Y por favor, déjenos en los comentarios desde qué parte nos escuchan. Lo saludaremos con mucho gusto. 13 de mayo de 1988, por la mañana. La división de homicidios estaba en alerta máxima. Se formó un equipo especial para el caso de la joyería del centro. Histórico. El comandante era Ignacio Morales, al que todos llamaban Nacho. Era un veterano con 20 años de experiencia, pero nunca había visto un caso igual.
¿Tiene sentido que dos personas desaparezcan sin dejar rastro?”, se preguntaba. Comenzó la reinspección del lugar. El interior de la joyería estaba demasiado limpio. Ni una silla caída, ni un cristal roto. No había señales de lucha. Comandante Nacho la dio la cabeza. Si fuera un robo, no habrían tenido tiempo de ordenar todo así.
Revisó la caja fuerte. La puerta estaba abierta, pero la cerradura estaba intacta. No había marcas de haber sido forzada. Alguien que conocía la poder minado, combinación la había abierto. No hay huellas en la manija, está totalmente limpia. El culpable borró sus rastros a propósito, reportó el perito.
Pero con la tecnología de 1988 no se podía hacer mucho más. El análisis de ADN aún no se popularizaba y faltaba equipo para recolectar microevidencias. El comandante revisó los libros de contabilidad. Estaban escritos a mano por don Roberto. Las transacciones, los nombres de los clientes y los números de teléfono estaban anotados con lápiz.
leyó línea por línea con una lupa. Había tres transacciones grandes en la última semana. El 5 de mayo, don Ramón vendió anillos de oro. Se llevó 70,000 pesos. efectivo. El 8 de mayo, doña Rosa compró cinco cadenas de oro pagando 50,000 pesos al contado. El 10 de mayo, un hombre llamado Don Pancho compró 3 kg de oro en lingotes, una transacción de 180,000 pesos.
El comandante Nacho rastreó a las tres personas. Don Ramón era dueño de una sastrería cerca de ahí. Doña Rosa era la dueña de una farmacia vecina. Don Pancho tenía una cantina en el barrio de Tepito. [carraspeo] Los tres eran clientes muchos años. Comenzaron los interrogatorios. Primero visitaron a don Ramón.
Fue a la joyería el 5 de mayo, ¿verdad? Don Ramón asintió. Vendí unos anillos para juntar dinero para la boda de mi hija. Don Roberto me dio un buen precio. ¿Cómo notó a don Roberto ese día? Igual que siempre, hasta me invitó un café riéndose. Doña Rosa, la de la farmacia, declaró algo similar.
Fui el 8 de mayo y todo estaba normal. Doña María Elena me envolvió las cadenas ella misma. El problema fue don Pancho, el de Tepito. Su testimonio fue diferente. Fui el 10 de mayo como a las 6 de la tarde, pero el ambiente en la tienda estaba medio raro. ¿Cómo? Don Roberto no dejaba de mirar hacia atrás como si alguien lo estuviera vigilando.
El comandante se inclinó hacia delante. ¿Había alguien más en la tienda? Un muchacho estaba sentado en una silla al fondo. Estaba callado fumando cigarro. ¿Recuerdas su cara? Don Pancho negó con la cabeza. Estaba oscuro, no vi, pero cada vez que don Roberto lo miraba, endurecía la cara. Era una pista importante.
El comandante Nacho volvió a investigar a la familia. ¿Qué ha estado haciendo el hijo mayor Beto a las 6 de la tarde del 10 de mayo? Revisó los registros. Beto había declarado estar jugando a las cartas en una cantina. Buscaron a los testigos. El dueño de la cantina lo confirmó. Beto estuvo aquí desde las 7 de la tarde hasta las 2 de la mañana. Perdió como 40,000 pesos.
¿Está seguro? Yo mismo le cobré lo que consumió. Hasta tengo las notas. Tenía cuartada, pero al comandante no le cuadraba. Si llegó a las 7, ¿dónde estaba? A las 6. Volvieron a citar a Beto. ¿Dónde estaba el 10 de mayo a las 6 de la tarde? Beto dudó un momento. Estaba en mi casa. Solo sí, solo. ¿Alguien puede comprobarlo? Nadie.
El comandante lo miró a los ojos. De casualidad no pasó por la tienda de su padre ese día. Un cliente que vino desde Tepito dijo haber visto a un hombre joven sentado al fondo. Beto tensó la mandíbula. Me está diciendo que era yo. ¿Acaso soy el único hombre joven en el centro? No había pruebas físicas. El testigo no vio el rostro y Beto tenía una cuartada. Perfecta después de las 7.
El comandante suspiró. mandó llamar a la segunda hija Carmen. ¿Cuándo fue la última vez que habló con sus padres? A principios de mayo. No me acuerdo bien. ¿De qué hablaron? De nada. Me preguntaron cómo estaba y les dije, “Qué bien.” “¿Sus padres hablaban de dinero con usted?” Carmen respondió con indiferencia. Casi no.
Solo decían que a la tienda le iba bien. ¿Alguna vez le prestaron dinero a sus hermanos? ¿Quién sabe? La verdad no sé. La actitud de Carmen era fría, mostraba más fastidio que tristeza por la desaparición de sus padres. Al comandante le pareció extraño, pero no podía señalarla como sospechosa. Solo por eso.
El hijo menor Miguel Ángel fue diferente. Lloró en la sala de interrogatorios. Comandante, por favor, encuentra mis papás. Mi mamá me llamó hace unos días. Estaba muy preocupada porque mi hermano mayor le volvió a pedir dinero. ¿Cuánto le pidió? 10,000 pesos. Para pagar deudas de juego. Su padre se los dio. No sé. Mi mamá solo suspiraba por teléfono.
