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Jean Harlow: Lo Tenía Todo… Hasta que su Cuerpo la Traicionó en Secreto

La madre a la que en la familia llamaban simplemente mamá Jean, había querido ser actriz. Lo había deseado con todas sus fuerzas, pero se casó joven, tuvo a la niña y vio como su propia oportunidad se cerraba para siempre. Ese deseo no desapareció, solo cambió de dueña. Se volcó entero, sin filtro, sobre la única hija.

Desde muy pequeña, Harlen fue criada para ser hermosa, para ser observada, para brillar. Era una niña de salud frágil, mimada hasta el extremo, vestida como una muñeca a la que su madre miraba como quien mira un proyecto de vida. Cuando Harlean tenía apenas 11 años, sus padres se divorciaron y aquí ocurre algo que marca el resto de su historia.

La niña se queda con la madre. El padre, el hombre tranquilo, queda atrás, casi borrado del cuadro. A partir de ese momento, mamá Jan tiene a su hija para ella sola y empieza un viaje que en el fondo nunca terminaría, el viaje de una madre arrastrando a su hija hacia la fama que ella misma había soñado. Primero, un internado caro.

Luego Hollywood la madre se mudó hasta allá persiguiendo su propio sueño de cine con la niña a cuestas, después otra ciudad y otra. La pequeña Harlen creció en hoteles, en mudanzas, en escuelas que cambiaban cada poco tiempo, sin un lugar fijo al que llamar casa. Lo único estable en su vida era la presencia de su madre, una presencia enorme, una presencia que lo ocupaba todo y entró un hombre nuevo en escena.

Mamá Jean se volvió a casar con un tipo llamado Marino Bello, un personaje encantador y oscuro a partes iguales, de esos que siempre tienen un negocio entre manos y nunca tienen dinero. Bello no era exactamente un padre para la niña, era más bien un socio del proyecto, porque para entonces ya estaba claro para todos los adultos de esa familia qué iba a hacer Harley cuando creciera, iba a ser su fortuna.

A los 16 años, Harlin hizo lo único que una adolescente puede hacer para escapar de una madre que lo controla todo. Se enamoró y se casó. El elegido era un joven heredero rico llamado Charles McGrew. Tenía dinero, tenía libertad y le ofrecía algo que ella no había tenido nunca, una vida lejos de mamá Jean. Se mudaron a Los Ángeles.

Por primera vez, Harley tuvo su propia casa, su propio carro, su propia rutina. Por primera vez fue simplemente una joven esposa. Pudo haber terminado ahí. Pudo haber sido una vida tranquila, anónima, olvidada, una mujer de la que nadie sabría nada hoy. Pero el destino, o mejor dicho, una apuesta entre amigas tenía otros planes.

Un día, Harley llevó a una amiga actriz a los estudios. Mientras esperaba en el carro, unos ejecutivos la vieron. Una mujer así no pasaba desapercibida ni un segundo. Le insistieron para que se presentara a un casting. Ella se rió. Dijo que no le interesaba el cine, pero las amigas la retaron medio en broma, que no se atrevía.

Y para ganar la apuesta fue dio el nombre que cambiaría la historia del cine. No dio Harley Carpenter, no dio su nombre de casada, dio el nombre de su madre, Jean Harl. Lo que ninguna de las dos sabía todavía era que ese gesto, usar el nombre de la madre, sería profético, porque a partir de ahí la vida de la hija dejaría de pertenecerle. Empezaría a pertenecer otra vez a Mamá Jan. Una pausa rápida.

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Los directores la miraban y veían una cara bonita, nada más, una de tantas. Hollywood estaba lleno de caras bonitas que llegaban en autobús desde todo el país soñando con ser estrellas y que terminaban sirviendo mesas. Esos primeros años fueron más duros de lo que parece desde fuera. Jean se levantaba antes del amanecer, manejaba hasta los estudios.

Esperaba durante horas para que tal vez la eligieran para un papelito sin frase. A veces no la elegían. A veces se quedaba todo el día parada bajo el sol esperando una oportunidad que no llegaba. Trabajó como extra en comedias cortas. Esas películas de relleno que se proyectaban antes del largometraje.

Le tiraban tartas a la cara, la usaban de chica decorativa para que un cómico se tropezara mirándola. Era el escalón más bajo del oficio y sin embargo, ella seguía volviendo. Hay algo importante aquí y casi siempre se pasa por alto. La leyenda dice que Jean Harl quería ser actriz, que fue su madre la que la empujó.

Y hay verdad en eso, pero también es cierto que una vez dentro algo se encendió en ella. Empezó a querer aquello, no solo la fama, el trabajo. Quería hacerlo bien, quería que la tomaran en serio. Y ese deseo, en una industria que solo veía su cuerpo, se convertiría en una de las grandes batallas silenciosas de su vida. Su matrimonio con el joven heredero, mientras tanto, se desmoronaba mientras ella perseguía un sueño de cine.

Él no entendía por qué su esposa quería pasarse el día en un estudio cobrando casi nada en vez de vivir como una señora rica. La distancia creció, el amor se enfrió y poco a poco mamá Jean volvió a ocupar el centro de su vida, justo el lugar del que la niña había intentado escapar al casarse. El matrimonio terminó y Jean, libre otra vez quedó de nuevo en manos de su madre y de Marino Bello, que ahora veían en la carrera de cine de la muchacha algo más interesante que un capricho.

veían un futuro negocio, pero algo en ella era distinto y la cámara lo notaba antes que las personas. Había una mujer detrás de la cara bonita, había una mezcla extraña, algo que casi nadie había visto en el cine hasta entonces. Por un lado, una sensualidad brutal, descarada, que no pedía permiso.

Por otro, una ternura, una vulnerabilidad, casi una inocencia. Era la chica peligrosa y la chica de al lado al mismo tiempo. Y sobre todo era graciosa. Tenía un sentido del humor afilado, una manera de soltar una frase de doble sentido y reírse de sí misma que la hacía irresistible. El hombre que lo vio primero fue uno de los más extraños y poderosos de la época.

Howard Huges, el millonario, el aviador, el productor obsesivo que estaba gastando una fortuna en una película gigantesca sobre aviadores de guerra, una película llamada Los Ángeles del infierno. Huges había empezado a rodarla como película muda, pero mientras la filmaba, el cine cambió para siempre.

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