Posted in

ORWELL: llegó a España AMANDO comunismo… ¡Barcelona lo CONVIRTIÓ en su PEOR ENEMIGO!

Y Orwell en ese momento la creía no completamente, no sin dudas, pero sí con suficiente fuerza como para que cuando estalló la guerra civil española en julio de 1936 y el mundo socialista llamó a las armas contra Franco, él sintiera que tenía que estar allí. Tenía 33 años. Acababa de publicar su cuarto libro.

Se había casado con Ailino Shaunesi, una mujer brillante e igualmente comprometida políticamente y tenía la sensación de que estaba viviendo uno de esos momentos históricos en los que quedarse en casa escribiendo equivalía a una forma de cobardía moral. Consiguió sus credenciales de periodista a través del Partido Laborista Independiente Británico.

Hizo su mareta. se despidió de su mujer, que prometió seguirlo pronto, y en diciembre de 1936 cruzó los Pirineos hacia España. Iba a salvar la revolución. Todavía no sabía que la revolución iba a intentar matarlo a él. Cuando George Orwell llegó a Barcelona por primera vez, creyó que había encontrado el futuro.

Eso no es una exageración literaria, es lo que él mismo escribió. Y para entenderlo, hay que imaginar la ciudad como era en ese momento, porque no se parecía a ningún otro lugar del mundo. Barcelona en diciembre de 1936 era una ciudad en revolución real, no en revolución de eslóganes y discursos, en revolución de hechos concretos, visibles, tangibles.

Los grandes hoteles habían sido colectivizados y convertidos en cuarteles y hospitales. Las fábricas eran gestionadas por comités de trabajadores. Los trambías llevaban pintados los colores de los sindicatos anarquistas. Las iglesias, históricamente símbolo del poder conservador en España, habían sido cerradas, muchas reconvertidas en almacenes o centros comunitarios.

Y en las calles pasaba algo que Orwell, con toda su experiencia viajando por Europa y Asia, no había visto nunca en su vida. La desaparición visible, aparente, casi teatral, de las diferencias de clase. Los camareros de los bares miraban a los clientes a los ojos como iguales, no como superiores a los que servir.

Nadie decía señor ni señorita. Todo el mundo era camarada. Las propinas estaban prohibidas, se consideraban una forma de humillación y los trabajadores de hostelería lo explicaban con una dignidad tranquila que a Orwell le resultó más impresionante que cualquier discurso político que hubiera escuchado jamás. Las mujeres llevaban mono de trabajo y fusil.

Los niños jugaban en las plazas junto a milicianos que limpiaban sus armas sentados en los bancos. Los carteles revolucionarios cubrían cada pared disponible. La música sonaba desde los bares hasta altas horas de la noche, mezclada con debates políticos que podían durar hasta el amanecer. Orwell, que había pasado años documentando la miseria de las clases bajas inglesas, que había visto de primera mano la degradación que produce la pobreza crónica en la dignidad humana, quedó literalmente sin palabras.

escribió en sus notas privadas de esos primeros días algo que luego incorporaría a homenaje a Cataluña. Su crónica de la guerra española, que por primera vez en su vida estaba en un lugar donde la clase trabajadora tenía el mando, donde el lenguaje normal entre personas era en de la igualdad y no el de la jerarquía. y que eso, por muy imperfecto e improbable que pudiera resultar, era algo por lo que valía la pena luchar y si era necesario morir.

No tardó en alistarse. Lo hizo a través del PO, el Partido Obrero de Unificación Marxista, no por convicción ideológica específica, sino simplemente porque las credenciales que llevaba de Inglaterra lo conectaban con esa organización. El P era lo que en la política de izquierdas de los años 30 se llamaba trotkista.

Seguía la línea de León Trotski, el rival de Stalin que había sido expulsado de la Unión Soviética y que defendía una versión de la revolución socialista más internacionalista y menos sometida al control de Moscú. En ese momento, Orwell no entendía bien las diferencias internas de la izquierda española. Para él todos luchaban contra Franco y eso era lo que importaba.

Pronto aprendería que se equivocaba profundamente. Pero antes de que llegara a ese aprendizaje brutal, hubo semanas de formación militar en los cuarteles de Barcelona, de marchar por las ramblas entre camaradas de media Europa, que habían llegado como él a luchar por una causa que sentían como propia.

de noches largas en bares donde se mezclaban el vino peleón, el olor a tabaco negro y las discusiones sobre el futuro del mundo. Había algo en el aire de Barcelona en esos meses que era difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. una electricidad, una sensación colectiva de que las reglas antiguas se habían roto y que cualquier cosa era posible, que la historia estaba siendo escrita en tiempo real y que cada uno de ellos era parte de esa escritura.

Orwell tenía 33 años y llevaba toda su vida adulta buscando exactamente esto, un lugar en el mundo donde sus convicciones y su realidad coincidieran, donde la lucha política no fuera abstracta, sino concreta y urgente, donde importara estar. Lo había encontrado o eso creía. Porque mientras él aprendía a manejar un fusil Mauser de la Primera Guerra Mundial en un cuartel del barrio de Gracia, a pocas horas en tren hacia el sur en Madrid y a miles de kilómetros al este en Moscú, otras personas estaban tomando decisiones que iban a destruir exactamente lo que él

había encontrado. Y ninguna de esas personas tenía el menor interés en que George Orwell, ni nadie como él, siguiera contándolo. El trente llevó a George Orwell desde Barcelona hacia el frente de Aragón. Salió de la ciudad en los primeros días de enero de 1937. Era de noche. El vagón iba lleno de milicianos del PM.

La mayoría jóvenes, algunos adolescentes, muchos sin experiencia militar real, todos con ese entusiasmo particular de los que todavía no han visto morir a nadie a su lado. Orwell, con su 1992 de estatura, ocupaba demasiado espacio en el asiento y no podía dormir. Miraba por la ventana la oscuridad del campo catalán y pensaba, según escribiría después, que estaba a punto de vivir la experiencia más importante de su vida.

tenía razón, pero no de la manera que imaginaba. El frente de Aragón era todo lo contrario de lo que la propaganda revolucionaria prometía. No había heroísmo cinematográfico, no había cargas victoriosas con banderas al viento, había barro, había frío, un frío húmedo, penetrante, que se metía en los huesos y no salía ni con fuego ni con alcohol.

Había trincheras excavadas en tierra pedregosa que se convertían en ríos de lodo cuando llovía. Había ratas del tamaño de gatos que por la noche cruzaban por encima de los cuerpos dormidos de los soldados sin el menor miedo. Había piojos, siempre piojos, que ningún hombre ni ninguna mujer en todo el frente conseguía eliminar del todo.

Read More