujeres.

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