Durante la etapa más gloriosa, vibrante y fundacional del rock and roll mexicano, una figura inconfundible se alzó por encima del resto. Johnny Laboriel no era simplemente un cantante; era un auténtico volcán humano, un artista cuya energía desbordante iluminaba y electrizaba cada escenario que tenía el privilegio de pisar. Poseía una voz más potente y desgarradora que sus contemporáneos, reía con muchísima más fuerza, contagiando a estadios enteros, y, sobre todo, alimentaba sueños artísticos muchísimo más grandes que casi todos los ídolos de su misma generación.
Con su talento indiscutible, logró incluso hacer sombra y robarse el protagonismo frente a figuras consolidadas y consideradas intocables de la talla de Alberto Vázquez, César Costa o el propio Enrique Guzmán. Sin embargo, tras ese arrollador carisma eléctrico, detrás de las luces de neón y los trajes extravagantes, se ocultaba un relato personal profundamente doloroso que muy pocas personas llegaron a conocer realmente. Fue una existencia marcada a fuego por el racismo institucionalizado, el rechazo social de las élites, las adicciones de juventud y una dolencia física mortal que fue silenciada sistemáticamente bajo el constante y ensordecedor compás de la música que le dio fama nacional.
Johnny Laboriel derribó grandes e infranqueables muros culturales, convirtiéndose por mérito propio en uno de los primeros y más importantes referentes negros del rock en México. No obstante, aquel mismo entorno artístico al que le entregó su vida y su alma terminaría por darle la espalda de manera injusta y cruel. Esta es la impactante, compleja y conmovedora historia de la vida, las batallas y la silenciosa muerte del inigualable Johnny Laboriel.
Raíces Garífunas: De Honduras A La Colonia Roma
Para comprender la magnitud de la lucha de Johnny, es imprescindible escarbar en sus raíces. Juan José Laboriel López llegó al mundo un 9 de julio de 1942, concretamente en la efervescente Ciudad de México. Creció y se formó rodeado de una familia donde la expresión artística, la música y el talento innato no eran un simple pasatiempo, sino que formaban parte esencial y cotidiana de su vida. Su progenitor, Juan José Laboriel, trabajaba incansablemente como actor de carácter y autor musical, mientras que su madre era la señora Francisca López de Laboriel. A ella la admiraban profundamente en su comunidad por ser una de las damas más hermosas y elegantes que habían pisado el puerto.
El talento corría por sus venas de forma hereditaria. Su padre forjó una trayectoria cinematográfica inmensa y respetada en México. Actuó en más de 28 cintas rodadas durante la prestigiosa época de oro, entre los años 1938 y 1972. Entre sus prolíficos trabajos destacan clásicos del celuloide como Selva de Fuego, Mulata de Córdoba, María Magdalena y también la famosa película La Virgen María. Participó además en cintas de aventuras como Furia Roja, Alma de Acero, Barú, el hombre de la selva, junto a Alma Llanera y la aclamada cinta El Tunco Maclovio. También prestó su talento actoral en dramas como Jesús el niño Dios o Madre Dolores. En su faceta como autor y compositor, creó temas tan populares y arraigados en la cultura como “El gallo tuerto” y “Amor costeño”. Todo este bagaje histórico confirma que la pasión por el ritmo y la melodía circulaba con muchísima fuerza por la sangre de los Laboriel.
No obstante, las raíces reales y profundas de este relato se hunden en el tiempo y el espacio mucho antes de que Johnny Laboriel alcanzara la cima del éxito mediático. Sus padres fueron inmigrantes valientes, llegados desde Honduras, que aterrizaron en suelo mexicano con el corazón lleno de esperanza, buscando progresar y encontrar mejores oportunidades de vida dentro del exigente mundo de las artes. El patriarca de la familia nació un 13 de julio de 1906, concretamente en el humilde barrio de Cristal en Trujillo, en el departamento de Colón, Honduras. Formaba parte de la etnia garífuna, una orgullosa y resistente comunidad descendiente de africanos que lograron huir heroicamente de las cadenas de la esclavitud allá por el lejano siglo XV.
La historia de amor de sus padres es, en sí misma, digna de un guion de cine. Al venir de un entorno de extrema pobreza, los parientes de Juan José no le dieron permiso inicial ni su bendición para contraer matrimonio con Francisca. El motivo de este rechazo era económico y de clase: ella destacaba como la primera actriz de origen garífuna nacida en el seno de una familia con un alto poder adquisitivo. Enfrentando esta barrera infranqueable, pero con el firme e inquebrantable deseo de labrarse un porvenir digno de su amada, él viajó en solitario a México con la meta fijada de triunfar artísticamente y poder regresar a por ella, como un hombre exitoso, tres años después. Y lo logró.
El pueblo garífuna siempre ha destacado a lo largo de la historia por su enorme capacidad de resistencia física y espiritual, y por verse obligados a emigrar constantemente para poder subsistir y preservar su cultura durante muchísimas generaciones. Ya establecido firmemente en el competitivo México de los años 30 y 40, Juan José ejerció su oficio de guitarrista y percusionista con tal maestría que llegó a colaborar y grabar con el mismísimo y legendario cantante Pedro Infante. Fue en ese brillante contexto musical y de prosperidad donde finalmente se desposó con Francisca, creando así los sólidos cimientos de una de las familias artísticas más influyentes, talentosas y respetadas de aquel tiempo.
De aquel amoroso matrimonio nació el pequeño Johnny, acompañado en sus aventuras infantiles por su hermano, el futuro gran músico Abraham Laboriel. El talento musical de la familia no se detuvo en Johnny; con el paso de los prolíficos años, Abraham llegaría a ser uno de los bajistas de sesión más reputados, solicitados y respetados en toda la industria musical de los Estados Unidos. Tocó, grabó y realizó giras mundiales junto a los músicos y estrellas de rock y pop más importantes de la escena global, logrando así ganarse a pulso un puesto de auténtica leyenda dentro de la historia de la música contemporánea.
Crecer Siendo Diferente: La Ceniza De Roma Y El Palacio Negro
En sus humildes comienzos, los Laboriel habitaban de forma muy modesta en un pequeño piso situado en la céntrica, bohemia y siempre activa colonia Roma de la capital mexicana. Gracias a su tenacidad, talento y esfuerzo constante en el mundo del espectáculo, mejoraron poco a poco su estatus económico hasta conseguir mudarse a una vivienda bastante más cómoda y amplia para la familia.
Sin embargo, el entorno social no siempre era amigable. Johnny solía recordar más adelante, en la madurez de su vida, que por aquel entonces se veían realmente muy pocas familias de raza negra caminando libremente por las calles de toda la Ciudad de México. “Me sentía igual que un oso polar paseando por la plaza principal de la capital”, comentaba él en entrevistas, siempre utilizando un toque de humor irreverente y autocrítico. Aunque, para aquellos que lo conocían bien, esas constantes bromas sobre su apariencia a menudo escondían una profunda y dolorosa sensación de soledad, el sentimiento crónico de verse diferente, aislado y juzgado por el resto de personas que lo rodeaban.
Siendo apenas un chaval inquieto y lleno de energía, pasaba gran parte de las horas del día en la calle, mezclándose y aprendiendo las duras reglas de la vida con las bandas juveniles que merodeaban cerca de la colonia Roma. Aquel era un barrio complicado en la época, pero al mismo tiempo muy vibrante, culturalmente rico y sumamente formativo; conocido por sus pintorescos personajes callejeros y por un sentimiento de orgullo y lealtad local muy fuerte entre los jóvenes. Una de esas aguerridas pandillas a la que Johnny se unió recibía el nombre de “Los Pueblerinos”, ya que bastantes de sus integrantes vivían precisamente sobre el asfalto de la calle Puebla.
En ese entorno barrial, todos lucían motes muy coloridos, sarcásticos y descriptivos, como “La Lagrimita” o “Pitol Loco”, mientras que al joven y oscuro Johnny lo apodaban cariñosamente, pero haciendo alusión a su color de piel, “La Ceniza de Roma”.
La calle es una gran maestra, pero también una trampa mortal. En una de sus entrevistas más honestas y descarnadas, el artista reconoció que su gran fallo de juventud, el error que le costó su libertad, fue haber perdido el control y haber propinado una paliza a un hombre desconocido tras una acalorada discusión. Sin él saberlo en el momento de la pelea, aquel sujeto lastimado poseía un gran poder e influencias políticas. Ese desafortunado altercado callejero terminó provocando que el joven Johnny pagara un precio altísimo: pasar una larga, oscura y traumática temporada en la cárcel.
Cumplió su condena encerrado en los fríos muros de la infame prisión de Lecumberri, popular y temiblemente conocida como el “Palacio Negro”. Irónicamente, este era el mismo lugar, la misma lúgubre prisión donde años más tarde también estuvo encerrado injustamente el famoso cantautor Juan Gabriel. “Me hundieron por completo”, admitió Johnny con la voz quebrada tiempo después al recordar esa oscura etapa. “Allí dentro aprendí cosas bastante negativas y peligrosas de los otros reclusos, verdaderos criminales con los que tuve que convivir para sobrevivir”. Este testimonio tan crudo, doloroso y revelador salió a la luz pública mucho más tarde en un detallado artículo de prensa publicado el 21 de enero de 2003, demostrando que las cicatrices de Lecumberri jamás desaparecieron del todo.
El Estallido Del Rock And Roll: Los Rebeldes Del Rock
Pese a esos durísimos baches en el camino y a la sombra del Palacio Negro, el indomable espíritu de Johnny jamás se dio por vencido ni se doblegó ante las adversidades de la vida. Entre las aburridas lecciones escolares que no le interesaban y las peligrosas trifulcas en los callejones de la Roma, Johnny empezó a vislumbrar con claridad meridiana que su verdadero sitio, su destino manifiesto, estaba arriba de un escenario, bajo el calor de los focos.
Su pasión desbordante por la música, heredada de su padre, crecía en su interior sin parar, como un fuego imposible de apagar. A inicios de la revolucionaria década de los 60, con tan solo 17 años de edad, tomó la decisión definitiva: se dedicaría a cantar de forma profesional, costara lo que costara.
