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MIGUEL INCLÁN: El Villano que Predijo su Muerte y Apareció Muerto en Tijuana

A los 5 años ya tenía papeles pequeños. A los ocho dirigía sketches cómicos para el público que esperaba entre actos. A los 12 escribía sus propios libretos basándose en lo que veía en las calles. Historias de borrachos, de enamorados, de pícaros que engañaban a los ricos. El teatro ambulante fue su escuela, no tuvo otra.

Mientras otros niños aprendían a leer en pupitres de madera, él aprendía a proyectar la voz sobre el ruido de la calle. Mientras otros memorizaban las tablas de multiplicar, él memorizaba los gestos que hacían reír o llorar a los desconocidos. Y el rostro que la genética le dio sería su bendición y su maldición, porque Miguel Inclán tenía un rostro que no se olvidaba, facciones  duras como talladas en piedra, ojos profundos que podían transmitir la ternura más conmovedora o la maldad más escalofriante con solo un parpadeo.

una mandíbula  cuadrada, una presencia física que llenaba cualquier espacio, por grande que fuera. Era el tipo de rostro que los directores  buscan toda su vida y que los actores odian tener porque los encasilla para siempre. Su hermana Lupe eligió la comedia. Tenía talento para hacer reír para los personajes de sirvienta cómica, de vecina chismosa,  de madre entrometida.

Ella haría reír a México durante décadas en docenas de películas de la época de oro. Miguel eligió otro camino, o quizás el camino lo  eligió a él, él la haría temblar. Y cuando las carpas comenzaron a hacerse populares en los barrios céntricos de la Ciudad de México, cuando  el teatro ambulante encontró raíces en colonias como Tepito y Lagunilla, los hermanos Inclán estaban ahí en primera fila del nuevo entretenimiento popular, en el mismo circuito donde un joven flaco y desgarbado  estaba

inventando un personaje que cambiaría la comedia mexicana para siempre un personaje que hablaba enredado, que confundía las palabras, que hacía reír sin que nadie supiera exactamente por qué. Sí, Miguel Inclán y Mario Moreno trabajaron juntos en Minne de las carpas antes  de que Cantinflas existiera, antes de que cualquiera de los dos fuera famoso, antes de que el cine los descubriera  y los convirtiera en leyendas.

eran compañeros de oficio en el arte más antiguo del mundo, hacer que la gente sintiera algo, lo que fuera, risa, llanto, miedo, esperanza, cualquier cosa menos indiferencia. Pero sus caminos tomaron direcciones opuestas. Mario Moreno se convirtió en Cantinflas. Haría reír a México, a Latinoamérica, al mundo entero durante décadas.

Ganaría un globo de oro. actuaría en Hollywood, sería el comediante más querido de habla hispana. Miguel Inclán tomaría el camino contrario, no haría reír, haría odiar. Y ese odio, ese odio que provocaba en pantalla sería tan real, tan visceral,  tan profundo que la gente en la calle lo confundiría con sus personajes, le gritarían insultos en el mercado, lo mirarían con desprecio en el tranvía.

Creerían que el hombre que golpeaba ancianas en la pantalla  era capaz de hacerlo en la vida real. Pero antes de llegar a ese punto que pasar por el cine. 1938, México estaba cambiando. El cine sonoro había llegado una década antes y la industria cinematográfica crecía a pasos agigantados. Los estudios necesitaban actores,  muchos actores, y los buscaban donde siempre habían estado, en las carpas, en el teatro de revista, en los escenarios populares.

Nobleza ranchera, su primera película, Un papel pequeño, casi invisible, Pánfilo, un personaje que la mayoría de espectadores olvidaría antes de salir del cine. suficiente para que los directores notaran algo en ese actor de carpa. Había algo en su presencia, algo que la cámara capturaba y amplificaba, algo que hacía que los ojos del espectador lo buscaran incluso cuando no era el protagonista.

