Posted in

Mandé dinero de EE.UU. para que mi hijo viniera a trabajar… pero lo gastó todo.

Nunca pensé que las mentiras de mi propio hijo me iban a doler más que todos los años de sacrificio trabajando como ilegal en Estados Unidos. $9,000. Esa cantidad representa 6 años de mi vida. levantándome a las 4 de la madrugada para limpiar oficinas en Chicago, comiendo frijoles todos los días para ahorrar cada centavo, durmiendo en un cuarto compartido con otras tres mujeres.

Todo ese dinero se lo mandé a Pablo, mi hijo de 22 años, para que pudiera cruzar y trabajar conmigo. Pero él nunca salió de Puebla. Se gastó mi sacrificio centavo por centavo, mintiéndome durante meses, mientras yo seguía trabajando como una mula. pensando que mi muchacho estaba intentando llegar hasta mí. Esto es lo que pasa cuando una madre confía demasiado, cuando el amor te ciega tanto que no ves las señales.

Esta es mi historia y duele contarla, pero necesito hacerlo. Mi nombre es Carmen Torres, tengo 51 años y llegué a Estados Unidos hace 8 años. Salí de Puebla cuando mi esposo nos abandonó, dejándome sola con Pablo y su hermana menor, Sofía. En ese entonces, Pablo tenía 14 años y Sofía apenas 10.

Mi esposo se fue con otra mujer y nunca más supimos de él. Ni una llamada, ni un peso de ayuda, nada, como si nosotros nunca hubiéramos existido. En Puebla trabajaba vendiendo comida en un puesto cerca del centro, haciendo tacos de canasta y quesadillas. Ganaba apenas para comer y pagar la renta de un cuartito en una vecindad.

Veía como Pablo crecía sin figura paterna. Como empezaba a juntarse con muchachos que no me daban buena espina, Sofía era más tranquila, siempre pegada a mí. Pero Pablo comenzó a cambiar cuando cumplió los 16. Se volvió rebelde, contestón. Llegaba tarde a la casa oliendo a cerveza. Una noche, después de una pelea muy fuerte donde Pablo me gritó que no tenía derecho a regañarlo porque no le daba una vida mejor, tomé la decisión más difícil de mi existencia.

Mi hermana Esperanza, que trabajaba en una fábrica textil, me habló de una señora que conocía el camino para llegar al norte. Me costó todo lo que tenía ahorrado, 7000 pesos que había juntado vendiendo comida durante 2 años, más lo que me prestó mi hermana. El viaje fue una pesadilla que todavía me da escalofríos cuando lo recuerdo.

Salimos de Puebla en un autobús hacia Tijuana. éramos como 40 personas, todos con la misma desesperación en los ojos, hombres jóvenes que querían mantener a sus familias, mujeres como yo, que no tenían otra opción, hasta una muchacha embarazada que no podía tener más de 18 años. Durante todo el camino yo pensaba en mis hijos, en Pablo y en Sofía, que se habían quedado con mi hermana.

En Tijuana nos metieron en una casa que parecía abandonada, sin luz, sin agua caliente, durmiendo en el piso con mantas sucias. Ahí esperamos tr días hasta que llegó el coyote. Un hombre flaco con cicatrices en las manos que nos explicó cómo iba a hacer el cruce. Nos dijo que teníamos que caminar por el desierto durante una noche completa, que no podíamos llevar casi nada, solo una botella de agua pequeña y algo de comida.

Esa noche salimos cuando ya no se veía ni una luz en el cielo. Yo nunca había caminado tanto en mi vida. Mis pies se llenaron de ampollas a las 2 horas de camino, pero no podía quejarme porque todos estábamos igual. La muchacha embarazada se quejaba del dolor en la espalda, pero siguió caminando. Un señor mayor que venía con nosotros empezó a quedarse atrás y el coyote le gritó que si no podía seguir el ritmo lo iba a dejar ahí.

El frío del desierto por la noche es algo que no se puede explicar. Temblaba tanto que me dolía todo el cuerpo, pero seguía caminando pensando en Pablo y Sofía, en que todo este sufrimiento valdría la pena si podía mandarles dinero, si podía darles una vida mejor de la que yo había tenido. Me imaginaba trabajando en Estados Unidos, ahorrando cada peso para que ellos pudieran estudiar, para que Pablo no tuviera que buscar dinero fácil en la calle.

Caminamos toda la noche y parte del día siguiente. Cuando finalmente vimos las luces de San Diego a lo lejos, pensé que lo peor había pasado. Qué equivocada estaba. Nos metieron en la parte de atrás de un camión, como si fuéramos animales, apretados unos contra otros, sin poder movernos durante horas. El aire era tan poco que la muchacha embarazada se desmayó dos veces.

Yo pensé que nos íbamos a morir ahí adentro. Llegamos a Los Ángeles después de un viaje que se sintió eterno. El coyote nos dejó en una esquina y nos dijo que ya estábamos por nuestra cuenta. Yo no hablaba ni una palabra de inglés, no conocía a nadie, no sabía ni cómo pedir comida. Durante los primeros días dormí en la calle, comí de la basura.

Lloré tanto que pensé que se me iban a acabar las lágrimas. Fue otra mujer mexicana, Rosa, quien me ayudó. me vio buscando comida cerca de un restaurante y se acercó a preguntarme qué me pasaba. Cuando le conté mi historia, me llevó a su casa. Era un departamento pequeño donde ya vivían seis personas, pero me hicieron un espacio en el sofá de la sala.

Rosa trabajaba limpiando casas y me dijo que podía conseguirme trabajo si quería aprender. Los primeros meses fueron durísimos. No entendía las órdenes que me daban, no sabía usar algunos de los productos de limpieza. Me dolía todo el cuerpo de tanto trabajar. Ganaba muy poco, como $200 a la semana, de los cuales tenía que pagar 50 de renta y el resto apenas me alcanzaba para comer y mandar algo a mis hijos, pero era más de lo que ganaba en Puebla y por primera vez en años veía una esperanza.

Rosa me enseñó algunas palabras en inglés básicas. Good morning, excuse me. Bathroom, Kitchen. Me explicó cómo comportarme con los patrones. Que nunca les mirara mucho a los ojos, que trabajara rápido, pero sin hacer ruido, que siempre sonriera, aunque me trataran mal. Me contó historias de otras mujeres que habían sido deportadas por meterse en problemas y me hizo prometerle que yo siempre me iba a mantener invisible.

El trabajo de limpieza es más pesado de lo que la gente piensa. No es solo pasar la aspiradora y limpiar los baños. Tienes que mover muebles pesados, cargar bolsas de basura, estar de rodillas tallando pisos durante horas, limpiar ventanas tan altas que te duele el cuello, organizar cosas de gente que tiene más ropa en su closet de la que yo he tenido en toda mi vida.

Pero lo que más me dolía no era el cansancio físico, era la invisibilidad. Los patrones pasaban junto a mí como si no existiera. Hablaban de sus problemas delante de mí como si yo fuera un mueble. Sus hijos me veían limpiar sus cuartos llenos de juguetes caros y nunca me decían ni hola. Yo pensaba en Pablo y Sofía y me preguntaba si ellos entenderían por qué su mamá había desaparecido de sus vidas.

Al principio hablaba con mis hijos cada semana. Pablo siempre me preguntaba cuándo iba a poder mandarle más dinero, cuándo lo iba a mandar traer. Sofía lloraba en cada llamada y me decía que me extrañaba, que cuándo iba a regresar. Esas llamadas me partían el corazón, pero también me daban fuerzas para seguir adelante.

Read More