Por aquellos maravillosos años de descubrimiento musical, llegó a sus oídos la noticia de un concurso de radio de alcance nacional que buscaba urgentemente un nuevo vocalista carismático para una banda juvenil liderada por los conocidos hermanos Portales. Armado con mucha confianza en sí mismo, un talento innato y una energía desbordante que no cabía en su cuerpo, Johnny se presentó al concurso. Contra todo pronóstico y superando a decenas de candidatos, acabó ganando el primer lugar de manera aplastante.
Tiempo después de consagrarse, confesó humildemente que su triunfo absoluto no fue solo gracias a su potente voz o su afinación, sino impulsado brutalmente por ese carisma tan especial y eléctrico que desprendía siempre al pisar las tablas. Era un gran bailarín que dominaba el escenario, sumamente bromista con el público y lucía físicamente como un auténtico e indomable rockero de piel oscura, venido directamente desde las mismísimas y pantanosas orillas del río Mississippi. Durante el certamen cantó himnos como “Tutti Frutti” y “Only You” montones de veces, y lo cierto es que el exigente público mexicano nunca se cansaba de escuchar su interpretación magistral. La gente en los auditorios de radio gritaba admirada, rompiendo en aplausos: “¡Qué chico tan moreno y tan inmensamente talentoso!”.
Aquel concurso radial no solo le dio fama efímera; le cambió la vida y el rumbo de la música nacional para siempre. Gracias a esa resonante victoria, se unió como vocalista principal a la mítica banda mexicana de rock and roll Los Rebeldes del Rock. Esta agrupación fue creada originalmente sobre el año 1957 en la Ciudad de México y estaba formada por músicos de gran talento y visión como Américo Tena, Waldo Tena, Francisco “El Abuelo” Domínguez y Chema Silva. Muy pronto, con el magnetismo de Johnny al frente, todos los aclamaron como los absolutos y auténticos reyes del rock nacional.
Con la voz tan sumamente pegadiza, el vibrato inconfundible y la fuerza escénica salvaje de Johnny, el grupo no fue solo una banda más; fue una pieza clave y fundamental en la auténtica revolución del rock mexicano. Por idea genial del famoso actor y astuto empresario de teatro, Jesús Martínez “Palillo”, la banda adoptó formalmente el impactante nombre de Los Rebeldes del Rock. Poco después se integró a las filas el talentoso Marco Polo Tena, cerrando así la formación definitiva que marcaría a fuego los explosivos inicios del rock and roll en todo el territorio de México.
Es importante entender el contexto histórico: por entonces, el panorama musical de México estaba todavía estrictamente bajo el mando y la influencia de los ritmos tan elegantes, exóticos y tropicales de las famosas rumberas. Mandaba el sonido pulcro de las grandes orquestas de salón y las baladas lentas, románticas y acarameladas de los tríos de boleros. Era una industria musical muy formal y adulta.
Pero entonces, rompiendo el molde con estrépito, aparecieron Los Rebeldes del Rock. Eran escandalosamente ruidosos, valientes en sus interpretaciones y no pedían perdón ni permiso a las buenas costumbres por hacer ruido. Rompieron las estrictas reglas de la industria con un sonido muy crudo, distorsionado, rápido y cargado hasta el límite de pura rebeldía juvenil. Era, en esencia, el ritmo acelerado de los nuevos jóvenes que buscaban su propia identidad, y el público adolescente se enganchó enseguida a esa frenética locura.
El rock and roll, como género, nació originalmente en los Estados Unidos durante la conservadora década de los años 50, aunque muchas de sus bases rítmicas fundamentales, como el profundo blues, el sofisticado jazz y el espiritual gospel, venían de mucho tiempo atrás en la historia afroamericana. A mediados del siglo XX, figuras de talla mundial como Elvis Presley llevaron el género a la fama comercial en absolutamente todo el mundo. Simultáneamente, mientras en Inglaterra músicos rebeldes como Mick Jagger y Keith Richards de los legendarios Rolling Stones ayudaban a que el estilo evolucionara y se volviera más crudo y peligroso.
Pero los pioneros reales y originales, los genios afroamericanos que crearon la verdadera y rítmica base del rock and roll de la que todos bebieron, fueron artistas inmortales como Chuck Berry, Little Richard y el explosivo Jerry Lee Lewis. Su fuerza expresiva, salvaje y sin filtros inspiró directamente a muchísimos jóvenes alrededor del planeta, incluyendo de manera fundamental a artistas con tanto inmenso talento en México como el gran Johnny Laboriel, quien absorbió su estilo y lo adaptó a la idiosincrasia mexicana.
Junto a Los Rebeldes del Rock, Johnny se hizo masivamente famoso interpretando y grabando temazos inolvidables que definieron la época, como “El pequeño ángel” o la entrañable “Melodía de amor”. Su voz, rasposa y dulce a la vez, y su inmenso carisma natural lo hicieron el alma indiscutible del grupo, logrando la proeza histórica de poner más de 50 canciones en lo más alto de las listas de éxito de la radio nacional. Así, de la noche a la mañana, se convirtió en uno de los primeros, más grandes e influyentes ídolos del rock mexicano, desatando la histeria colectiva en sus presentaciones.
El Lado Oscuro Del Éxito: Excesos Y Confusión
Pero claro, en el despiadado mundo de la fama, el éxito masivo y repentino siempre tiene un precio altísimo que cobrar. En una honesta y retrospectiva entrevista concedida en la década de los 90, Johnny recordó aquella dorada y alocada etapa de su juventud admitiendo, sin tapujos ni falsas modestias, que aunque tuvo muchísimo éxito comercial, dinero y admiradores, también sufrió bastantes problemas personales graves. Lo que empezó como un inocente sueño de adolescencia por cantar, se volvió rápidamente algo oscuro, peligroso y turbio.
Se vio inevitablemente atrapado, como muchos de sus colegas músicos de la época, en una peligrosa y vertiginosa espiral de rebeldía mal canalizada, noches eternas y muchos excesos que amenazaban con destruir su vida y su carrera. Educado con rectitud por padres trabajadores que le enseñaron el valor innegable del respeto a los mayores y la disciplina laboral, Johnny de pronto se vio dividido y desgarrado emocionalmente entre dos mundos muy distintos e irreconciliables. Por un lado, intentaba mantener vivos los sólidos valores morales de su casa; y por el otro, sucumbía débilmente ante las infinitas, tóxicas y glamurosas tentaciones de la fama desmedida que le llegó de golpe.
Allí, según contaría él mismo mucho después con lágrimas en los ojos, comenzó lo que él dolorosamente llamaba “la primera parte de su gran confusión vital”. Fue el preciso y oscuro momento de su vida cuando se metió de lleno, sin frenos ni red de seguridad, en el pantanoso submundo de todo tipo de vicios y adicciones.
En un acto de valentía y advertencia para las nuevas generaciones, una vez contó públicamente un espeluznante suceso que casi le arrebata la vida y lo mata. Durante un caótico show nocturno que ofreció en el peligroso barrio chino del centro de la Ciudad de México, compró sustancias químicas prohibidas de alta peligrosidad y, en un acto de irresponsabilidad temeraria, las repartió libremente entre todos los músicos y allegados que estaban presentes en el camerino.
Aseguró que sería la última vez que probaría el infierno, y cumplió su palabra tras verle la cara a la muerte. Años después, al analizar su pasado, recordaría con un escalofrío lo mal que lo pasó y las consecuencias físicas y mentales de aquella etapa oscura. “Me hundieron por completo. Estuve muy cerca de morir de sobredosis, a un solo paso del abismo, pero Dios es inmensamente grande y misericordioso. Salí de ese infierno con pura fuerza de voluntad. Por favor”, suplicaba siempre a su audiencia joven, “no lo probéis jamás, ni siquiera por simple curiosidad juvenil. Es lo peor, lo más denigrante que me ha pasado en la vida, es el infierno real encarnado en la tierra y, por inmensa suerte divina, estoy aquí vivo para poder contarlo y advertirles”.
El Solista Y La Pérdida De Sus Referentes
Habiendo sobrevivido a sus propios demonios, en el año 1963, Johnny Laboriel, buscando expandir sus horizontes artísticos y cansado de las limitaciones del grupo, dio un valiente paso al frente y empezó formalmente su carrera musical en solitario. Su principal objetivo y obsesión era demostrarle a la prensa, a los críticos más duros y al público que su éxito previo no se debía únicamente a la inercia de estar en su banda anterior, sino a su talento individual puro.
Demostrando una capacidad de trabajo envidiable, grabó una extensa y exitosa colección de canciones realmente impresionante que dominaría las radios. Estas nuevas canciones mostraron al mundo lo inmensamente versátil, afinado y maduro que era como intérprete vocal. Entre sus grandes hits como solista que escalaron las listas de popularidad están clásicos como “Corre, Sansón Corre” y la romántica “Wendy Apple Blossom Bloom”. También destacan en su vasto repertorio joyas musicales como “Danny Boy”, la melancólica “Historia de amor”, “Puede ser”, el rítmico “El candado”, su explosiva versión de “La bamba” y ese eterno clásico del rock internacional llamado “Poison Ivy”, adaptado magistralmente a su estilo.
Cantó con una pasión inigualable temas como “Luces de Nueva York”, la festiva “Muévete todos”, “Recuérdame”, “Cuando un tonto como yo” y la inolvidable y famosísima “Yakety Yak”. Estos fueron solo algunos de los temas que lo consagraron como una leyenda viva.
Pero tras el brillante envoltorio de la música, los discos de oro y la luz de los focos cegadores, Johnny guardaba herméticamente en su alma un dolor personal muy, muy profundo. Tenía una pena íntima, secreta y constante muy grande que pocos de sus fanáticos conocían. Uno de los golpes psicológicos y emocionales más duros, devastadores y definitivos de su existencia fue cuando perdió a sus seres más queridos, los pilares de su universo moral y afectivo.
