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JUAN VIGÓN: el general más importante de la Guerra Civil que murió sin recibir la gloria que merecía

Empecemos por el principio, por el hombre, por Juan Bigón antes de la guerra. Porque para entender lo que hizo y lo que le hicieron, necesita saber quién era. Juan Bigón, Suero Díaz, nació el 13 de marzo de 1880 en Vegadeo, un pequeño municipio en el occidente de Asturias. Esa tierra verde y dura del norte de España que ha dado generaciones de militares, mineros y gente acostumbrada a pelear contra las circunstancias.

Hijo de una familia con tradición castrense, Bigón creció rodeado de mapas, de libros de historia militar, de conversaciones sobre táctica y estrategia que en otras casas habrían sonado completamente fuera de lugar, pero que en la suya eran tan naturales como hablar del tiempo. Desde muy joven mostró dos características que lo distinguirían durante toda su vida.

Una capacidad casi fotográfica para leer el terreno y una disciplina intelectual poco común en alguien de su edad. Mientras otros cadetes aprendían las reglas por memorización, Bigón las aprendía por comprensión. Quería saber no solo qué había que hacer, sino por qué. No solo cómo se había ganado tal batalla, sino qué decisión tomada tres semanas antes en una tienda de campaña había hecho posible esa victoria.

Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo a finales del siglo XIX y se graduó con calificaciones que llamaron la atención de sus superiores. No era el tipo de alumno brillante y ruidoso que acapara la atención en el aula. Era el tipo silencioso que entrega el trabajo más completo, que hace la pregunta que nadie más ha pensado, que cuando todo el mundo cree que el problema está resuelto, levanta la mano y dice, “Pero, ¿qué pasa si el enemigo hace esto? Su primer destino operacional fue el norte de África, Marruecos, el escenario

donde una generación entera de oficiales españoles se forjó o se quebró. Fue allí donde España libraba una guerra colonial lenta, sangrienta y desmoralizadora contra las cabilas rifeñas. Una guerra que exigía adaptabilidad, improvisación y una comprensión muy precisa de cómo combatir en terreno irregular contra un enemigo que no seguía los manuales europeos.

Bigón no solo sobrevivió a Marruecos, prosperó en él. Aprendió algo que muchos de sus contemporáneos tardaron años en entender o nunca entendieron del todo. Que la guerra no es una fórmula, es un problema vivo que cambia constantemente, que exige al comandante una capacidad de adaptación tan importante como cualquier conocimiento técnico.

En África, Bigón desarrolló el instinto que más tarde aplicaría en escenarios completamente diferentes. instinto de leer una situación, identificar el punto de mayor vulnerabilidad del enemigo y golpear exactamente ahí con la fuerza necesaria en el momento preciso. Regresó a la península con condecoraciones y lo que era más importante, con una reputación, no una reputación ruidosa.

Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Mona del héroe que carga contra las trincheras con el sable en alto. La reputación del oficial al que quieres tener a tu lado cuando la situación se complica. El que piensa cuando los demás entran en pánico. El que tiene siempre un plan alternativo cuando el primero falla.

En los años siguientes, Bigón alternó destinos operacionales con trabajos de estado mayor. Fue en el estado mayor donde verdaderamente floreció su talento. Porque la guerra de Estado Mayor no es la guerra de las trincheras, es la guerra de los mapas, de las cifras de suministro, de los cálculos de movimiento de tropas, de la coordinación entre unidades que nunca se ven entre sí, pero cuyas acciones deben encajar como piezas de un mecanismo de relojería.

Bigón entendía ese mecanismo de manera intuitiva y eso en 1936, cuando España se rompió en dos y comenzó la guerra más brutal de su historia moderna, iba a convertirlo en el hombre más valioso del bando nacional. Pero todavía no lo sabía nadie. Todavía era solo un general más entre los muchos generales que tomaron partido aquel verano de fuego.

Pronto, muy pronto, eso iba a cambiar. El 17 de julio de 1936, España se partió en dos. No fue una ruptura limpia, fue una explosión, un estallido que nadie, ni los que lo habían planeado durante meses, podía controlar del todo. El golpe militar contra la República comenzó en Marruecos y se extendió como fuego sobre paja seca por toda la península.

En cuestión de horas, ciudades, regimientos, provincias enteras, tuvieron que elegir un bando y esa elección en muchos casos significaba la vida o la muerte. Juan Bigón no dudó. Su mundo era el ejército. Su lealtad era una visión de España que la República, en su opinión, había puesto en peligro. Se sumó al alfamiento sin vacilaciones y casi de inmediato quedó claro para los mandos nacionales que tenían entre sus filas a alguien extraordinario.

No un héroe de portada, no un general que necesitara aplausos para funcionar, algo mucho más valioso, un planificador de primera clase en un momento en que la planificación lo era todo. Porque el bando nacional en los primeros meses de la guerra tenía un problema enorme. Tenía soldados, tenía el ejército de África, la unidad más curtida y profesional de España.

Tenía la legión, los regulares, una infantería de élite que la República no podía igualar en combate directo, pero le faltaba algo sin lo cual ningún ejército, por bueno que sea, puede ganar una guerra larga. Coherencia estratégica, un plan, una visión de conjunto que convirtiera los combates aislados en una campaña con dirección, con objetivos claros, con una lógica que condujera inevitablemente hacia la victoria.

Bigón fue el hombre que proporcionó esa lógica. Su primera gran contribución llegó en el norte mientras los focos informativos y militares estaban puestos en el frente de Madrid, en la batalla del Jarama, en los combates en torno a la capital que acaparaban la atención internacional, Bigón estaba trabajando en silencio sobre algo que estratégicamente era igual o más importante, la liquidación del Frente Norte Republicano.

Las provincias vascas, Cantabria y Asturias formaban un territorio autónomo bajo control republicano, un enclave industrial de enorme valor. Sus fábricas producían acero, sus minas producían carbón, sus puertos conectaban a la República con el exterior. Mientras ese territorio siguiera en manos republicanas, la guerra podía prolongarse indefinidamente.

Franco lo sabía, pero sabía también que conquistar el norte no era sencillo. Era un terreno montañoso, difícil, perfectamente adaptado a la defensa. Los republicanos habían construido el cinturón de hierro, un sistema de fortificaciones alrededor de Bilbao que los ingenieros del gobierno vasco presentaban como inexpugnable.

La propaganda republicana lo comparaba con la línea Maginot. Decían que ningún ejército podría cruzarlo. Bigón lo cruzó. No de manera frontal, que habría sido una carnicería. Lo cruzó con inteligencia. Primero, obtuvo los planos del cinturón de hierro, planos detallados que un ingeniero republicano entregó a los nacionales en circunstancias que todavía hoy generan debate entre los historiadores.

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