En el complejo tablero político colombiano, donde la polarización suele dominar cada conversación, las figuras que prometen “mano firme” contra la delincuencia y el desorden social suelen atraer a sectores significativos de la población. Sin embargo, existe una línea delgada pero infranqueable entre el ejercicio legítimo de la autoridad para combatir el crimen organizado y la amenaza directa contra los derechos fundamentales de la ciudadanía. Esta distinción, que parece obvia en teoría, ha vuelto a cobrar relevancia tras el cambio de postura de figuras que antes veían en Abelardo de la Espriella una alternativa viable de poder.
El caso de Diego Fadiño, politólogo y opositor crítico del actual gobierno, es sintomático de una fractura más profunda. Fadiño, quien históricamente ha defendido la necesidad de un Estado con mayor autoridad, ha declarado públicamente que ya no votará por De la Espriella. Su razonamiento no parte de una debilidad ideo
lógica, sino de una convicción democrática: la diferencia entre combatir el narcotráfico y reprimir la protesta social a punta de “bala limpia” es, en sus palabras, abismal.

El Discurso de la Confrontación
La retórica de Abelardo de la Espriella se ha caracterizado por un tono de confrontación directa. En múltiples intervenciones, el abogado ha sostenido una postura intransigente frente a las manifestaciones sociales:
“Yo no voy a dejar ni que me bloqueen carreteras, ni que me maltraten a la fuerza pública… El que haga eso le voy a dejar caer todo el peso de la ley encima.”
Para sus seguidores, esta frase representa el orden y la autoridad que el país necesita. Para sus críticos, y ahora para quienes le retiran el apoyo, el problema radica en la ausencia de la palabra “diálogo” y en la estigmatización constante de quienes protestan. El uso de términos despectivos hacia sectores de la población —como llamar “imbéciles” a los ciudadanos por sus preferencias ideológicas— ha sido señalado como una forma de degradar el debate público, alejándolo de las propuestas de fondo para centrarlo en la descalificación personal.
La Protesta: Derecho Constitucional vs. Orden Público
El corazón del debate se centra en cómo un Estado debe responder a la inconformidad social. Históricamente, la protesta en Colombia ha sido el mecanismo de las comunidades olvidadas —desde el Chocó hasta las regiones afectadas por la falta de servicios básicos— para exigir el cumplimiento de acuerdos y soluciones a problemas estructurales como la pobreza, el costo de vida y la desigualdad.
Mientras que el discurso de De la Espriella se enfoca en el castigo, la experiencia de los últimos años sugiere que la gestión de la protesta a través del diálogo ha dado resultados tangibles. Casos recientes, como el paro de transportadores o los bloqueos en infraestructuras críticas, fueron resueltos mediante la negociación en lapsos breves, evitando la pérdida de vidas humanas y la escalada de la violencia.
La preocupación de sectores críticos, como el expresado por Fadiño, es que una política basada exclusivamente en la fuerza —que no distingue entre un ciudadano que reclama agua potable y un delincuente— termine por fracturar aún más el tejido social y erosione las bases del sistema democrático.
El Peligro de la “Mano de Hierro” sin Propuesta de Fondo
Uno de los puntos más agudos de la reflexión de quienes han decidido dejar de apoyar a De la Espriella es la falta de propuestas estructurales. Para muchos observadores, el discurso del abogado se repite de manera circular: promesas de represión y ataques verbales que, si bien movilizan a una base electoral cansada de la inseguridad, no ofrecen una solución técnica a problemas complejos como la dolarización, el desempleo o la corrupción.
“Si hay alguien en este país que genuinamente cree que parte de la crisis de seguridad es falta de mano firme contra los delincuentes, soy yo. Pero una cosa muy diferente es bombardear a narcos… y otra muy diferente es pretender disuadir manifestaciones a punta de bala.”
Este posicionamiento pone de relieve una crisis de confianza. Cuando un político centra su campaña en la amenaza —sea contra el “indio, negro, blanco o mujer”—, el electorado empieza a cuestionar si el candidato realmente entiende la naturaleza de los problemas colombianos o si, por el contrario, está capitalizando el miedo para ascender al poder.
El Impacto Electoral y la Democracia
La reflexión final de Fadiño es una advertencia para el futuro del espectro político de oposición. Al plantear que un voto por De la Espriella es “un voto contra la democracia colombiana”, sugiere que este tipo de liderazgos extremos terminan siendo contraproducentes. Según esta visión, lejos de representar una solución real frente a la actual administración, sus posturas radicalizadas podrían terminar garantizando la continuidad de las ideologías que pretenden derrotar.

En una democracia, el reto no es solo encontrar a alguien que prometa “caer con todo el peso de la ley”, sino encontrar a alguien que tenga la capacidad de liderar a través de la institucionalidad, el respeto a los derechos humanos y la solución de las causas profundas que llevan a la gente a cerrar una vía. Mientras la política se siga moviendo en los extremos de la descalificación, el verdadero debate sobre el país seguirá postergado, y los ciudadanos, como ha ocurrido en este caso, seguirán buscando alternativas que realmente protejan el sistema democrático.