La dolorosa muerte de su amado padre, como él mismo relató abatido tiempo después en varias entrevistas biográficas, rompió en mil pedazos algo muy puro y valioso dentro de su corazón, algo que jamás pudo volver a reconstruir del todo. Tras esa irreparable y trágica pérdida paterna, en lugar de hundirse en la depresión o retomar los vicios del pasado, asumió el rol de patriarca y se volcó obsesiva y cariñosamente en cuidar, proteger y proveer financieramente a su anciana madre y a todos sus hermanos menores. Trabajaba sin descanso porque quería, por encima de todo, darles lo mejor económicamente para que estuvieran bien y no les faltara absolutamente de nada.
Su adorado padre se llamaba Juan José Laboriel Muñoz y falleció el trágico 1 de mayo del año 1977 tras sufrir y batallar durante años con severas y dolorosas complicaciones médicas causadas por su avanzada diabetes, además de múltiples problemas crónicos del corazón y episodios de falta de riego cerebral que lo deterioraron físicamente.
“Tenía los ojos muy claros, cristalinos, igualitos que los tuyos”, recordaba el bueno y nostálgico de Johnny con un cariño inmenso y una sonrisa triste al hablar con sus amigos cercanos sobre su progenitor. Pero había un rasgo específico de la personalidad de su padre que siempre le sacaba de quicio, le resultaba incomprensible a Johnny en su juventud y generaba discusiones familiares: su desinterés absoluto, casi filosófico y monacal, por ganar plata y acumular riquezas materiales.
Johnny contaba como anécdota recurrente que su padre, a pesar de su humildad económica, era íntimo amigo personal y confidente del poderoso y respetado expresidente mexicano, el General Lázaro Cárdenas, con el que solía dar larguísimos paseos por la ciudad y charlar de política y filosofía. Cuando su modesto padre compuso brillantemente el hermoso y patriótico “Himno a Tampico”, el agradecido general Cárdenas quiso recompensarlo otorgándole cualquier premio económico o puesto gubernamental que él eligiera o necesitara para salir de la pobreza. Para sorpresa e indignación de todo el mundo y de su propia familia, su padre, en un acto de humildad extrema que rozaba la locura para un hombre pobre, solamente le pidió al presidente de la república que le regalara una guitarra acústica nueva.
“Lamentablemente, mi querido padre me dejó en herencia genética toda esa actitud desapegada de lo material”, confesaba Johnny riendo, muchos años después de aquel suceso, al analizar su propia relación, a menudo caótica, con el dinero y las finanzas. “El vil dinero nunca me llamó poderosamente la atención a mí tampoco en mi juventud. Así que, el día de su entierro, al morir y ver su ataúd descender a la tierra, le prometí llorando y juré solemnemente ante su tumba abierta: ‘Papá, te dedico a ti todo este dolor y este sitio, porque te juro que ahora sí que voy a salir a cantar y voy a ganar mucha pasta para que a la familia no le falte de nada'”.
Y concluyó su doloroso relato con una frase que le partía el alma cada vez que la pronunciaba en voz alta: “Hice la promesa, y mi viejo se marchó a los pocos minutos. Me duele profundamente en el alma decirlo, me quema por dentro, pero esa es la pura y amarga verdad de mi vida”.
Apenas 4 años más tarde de esta trágica pérdida paterna, la desgracia volvió a golpear ferozmente a la familia. Su madre, la hermosa y protectora Francisca López, enfermó y siguió el triste y definitivo camino hacia la muerte para reencontrarse con su marido. Este doble golpe dejó a un vulnerable Johnny en la más absoluta orfandad, sin sus dos grandes pilares, anclas y referentes morales en este mundo, obligándolo a enfrentar la fama y la madurez completamente solo en el aspecto afectivo más profundo.
La Supervivencia En La Televisión: La Comedia Y Los Estereotipos
Los duros y coloridos años 80 supusieron un nuevo, extenso y desafiante capítulo en la prolongada carrera artística de Laboriel. Fue una época de curro incesante y agotador, de maletas siempre a medio hacer y de giras musicales interminables y extenuantes que lo llevaron a recorrer por tierra y aire absolutamente todo el vasto territorio de México. En su afán por mantenerse vigente y cumplir la promesa hecha a su padre de generar ingresos para la familia, estuvo meses enteros actuando ininterrumpidamente, sin días de descanso, en sitios emblemáticos y exclusivos como el famoso Holiday Inn de la República.
Su popularidad en vivo se tradujo en un boom televisivo. Salió actuando y cantando como invitado estelar en los programas de televisión nacional tan famosos, influyentes y de mayor audiencia nocturna como Mala noche no y el arrollador éxito dominical, La Movida, conducidos por la emblemática Verónica Castro.
Consciente de que la industria discográfica empezaba a marginarlo de las listas de pop moderno por razones de edad y modas, Johnny sacó a relucir su talento natural para hacer reír a la gente. Se convirtió rápidamente en una de las caras más habituales, queridas y reconocibles en todos los exitosos espacios de comedia de la época. Trabajó codo a codo haciendo sketches delirantes en programas como El show de los Polivoces, el legendario e irreverente La Carabina de Ambrosio, o participando en rutinas cómicas junto al mítico y caótico actor, el “Loco” Valdés. Todo esto siempre trabajando bajo el paraguas y el monopolio de Televisa, la inmensa, poderosa y todopoderosa empresa de telecomunicaciones mexicana que le dio la gran oportunidad de reinventarse, de crecer como artista y de ganar popularidad mucho más allá de las limitadas fronteras de la industria musical.
En el año 1983, demostrando su capacidad actoral, protagonizó con gran éxito de audiencia la serie de humor situacional llamada Botanas Mexicanas. Aunque el programa en sí mismo no fue un bombazo crítico ni pasó a la historia de la televisión como una obra maestra, para Johnny y su carrera supuso un momento verdaderamente clave y definitorio. Fue allí, en medio de libretos mal escritos, donde con su genialidad instintiva se inventó su gesto físico y su frase cómica más famosa de todas.
Haciendo el rol cómico y estereotipado de un mayordomo servicial pero pícaro, siempre le contestaba a su mandona jefa en la ficción con un educado, pero burlón, “¡Madame!”. Y, acto seguido, con una maestría corporal envidiable, ponía morritos exagerados hacia la cámara haciendo el icónico, divertido e inolvidable “beso de trompita de pollo”. Entre las estruendosas risas pregrabadas del público y las risas reales del equipo técnico en el estudio, siempre añadía como remate genial su célebre muletilla: “¡Mira, mira, así ahorro muebles!”.
Ese gesto tan ridículamente bromista, exagerado y teatral se volvió, de la noche a la mañana, un símbolo total y absoluto de su arrollador carisma y de su gran e inteligente sentido del humor. Algo que, de manera sorprendente, sus millones de fans todavía guardan celosamente en la memoria colectiva a día de hoy. Fue una huella aparentemente pequeñita, un simple chiste visual en un mar de comedia televisiva, pero resultó ser una marca identitaria imborrable de la brillante, espontánea y cálida personalidad única de Johnny Laboriel.
Durante todo ese extenso tiempo de su polifacética trayectoria, Johnny siguió encandilando, entreteniendo y enamorando al público en vivo gracias a su inmensa gracia natural, su agilidad mental para la comedia y su cálida cercanía con las personas. Hizo temporadas larguísimas, exitosas y de trasnoches interminables actuando en los legendarios clubes nocturnos como El Señorial o El Pulpo Loco, dos de los cabarets con más fama, prestigio, misterio y peligro de la bohemia Ciudad de México. Allí, su innegable arte interpretativo, su sudor y su imponente presencia magnética en el escenario de luces tenues, lo hicieron de manera indiscutible el favorito, el rey absoluto y el artista más respetado de la noche de todos los asistentes.
Otra parte fundamental y altamente lucrativa de su vida artística creció exponencialmente en los modernos foros de la comedia de la tele. En el año 1993, ya consagrado como figura histórica, entró a formar parte del exitosísimo, irreverente y juvenil programa El Calabozo, que presentaban con un estilo muy peculiar y gamberro los jóvenes Esteban Arce y Jorge “El Burro” Van Rankin. Aquel show televisivo era famoso y polémico a nivel nacional por su humor negro, gamberro, destructivo y por todas esas locuras espontáneas que improvisaban en directo, rompiendo los esquemas de la televisión formal.
Y Johnny, a pesar de la brecha generacional que lo separaba de los presentadores, se adaptó volando y con una maestría asombrosa a toda esa energía tan maravillosamente caótica y anárquica. “¡Ay, Burro, pero qué sumamente bruto y animal eres!”, soltaba a menudo en medio del set de grabación, provocando las risas de todos. “Madre mía de mi vida, por un momento pensé que nos estrellábamos y no llegábamos al suelo”. “No sea bruto, doctor, que si hace eso, literalmente se le sale el hígado por la boca”, bromeaban todos entre incesantes carcajadas durante las alocadas e imprevisibles grabaciones.
Pero en aquel ambiente de exceso televisivo, el descontrol a veces se pasaba de la raya de lo aceptable. Una tarde en particular, en mitad de una emisión del programa completamente en directo para todo el país, sucedió algo escandaloso, humillante y que absolutamente nadie en el foro se esperaba. Tenían a una famosa invitada femenina en el set y, en medio de una broma que se salió de control por ser demasiado “tonta” e impulsiva, alguien del elenco o de la producción le bajó repentinamente y a traición los pantalones a Johnny en medio del plató, ignorando por completo el detalle crucial de que el veterano cantante no llevaba puesta en ese momento ropa interior.
Su trasero negro quedó grotescamente a la vista y en primer plano de todas las cámaras de televisión abierta de la cadena más importante de habla hispana, montando un lío ético, moral y de censura de sumo cuidado a nivel nacional. Los puritanos jefazos y directivos de la cadena televisiva lo llamaron de urgencia a su oficina, tremendamente cabreados, indignados y amenazando con despedir y vetar a todos los responsables de la afrenta moral. Pero al final de la jornada de gritos y amenazas, como suele suceder cuando los ratings son altísimos, la sangre no llegó al río y el programa continuó emitiéndose. Después de aquel humillante incidente mediático que lo puso en el ojo del huracán, Johnny, tragándose su orgullo, siguió trabajando obedientemente en la poderosa maquinaria de la televisión comercial haciendo cosas como actor en la tierna serie Cachito de mi corazón.
