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‘No puedes con mi resistencia’ — gritó la corredora etíope… y la mexicana venció en los 1500 metros

No podía fallar. La carrera de 100 m fue brutal. Sofía nunca había competido contra atletas tan rápidas. Desde el disparo de salida se sintió fuera de lugar. Las demás corredoras salieron como balas y ella tuvo que esforzarse al máximo solo para no quedarse atrás. En la primera vuelta ya estaba en último lugar.

En la segunda logró avanzar algunas posiciones, pero el esfuerzo la estaba matando. Sus piernas ardían, sus pulmones pedían aire a gritos, pero entonces recordó algo que Roberto le había dicho. No importa que tan rápido corran las demás, lo que importa es que tan dispuesta estás a sufrir. Y Sofía sufrió.

Empujó su cuerpo más allá de lo que creía posible. En la última vuelta pasó a una, luego a otra y otra más. Cuando cruzó la meta en cuarto lugar, colapsó en la pista. No había ganado, pero había demostrado algo importante. Ella pertenecía ahí. Ese cuarto lugar cambió todo. Los entrenadores nacionales la notaron.

Le ofrecieron una beca para entrenar en el Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos. Por primera vez en su vida, Sofía tendría acceso a instalaciones profesionales, a entrenadores especializados, a nutrición adecuada. Fue un sueño hecho realidad, pero también significaba dejar su pueblo, dejar a su familia. La noche antes de irse, su mamá la abrazó fuerte y le dijo algo que nunca olvidaría.

Hija, tú ya ganaste, pero ahora ve y demuéstrales al mundo de que estamos hechos los mexicanos. Con esas palabras en el corazón, Sofía partió hacia la Ciudad de México, lista para la siguiente fase de su viaje. Los siguientes 3 años fueron de transformación total. Sofía entrenaba seis días a la semana, a veces dos sesiones por día.

Aprendió sobre técnica de carrera, sobre estrategia de competencia, sobre cómo leer a sus rivales, pero sobre todo aprendió a confiar en sí misma. Su cuerpo cambió, se volvió más fuerte, más rápido, más resistente. Comenzó a ganar competencias nacionales, estableció récords juveniles y finalmente a los 21 años logró lo que parecía imposible.

Clasificó para el campeonato mundial de atletismo en la categoría de 100 m. México tendría una representante en una de las pruebas más competidas del mundo y esa representante era una niña que había crecido corriendo descalsa por caminos de tierra. Pero el mundo del atletismo de élite es despiadado. Cuando Sofía llegó al mundial en Budapest se dio cuenta de que estaba en una liga completamente diferente.

Las atletas africanas dominaban esta distancia desde hacía décadas. etíopes, kenianas, ugandesas, todas con tiempos que parecían inalcanzables. Y entre todas ellas había una que destacaba Amara Tade de Etiopía. Amara era la campeona mundial defensora. Había ganado medalla de oro en los últimos Juegos Olímpicos y tenía el segundo mejor tiempo de la historia en 1500 m.

Era una superestrella, una leyenda viviente. Y desde que Sofía llegó a Budapest, Amara dejó claro que no la consideraba una amenaza. De hecho, ni siquiera la consideraba digna de su atención. Durante los entrenamientos previos a las eliminatorias, Amara y su equipo entrenaban en la misma pista que Sofía. La diferencia era abismal.

Amara corría con una facilidad que parecía sobrenatural, como si flotara sobre la pista. Su equipo la rodeaba como una corte real, protegiéndola, mimándola, asegurándose de que tuviera todo lo que necesitaba. Sofía, por otro lado, entrenaba con Roberto y un pequeño equipo que apenas tenía recursos para estar ahí.

Un día, durante un calentamiento, Sofía accidentalmente se cruzó en el carril de Amara. La etiope se detuvo en seco y le gritó algo en inglés que Sofía no entendió completamente, pero el tono fue claro. Ella estaba molesta. Uno de los entrenadores de Amara se acercó a Roberto y le dijo con desdén, “Controla a tu atleta.

Esto es una competencia de nivel mundial, no una carrera de pueblo.” Roberto apretó los puños, pero se quedó callado. Sofía sintió la humillación quemar en su pecho. Las eliminatorias fueron relativamente fáciles para Sofía. Clasificó a las semifinales sin problemas, pero sabía que lo difícil apenas comenzaba. En las semifinales, por primera vez, correría en la misma serie que Amara Tadees.

La noche antes de esa carrera, Sofía no pudo dormir. Veía videos de Amara compitiendo. Estudiaba su técnica, su forma de correr. Amara tenía todo, velocidad, resistencia, estrategia. Parecía invencible. Roberto le dijo a Sofía que no se preocupara por ganar, que solo se enfocara en clasificar a la final. Pero Sofía quería algo más.

Quería demostrarle a Mara y al mundo que ella no era solo una corredora más, que México merecía estar ahí. La semifinal comenzó y Amara tomó el control desde el principio. Marcó un ritmo agresivo que dejó atrás a la mayoría de las corredoras. Sofía se mantuvo en el grupo de persecución en quinto lugar, corriendo con inteligencia, conservando energía.

Pero en la última vuelta, cuando Amara aceleró para asegurar el primer lugar, algo dentro de Sofía se encendió. Decidió arriesgarse. Lanzó un sprint que sorprendió a todos. Pasó a una corredora, luego a otra y en los últimos 100 metros estaba persiguiendo a Mara. No la alcanzó, pero cruzó la meta en segundo lugar a solo medio segundo de la campeona mundial.

El estadio erupcionó en aplausos. Nadie esperaba que una mexicana pudiera seguirle el ritmo a Amar a Tadese. Nadie, excepto Sofía. Cuando cruzó la meta, Sofía estaba exhausta, pero eufórica. Había clasificado a la final del campeonal mundial. Era un logro histórico para México. Pero entonces, mientras se recuperaba en la zona mita, escuchó una voz detrás de ella. Era Amara.

Bonita carrera”, le dijo en inglés con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Pero la final será diferente, ahí verás lo que es correr contra las mejores.” Sofía la miró directamente y respondió en español, “Aunque sabía que Amara no entendería. Ya veremos quién es la mejor.” Amara se ríó y se alejó, pero algo en esa interacción dejó una marca.

Sofía había visto un destello de preocupación en los ojos de la etíope. Por primera vez, Amara la había visto como una competencia real. Los días entre la semifinal y la final fueron los más intensos de la vida de Sofía. Roberto ajustó su entrenamiento. Trabajaron en velocidad de sprint, en resistencia mental, en estrategia de carrera, pero más que nada trabajaron en la confianza.

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