El comandante anotó. El hijo mayor exigió dinero a principios de mayo, el 11d. Mayo le depositaron 5000 pesos a su cuenta, pero seguía sin saberse quién había. Hecho ese depósito, el 15 de mayo, la policía interrogó a todos los taxistas de la zona. Encontraron a 12 posibles testigos. Uno de ellos habló.
El 12 de mayo, como a la 1 de la mañana subía unos señores mayores en él, centro. Traían dos maletas grandes. ¿A dónde los llevó? A La Tapo, la terminal de autobuses. ¿Estás seguro? Sí, los dejé ahí enfrente. Dijeron que iban a tomar un camión foráneo. La policía corrió a la tapo. Mostraron las fotos en las taquillas. Nadie los recordaba.
El 12 de mayo era jueves y la terminal estaba repleta de gente. No había cámaras. La pista volvió a enfriarse, pero apareció otro testigo, un barrandero llamado Juan, que limpiaba las calles. De madrugada. El 12 de mayo, como a las 4 de la mañana, vi una camioneta blanca estacionada en el callejón de atrás de la joyería.
¿Qué tipo de camioneta? Unas taquitas blancas. Parecía que estaban subiendo carga. ¿Quién estaba subiendo la carga? Dos hombres. Eran jóvenes. Les vio la car. No estaba muy oscuro, pero uno de ellos hablaba por un teléfono de esos de ladrillo. Decía, “Ya apúrate a terminar esto.” El comandante se emocionó. ¿Pudo ver las placas? No.
La vi por detrás y seguí caminando. Los testimonios se contradecían. El taxista decía haberlos llevado a la 1 de la mañana a la terminal y el barrendero vio la camioneta a las 4. Ambos no podían ser verdad. El comandante hizo un careo entre los dos. El taxista insistió. Yo estoy seguro de que lo subí a la uno. Eran ellos y fuimos a la tap.
El barrendero no se dio. Yo pasé a las 4 y vi la camioneta con esos dos tipos cargando cosas. Uno de los dos mentía o ambos habían visto a personas distintas. La policía estaba confundida. El comandante regresó al punto de partida. Tenía que escarvar. Más en la familia. Previsó a fondo las finanzas de dijo mayor Beto.
Confiscó sus cuentas bancarias. Se reveló un dato escandaloso entre 1987 y principios de 1988. Beto había perdido 80,000 pesos en apuestas, lo que en ese entonces equivalía a una casa en las afueras de la ciudad le debía a prestamistas que le cobraban el 10% de interés mensual. Sus padres sabían de esto. Beto negó. No lo sabían. No mienta.
Su hermano menor testificó que su madre estaba muy preocupada. Sus deudas. El rostro de Beto se desfiguró. Y si lo sabían, ¿qué? La deuda ya estaba. Su padre se la pagó. Number. Entonces, ¿qué son esos 5000 pesos que entraron a su cuenta el 11 de mayo? Ya le dije que un amigo me los prestó.
¿Cómo se llama su amigo? Beto guardó silencio. Después de un largo rato murmuró, “No me acuerdo.” El comandante golpeó la mesa. “Simiente lo encierro. Sus padres están desaparecidos. Si no coopera, lo voy a tratar como el principal sospechoso.” Beto se levantó de un salto. “Yo no fui, le digo que estaba en la cantina.
Le pregunto dónde estaba a las 6 de la tarde.” “En mi casa.” Compruébel. Beto no pudo responder. Se dejó caer en la silla agarrándose la cabeza. De verdad no sé. Yo tampoco sé a dónde se fueron mis papás. Sin pruebas físicas, la sospecha no bastaba para arrestarlo. Volvieron a citar a Carmen, la hermana. Se llevaba mal con sus padres, ¿verdad?, preguntó el comandante. Carmen contestó molesta.
Tampoco es para tanto. Pero es cierto que desde que se casó dejó de buscarlos. Es que ando muy ocupada. Sus padres le mandaban dinero. Carmen dudó. A veces, ¿cuánto? Como unos 1000 pesos al mes. Era bastante. Tampoco es tanto. Queriar a los niños sale caro. El esposo de Carmen era oficinista y ganaba unos 4000 pesos al mes. [carraspeo] Recibir 1000.
extra de los padres no era poco. Si sus padres desaparecen, usted estaría en problemas, ¿no? Ya no recibiría ese dinero. La cara de Carmen se endureció. ¿Qué me está queriendo decir? El comandante la miró fijamente. Carmen apartó la mirada. ¿Usted sabía que su hermano le andaba pidiendo dinero a sus padres? Escuché algo.
¿Sabe cuánto les pidió exactamente? No, pero una vez mi mamá me llamó diciendo que mi hermano le daba muchos dolores de cabeza y su padre. Mi papá estaba furioso, hasta dijo que lo iba a desheredar. Era un testimonio clave. Don Roberto planeaba dejar a su hijo mayor fuera de la herencia. Eso le daba un motivo a Beto para actuar antes de que se redactara testamento.
El comandante volvió a llamar a Beto. Su padre planeaba quitarle la herencia. Beto se sorprendió. ¿Quién le dijo esa mentira? Mi hermana. Entonces, su padre nunca dijo eso. Beto se mordió el labio. Sí lo dijo, pero no era en serio. ¿Usted cómo sabe? Mi papá siempre decía cosas así cuando se enojaba. Al día siguiente se le pasaba.
El 10 de mayo también se pelearon. Beto no contestó. Ese día a las 6 de la tarde ustedes estaba en la joyería, ¿verdad? El cliente de Tepito vio a un hombre joven al fondo. Y a fuerza tengo que ser yo que no hay más gente. Si no es usted, es su hermano, no hay de otra. Beto agachó la cabeza.