Sin embargo, a la hora de hacer el doloroso balance de su carrera, no todo lo que vivió en el codiciado medio del entretenimiento fue bonito, justo, ni bien pagado. Solía recordar, en privado y con muchísima pena en su voz, cómo algunos influyentes productores musicales y televisivos, usando tácticas engañosas, le robaban ideas y le engañaban vilmente con grandiosas promesas firmadas en el aire de grandes éxitos mediáticos, dinero y giras mundiales que luego, convenientemente, nunca jamás se cumplían ni se materializaban.
“¿Te acuerdas de algo en específico, Johnny?”, le preguntaban a veces en tono serio los periodistas incisivos que buscaban un titular escandaloso. “Sí, me acuerdo perfectamente de todas y cada una de las promesas rotas”, respondía él, bajando la mirada. “Pero es mejor, y más seguro para mi futuro, que no lo diga nunca en voz alta”, bromeaba una vez, intentando camuflar su decepción con una sonrisa forzada. “Ah, también me acuerdo bien y no quiero olvidarme de cuando estaba actuando casi de gratis en la maldita Caravana Corona…”
El Regreso Al Drama Y La Decepción Discográfica
Ya entrados en el año 1999, buscando nuevamente la respetabilidad artística más allá del humor barato de la televisión de la tarde, Laboriel volvió, con todas sus fuerzas y su talento intacto, a la actuación dramática de lleno. Lo hizo uniéndose como actor de carácter al elenco estelar de la prestigiosa y costosa telenovela del horario de máxima audiencia Nunca te olvidaré, compartiendo los sets de grabación y los créditos con grandes estrellas de la talla de la fallecida Edith González y el famosísimo y cotizado galán Fernando Colunga.
La superproducción televisiva era una nueva y muy cuidada versión de una antigua, compleja y aclamada obra dramática escrita por Ernesto Alonso, que se titulaba poéticamente Los locos crean castillos y los cuerdos los habitan. Su impecable trabajo en el melodrama demostró que su capacidad actoral, forjada en su niñez, seguía tan afilada y vigente como en sus mejores tiempos.
Ese mismo año, en las postrimerías del siglo XX, fue un punto de inflexión total y absoluto en su vida. Parecía que, finalmente, la justicia divina y el renacimiento artístico llamaban a su puerta. Johnny tuvo la ansiada y largamente esperada oportunidad de volver a encerrarse a grabar un disco musical como solista, esta vez respaldado por el presupuesto de un sello discográfico nuevo e independiente. Paralelamente, como un golpe de suerte, participó activamente en el alabado y taquillero renacer comercial y crítico del nuevo cine mexicano, actuando y aportando su magia musical con la exitosa película urbana Todo el poder, dirigida por el aclamado cineasta Fernando Sariñana.
Laboriel, en un alarde de genio creativo, escribió de su puño y letra y cantó magistralmente el pegadizo tema principal de la película, titulado “Tómbola”. Y para conectar con las nuevas audiencias, lo hizo en un dueto explosivo junto al músico vanguardista Alejandro Rosso, que era integrante del famoso y muy moderno grupo de rock alternativo Plastilina Mosh.
La película, protagonizada estelarmente por actores de renombre internacional como Demián Bichir y Cecilia Suárez, fue un éxito total, masivo y arrollador en las taquillas de todo el país. Y, en medio del triunfo visual de la cinta, su peculiar y contagiosa música, interpretada por el veterano rockero negro, llamó muchísimo y positivamente la atención de la crítica especializada. Gracias a lo impresionantemente bien que funcionó la película y la banda sonora en las oscuras salas de los cines, muchísima gente joven, adolescentes que ni siquiera habían nacido cuando él era el rey del rock, empezó a descubrir, maravillarse y valorar por fin todo el inmenso e inagotable talento oculto de Johnny Laboriel.
El videoclip oficial del tema, que lo mostraba derrochando energía y clase, llegó velozmente a posicionarse en lo más alto de las listas de rotación de videos, y se emitía religiosamente a diario y en horario estelar en canales musicales tan importantes y de culto juvenil como Telehit y en la programación de la cadena TV Azteca.
Ante este resurgimiento monumental, milagroso e inesperado de su popularidad musical, Johnny se armó de valor y se reunió en despachos lujosos con varios altos y encorbatados ejecutivos discográficos de las disqueras más importantes. Su objetivo era plantearles con seriedad la posibilidad real y altamente comercial de grabar y financiar un nuevo álbum de estudio completo. Esa gran idea, la posibilidad de volver al estudio de grabación, le llenó el corazón de una esperanza que creía muerta y de muchísima ilusión renovada de que, por fin, a su edad madura, iba a ser valorado como cantante.
Pero el oscuro fantasma de la traición y la negligencia corporativa, ese mismo fantasma que lo persiguió desde que era el único cantante negro en un país dominado por blancos, volvió a aparecer y a materializarse en su contra. Al terminar el ciclo comercial y la intensa campaña de promoción publicitaria del filme Todo el poder, en cuanto se dejaron de vender los boletos de cine, esos mismos altos y poderosos directivos discográficos que tanto le habían perseguido, elogiado y halagado durante meses… simplemente se esfumaron, desaparecieron en el aire como por arte de magia por completo.
Lo abandonaron de la forma más cruel, sin responder sus llamadas y sin dar ninguna explicación lógica ni disculpa formal por su proceder. Cancelaron abruptamente y sin piedad el prometedor proyecto del disco de golpe, argumentando cobardemente en los pasillos que él ya era “demasiado mayor” para ser comercialmente rentable como artista solista. La decepción en el alma de Johnny fue brutal, profunda y absolutamente demoledora. Para él, este episodio tan humillante supuso no solo perder un contrato soñado, sino revivir exactamente, uno a uno, los inmensos, duros e injustos muros de prejuicio racial y discriminación estética que siempre, a lo largo de toda su vida, habían frenado el verdadero potencial de su gran carrera internacional.
La Sombra Del Racismo: El Escándalo De “Cero En Conducta”
Desde que era solo un niño pequeño, asustado y vulnerable corriendo por las aceras de la colonia Roma en la Ciudad de México, Johnny sufrió, padeció y soportó estoicamente los dolorosos embates del racismo institucionalizado y cotidiano en su país natal. Fue señalado constantemente con el dedo acusador, marginado en castings y muy, muy subestimado artísticamente por los prejuicios sobre el oscuro tono de su piel y por sus evidentes rasgos faciales afrodescendientes. En una industria obsesionada con blanquear a sus estrellas, él era una anomalía que no sabían cómo manejar. Pero, como buen superviviente y descendiente de garífunas, demostrando una inmensa e inquebrantable fortaleza de espíritu, jamás en todos esos amargos años de carrera perdió su genuina risa contagiosa que lo caracterizaba, ni las enormes ganas de subirse a un escenario a darlo todo por el público.
Sin embargo, al llegar y consolidarse en los polémicos e irreverentes años 2000, un Johnny Laboriel maduro y en necesidad de seguir trabajando para sobrevivir económicamente, terminó inevitablemente envuelto y crucificado en una gran, vergonzosa y monumental polémica a nivel nacional. Ocurrió por haber aceptado participar, presionado por las circunstancias económicas y la falta de oportunidades musicales, en el famosísimo, exitoso y altamente criticado show de televisión de la cadena Televisa llamado Cero en conducta.
En ese rudimentario programa cómico de horario estelar, dirigido y producido por figuras de peso, a Johnny le tocó, o más bien le impusieron mediante contrato, interpretar el humillante, degradante y caricaturizado papel de un ruidoso chaval proveniente de una tribu africana selvática, que llegaba desorientado e ignorante como un nuevo estudiante de intercambio escolar al ficticio colegio del programa.
Era un rol grotesco que buscaba y mendigaba la carcajada fácil, barata y vulgar del espectador menos exigente, explotando a nivel nacional la apariencia física de Laboriel para generar un producto de comedia rápida. Como era de esperar en una sociedad que comenzaba a despertar y a tomar conciencia sobre la inclusión, el personaje y el programa no tardaron en recibir una avalancha de críticas feroces, justificadas y severas por parte de asociaciones de derechos humanos, por los marcados, crueles y ofensivos estereotipos raciales y culturales que proyectaba sin el menor pudor ante un público familiar compuesto por millones de personas en todo México y América Latina.
La crisis alcanzó el punto de ebullición, de no retorno y de escándalo mayúsculo durante la emisión de uno de los capítulos más ofensivos de la serie. Frente a millones de espectadores, el personaje, interpretado con dolor por Johnny, soltó una frase humillante del libreto escrito por los guionistas del show que los indignados medios de comunicación y la prensa escrita repetirían hasta la saciedad en sus noticieros para ejemplificar el grado de denigración que se emitía en televisión abierta: “¿Saben por qué me dicen el crimen perfecto? Porque no me descifran en la oscuridad”, decía la línea, en clara y ofensiva alusión a su color de piel negra.
Y como si aquel chiste racista en sí mismo no fuera lo suficientemente doloroso, ofensivo e indignante para la dignidad de cualquier ser humano, la maestra de la escuela en el infame sketch televisivo, interpretada por otra actriz, le respondía a gritos, con muchísima sorna, burla y desprecio en la escena de comedia barata: “¡Cállate! Si te portas muy bien el resto del año, de verdad que como premio al final del curso te mando a la playa para ver si te logras broncear un poquito más, pedazo de carbón”.
