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Friso de Holanda: El Trágico Accidente que Dejó al Príncipe en Coma y Conmocionó a Europa

25 minutos. Ese es el tiempo que un ser humano puede sobrevivir enterrado bajo toneladas de nieve antes de que el frío y la falta de oxígeno apadien para siempre la luz en su cerebro. 25 minutos que para un príncipe de sangre real se convirtieron en la cuenta regresiva más cruel de su vida. Bienvenidos.

Hoy les traemos una historia que sacudió las entrañas de Europa, que hizo llorar a reinas y que demostró con una frialdad brutal que ningún título nobiliario, ningún apellido ilustre, ninguna fortuna puede detener el avance implacable del destino. Si quieren participar, dejen en los comentarios el nombre de algún lugar nevado que hayan visitado o que sueñen conocer.

Sus palabras son parte de esta historia. El 17 de febrero de 2012 amaneció como cualquier otro día de invierno en los Alpes Austriíacos. La nieve cubría las cimas de LCH Am Arlberg con esa belleza engañosa que solo las montañas saben fabricar. esa blancura perfecta que oculta bajo su superficie una fuerza capaz de sepultar todo lo que encuentre a su paso.

Los turistas llenaban las pistas señalizadas, los instructores daban clases, los restaurantes de altura servían sus últimas raciones del almuerzo. era en apariencia un día completamente normal. Pero en algún rincón de esa montaña, lejos de las pistas preparadas, lejos de los carteles de advertencia y de las cuerdas de seguridad, dos hombres tomaban una decisión que cambiaría para siempre el rumbo de una familia real, el dolor de una madre y el futuro de dos niñas pequeñas que esa tarde esperaban el regreso de su padre.

Uno de esos hombres era Johan Friso Bernhard Christian David de Orange Nasau, segundo hijo de la reina Beatriz de los Países Bajos, príncipe de Holanda, hermano menor del heredero al trono, esposo devoto, padre amoroso, financiero brillante con carrera en las mejores instituciones del mundo. un hombre que había sacrificado su lugar en la historia de una monarquía por amor, que había elegido vivir fuera del protocolo y del palacio para construir algo propio, algo auténtico, un hombre que en apariencia lo tenía

todo. Y sin embargo, esa tarde Johan Frezo desafió a la montaña y la montaña respondió. Para entender lo que ocurrió en aquella ladera austríaca el 17 de febrero de 2012, es necesario retroceder en el tiempo y conocer quién era realmente el hombre que se adentró en esa nieve fuera de los límites marcados.

Porque Frizo de Holanda no era simplemente un príncipe, era una contradicción viviente, un ser construido entre dos mundos que pocas veces se tocan, el de la sangre azul y el de la realidad cotidiana. Nació el 25 de septiembre de 1968 en Utrech, Países Bajos. Su madre, la reina Beatriz, era una de las soberanas más respetadas de Europa, conocida por su inteligencia, su sentido del deber y su capacidad para modernizar la institución monárquica sin perder su esencia.

Su padre, el príncipe Klaus von Hamsberg, era un hombre de origen alemán que había conquistado el corazón de la reina y el respeto de todo un pueblo, a pesar del recelo inicial que despertaba su nacionalidad en una Hlanda que aún recordaba la Segunda Guerra Mundial. Friso creció en el palacio Drakenstein, en el pueblo de Lag Furche, rodeado de bosques y de la discreción que la familia real holandesa siempre prefirió por encima de la ostentación.

No era el primogénito y esa condición, lejos de pesarle, pareció liberarlo. Guillermo Alejandro, el hermano mayor, llevaba sobre sus hombros peso de la corona futura, el protocolo implacable, las obligaciones de representación, el destino trazado desde el nacimiento. Friso, en cambio, tenía algo que los príncipes herederos raramente disfrutan, la libertad de construirse a sí mismo.

Y vaya si la usó. Fre sostuió con una dedicación que sorprendía quienes esperaban encontrar en él la frivolidad típica de un aristócrata. Se graduó en ingeniería aeroespacial en la Universidad Tecnológica de Delt, una de las más exigentes de Europa. Luego amplió a su formación con un MBA a la Universidad de California, Berkley.

No se conformó con el título, no se sentó a esperar que el apellido abriera puertas, quiso ganárselas y lo logró. Trabajó en McKinsey, la consultora más poderosa del mundo, luego en Goldman Sax International en Londres, en la división de banca de inversión. Después como codirector de TNO Space and Delft y más tarde como director gerente de Wolfenson and Company.

Finalmente, en 2011, fue nombrado director financiero de Urenco, una empresa de enriquecimiento de uranio con sede en Inglaterra. era por cualquier estándar un hombre extraordinariamente capaz. Pero incluso los hombres más brillantes tienen un punto ciego y el de Frizo estaba quizás en esa misma valentía que lo había llevado tan lejos.

La misma determinación que lo hizo construir una carrera sin red de seguridad fue la que un día lo llevaría a esquiar sin red de seguridad. También Londres fue el escenario donde Frioo construyó la vida que eligió. No la que le habían asignado, no la que venía incluida en el apellido, sino la suya propia.

Junto a su familia vivía en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, lejos del peso de la corte holandesa, lejos de las cámaras que perseguían a su hermano heredero, lejos del protocolo que dicta cada paso, cada palabra, cada gesto de quienes están destinados a reinar. Y en ese Londres de finales de los 90 y principios de los 2000, Friso conoció a la mujer que iba a cambiarlo todo.

Se llamaba Mabel Wiis Smith. Era holandesa, inteligente, apasionada por las causas humanitarias y trabajaba para organizaciones de primer nivel mundial como War Child, dedicada a asistir a niños en zonas de guerra y The Elders, fundada por el propio Nelson Mandela. era en todos los sentidos una mujer fuera de lo común.

El amor entre Friso y Mabel fue intenso y real desde el principio, pero cuando en junio de 2003 el príncipe anunció públicamente su compromiso, la maquinaria política y mediática holandesa se puso en marcha con una velocidad brutal. Porque Mabel Wis Smith no solo era una activista con convicciones, tenía un pasado que, según declaró ella misma años antes, incluía una relación con Clas Bruinsman, el capo más temido del crimen organizado holandés, conocido en los bajos fondos como el pastor.

Bruinsma había sido asesinado en 1991, pero su sombra seguía siendo tan larga como peligrosa. El escándalo que estalló alrededor de Mabel sacudió a los Países Bajos. El Parlamento rechazó aprobar el matrimonio. Según la Constitución holandesa, un miembro de la familia real necesita la autorización del Parlamento para contraer matrimonio sin perder sus derechos dinásticos.

Y el parlamento, en este caso, dijo que no. Friso escuchó la respuesta, la sopesó y eligió a Mabel, sin dudar, sin negociar, sin buscar una salida diplomática. Renunció a su lugar en la línea de sucesión al trono. Renunció a su condición de miembro pleno de la casa real holandesa y se casó con la mujer que amaba el 24 de abril de 2004 en la The Kirk de Delft.

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