Después de un rato murmuró, “Sí, fui yo. Por fin una confesión.” ¿A qué hora fue? Como a las 5:30. ¿A qué fue? A pedirle dinero. ¿Se lo dio? No, se enojó muchísimo. ¿Qué le dijo? Un vividor como tú no es hijo mío. No te quiero volver a ver la cara. La voz de Beto temblaba, se le salieron las lágrimas. Y entonces, entonces me salí, salí como a las 6 y me fui a la cantina.
No fui a ningún otro lado, no me fui directo. El comandante calculó los tiempos de la joyería la cantina no se hacía más de media hora. Si salió a las 6, a las 6:30 ya debía estar ahí. Pero había llegado a las 7, tenía una hora en blanco. ¿Qué hizo esa hora perdida? Me quedé caminando. ¿Por dónde? Por las calles del centro.
Estaba tan enojado que caminé sin rumbo. Hay testigos. Number. Nuevamente no había cómo probarlo. El comandante interrogó otra vez a Miguel. Ángel, el menor. Sabía que su hermano fue a ver a su papá el 10 de mayo por la tarde. Miguel Ángel asintió. Beto me llamó. Me dijo que mi papá no le quiso dar el dinero y que estaba.
furios cómo sonaba su hermano. Daba miedo, parecía que estaba borracho. ¿Qué le dijo exactamente? Miguel Ángel dudó y luego habló. Dijo que quería vengarse de mi papá. El comandante dejó de escribir. Vengarse. Sí, pero yo pensé que lo decía de dientes para fuera, siempre que toma dice, “Tonterías.” ¿Qué dijo exactamente? dijo, “Como mi papá me tiró la basura, yo también lo voy a tirar a él.
Algo así. Era la pieza que faltaba. El comandante ordenó la detención de Beto. Queda detenido por sospecha de homicidio. Beto gritó. Yo no fui. Lo dije de puro coraje, pero no hice nada. ¿Dónde están sus padres entonces? No lo sé. De verdad, no lo sé. La policía cateó nuevamente la casa de Beto.
Revisaron roperos debajo de la casa. Cama, la cocina, el baño. Buscaron sangre, pero no había nada. Tampoco encontraron alarma ni objeto de sus padres, ni una sola prueba física. El Ministerio Público lo dejó libre por falta de pruebas a las 48 horas. Al salió de la delegación, Beto murmuró, “Es una injusticia. Yo no fui. El comandante sentía la frustración.
El 20 de mayo registraron todos los alrededores de la collería por si los cuerpos habían sido abandonados cerca. Nada. Volvieron a interrogar a todos los comerciantes. ¿Qué tipo de personas eran los garsa? Muy buenas gentes, respondían. Nunca transaban a los clientes y eran hombres de palabra. Hablaban de sus hijos.

Sí, dijo un locatario. Sufrían mucho por el mayor. Decían que el vicio del juego lo tenía perdido, pero que al fin y al cabo era su hijo. Otra comerciante añadió, “Una vez doña María Elena me dijo llorando que les mandaban dinero a todos sus hijos cada mes y que ni las gracias les daban.” Efectivamente, los padres les depositaban a los tres.
A Beto 5000 pesos, Carmen 1000 y al menor 2000. Eran 8000 pesos mensuales en total, pero a los hijos no les bastaba. El comandante suspiró. Hijos buscando quedarse con todo. Qué desgracia. Pero seguía sin poder probar el crimen. En 1988, si no había cuerpo ni huellas, sangre, no se podía probar un asesinato. El 30 de mayo, la investigación prácticamente se cerró.
Como último intento, el comandante Nacho fue a la joyería, miró el local vacío, solo quedaban las vitrinas. Se agachó frente a la caja fuerte. Tiene que haber algo. Miró dentro de la caja. Solo había polvo en el fondo. Golpeó las paredes buscando un doble fondo, pero sonaba macizo. Justo en ese momento vio algo brillar en la esquina de la caja fuerte.
Con unas pinzas levantó un pequeño botón café. Parecía de una camisa de hombre. Y esto, la ropa de don Roberto ya había sido analizada y no faltaba ningún botón. [carraspeo] ¿De quién era entonces? El comandante lo guardó en una bolsa de evidencia, pero con la tecnología de la época, un simple botón no servía para encontrar al dueño.
Salió de la joyería con el corazón pesado. El caso quedó como no resuelto, pero el instinto del comandante de seguía diciendo, “Aquí hay algo raro. Alguien de la familia sabe lo que pasó.” En junio de 1988, el caso explotó en los periódicos y noticieros de televisión. Matrimonio de joyeros desaparece sin dejar rastro junto a 2 millones de pesos.
Lingotes de oro. Llovieron las llamadas ciudadanas. Vi a unos viejitos padecidos en Monterrey. La policía iba, pero resultaba ser gente distinta. Hay una pareja sospechosa en un hotel de paso en Guadalajara. Tampoco eran. Hubo bromistas que pedían recompensa a cambio de información falsa. El comandante estaba agotado.
En julio, sus superiores lo presionaron. Comandante, cierra el caso. Es un desperdicio de recursos. Todavía hay mucho que investigar, protestó él. ¿Qué más va a buscar? No hay cuerpos, no hay pruebas. Dice que la familia es sospechosa, pero sin evidencias no puede hacer nada. Tráigame pruebas o ciérrelo. En agosto el caso fue archivado oficialmente, pero el comandante Nacho rindió.
En su tiempo libre seguía yendo al centro histórico a preguntarle los comerciantes. Casi todos negaban haber visto algo nuevo hasta que un locatario le comentó algo extraño. En invierno vi al hijo mayor. Estaba parado afuera de la joyería altas horas de la noche. ¿Qué estaba haciendo? Nada.
No más se le quedaba viendo la cortina. Se quedó un buen rato y luego se fue. ¿Cuándo fue eso? Como en diciembre después de Navidad. El comandante lo anotó. Beto había vuelto a la escena del crimen meses después. ¿Por remordimiento o había otra razón? Buscó a Beto de manera extraoficial. Me dijeron que en diciembre fue a pararse afuera de la joyería.