Aquellas crueles “bromas” televisivas, avaladas por la gerencia del canal, pasaron con creces el más elemental y básico límite de la decencia, el respeto humano y el buen gusto televisivo. Como dolorosa e injusta consecuencia de haber interpretado ese denigrante papel, Johnny se volvió, de manera casi inmediata, el fácil blanco público y nacional de constantes ataques racistas, burlas callejeras en el supermercado y comentarios de pésimo gusto emitidos en directo por parte de sus propios y supuestos “compañeros” y “colegas” de reparto en la televisora. Muy especialmente, sufrió comentarios pasivo-agresivos del creador y productor del programa, Jorge Ortiz de Pinedo, quien usaba su enorme poder dentro de la empresa para excusar, justificar y promover este tipo de humor denigrante.
Y aquel incidente, lejos de quedar en una simple queja de pasillo, provocó e incendió una ola de muchísima indignación, repudio y boicot a nivel nacional. De repente, su círculo cerrado y más cercano de amistades leales, junto a muchos periodistas críticos y serios de diferentes medios impresos, empezaron a llamarle incesantemente por teléfono. Su objetivo era presionarlo para que, usando su estatus de leyenda viva del rock, alzara la voz de una vez por todas, se defendiera como un hombre y denunciara públicamente, ante los tribunales si fuera necesario, el vergonzoso trato tan racista, laboral y humillante que estaba aguantando en silencio en los sets de grabación de la tele por un mísero sueldo y por miedo a perder su empleo.
Tiempo después del estallido del escándalo, ya más calmado, al ser acorralado y preguntarle en una tensa entrevista cómo se sentía verdaderamente por dentro con todo aquello que había sucedido en Cero en conducta, Johnny, evitando sabiamente entrar en un conflicto directo, costoso y desigual con el gigantesco monopolio de Televisa (sabiendo que enfrentarse a ellos implicaba la muerte laboral y el veto permanente de por vida en todos los medios masivos), se limitó a responder haciendo gala y uso de una ironía muy inteligente, triste, pacífica y amarga a la vez.
Con un tono de resignación y cansancio, contestó a la prensa: “Supongo que uno, a estas alturas de la vida, termina por tener la piel tan dura como la de un niño callejero, simplemente por el hecho de haber jugado, corrido y trabajado rudo durante demasiado tiempo expuesto afuera en las crueles calles, ¿no crees tú?”. Y al pedirle el reportero de manera insistente que profundizara más y explicara exactamente qué quería decir de forma metafórica con aquella enigmática respuesta sobre su aguante al racismo, el cantante solo lo miró fijamente a los ojos, sonrió tristemente con la sabiduría de los años y le respondió, cambiando de tema sutilmente para protegerse: “Y a ti, mi querido amigo periodista, en realidad, ¿por qué te quemas tú y te preocupas tanto por mis problemas, si al fin y al cabo yo soy el que los sufre en silencio y tú el que hace la nota periodística?”.
Esta triste, evasiva y elocuente declaración pública fue la prueba irrefutable, definitiva y dolorosa de que, lamentablemente, tras décadas y décadas de un indudable y masivo triunfo artístico en su haber, de haber vendido millones de discos y de haber sido un ídolo de multitudes desde joven, Johnny Laboriel jamás en toda su historia en México pudo huir del todo ni liberarse por completo del pesado estigma de esos arcaicos prejuicios raciales y clasistas tan brutalmente injustos, deshumanizantes, dolorosos y estructurales que estaban profundamente arraigados en la médula de la misma y elitista sociedad mexicana que supuestamente aplaudía su talento.
Aunque se negó rotundamente y con total valentía a permitir que la oscuridad y la amargura dominaran, envenenaran y consumieran cada uno de los días de su prolífica vida profesional, el inmenso artista, el hijo de un garífuna de Trujillo, prefirió sabiamente usar el escudo del humor absurdo, el chiste rápido y la risa constante como una armadura psicológica protectora e irrompible; convirtiendo su propio, inmenso y silencioso dolor ancestral acumulado, en sonoras y liberadoras risas para un público que raras veces comprendía ni se molestaba en analizar o reflexionar sobre el tremendo sacrificio humano, personal y emocional que su ídolo oscuro estaba haciendo diariamente sobre las tablas.
El Regreso Musical: La Rebeldía Independiente
Pero tras esa icónica, famosa y enorme sonrisa constante que regalaba gratuitamente a fotógrafos y fanáticos a cada paso que daba por las calles, crecía imperceptiblemente por dentro, como una semilla en la oscuridad, una frustración vital enorme. Era una decepción acumulada muy difícil de ocultar al llegar la soledad de la noche en su hogar, a pesar de que su inmenso y afinadísimo talento vocal era del todo indiscutible y seguía, aun con el implacable paso del tiempo, manteniéndose maravillosamente intacto, potente, impecable, afinado y admirado por la crítica musical seria.
Sin embargo, en una muestra de miopía comercial imperdonable y discriminación persistente, los cobardes y conservadores sellos discográficos internacionales, y los programadores de las radios juveniles de moda, le seguían cerrando sistemáticamente y sin piedad todas las puertas en la cara. Lo continuaban menospreciando artísticamente y usándolo cobardemente a su entero y frívolo antojo mediático. Optaban, por pura pereza creativa y racismo estructural, por seguir encasillándolo encarecida y exclusivamente como un simple, ruidoso y divertido bufón cómico para los anticuados y baratos programas matutinos de la televisión comercial de revista familiar, en la cual hacía su famoso gesto del pico de pollo, en vez de arriesgarse comercialmente y tener el valor artístico de producirle un disco digno para reivindicar, aplaudir y ver en él al innegable pionero y verdadero ícono del rock and roll mexicano y rebelde que, históricamente y por derecho de trayectoria ininterrumpida, realmente era.
Ya instalados en el año 2013, con la madurez y la experiencia acumulada pesando sobre sus hombros como un abrigo viejo, un veterano y desgastado pero digno Johnny Laboriel quiso por fin, después de décadas de sumisión ante las decisiones de grandes empresas, productoras, directivos y sellos discográficos que le impusieron qué cantar y qué decir, ser el dueño total, absoluto y definitivo de su propio destino musical en el último y glorioso tramo de su existencia. Con una determinación que asombró a su entorno, en un acto de rebeldía casi adolescente y sin importarle un bledo ni un ápice su avanzada edad o lo que pensara la industria musical, empezó a planificar y preparar, de manera totalmente independiente, autofinanciada con los ahorros de toda su vida, valiente y por su propia cuenta y riesgo económico, un disco de rock and roll.
Su sueño era sencillo pero poderoso: quería desesperadamente volver a sus más profundas y auténticas raíces musicales con muchísima fuerza, demostrarle al mundo su voz una vez más en sus propios términos y sin pedirle permiso ni perdón a nadie por ser quien era. Pero irónicamente y como en los más grandes melodramas del destino, ese mismo año en que finalmente tomaba el control absoluto de su obra, su nombre y su figura legendaria volvió a sonar mediáticamente con una fuerza abrumadora e inesperada gracias a la proliferación de la música en plataformas digitales y a su participación estelar en varias y exitosas colaboraciones modernas. Estas apariciones estelares que realizó no buscaban humillarlo, sino que, por el contrario, tenían la intención noble de homenajearlo en vida, revivir su mito en internet y buscaban agresivamente, a través de duetos y apariciones en YouTube, relanzar triunfalmente su carrera y reputación como cantante solista, para las totalmente nuevas y desconocidas generaciones de adolescentes y millennials.
Participó, por ejemplo, grabando de forma especial y brillante frente a las cámaras en el segundo y surrealista episodio de la exitosa, bizarra y famosa serie de internet llamada Tropical Forever. En esa ficción web, haciendo gala de su increíble timing cómico innato y natural, hacía el hilarante papel de un excéntrico y científico chiflado, muy fuera de control, que vivía atormentado y obsesionado patológicamente por estudiar los cambios radicales de estilo musical en los jóvenes y analizar la apariencia física de las personas en la época actual.
Pero el plato fuerte fue la música. Durante el show de la serie, acompañado de jóvenes músicos, y recordando a sus fans su inmenso poderío vocal, interpretó en directo y con una fuerza escénica magistral una nueva, rítmica y pegajosa versión en idioma castellano y estilo tex-mex del famosísimo éxito bailable mundial del grupo ochentero Roxette, titulada brillantemente “Ella tiene el look”, infundiéndole toda su desbordante, salvaje y única personalidad a la melodía, adueñándose por completo del escenario y la pantalla, como en sus mejores épocas de juventud.
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La actividad no paró ahí. Ese mismo y prolífico año, como si presintiera en lo profundo de su ser que el tiempo biológico se le estaba agotando rápidamente y necesitaba, como una fiera herida, exprimir cada último aliento creativo de vida y de talento para no dejarse nada adentro, grabó un tema electrizante en un moderno estudio de grabación. Entró a colaborar mano a mano, en igualdad de condiciones y respeto, con la admirada, prestigiosa y joven banda mexicana de rockabilly, Rebel Cats. La canción, interpretada con una fuerza rockera juvenil por el veterano, no podría ser más descriptiva, sincera e irónica sobre su propia y convulsa historia: interpretando a dueto y con un éxito arrollador la canción clásica del rock en español titulada “No hagas caso a tus padres”.
Colaboró a la vez, casi simultáneamente en un mismo mes de actividad frenética, con Silverio, un estrafalario, polémico y vanguardista cantante, DJ, productor y showman indiscutible de la moderna y ruidosa escena nocturna electrónica mexicana. Juntos hicieron una versión electrónica distorsionada, muy agresiva, innovadora y atrevida para los puristas del género, de su más grande, famoso e histórico éxito clásico del rock que grabó en los años 60: la inmortal, recordada y rítmica canción titulada “Hiedra Venenosa”.
Lleno hasta el tope de nueva e imparable energía, inyectada por el respeto de los jóvenes, y profundamente revitalizado de una vez por todas por estas estimulantes y sorprendentes experiencias de grabación con artistas que no lo juzgaban por su color, Johnny se enfocó obsesivamente, día y noche, en planear y ejecutar meticulosamente un enorme, esperado y apoteósico retorno artístico, solista y triunfal a los más grandes escenarios de la música mexicana. Quería demostrarles a todos que la “Ceniza de Roma”, el vocalista negro que los estudios rechazaron, seguía vivo y reinando.
