En la era de la gratificación instantánea y la economía de la atención, las redes sociales se han convertido en el escenario donde cualquier aspecto de la vida puede ser empaquetado y vendido. Sin embargo, una tendencia reciente ha cruzado una línea ética fundamental, transformando no solo el estilo de vida, sino la carencia misma en un producto de consumo digital. Bajo el lema “Romantizando mi pobreza”, un creciente número de creadoras de contenido en TikTok está exponiendo sus hogares, sus precarias condiciones de vida y su día a día como un fenómeno viral. Lo que debería generar un debate urgente sobre la desigualdad en Latinoamérica, se ha diluido en una narrativa donde la desidia, la inacción y la lástima son los protagonistas de un lucrativo modelo de negocio.
El formato es tan sencillo como inquietante: mujeres, en su mayoría jóvenes, inician sus transmisiones con frases como “Acompáñame a limpiar mi estufa después de un año de no lavarla” o “Resolviendo el día con 50 pesos”. Lo que se presenta como una “visibilización” de una realidad difícil, rápidamente se revela como una puesta en escena de la resignación. La narrativa no busca soluciones, no exige cambios estructurales, ni propone proyectos de superación. Por el contrario, se instala en una comodidad pasiva donde
el espectador, movido por una mezcla de curiosidad mórbida y asistencialismo, termina validando la precariedad con “likes”, comentarios de aliento y, lo más preocupante, donaciones económicas.
La figura de creadoras como “Junie”, quien se ha autodenominado como la “reina de esta tendencia”, ilustra a la perfección el problema. Jóvenes que, dependiendo económicamente de terceros o de la inestabilidad laboral de sus parejas, hacen de su entorno desordenado y carente de higiene una marca personal. Al mostrarse como víctimas de una situación que ellas mismas se niegan a intentar cambiar, construyen un relato donde la pobreza no es un obstáculo a superar, sino un estilo de vida que se “celebra” en video.
La peligrosa normalización de la precariedad
Lo verdaderamente alarmante de esta tendencia no es que existan personas viviendo en condiciones desfavorables, pues la desigualdad es un hecho innegable en nuestras sociedades. El problema radica en la normalización. Al presentar la suciedad, la falta de alimentación nutritiva y el descuido infantil como una vivencia “normal” o “guerrera”, se está enviando un mensaje profundamente dañino a las nuevas generaciones: que la pobreza es un destino inevitable ante el cual lo único que queda es la adaptación.
La alimentación es uno de los puntos más críticos. En los videos es recurrente observar cómo se prioriza la compra de ultraprocesados y embutidos de baja calidad —y a menudo poco saludables— sobre opciones nutritivas, justificándolo con la supuesta falta de tiempo o la “pereza” para cocinar. Esta omisión de responsabilidad no solo afecta a los adultos, sino que pone en riesgo directo el desarrollo de los hijos que habitan esos hogares. Cuando estas decisiones se disfrazan de “supervivencia”, se pierde la capacidad crítica de exigir mejores condiciones de vida o de gestionar los escasos recursos con una visión de bienestar a largo plazo.
Pereza vs. Necesidad: El debate ético
Es imperativo trazar una frontera entre la pobreza real —aquella que limita las oportunidades y encierra a las personas en ciclos de marginación— y la “pereza digital”. En los videos analizados, es constante el uso de lenguaje que justifica la inactividad: “me dio flojera”, “hoy no quería hacer nada”, “estoy cansada”. Surge entonces la pregunta obligada: ¿por qué este cansancio extremo si no existe una actividad laboral activa? La respuesta parece encontrarse en la validación digital. Si el contenido genera vistas, si el “show de la lástima” permite recibir regalos en los lives, el incentivo para cambiar la situación desaparece.
La pobreza, cuando se convierte en contenido, se vuelve cómoda. Las creadoras se enfrentan a sus seguidores defendiendo su posición con agresividad si son criticadas, tildando a quienes las cuestionan de “envidiosos” o “falta de empatía”. De este modo, la crítica constructiva —aquella que invita a la reflexión sobre la independencia económica, la planificación familiar y la mejora del entorno— es rechazada bajo el escudo de la victimización. Se nos intenta hacer creer que cuestionar es atacar a los pobres, cuando en realidad, lo que se está cuestionando es el uso depredador de una situación social para obtener beneficios personales a costa de la dignidad.
El rol del espectador: ¿Somos cómplices?
El fenómeno no sería posible sin un público que lo consume y lo aplaude. Las redes sociales funcionan mediante algoritmos que premian la emoción por encima de la razón. La pobreza “conecta” porque se siente real, humana y cercana. Sin embargo, al consumir este contenido sin cuestionamientos, el usuario de TikTok se convierte en un eslabón necesario en la cadena de perpetuación de esta precariedad.
Donar dinero a estas creadoras sin exigir un cambio en la estructura de vida de sus hijos, o sin incentivar la búsqueda de opciones laborales, es una forma de asistencialismo vacío. Es, en esencia, comprar la conciencia tranquila con unas pocas monedas para sentir que hemos “ayudado”, sin hacernos cargo de que estamos sosteniendo un modelo que, a largo plazo, no beneficia a nadie. Estamos aplaudiendo la inacción mientras, en la misma plataforma, otros usuarios en condiciones igual o más precarias trabajan incansablemente por mejorar su situación sin necesidad de convertir su miseria en un producto de entretenimiento.
Hacia una reflexión necesaria
¿Por qué hemos llegado a este punto de romantizar la pobreza? Quizás porque es más fácil sentir lástima que abordar las causas de la desigualdad. Quizás porque hemos adoptado la idea errónea de que las personas con menos recursos son “más puras” o “más felices”, un mito que confunde la resiliencia con la falta de opciones. Esta romantización confunde a la audiencia y permite que situaciones que deberían ser denunciadas como inaceptables, se conviertan en temas de conversación frívolos en los comentarios de un video.
La solución no es cerrar los ojos, sino cambiar la mirada. Debemos dejar de aplaudir la victimización y empezar a demandar responsabilidad. Nadie elige el contexto en el que nace, pero todos somos responsables de nuestras decisiones adultas. La planificación familiar, la búsqueda activa de empleo, la higiene básica y el cuidado de los nuestros son pilares fundamentales que no pueden ser sacrificados en el altar del algoritmo.
Al final, este contenido no visibiliza a los necesitados; los usa. Transforma vidas humanas en “likes” y convierte una realidad dolorosa en un negocio donde todos pierden: la creadora pierde su dignidad al vender su miseria, el niño que crece en ese entorno pierde oportunidades, y la sociedad pierde su capacidad de indignación frente a lo que, claramente, no debería ser normal. Es hora de dejar de consumir la precariedad como si fuera un espectáculo y empezar a cuestionar profundamente los valores que estamos validando detrás de la pantalla. La verdadera empatía no consiste en regalar dinero para que la miseria continúe, sino en exigir y fomentar las condiciones necesarias para que nadie tenga que “romantizar” su propia pobreza para sobrevivir.