Beto se asustó. ¿Usted cómo sabe? ¿A qué fue? Beto guardó silencio y luego respondió, “Me acordé de mis papás. Eso es todo. No fue a verificar si había dejado algo de que habl. Encontramos un botón. ¿Es suyo?” Beto negó rotundamente. Ese botón no es mío. Vamos a ver. El comandante revisó el closet de Beto, sacó todas sus camisas y las revisó.
Había una camisa que tenía botones cafés idénticos. Esta camisa es suya, ¿verdad? Beto se encogió de hombros. Esos botones los venden en cualquier mercería. Eso no prueba nada. Tenía razón. En 1988 no se hacían pruebas de fibras ni de ADN. Un botón no. Comprobaba un asesinato ante un juez. El comandante sintió frustración.
En 1989 fue transferido a otra división. El caso de la joyería pasó al archivo de casos sin resolver. Pasaron los años 1990 1995, el año 2000. Los esposos Garza seguían desaparecidos. Los hijos hicieron su vida. Beto siguió apostando y endeudándose. Carmen siguió con su familia en Puebla. Miguel Ángel se casó y siguió trabajando en las fábricas.
El local de la joyería fue rentado para poner otro negocio. La gente se fue olvidando del matrimonio hasta que en el otoño de 2003 todo volvió a empezar. Una llamada anónima. alertó a la policía de la ciudad de México. Beto Garza acaba de pagar 500,000 pesos de deudas de juego. El origen del dinero es muy raro. El agente a cargo buscó en los archivos.
Encontró el expediente de 1988. C. Asignó un nuevo equipo liderado por el agente investigador Javier Mendoza. Detective joven. Javier leyó el expediente toda la noche, incluyendo las notas que dejó el viejo comandante Nacho. Esto fue un crimen familiar, sin duda, pensó el agente, Javier. Y la tecnología de 2003 ya no era la de 1988, ahora existía el ADN y informática forense bancaria.
La cacería comenzó de nuevo. El primer interrodado fue Beto, ahora de 47 años con aspecto descuidado y aliento alcohólico. ¿De dónde sacó los 500,000 pesos? De un traspaso de un local. Pero cuando verificaron el contrato de traspaso fechado en agosto de 2003 a EGA, nombre de una tal María Luisa, resultó ser falso. El agente Javier llamó al supuesto número del contrato y la mujer al otro lado de la línea no tenía idea de qué le hablaban.
Javier miró fijamente a Beto. Falsificó el contrato, ¿verdad? Beto sudaba frío, ¿no? Entonces la señora María Arvisamiente, Beto cayó. El agente Javier rastreó la transferencia bancaria al ver el nombre del remitente quedó en shock. El dinero venía de una cuenta a nombre de María, Elena Valdés, la madre de Beto, desaparecida hacía 15 años.
15 años después de esfumarse en el centro histórico, una cuenta bancaria, nombre de un fantasma realizaba un depósito enorme. Estaba viva. Alguien robó su identidad. En la siguiente parte, el equipo de 2003 desenterrará evidencias digitales, registros de cajeros automáticos y un objeto crucial oculto bajo la madera de la vieja joyería que lo cambiará todo.
7 de octubre de 2003. El agente Javier Mendoza reunió a su equipo. Es un caso de hace 15 años, pero tenemos una pista nueva. Pegó el estado de cuenta en el pizarrón. Estaba marcado con marcatextos sonrojo. 15 de agosto de 2003. Transferencia de 500,000es de la cuenta de María. Elena Valdés a la cuenta de Roberto Garza Valdés.
El problema es que la señora María Elena desapareció en 1988. Los agentes murmuraron. Una cuenta de una muerta moviendo dinero. Javier asintió. de una persona desaparecida legalmente, no hay cuerpo. Y si está viva, tenemos que averiguarlo. Javier fue al banco y pidió el historial completo desde 1988 hasta 2003. Resultado fue escalofriante.
La cuenta no había dejado de usarse después del 12 de mayo de 1988. El primer movimiento después de la desaparición fue el 20D, marzo de 1990. Alguien retiró 1,000 pes. En 1992 retiraron 2,000. En 1995 3,000. En 1998 5,000. Y en 200000es. Hubo 12 retiros en total. Verifiquen la ubicación de todos los cajeros automáticos donde se hicieron los retiros ordenó Javier.
A los dos días tenían la respuesta. Todos los cajeros estaban en el área metropolitana, dos en la calle Madero, tres en el Zócalo, cuatro por Bellasartes y tres en la colonia Guerrero. Javier los marcó en el mapa. Todos los cajeros estaban en un radio de 2 kilómetros alrededor del centro histórico. Alguien que vivía por la zona estaba usando la tarjeta.
Verificaron el domicilio de Beto desde 1990 hasta 2003 había vivido unas cuadras del centro. Todo apuntaba a él. Javier mandó traer a Beto. Usted ha estado usando la tarjeta de su madre, ¿verdad? Beto lo negó. No, yo no sé nada de eso. Entonces, cree que su madre desaparecida iba al cajero. Los 12 retiros hicieron encajeros a menos de 2 km de su casa.
Mucha coincidencia, ¿no? Beto se mordió el labio. ¿Sabe el nib de la tarjeta? Beto no contestó. Su madre se lo dijo o usted lo adivinó. Beto agachó la cabeza y murmuró. Era la fecha de nacimiento de mi papá. había confesado. Entonces, ¿fue usted? No todos. Yo no más saqué dinero como tres veces. En 1995, 1998 y en el 2000.
Había revisor estado de cuenta. Esos tres retiros eran los más fuertes antes de la transferencia. ¿Quién hizo los otros retiros? Beto no respondió. su hermano. Beto levantó la cabeza sorprendido. Como el hermano menor Miguel Ángel también había vivido en la misma zona desde 1990. Citaron a Miguel Ángel que ya tenía 50 años.