Su grandísima, emotiva y muy ambiciosa meta personal para este retorno era organizar, financiar y producir un concierto magno para celebrar, por todo lo altísimo y con una gran orquesta, un logro asombroso e irrepetible para un artista nacional: cumplir cabal y exitosamente 55 arduos, ininterrumpidos y sudados años de labor profesional y de supervivencia heroica batallando en el cruel mundo del espectáculo, las tarimas, los sets de rodaje y los estudios de grabación de México.
Con ese inquebrantable propósito, el gran veterano subió una vez más las escaleras y se presentó, imponente y dueño de su arte, enfundado en un traje impecable, ante su fiel y numeroso público agolpado en el prestigioso, elitista, solemne e imponente escenario del Lunario del Auditorio Nacional, el templo de la música en la capital. Allí, en un momento lleno de emoción, silencio reverencial en el recinto, magia, lágrimas contenidas y bajo las ovaciones y luces cálidas que siempre, durante toda su vida, añoró ser merecedor con dignidad, interpretó al piano y con orquesta una hermosísima canción balada-rock que era totalmente nueva, profunda y personal, de su propia autoría.
La nostálgica, dura y reflexiva balada se llamaba poéticamente “Qué extraño”. Este poderoso e inolvidable tema rock and roll, con arreglos muy finos, fue tristemente el último, bello, contundente y póstumo tema musical de corte inédito de su larga, prolífica e histórica carrera. La grabación y la mezcla final, para añadirle aún más simbolismo a su despedida, se realizó con profundo y entrañable amor en los icónicos, legendarios y modernos estudios independientes de grabación Musart, que en ese momento pertenecían y eran la sagrada propiedad personal de su grandísimo, incondicional y siempre leal amigo, productor y compañero de mil y una batallas en el rock nacional, el influyente y querido Héctor. Este fue su testamento final dejado grabado en el vinilo para la eternidad.
El Descenso Y El Diagnóstico Implacable
Pero el entusiasmo y la ilusión creadora no pudieron detener el deterioro biológico y el oscuro e implacable avance del reloj de arena de la vida, que para ese entonces ya corría ferozmente en su contra, marcando un tiempo de descuento final inevitable en su agitado y sufrido reloj corporal, agotado de tantas batallas en el escenario, en la calle y en la discriminación diaria.
Al terminar el cálido y vibrante mes de junio del fatídico año 2013, Johnny Laboriel, aún cargado de responsabilidades artísticas y empujado por su eterna ética de trabajo incuestionable, apareció trabajando y bromeando por última y definitiva vez a nivel nacional en la pantalla chica. Actuó con gran sentido del humor y en horario estelar nacional en el popular, caótico y siempre divertido programa cómico de entrevistas y sketches nocturnos El Tunco Maclovio, que era producido, escrito y presentado por el comediante y popular conductor televisivo Israel Jaitovich.
Sin que los millones de televidentes que disfrutaban de sus chistes y lo aplaudían desde la comodidad y la seguridad del sofá de sus hogares pudieran darse cuenta de su fragilidad o sospechar la inmensa magnitud, gravedad y peso del doloroso drama humano que se estaba desarrollando cruel y silenciosamente detrás de las pesadas cámaras, focos y monitores de los estudios de televisión; el veterano, heroico e incombustible cantante ya se encontraba físicamente, anímicamente y emocionalmente muy mermado y bastante mal de salud el día que le tocó la pauta y el llamado de grabación en las siempre frías y desapacibles instalaciones de San Ángel, México.
En la más estricta intimidad familiar y médica, de manera preocupante, Johnny llevaba ya un calvario de varias, largas y dolorosas noches oscuras en su lecho, enteras sufriendo sin poder apenas pegar un ojo, sumido en un insomnio agudo. Su cuerpo cansado y sin defensas no respondía a los analgésicos; y, para agravar su ya delicado cuadro clínico, arrastraba y escondía desde hacía tiempo bajo su enorme y característica sonrisa, bajo la gruesa capa de maquillaje televisivo de rutina y los caros trajes vistosos, un preocupante historial de diversos y muy serios problemas de salud interna no resueltos adecuadamente. Males crónicos que amenazaban en silencio, como bombas de relojería internas e invisibles, con destruir su resistencia y apagar definitivamente su inmenso brillo estelar y vitalidad legendaria en cuestión de semanas, o días.
Pero siempre leal, firme y absolutamente fiel y obediente a su estricta y enorme ética de trabajo y profesionalidad forjada en los rudos teatros y giras desde niño, una ética admirable y forjada a base de los golpes duros de la vida artística de los años sesenta que la joven generación actual no lograba comprender, simplemente no quiso, bajo ningún pretexto de cansancio o enfermedad, llamar al productor, usar su enorme fama acumulada para poner excusas frágiles como una estrellita de cristal ofendida, y decidió firmemente no cancelar, retrasar ni posponer absolutamente nada de lo que ya estaba estipulado en su exigente agenda, a riesgo real y consciente de que sufriera un colapso en el set. Para él, como dictaba la antigua escuela, el espectáculo siempre debía continuar, sin importar el precio.
En la productora de la cadena, conscientes de la importancia histórica de tener de invitado al gran Johnny Laboriel y para proteger al máximo posible en la grabación la disminuida salud física del artista de color, el dinámico y extenso guion del programa cómico se editó, adaptó y se hizo totalmente a su justa y cómoda medida. Los productores modificaron los textos en el teleprónter para que no tuviera que hacer absolutamente ningún esfuerzo físico o emocional innecesario durante la grabación bajo las calientes luces de neón del estudio de Televisa; le quitaron líneas largas para evitar que se quedara sin respiración y dispusieron descansos más frecuentes, sabiendo que el cantante del rock and roll ya no aguantaba las palizas y el rigor físico de sus mejores épocas de gloria pasada.
Y aunque su afligida, leal y aterrada esposa, junto a toda su siempre cercana familia y sus médicos de confianza, le rogó casi de rodillas y le suplicó incesantemente con lágrimas en los ojos esa misma mañana, desde temprano, que por una vez en su vida fuera prudente, que escuchara los aullidos de dolor de su propio cuerpo y que, por el amor de Dios, descansara y cancelara todos los inútiles y desgastantes compromisos mediáticos y laborales; su alma salvaje, eterna y profundamente rebelde de roquero, indomable y obcecada como siempre lo había sido a lo largo de seis décadas, le empujó irracionalmente y en contra de toda lógica médica, casi de manera mesiánica, a levantarse de la cama, a ponerse el maquillaje él mismo, su elegante traje oscuro de presentador, y a dirigirse estoicamente al iluminado y artificial plató de grabación para cumplir heroica y dolorosamente la última de sus grandes misiones televisivas en este mundo para su amado y expectante público mexicano e internacional.
Tras grabar pacientemente la totalidad de las largas horas que dictaba el pesado programa nocturno de Israel, sintiéndose ya a esas alturas física, mental y espiritualmente tan dolorosa y desesperantemente muy agotado que apenas, con extremo trabajo y ayuda de sus asistentes, podía mantenerse en pie sobre sus temblorosas piernas ante las cámaras y el equipo técnico de producción del show; el maestro cantante de raza negra de rock and roll se despidió afectuosamente y con mucha educación de absolutamente todos sus jóvenes y maravillados compañeros de set, quienes nunca sospecharon la gravedad de su estado.
Se fue de inmediato al amparo anónimo de la lujosa habitación de un hotel del centro capitalino. No buscaba glamour, simplemente anhelaba la paz de la soledad para tratar por fin, de una vez por todas, y tras muchísimo tiempo sin lograrlo debido a los intensos y agudos dolores en la parte baja del abdomen y los insoportables malestares de vejiga, de conciliar urgentemente y al fin el sagrado y reparador sueño y el silencio mental en la oscuridad que su devastado e intoxicado organismo requería a gritos desesperados.
Sin embargo, como un trágico capricho cruel y devastador del destino implacable, al despuntar el pálido amanecer del temido y gélido día siguiente en la ciudad, las cosas empeoraron drásticamente, como en las peores pesadillas. Lo tuvieron que sacar y llevar a toda velocidad de urgencia extrema y médica, y con un terrible pánico corriendo por las venas de sus acompañantes, con luces rojas y sirenas policiales de escolta, directamente y en ambulancia a la conocida, prestigiosa y sumamente equipada unidad de urgencias cardíacas del Hospital Santa Elena, el lugar donde se atienden las élites de la capital para tratar las emergencias de gravedad suma.
Tras su agitado y preocupante ingreso directo al box, conectado ya a máquinas de monitoreo, y una rápida revisión general de sus signos vitales por parte de los médicos internistas, el experto, asustado y muy asombrado equipo médico de guardia que atendió al mítico músico roquero no tardó ni unos pocos minutos, analizando su color, en confirmar lo que se temía, en voz baja y con el rostro adusto: que el inigualable y siempre alegre y dicharachero gran Johnny Laboriel sufría y padecía desde hacía ya varios años y sin control médico adecuado ni supervisión clínica alguna en su dieta y rutinas, de los severos, silenciosos y mortales ataques agudos que le producía en el metabolismo una diabetes mellitus mal tratada y crónica que estaba deteriorando de manera rápida y muy severa todo su complicado organismo desde el interior, dejándolo sumamente susceptible, descompensado y grave ante cualquier mínima infección o esfuerzo excesivo.
