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Los OSCUROS SECRETOS de la princesa LEONOR. La boda que nadie espera con el príncipe ARABE.

actos oficiales. Cuando se sumaba todo, los analistas estimaban que el coste real de mantener la monarquía española rondaba los 50 millones de euros anuales, financiados por los contribuyentes, sin posibilidad de auditoría independiente completa. Su madre, Leticia Ortiz, no era aristócrata, era periodista, divorciada, hija de una familia de clase media de Asturias.

Su llegada a la zarzuela fue el intento más visible de la monarquía española por modernizarse, por parecer humana, por conectar con una España que miraba a sus reyes con creciente frialdad y que cada vez se preguntaba más abiertamente por qué una familia tenía acceso a palacios, escoltas, aviones privados y un trato de estado que ningún ciudadano podía ni imaginar.

Funcionó durante un tiempo, pero entonces llegó el escándalo. En 2011 estalló el caso Noos. El yerno del rey Juan Carlos I, Iñaki Urdangarín, fue acusado de desviar fondos públicos a través del Instituto NO, una fundación sin ánimo de lucro que había recibido contratos de distintas administraciones autonómicas por valor de casi 6 millones de euros.

El dinero, según la investigación judicial, terminó en cuentas privadas en el extranjero, en lugar de financiar los proyectos deportivos y sociales para los que supuestamente había sido concedido. Su esposa, la infanta Cristina, hermana de Felipe, fue imputada como cómplice de delitos fiscales.

En 2017, después de años de proceso judicial que acaparó portadas en toda Europa, Urdangarín fue condenado a 6 años de prisión. La infanta fue absuelta, pero el daño a la imagen de la institución era irreparable. Y eso no fue todo. En 2020, el rey emérito Juan Carlos Io abandonó España de manera discreta, casi silenciosa, en medio de investigaciones abiertas en Suiza, en el Reino Unido y en la propia Fiscalía española sobre cuentas en el extranjero, comisiones millonarias vinculadas a contratos con Arabia Saudí y una fortuna privada

acumulada durante décadas, cuya magnitud exacta todavía no se ha establecido con precisión. La cifra que trascendió con más detalle fue la de los 100 millones de euros. Esa fue la cantidad que, según las investigaciones, Juan Carlos I transfirió desde una fundación panameña controlada por el rey saudí Abdullah bin Abdulaziz a una cuenta en Suiza vinculada a Corin Zusin Bitgenstein, su amiga íntima durante años.

La transferencia se realizó en 2012. La fundación había recibido esa cantidad supuestamente como reconocimiento por el papel de Juan Carlos en la consecución del contrato del Ave a Alameca, un proyecto valorado en más de 6,000 millones de euros que un consorcio de empresas españolas ganó en 2011 frente a competidores de Francia, Alemania y China.

El hombre que había protagonizado la transición democrática, que había frenado el golpe de estado del 23 de febrero en 1981, que había sido durante décadas el símbolo viviente de la modernidad española, tuvo que marcharse del país que gobernó durante casi cuatro décadas para evitar el colapso total de la poca imagen que le quedaba.

Felipe VI tuvo que renunciar públicamente a la herencia de su padre y retirarle la asignación anual de la casa real. que era de aproximadamente 194,000 € al año. Un gesto simbólico en términos económicos, un gesto enorme en términos políticos, una señal de que la ruptura era real y que Felipe no estaba dispuesto a que la reputación de su reinado naufragara junto a la de su padre.

Y en medio de todo eso, había una niña de 14 años que veía como su abuelo cruzaba la frontera con una maleta y un problema que ya no podía resolver desde España. 14 años. Y ya sabía que el apellido que llevaba era al mismo tiempo su mayor privilegio y su carga más pesada. Pero lo que todavía no sabía, o quizás sí sabía, y prefería no pensar en ello, era hasta qué punto ese apellido tenía un precio, un precio que no se mide en euros.

que se mide en elecciones que no se pueden hacer, en voces que no se pueden levantar, en una vida entera construida alrededor de lo que la institución necesita y no alrededor de lo que tú quieres. Ese precio iba a hacerse más claro muy pronto. Las fotografías de Leonor en sus primeros años de apariciones públicas son casi perturbadoras si las miras con distancia, no porque haya nada malo en ellas, sino porque hay algo demasiado perfecto.

La niña siempre sonríe en el ángulo correcto, siempre lleva el vestido adecuado para la ocasión, siempre estrecha las manos con la inclinación, precisa de cabeza que señalan los protocolos reales. En los videos de sus primeras comparecencias parece una adulta miniaturizada. No hay espontaneidad, no hay gestos fuera de lugar, no hay un solo error visible en años de apariciones públicas que habrían destrozado a cualquier niño normal.

Todo está calculado y eso tiene un coste que nadie en la zarzuela va a reconocer en ningún comunicado oficial. Los psicólogos especializados en infancias bajo exposición pública constante han documentado repetidamente lo que ocurre cuando a un niño se le exige representar un papel institucional antes de que haya tenido la oportunidad de descubrir quién es.

La presión de ser símbolo antes de ser persona deja una marca no siempre visible desde fuera, pero siempre presente por dentro. Leonor creció en un entorno completamente blindado. Sus compañeras de colegio en el colegio Santa María de los Rosales en Madrid, uno de los centros privados más exclusivos y más caros de las capital española, con cuotas mensuales que superan los 1000 € firmaban compromisos de confidencialidad.

Sus salidas del recinto escolar se planificaban con equipos de seguridad que evaluaban los riesgos de cada trayecto. Las familias de sus amigas eran investigadas discretamente antes de que cualquier invitación a una celebración privada fuera aceptada. Cada declaración pública de Leonor era revisada, corregida, ensayada.

No es una infancia, es un protocolo con cara de niña. Y mientras Leonor aprendía a ser princesa, Felipe VI intentaba reconstruir una institución que llevaba años acumulando daños que ningún presupuesto de comunicación era capaz de reparar completamente. El rey de España heredó la corona en junio de 2014 en uno de los peores momentos para la monarquía española, desde la restauración borbónica, con una sociedad cada vez más escéptica.

con el caso No todavía en pleno desarrollo judicial, con debates en el Congreso sobre la transparencia de la casa real, con encuestas que mostraban que el apoyo a la monarquía había caído 20 puntos en menos de una década. Felipe respondió con una estrategia clara, austeridad visible, transparencia calculada y Leonor, como activo central de la narrativa de renovación, publicó sus declaraciones de renta, las primeras en la historia de la casa real española.

redujo el presupuesto oficial de la institución. apostó claramente por la imagen de una monarquía del siglo XXI que no tenía nada que ocultar y apostó por Leonor, porque Leonor tenía algo que su abuelo había perdido irremediablemente y que su padre nunca había terminado de ganar del todo. La imagen de alguien que todavía no había cometido ninguno de los errores de los mayores, alguien que representaba un futuro limpio para una institución con un pasado complicado.

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