Parecía un obrero común y corriente. ¿Ha usado la tarjeta de su madre? ¿Qué dice? Claro que no. Tenemos registros desde 1990. Su hermano mayor confesó haber hecho tres retiros y dijo que usted hizo lo demás. Miguel Ángel se puso pálido. Él le dijo eso. Sí, fui yo. ¿Cuántas veces? Cuatro veces. En 1990, 1992, 1998 y este año. Javier hizo cuentas.
Tres del hermano mayor, cuatro del menor, siete en total, pero había 12 movimientos. ¿Quién hizo los otros cinco retiros? Miguel Ángel negó con la cabeza. No sé. Su hermana, no creo. Ella vivía en Puebla. Llamaron a Carmen, que ya tenía 54 años y lucía cansada. Usó la tarjeta de su madre.
Carmen abrió los ojos como platos. ¿Qué? Mis hermanos dausaron. Yo no sabía nada. He estado en Puebla todos estos años cuidando a mis hijos. Ni me entero de lo que hacen ese par. Verificaron sus registros domiciliarios y era cierto. Llevaba en Puebla ininterrumpidamente desde 1989. Entonces, ¿quién hizo los otros cinco retiros? Carmen pensó momento.
¿Y si mandaron a algún amigo a sacar el dinero para que no los vieran? Era posible. Javier hizo un careo entre Beto y Miguel Ángel. ¿Mandaron a alguien más al cajero? Beto habló primero. Una vez le pedí el favor a un amigo. ¿Cómo se llama? No me acuerdo. Javier se molestó. Otra vez con que no se acuerda. Igual que hace 15 años. Beto bajó la mirada.
Miguel Ángel también admitió. Yo mandé a un compadre una vez porque necesitaba el dinero urgente y yo estaba trabajando. Faltaban tres retiros por explicar. Javier revisó los horarios de los cajeros. Muchos fueron en días entre semana al mediodía o a las 4 de la tarde. En algunos horarios los hermanos estaban trabajando o tenían cuarta.
El 20 de mayo de 2003 a las 8 de la noche, ¿qué estaban haciendo? Miguel Ángel dijo, “Ese día fui yo el cajero.” Fue solo. Miguel Ángel dudó. Fui con mi hermano. Beto saltó de la silla. Cállate, imbécil. Tú me dijiste que te acompañara. Yo me quedé afuera. Tú fuiste el que sacó el billete. Tú tenías el NIP.
Ambos empezaron a gritarse. Javier los interrumpió. Los dos son cómplices, quedan acusados de uso indebido de tarjetas, falsificación de documentos. Ambos enmudecieron. Javier fue al grano. Pero díganme algo, si su madre desapareció, ¿cómo es que ustedes tenían su tarjeta bancaria? Beto tragó saliva. Estaba en la casa. ¿En cuál casa? en la de mis papás.
Cuando estábamos recogiendo sus cosas después de que desaparecieron, ahí la encontramos. ¿Cuándo fue eso? Como en 1989. Entonces, ¿no lo usaron durante un año. Sí, nos daba miedo. ¿Miedo o qué? Beto no contestó. Aier sabía la respuesta. Tenían miedo de que sus padres regresaran y lo descubrieran. Pero al pasar un año tuvieron la certeza de que nunca volverían.
¿Ustedes creían que su madre estaba viva? No, dijo Beto. ¿Sabían que estaba muerta? No sé. No sea del tonto. Si sabían que estaba muerta, por eso empezaron a sacar el dinero, ¿verdad? Ninguno respondió. Javier lanzó la pregunta final. ¿Cómo mataron a su madre? Beto gritó, “Yo no la maté. Entonces, ¿quién fue?” No lo sé.
Se lo juro por Dios que no lo sé. Miguel Ángel también lloraba. “Nosotros tampoco sabemos, no más desaparecieron.” Javier los miraba convencido de que mentían, pero no tenían a prueba definitiva. En ese momento, un agente entró corriendo. “Jefe, llamaron de la obra donde estaba la joyería. Estaban demoliendo el edificio y encontraron algo raro bajo el piso.
El 15 de octubre de 2003, Javier llegó a la calle Madero, las retroexcavadoras y habían tirado paredes. El jefe de Ova lo llevó a lo que era el interior del local. Los tablones de madera del suelo estaban levantados. Al quitar la duela vimos que había un hueco abajo”, dijo el ingeniero. Javier alumbró con su linterna.
Era un espacio angosto como de 30 cm. De alto había bulto envuelto en trapos viejos. Javier se puso guantes y lo sacó con cuidado. Al abrirlo encontró dos cosas, un reloj de pulsera dorado y un anillo de plata. A Javier se le cortó la respiración. Era altamente probable que fueran las joyas de los esposos Garsa.
Revisó el reverso del reloj. Había un grabado minúsculo. 12 de mayo de 1970. Para Roberto de María Elena. Era un regalo de aniversario. Revisó al interior del anillo. También tenía algo escrito, pero no era un grabado de joyero. Eran rayones irregulares hechos a la menos. Fuerza. Javier usó una lupa. Las letras formaban una palabra, auxilio. Javier sintió escalofríos.
Doña María Elena había arañado ese mensaje en su anillo en sus últimos momentos de vida. ¿Con qué lo hizo? Tal vez con un clavo, una aguja o un alfiler aplicando muchísima fuerza. Imaginó una mujer encerrada en oscuridad sacando fuerzas de donde no tenía. Para dejar ese mensaje envió todo al servicio médico forense Semefo.