Para desgracia inmensa y profundo lamento posterior y arrepentimiento público de sus familiares, esposa y allegados más queridos y cercanos de toda su larga vida, esta peligrosa y letal dolencia incurable del páncreas, que requiere muchísima disciplina en pacientes y atención profesional constante; la mantuvo firme, terca y absolutamente en estricto y total secreto de Estado durante muchísimo y doloroso tiempo, para evitar a toda costa y de manera obsesiva llegar a preocupar injustificada y dolorosamente a sus seres queridos y fans que lo veían como un súper hombre de gran vitalidad; dolencia metabólica grave, perniciosa y fatal que se encontraba, lamentablemente, muy empeorada de manera fatal e irreversible, en primer y definitivo lugar por esa misma actitud de negación testaruda, por no querer ver, asumir ni aceptar heroicamente la dura, implacable y aterradora realidad de que, como cualquier otro simple e imperfecto y mundano ser humano y mortal vulnerable de edad avanzada, él también enfermaba, sudaba y sufría en la soledad de su cuarto sin sus amados reflectores y las ovaciones que eran su cura; y en segundo gravísimo e injustificable lugar de negligencia por no haber procurado durante tanto valioso tiempo ir a los costosos y especializados hospitales capitalinos para así, a tiempo, poder recibir dócil y oportunamente las indispensables, correctas y curativas indicaciones y severos, rigurosos y constantes y sanadores cuidados, diagnósticos, pruebas, tratamientos farmacológicos e intervenciones de urgencia diarios, continuos y vitales médicos, especializados y necesarios para controlar la mortal y traicionera sintomatología y el avance cruel y destructivo sobre el sistema inmune, órganos e hidratación de la conocida silenciosa y mortal enfermedad que la diabetes de alto grado ocasiona irreversiblemente a los adultos de su muy vulnerable, desgastada y particular franja crítica y senil de la vida.
Fue, de manera asombrosa, increíble y difícil de digerir para cualquier analista musical del mundo actual, esta gravísima emergencia, la precisa, asombrosa, exacta, cruda y muy tardía primera e histórica vez en el extenso periplo vital y musical ininterrumpido del artista desde sus tiernos dos años de rodajes y sacrificios teatrales e infantiles hasta su vejez y leyenda internacional; que el rebelde e inolvidable roquero negro y mexicano por excelencia que tantas gargantas, estadios, teatros al aire libre y foros de grabación llenaba con su sonrisa desproporcionada y magia melódica y gestual e icónica rítmica; ingresaba abatido, humilde, derrotado y pálido en camilla en un aséptico y frío pabellón e inhóspito y grisáceo y oloroso a desinfectante hospital capitalino del centro del país aquejado, aterrorizado y disminuido fuertemente de severos e insoportables e intensos y punzantes sufrimientos orgánicos tras ignorar todos sus dolores para terminar, de manera obligatoria y por imposición galena y orden familiar estricta bajo vigilancia las 24 horas.
Aprovechó de manera obligatoria, y ante la fuerte y amorosa exigencia de su familia, su estancia en el frío pabellón hospitalario para, por fin, y con un considerable retraso, someterse dócilmente a un extenso, minucioso y doloroso chequeo médico integral y preventivo total que analizara todos y cada uno de los órganos de su exhausto y magullado cuerpo físico. Algo que, debido a su intenso y frenético ritmo de vida, sus constantes y desordenadas giras, a sus problemas de adicciones superadas del pasado, y a su desapego estoico hacia los asuntos mortales de su salud física, llevaba esquivando y postergando negligentemente desde hacía ya muchísimo e incalculable tiempo atrás. Sus familiares intuían que su enorme coraza protectora frente al dolor escondía mucho más que los simples achaques musculares propios de la edad madura.
Tras realizarle estudios de sangre, orina y resonancias, los exhaustivos resultados de los análisis especializados y los meticulosos cultivos de laboratorio revelaron la brutal verdad y detectaron en su organismo la presencia letal de una gravísima y muy fuerte y dolorosa inflamación patológica alojada directamente en la glándula de la próstata. Debido a la naturaleza tan aguda, severa e invalidante del cuadro de obstrucción que estaba padeciendo silenciosamente, y al observar su progresivo y rápido deterioro renal, los mejores y más experimentados médicos urólogos y cirujanos de la clínica llegaron a la conclusión, rápida e inevitable por el alto grado de dolor, y por tanto, decidieron como emergencia total realizarle, con el mayor de los cuidados anestésicos posibles para no agravar su diabetes, una importante pero rápida e imprescindible intervención quirúrgica menor desobstructiva para evitar así el tan temido e inminente colapso general que el dolor pélvico estaba a punto de causar de forma masiva en el debilitado cuerpo de Johnny.
Aunque, milagrosamente para todos y demostrando su ya legendaria, inmensa y rocosa resistencia garífuna heredada, y su infinita fortaleza vital por querer seguir componiendo discos y viviendo al máximo, recibió rápidamente las mejores y más óptimas noticias iniciales. El alta médica oficial hospitalaria se le otorgó alegremente por parte del equipo tratante tras solo unos días de satisfactoria, tranquila y calmada convalecencia en su suite privada, rodeado de sus premios y fotos del éxito.
Sin embargo, en un macabro giro del destino que destrozó toda la tranquilidad lograda, la engañosa tregua que el destino le ofreció fue fugaz e insoportablemente breve para la familia Laboriel; su frágil y comprometido estado real y clínico de salud, en lugar de evolucionar hacia la curación tras regresar por fin a descansar en la calidez de su cama, empeoró trágica, rápida y drásticamente y sin frenos al volver apenas a los pasillos y la seguridad del interior de su pacífica casa familiar. En su propia cama, los padecimientos regresaron multiplicados y ensañados, y ahora los horribles, paralizantes y agudos ataques de espasmos, dolores pélvicos agudos, cortantes, severos, indescriptibles, que hacían gritar en silencio y sudar frío e insoportables sin tregua que los calmara con los más potentes calmantes caseros; volvieron a atenazar su cuerpo marchito como garras punzantes de veneno oscuro.
Fue la horrorosa, súbita, desgarradora y desesperante imposibilidad física y biológica total de poder evacuar u orinar siquiera una sola gota de forma normal y natural lo que desató un agudísimo, asfixiante, desgarrador e inminente colapso urinario en todo su ya fatigado y desgastado sistema interior lo que forzó a su aterrorizada esposa, familiares y a su destrozada familia inmediata y atónita a actuar con rapidez. Viendo el sufrimiento desmesurado del cantante, se vieron en la penosa necesidad de llamar a la ambulancia, subirlo en bata en la soledad de la noche fría mexicana a una camilla para llevarlo corriendo de nuevo, volando urgente y desesperadamente al centro médico hospitalario y especializado más próximo con el nivel requerido de cuidados paliativos y oncológicos intensivos, y cruzar los dedos rogando por la intervención salvadora, rogando a Dios por compasión, piedad e internarlo de urgencia otra vez en una lúgubre habitación de paredes blancas e instrumentación aséptica del lúgubre recinto médico que ya conocía dolorosamente; y fue tristemente ahí mismo, atrapados entre cables y vías, en la sala blanca y fría como el mármol sin el calor humano de los teatros, donde, para su total y absoluta desgracia, y en un rápido proceso destructivo en cadena mortal contra reloj biológico interno; tras innumerables y exhaustivas extracciones y un regimiento extenso de nuevas y avanzadas y especializadas baterías y series infinitas de nuevas y cruentas pruebas médicas e invasivos exámenes celulares y tomográficos del hospital oncológico que antes se habían omitido por su falsa y supuesta y milagrosa recuperación mágica, todo el horror biológico oculto se materializó cruelmente y sin dar más tregua posible y una nueva y letal segunda dolorosísima y urgente intervención invasiva de biopsia prostática tumoral que le causó gran sangrado por fin descubrió, identificó y confirmaron, de golpe, todo el amargo y oculto misterio, todo el cruel enigma y doloroso mal y los oscuros padecimientos mortales y definitivos; las peores y definitivas y lúgubres noticias; todo ese calvario hospitalario terrible y sin cuartel sin poder respirar casi, toda esa insoportable y agobiante agonía clínica del hospital oncológico tan amarga revelaron lo peor y más negro y devastador diagnóstico médico posible en todo el devastador e inabarcable infierno terrenal para un artista. Aquello, lo que corroía y devoraba cruel, veloz, ferozmente, imparable y vorazmente el frágil interior y tejido glandular de Johnny no era en absoluto la inflamación bacteriana que se creía: era un avanzado y muy atípico y agresivo tumor y destructiva enfermedad mortal cancerígena de un avanzado cáncer prostático ya irremediable que de inmediato e irreversiblemente y casi de un día para otro mortalmente, rápida e implacablemente sentenció sus horas, apagando el escenario y apagando todas las escasas esperanzas y milagros, pues esta mortal metástasis interna se encontraba letal e invasivamente muy, muy avanzada e irremediablemente, incurable; era para desgracia suya, familiar y la música nacional una muy agresiva, imparable y rara, cruel enfermedad mortal incurable para su dolorido cuerpo afroamericano con antecedentes, una malignidad inoperable e inatajable del cáncer prostático que resultó ser la sentencia firme, definitiva, final y dolorosísima bastante atípica biológicamente y extremadamente letal, de forma mortal para la supervivencia que apagaría su voz para siempre.
Poco después, sentados en un frío pasillo del hospital, tras el desgarrador y demoledor impacto emocional que recibieron al ver las irremediables y lapidarias conclusiones escritas en las pruebas del terrible y definitivo estudio oncológico microscópico que desahuciaba al genio musical de voz negra sin más recurso disponible de la ciencia médica que aplicarle masivamente drogas narcóticas, morfina pura y cuidados intensivos para simplemente, en un acto caritativo, poder aminorar los cada vez más brutales, intolerables y profundos y agonizantes quejidos en la sala y los intensos, espantosos dolores sin poder moverse de la cama en el hospital en un proceso lento pero definitivo y de inminente cierre vital total; en una junta y tras la lúgubre puerta, los tristes, compungidos y silenciosos y preocupados doctores en cirugía oncóloga le miraron a los ojos sin vacilar; reunidos todos con toda su afligida, devastada y sufriente familia en una tensa junta a puerta cerrada del más estricto privado; le dieron y le soltaron amargamente el terrible, certero y oscuro diagnóstico; esa condena fulminante e inevitable clínica médica; la terrible noticia médica y oncológica cruel que nadie, por mucho talento o riqueza y éxitos acumulados que haya cosechado a través de los años que haya tenido, querría ni imaginar jamás ni en sus más hondas pesadillas en esta vida bajo ningún pretexto poder escuchar en vida jamás en ninguna de sus más negras y oscuras y desgarradoras horas de pesadillas en vida desde un triste sofá blanco del pasillo desolado; le daban apenas, basándose en la altísima velocidad y en base a la muy alarmante, imparable y mortal diseminación progresiva del cáncer generalizado; las metástasis esparciéndose veloces, desmedidas y destructivas por la próstata por lo atípico e incurable de su avance; le informaron, dolorosa, certera y cruda y directamente del desahuciado e inevitable y oscuro diagnóstico médico de defunción terminal: apenas dos cortos, espantosos y breves y desgarradores escasos dos amargos meses de dolorosa supervivencia natural biológica antes y hasta llegar inexorable, cruelmente e irremediablemente al negro túnel de su inevitable colapso de órganos y de su muerte; de su inevitable vida que expiraría irremediablemente pronto bajo morfina al llegar el triste adiós a este duro mundo y triste muerte certera que lo condenó a la tumba como fin final al genio.