    El cementerio de las águilas, la película que glorificaba a los niños héroes, esos cadetes adolescentes que supuestamente murieron defendiendo el castillo de Chapultepec de los invasores estadounidenses. Propaganda patriótica del más alto nivel. Y ahí estaba Miguel Inclán interpretando al general Pedro María Anaya, un héroe de la guerra contra Estados Unidos.

un papel  de dignidad, de honor, de sacrificio. Junto a él, un joven actor que todavía no era el ídolo que llegaría a ser, Jorge Negrete, el futuro charro cantor, el futuro símbolo del macho mexicano. Los dos compartieron pantalla sin saber que sus destinos se cruzarían de manera más turbulenta años después.

Los primeros años de carrera fueron difíciles para Miguel Inclán. Papeles pequeños en películas olvidables. Un villano aquí, un campesino allá, un militar en una película, un bandido en la siguiente. El sistema de estudios mexicano funcionaba como una fábrica. producían cientos de cintas al año. Necesitaban actores de reparto que llenaran los huecos, que dieran textura a las historias, que hicieran  creíbles los mundos de fantasía ranchera que vendían al público.

Miguel Inclán era uno más. Talentoso, sí, memorable quizás, pero todavía no había encontrado el papel que lo definiría. Y entonces llegó 1943 y llegó Mexicanos al grito de guerra, la película que contaba  la historia del himno nacional mexicano, el origen de esas estrofas que todos los niños mexicanos memorizan en la escuela con Pedro Infante como  protagonista, interpretando a un soldado que defiende a la patria de la invasión francesa y Miguel Inclán interpretando  a Benito Juárez.

Piensa en eso un momento. Benito Juárez, el presidente más venerado de la historia de México, el benemérito de las Américas, el indígena zapoteca  que llegó a la presidencia sin saber hablar español, el hombre que derrotó al imperio  de Maximiliano y Carlota, el símbolo de la resistencia mexicana contra el colonialismo  europeo y lo interpretó Miguel Inclán.

ese mismo rostro duro y penetrante, esos mismos ojos que años después transmitirían la maldad más pura del cine  mexicano. Incl interpretaría a Juárez varias veces más a lo largo de su carrera. El villano perfecto también era el héroe perfecto. La misma presencia que aterrorizaba podía inspirar.

La dualidad estaba ahí desde el principio, plantada como una semilla que florecería en direcciones  opuestas. Pero lo que vino después fue aún más oscuro. 1944. Emilio Fernández, el indio Fernández, ya había trabajado con Inclán en dos películas menores. Sabía lo que ese actor podía hacer. sabía que había algo en su presencia que perturbaba al público de una manera que pocos actores lograban, una incomodidad, una sensación de peligro, como si el personaje pudiera salir de la pantalla y hacerte daño.

Y el indio Fernández necesitaba exactamente eso para su nueva película, María Candelaria, la  historia de una pareja indígena en Shochimilco. hermosa y pura como el agua de los canales, interpretada por Dolores del Río en uno de los papeles más icónicos de su carrera. Esos ojos enormes, esa piel  perfecta, esa fragilidad que hacía que el público quisiera protegerla.

Él, noble y enamorado hasta la médula, interpretado  por Pedro Armendari en su consagración como galán del cine mexicano. Un hombre dispuesto a todo por la mujer que amaba, dispuesto a trabajar hasta morir, dispuesto a enfrentar al mundo entero. y el villano, don Damián, el hombre que les haría la vida imposible, que los perseguiría, que destruiría su felicidad con la frialdad de quien aplasta a un insecto.

Miguel Inclán  Fernández sabía exactamente lo que hacía. Necesitaba un contraste brutal. La belleza de Dolores y Pedro contra la fealdad moral de don Damián, el amor puro  contra el odio vceral, la luz contra la oscuridad más profunda. La fotografía de Gabriel Figueroa era sublime.

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