A los dos días llegó el reporte. El reloj tenía micro rastro de sangre. ¿Qué tipo de sangre? Sangre de tipo A. Don Roberto era tipo A. Solicitaron muestras de ADN a los hijos una semana. Después se confirmó que la sangre en el reloj era de don Roberto. El padre había sido atacado de forma violenta. Del anillo, aunque habían pasado 15 años, lograron recuperar fragmentos de una huella dactilar que coincidió parcialmente con los registros de doña María. Elena.
Todas las pruebas estaban reunidas. Los esposos habían sido asesinados dentro de la joyería y el reloj y el anillo fueron escondidos bajo el suelo. Javier citó a los dos hermanos al mismo tiempo. Encontramos el reloj de su padre y el anillo de su madre. Los rostros de ambos palidecieron. El reloj tiene sangre de su padre y el anillo tiene la palabra auxilio rayada por dentro. Beto preguntó temblando.
Es es en serio son los resultados del semefo. No estoy jugando. Miguel Ángel bajó la vista. Porque se escondieron bajo el piso. Los presionó Javier. Nosotros no fuimos. Entonces, ¿quién creen que sus papás los escondieron solos? Beto no supo que contestar. O fue uno de ustedes o los dos fueron cómplices.
De repente, Miguel Ángelitó, “Fue mi hermano. Él hizo todo.” Beto se levantó enfurecido. “¿Qué dices? Yo solo hice lo que tú me dijiste. Yo no más te ayudé.” Los hermanos se balanzaron a los golpes. Los agentes tuvieron que separarlos. “Llévenlos a cuartos separados”, ordenó Javier. Javier se quedó a solas con Beto.
Tu hermano dice que tú hiciste todo. Es un mentiroso. Yo no hice nada. Entonces lo hizo él solo. No sé. No te hagas. Alguno de los dos es el asesino. Beto negó desesperado. De verdad no sé. Mis papás desaparecieron y ya. Javier se fue a la otra sala. Miguel Ángel estaba llorando sobre la mesa. Habla ya. ¿Qué pasó esa noche? Miguel Ángel levantó la cara, tenía los ojos muy hinchados.
Mi hermano Beto le fue a pedir dinero a mi papá el 10 de mayo de 1988. Correcto. Sí. Me habló por teléfono. Dijo que mi papá no le quería dar ni un peso y que estaba como loco. Y luego pues me fui a la joyería. Llegué como a las 8 de la noche. ¿Quién estaba ahí? Mi papá, mi mamá. Y Beto, ¿cómo estaba el ambiente? Miguel Ángel empezó a soyar.
Estaba horrible. Beto gritaba, mi papá le gritaba más fuerte y su madre, mi mamá no más lloraba. Javier anotaba todo. ¿Qué pasó después? Yo quise calmar a Beto. Le dije que ya le parara, pero se volteó contra mí. me dijo que yo siempre defendía a los viejos, que a él lo andaban cazando por las deudas y que yo lo dejaba morir solo.
Luego, luego ya no me acuerdo bien. No mienta, es en serio. Como me había echado unos tequilas antes de llegar, se me borró el cassette. Javier no le creyó. Miguel Ángel estaba ocultando algo grave. Cuando usted salió de la tienda, sus padres estaban vivos. Miguel Ángel se quedó callado. Conteste, “No sé.
¿Cómo que no sabe? Si estaban vivos, los vio y si estaban muertos, vio los cadáveres.” Miguel Ángel solo lloraba desconsolado. Javier regresó con Beto. Su hermano confesó. Dijo que llevó la joyería a las 8. Beto no se inmutó. Sí, es cierto. ¿Por qué no lo dijo antes? No quería meterlo en problemas. ¿Qué pasó ahí adentro? Beto se quedó en silencio un largo rato.
Luego empezó a hablar muy despacio. Le pedí 10,000 pesos a mi papá. Era para pagarle a los agiotistas. Me iban a quebrar. Mi papá me dijo que ni madres. Mi mamá le rogaba que me los diera, que me iban a matar. Pero mi papá se puso furioso. ¿Qué le dijo? Beto tembló. Las deudas de tus vicios las pagas tú. Para mí ya estás muerto.
No eres mi hijo. Se enfureció usted sí. Sentí que me hervía la sangre. Lo golpeó. Beto negó frenéticamente. No lo toqué, se lo juro. Entonces, ¿qué hizo? Le pegué de gritos, pateé una silla y me largué. ¿A qué hora se fue? Como a las 8:30. ¿Y su hermano? Él se había salido antes. Dijo que no aguantaba los gritos y se fue.
O sea, que sus padres se quedaron solos. Sí. Javier organizó la línea de tiempo. 6 de la tarde llega Beto, pelea con el padre. 8 de la noche llega Miguel Ángel, la pelea sigue. 8:10 de la noche Miguel Ángel se va. 8:30 PM, Beto se va. ¿Con quién estuvieron los padres después de eso? ¿Acaso llegó alguien más después de que usted se fue?, preguntó Javier.
No sé, ya no estaba ahí. ¿Esperaban a alguien? Beto pensó un momento. Iba a venir una persona. ¿Quién? No sé exactamente. Escuché a mi papá hablando por teléfono. Dijo que lo esperaba a las 9 de la noche. ¿Escuchó el nombre? No, pero mi papá le hablaba con mucha confianza, como si fuera de la familia. Un familiar. Podría ser.
Javier revisó los viejos expedientes de 1988. Nadie había investigado quién. Visitó la tienda a las 9 de la noche. Revisaron nuevamente los libros de contabilidad. En el margen de la página del 10 de mayo, escrito muy tenue aporta más lápiz decía cerca de la casa. ¿Qué significaba? Alguien que vivía cerca de la casa de los Garza. La familia.