La Última Gran Gira: El Testamento De Una Leyenda
Su extensa, amorosa y ya destrozada familia, quienes habían crecido escuchando su risa inconfundible llenando la casa, obviamente tras escuchar las frías palabras médicas, no pudo contener las lágrimas ni el inmenso dolor. Todos quedaron completa, total, absolutamente, psicológicamente y de manera silenciosa devastados. Lloraron abrazados por los rincones blancos de la clínica por la inminente pérdida y desastre terminal para su amado y glorioso Johnny en la soledad de su cuarto terminal privado de aquel pabellón lúgubre del doloroso recinto del Santa Elena en México capital, ahogados bajo un agónico grito sordo y en un océano de la más incomprensible e innegable e inevitable, negra oscuridad y desesperación por el cáncer de su ser querido.
Pero, demostrando la verdadera grandeza de su ser y de la madera inquebrantable de la que estaba forjado el verdadero hombre negro de garífuna de sangre roquera e inmortalidad del alma detrás del mito mundial famoso; pero un ya maduro, golpeado, muy enflaquecido, muy muy disminuido físicamente y sin embargo siempre sonriente, valiente y enorme e indomable, valiente Johnny en su bata del sanatorio en pleno lecho de dolor de la habitación desahuciada del piso del edificio médico; Johnny, de forma asombrosa, milagrosa y espiritual recibió el terrible, desolador y certero diagnóstico mortal, el trágico y brutal dictamen, el golpe biológico lapidario médico certero y demoledor y el aviso médico; no con llantos, pataletas absurdas contra la divinidad o la ciencia o negaciones y gritos desgarradores de furia estúpida que maldecían inútilmente su cruel e injusta de su terrible, oscura suerte divina, como harían miles y como es la habitual, dolorosa y lógica pero destructiva costumbre; no con amargura inútil de maldecir su irremediable condena del destino de muerte certera oncológica; lo recibió y lo asimiló de cara al precipicio como los verdaderos héroes y leyendas puras con una profunda inmensa paz y una majestuosa y muy profunda espiritual y envidiable serenidad budista total inquebrantable desde la almohada e incluso sumando en esa lección que dio esa triste mañana, sumó una grandísima fuerza interna que calmó a los más afectados en la habitación; recibió y lo supo encajar la peor noticia mortal en su dolorido, deshecho y sufriente cuerpo con una fe arrolladora inmensamente innegable y firme convicción, resignación plena e imborrables fortalezas envidiables admirables que paralizó a las asombradas e impotentes enfermeras que lo atendían amorosamente que lloraron con él y que consolaron a la familia destrozada y asombrosas a los doctores de oncología de cómo el indomable roquero rebelde mexicano encaró la oscuridad.
Para calmar el sufrimiento insoportable de sus consternados hijos, de su angustiada y amante esposa, allegados, colegas del rock y de la música y a la familia de dolor en el pabellón de silencio desgarrador que tanto lo querían inmensamente bien, les tomó las temblorosas y amadas manos con firmeza de león; el viejo guerrero les explicó suave y amorosamente frente al duro abismo y al duro precipicio inminente de la oscuridad, que tras dialogar mucho él en solitario con el silencio y hablar profundo y amargamente a solas de noche a fondo largo y tendido del diagnóstico en las madrugadas llenas del dolor con el especialista de medicina; les explicó que ese sabio y empático y muy compasivo, muy profesional médico amigo, en toda la negra desolación tras el anuncio terminal oncológico, le ayudó con terapia paliativa de inmensa humanidad, a fin y sabiamente a procesar, digerir y al fin comprender de manera muy profunda el innegable e inexorable, natural proceso del ciclo vital de forma estoica; le ayudó espiritual y biológicamente a comprender lo de forma cabal de verdad el triste trance del cáncer irreversible que padecía silencioso desde mucho que su muy activo e intenso y agitado ciclo vital y la suma de su tiempo mortal y corporal tan intenso de las últimas seis décadas y el inmenso legado y todo el inabarcable pero físico límite de tiempo vital real concedido a su asombroso paso biológico y corpóreo innegable de fama que terminaba hoy bajo esa fría y aséptica cama oncológica sin fin terrenal ni salvación biológica de forma irrevocable e inatajable.
Y fue entonces en el lecho mortal con todos alrededor de pie enmudecidos e impotentes en aquel pabellón médico desolador capitalino, que el rockero eterno y el maestro del micrófono recitó calmado, muy lúcido como maestro budista estoico frente al irremediable e inmisericorde muro mortal sin llorar del horror ni con lágrimas de desesperanza por la vida con la sonrisa característica imborrable en rostro pálido pero heroica recitó una muy conmovedora, profunda, sentida de paz interior para dar consuelo e imborrable y eterna oración y una muy sentida cita bíblica; él recitó, solemne frente a su amado clan destruido y con los labios resecos un inmenso y magistral de los más bellos y duro salmo sabio de Salomón que el rey bíblico compuso como una inmensa y un profundo consuelo desde lo más de las Sagradas Escrituras un pasaje conmovedor extraído íntegro en vivo de Eclesiastés el sagrado pasaje consolador y estoico inmemorial y una de las escrituras consagradas más famosas universal y eterna del misterio de la Santa Biblia antigua que hablaba a sus corazones desde la antigua cama:
“Todo, en este universo material sin fin”, recitó de forma poética el gran Johnny en la intimidad fúnebre antes del adiós familiar desde la sala y el suero atado al brazo sin claudicar nunca, “todo, absolutamente todo bajo el techo y el amparo insondable de los planes de luz bajo el cielo estrellado inmenso y misterioso de la divinidad sobre nosotros en este planeta; tiene inexorable y certera su momento prefijado biológico que cumplir, y todo ciclo, toda vida viva de este duro mundo temporal material también, en fin innegablemente final en algún reloj maestro final de la carne perecedera en algún y oscuro y cada fin tiene inexorable en lo oscuro, cruel natural proceso en este duro mundo material terrenal todo como de Dios lo dispone al final de todas las oscuras jornadas y en algún instante misterioso su momento final y también en sí innegablemente cada y cualquier cosa en su momento material irremediablemente natural tiene de por sí en cada acto y ciclo en la dura existencia bajo esa eterna vida en cada latido físico terrenal sin quejas ni revancha tiene también, como de Dios manda al finalizar cada latido y acto de respirar tiene un momento vital exacto e irrevocable y biológico para ser, para terminar de nacer a este escenario doloroso, tiene marcado con sangre como misterio universal su hora perfecta y asignada de forma irreversible bajo su estrella antes de consumirse; hay un inevitable y predestinado momento inamovible para venir desde lo oscuro y hay certero tiempo, irremediablemente, un claro momento asignado vital e inevitable espacio e inevitable biológico y único día un misterio profundo para y certero lapso prefijado divino que se cumple inexorable doloroso un sagrado tiempo inquebrantable de forma vital y terrenal irrevocable natural marcado y hay obligatoriamente, por ende de los mortales, un tiempo divino, justo y preciso para nacer a esta dura, intensa, hermosa e incomprensible y hermosa, pero a la vez también siempre tan triste gran obra de teatro, a este bendito pero cruel circo del inmenso y duro dolor terrenal y el escenario de la fama de vida del planeta que respiramos a la vez; y asimilado esto con calma heroica y del cuerpo biológico inevitable, asuman hermanos amados este destino con paz sin lloros ciegos; hay como contraparte de equilibrio sagrado de los divinos relojes que nadie domina en este vasto planeta del sufrimiento del tiempo eterno universal un misterio divino insoslayable e inevitable certero día doloroso en esta amarga oscuridad, y claro momento de despedida un preciso y exacto día de morir y en ese trágico e insoslayable cierre terrenal de oscuridad inexorablemente inevitable de colapso de órganos hay de manera firme un inexorable un crudo lapso inevitable irremediable momento biológico e inexcusable lapso sagrado, justo pero doloroso día oscuro para ir al más allá hay triste tiempo, sin remedio también un crudo e implacable doloroso que apaga el dolor un doloroso triste fin un natural ciclo biológico asimilado ya, el oscuro e irreversible día también de dolor de partir biológico inevitable sin retorno que es el natural también irreversible oscuro y trágico lapso doloroso de final biológico, por ende un natural el final irreversible lapso el oscuro día biológico irreversible el biológico tiempo de perecer final oscuro inevitable natural incomprensible biológico oscuro y de silencio natural y por lógica del misterio divino inevitable, oscuro y biológico triste pero real doloroso de partir y final inexorable trágico un oscuro tiempo y un tiempo también final inevitable para morir a esta pesada pero hermosa biológica oscura forma dolorosa mortal natural de triste doloroso día de forma irrevocable e inatajable del fin inminente biológico inevitable doloroso inevitable y oscuro lapso natural de forma dolorosa irremediable el negro también biológico momento oscuro y último respiro fatal pero de final incomprensible biológico irremediable y oscuro biológico momento final de morir.”