Vivía a 10 minutos a pie de la joyería, todavía en el centro. Revisaron el árbol. Genealógico. Don Roberto tenía un hermano menor, Arturo Garza Ortiz. En 1988, Arturo vivía una escuadra de la casa de don Roberto. Su domicilio encajaba perfectamente con cerca de la casa. Javier buscó a Arturo, pero fallecido en 1995. Localizaron a su hijo Carlos Garza Navarro, que ahora tenía 48 años y trabajaba en bienes raíces.
En 1988, ¿recuerda dónde fue su padre la noche del 10 de mayo? Carlos negó, “¿Cómo me voy a acordar de una noche hace 15 años? Su padre visitaba mucho a su tío en la joyería.” Sí, seguí. El agente estaba seguro de que el tío Arturo había ido a las 9 de la noche, pero como ya estaba muerto, ¿cómo comprobarlo? Miguel Ángel recordó algo. Creo que sí fue mi tío Arturo.
Cuando yo me iba de la tienda, sonó el teléfono. Mi papá contestó y dijo, “Ándale, aquí te veo al rato.” Le hablaba de tú muy familiar. Todas las piezas empezaban a encajar. A las 9 de la noche, Arturo visitó la joyería y después desaparecieron un familiar. Por eso el viejo comandante Nacho sentía que la respuesta estaba en la sangre.
Javier le preguntó a Carlos sobre las finanzas de su difunto padre en 1988. Mi papá andaba muy mal. Su negocio de venta de ropa al por mayor estaba quebrando. Tenía muchas deudas. ¿Cuánto debía? Como unos 100,000 pesos de los de ahora. En 1988. Eso era el valor de una casa entera. Le pidió prestado a su tío Roberto. Sí, me acuerdo que sí.
Javier revisó los estados de cuenta bancarios de Arturo. Entre 1987 y 1988 había recibido tres cheques de don Roberto por un total de 100,000 pesos. Y su padre le pagó esa deuda a su tío. No sabría decirle. No había registro de ningún pago de vuelta hasta mayo de 1988. Javier armó la teoría. Arturo estaba ahogado en deudas. Necesitaba dinero.
La noche del 10 de mayo fue a ver a su hermano Roberto, seguramente para pedirle más. Pero Roberto, que ya venía furioso por la pelea con Beto, se lo negójantemente. Su padre era violento, le preguntó a Carlos. Err de mecha muy corta. Si tomaba se ponía agresivo. Carroz también contó algo inquietante.
A mediados de mayo de ese año, mi papá empezó a tomar muchísimo. Llegaba borracho todos los días. En las noches gritaba dormido. Decía, “Perdóname, hermano, perdóname.” Una vez de pregunté por mis tíos y me pegó un grito. Me dijo que nunca más volviera a mencionarlos. Todo cuadraba. Arturo, el tío, había matado a su propio hermano y a su cuñada, pero lo hizo solo.
Javier volvió al cuarto de interrogatorios con los dos hermanos. Su tío Arturo fue a la joyería esa noche. Ustedes lo sabían, ¿verdad? No, dijeron ambos. Claro que lo sabían. Él llegó 30 minutos después de que ustedes supuestamente se fueron. Ustedes lo planearon todo con él. Beto saltó. Está loco. Nosotros no sabíamos nada.
Usted salió a las 8:30 y llegó a la cantina a las 9. Hizo media hora caminando un trayecto de 10 minutos. Usted regresó a la tienda. No regresé. Caminé despacio porque estaba [ __ ] sin cuartada, sin pruebas. Javier estaba frustrado. El asesino principal estaba muerto. Los cómplices de negaban todo. De pronto, una gente trajo un dato que lo cambió todo.
Jefe, el barrendero dijo que vio una camioneta estaquitas blanca a las 4 de la mañana del 12 de mayo. ¿Se acuerda? Sí. El tío Arturo tenía una camioneta blancas su nombre en 1988. Javier se puso de pie. Búsquenla. La camioneta había sido enviada a un desgosadero en Talne Pantla en el año 1990. Tardaron tres días en encontrar los restos del chasís en un cementerio de chatarra.
Verificaron el número de serie. Era la camioneta D. Arturo aplicar un nominol en el óxido de lo que quedaba de la caja trasera. Brilló, había sangre. El análisis de ADN confirmó que era la sangre de don Roberto tipo A y de doña María Elena tipo O. Las pruebas confirmaban él, parentesco con dos hijos. Era la prueba irrefutable. Arturo usó su camioneta para mover los cuerpos la madrugada del 12 de mayo.
Javier confrontó a los hermanos con evidencia. Encontramos la sangre de sus padres en la camioneta de su tío Arturo. Se acabó el juego. Beto y Miguel Ángel se quedaron petrificados. Su tío los mató y movió los cuerpos. ¿Dónde los escondieron? Los hermanos empezaron a llorar desesperados. No sabemos.
Nosotros no le ayudamos a matarlos. En ese momento, Carlos el primo, llamó por teléfono. Agente, he estado revisando unas cajas viejas de mi papá y encontré su diario. De 1988. Javier voló a recogerlo. Las hojas estaban amarillentas. Abrió el mes de mayo. 10 de mayo. Fui con Roberto, le pedí más tiempo y más dinero.
Me mandó al [ __ ] Me enojé. Fui a tomar unos tequilas, regresé a las 9. Las hojas siguientes estaban en blanco hasta el 15 de mayo. 15 de mayo. Perdóname, hermano. Perdóname, María Elena. Me volví loco. ¿Qué? Dios me perdone. Y al final de la página frase suelta. En el sótano de la joyería, Javier sintió un vuelco en el estómago.
Sótano? La joyería tenía sótano. Revisaron los planos arquitectónicos de 1988. Efectivamente, había una bodega subterránea, pero en los años 90 la rellenaron de cemento. Consiguieron una. Orden judicial, metieron taladros neumáticos y rompieron el concreto. Allí, enterrados, encontraron dos esqueletos humanos.
Las osamentas contaron la historia final en el semefo. El esqueleto masculino tenía el cráneo fracturado del lado izquierdo por un golpe como un oqueto contundente. El femenino tenía los huesos del cuello rotos, la habían estrangulado. Pero Javier sabía que faltaba algo. El tío había movido dos cuerpos que pesaban más de 60 kg cada uno, y había echado cemento él solo en plena madrugada.
Imposible. Acorraló a los hermanos con la lógica y al final se quebraron. Sí, síamos, confesó Miguel Ángel entre lágrimas. El 12 en la mañana nos llamó, nos dijo que hubo un accidente, que se habían peleado y que se le pasó la mano. Nos dijo que si decíamos algo la policía nos iba a meter a la cárcel a todos, porque habíamos estado ahí pidiendo dinero horas antes y como le debíamos a los prestamistas, nos ofreció darnos dinero si ayudábamos a esconderlos.
Fueron de madrugada. Entre los tres envolvieron a sus padres en cobijas. Bajaron al sótano, los cubrieron de tierra y el tío preparó la mezcla de cemento para sellarlos. Beto, en un ataque de remordimiento retorcido, había escondido el reloj y el anillo de su madre bajo la duela de madera antes de irse.
¿Por qué usaron la tarjeta de su madre año después?, preguntó Javier asquiado. Beto bajo la vista. El tío Arturo nos dijo el NIP antes de morir de cáncer. nos dijo que ya no importaba que usáramos ese dinero. Aún queda una mentira por destruir. Los hermanos juraban que solo llegaron a ayudar a mover los cuerpos días después que no presenciaron el asesinato.
Pero el equipo de Javier fue a un viejo estudio fotográfico en la calle Bolívar. Dueño, un anciano de 70 años. Solía tomar fotos de las calles de madrugada, los años 80 para un proyecto personal. Revisaron los negativos de mayo de 1988 y ahí estaba. Una foto tomada las 5 de la mañana del 11 de mayo, la madrugada del asesinato, no días después.
La foto. Tres hombres cargaban bultos pesados por el callejón trasero de la joyería. Eran el tío Arturo y los dos sobrinos. Estuvieron ahí desde el principio. Ante la foto, Beto finalmente se derrumbó y confesó la verdad. El 10 de mayo, después de salir enojados de la joyería, Beto fue a buscar a su tío Arturo.
Dijo que Roberto no quería soltar un peso. Arturo, desesperado por sus propias deudas, les dijo que fueran los tres juntos a exigírselo, por las buenas o las malas. Regresaron a las 9 de la noche. Roberto se enfureció al ver los aliados para extorsionarlo. Empezaron los empujones. Arturo empujó a Roberto, quien se golpeó la cabeza contra la esquina de la pesada caja fuerte de acero, muriendo instante.
Doña María Arena empezó a gritar pidiendo auxilio. Arturo, en pánico, se le echó encima y la estranguló para callarla. Mientras los dos hijos, petrificados por el miedo y la cudicia no hicieron nada para salvarla. Se repartieron el botín de la caja fuerte. El tío Arturo se quedó con el oro, el efectivo grande.
Les dio 100,000 pesos a cada sobrino, una cantidad enorme para la época, para comprar su silencio y lealtad. Y durante 15 años fingieron buscar a sus padres. En febrero de 2004, los hermanos fueron llevados a juicio en el reclusorio. Hermana Carmen fue declarada inocente, ya que ella realmente no sabía nada y había vivido alejada en Puebla.
El juez dicto sentencia. A Roberto Garza Valdés se le condena a 15 años de prisión. A Miguel Ángel Garza, Valdés, a 12 años de prisión. Aunque el autor material del homicidio fue el oxiso Arturo Darza, ustedes presenciaron el asesinato de sus padres, no los auxiliaron, ocultaron sus cadáveres bajo cemento, destruyeron evidencias y se enriquecieron con su dinero.
Es un crimen que va contra la naturaleza humana. La fortuna de los Garza, ganada con años de sudor y trabajo honesto, se esfumó. El tibo Arturo gastó su parte en negocios que fracasaron. Beto perdió todo apostando. Miguel Ángel se lo gastó en cantinas y deudas. El dinero manchado de sangre no les duró nada.
En marzo de 2004, después de 16 años, Carmen organizó el funeral de sus padres en el Panteón de Dolores. Los vecinos murmuraban, “No hay peor enemigo que el de tu propia sangre.” En 2019, Beto salió libre tras cumplir su condena. Era un anciano de 62 años. Los reporteros le preguntaron a la salida del penal, ¿qué haría ahora? Voy a ir al panteón a pedirles perdón, dijo con la mirada perdida en el suelo.
En 2023, Miguel Ángel también salió libre. Los hermanos nunca volvieron a hablarse. La familia quedó destruida para siempre. Hoy en 2025 el local del centro histórico es una tienda de ropa de moda. Nadie que pasa por ahí sabe que debajo de ese suelo ocurre una tragedia dictada por la avaricia. Don Roberto y doña María Elena trabajaron de sol a sol para dejarles un futuro a sus hijos.
En cambio, esa misma riqueza los convirtió en monstruos. [resoplido] El dinero saca lo peor de las personas. La ambición dentro de una familia puede ser más letal que cualquier asalto en la calle. ¿A quién le confiarías? ¿Tus hijos? Bienes. A veces las palabras es mi hermano o es mi hijo no son garantía de nada frente al brillo del oro.
El verdadero amor filial no se trata de esperar la herencia, sino de cuidar quienes nos dieron la vida mientras aún respiran. Si esta historia te ha hecho reflexionar sobre valor de la familia, déjanos tu opinión en los comentarios. Si quieres escuchar más casos donde la verdad siempre sale a la luz, suscríbete y dale like a la mirada del águila.
Nos vemos en el próximo caso. Que la paz ya. El amor guíen a sus familias. M.