Posted in

JAVIER PORTALES murió hace 22 años, ahora su HIJO Rompió su silencio

Ante tanta desprotección, intenté desesperadamente mover fichas en la justicia para solicitar un curador legal que interviniera y administrara sus bienes  buscando frenar el vaciamiento patrimonial. Lamentablemente, las trabas burocráticas jugaron en mi contra y no lo logré. Lo peor de todo es que ellos ni siquiera estaban casados legalmente.

Eran una pareja de hecho, pero convivían bajo una dinámica de manipulación absoluta. Desde el maldito día en que esa mujer logró que mi viejo, ya debilitado,  le firmara un poder general amplio sobre sus asuntos, ella pasó a tener la potestad de hacer y deshacer a su antojo, manejando sus cuentas bancarias y sus propiedades como si fueran  propias.

Esta deidia no era nueva, venía arrastrándose desde sus últimos proyectos laborales,  como aquella fatídica última temporada de verano que intentó encarar en Villa Carlos Paz. El espectáculo, si la memoria no me falla, se perfilaba para el año 2000 y se titulaba Se viene el 2000, un proyecto que generaba mucha expectativa en el ambiente teatral cordobés.

Mi viejo ya no podía moverse por sus propios medios ni valerse de forma autónoma, por lo que  la producción le asignó un asistente y enfermero privado para que lo cuidara las 24 horas en la casa que alquilaban allá. Sin embargo, el nivel de negligencia de ese entorno era espantoso. Tengo grabado a fuego en la memoria un episodio terrorífico, una tarde soleada.

Este supuesto cuidador lo dejó sentado en su silla de ruedas al borde de la pileta y se olvidó por completo de él, dejándolo  expuesto al sol abrasador y al peligro de caer al agua sin poder defenderse. Fue un milagro que no terminara en una tragedia inmediata, pero el estrés, el calor y el abandono físico fueron tan devastadores que mi papá ni siquiera llegó a debutar en la temporada.

El cuerpo no le dio más y se descompensó antes del estreno. Javier Portales, el hombre que había hecho reír a millones de argentinos junto a Olmedo, el actor que llenaba teatros con solo pisar el escenario, terminó sus días laborales solo, descuidado en una reposera y convertido en el reen económico de una familia que solo veían en una firma digital para seguir cobrando sus regalías.

Las malas lenguas y los mitos del ambiente artístico siempre intentaron instalar la idea de que mi viejo era un despilfarrador, un tipo atrapado en los excesos que supuestamente organizaba fiestas descontroladas y fastuosas, sobre todo durante los veranos dorados en Mar del Plata. La realidad era diametralmente opuesta y quienes realmente lo conocieron en la intimidad de los camarines pueden dar fe de ello.

En aquellos años gloriosos, las temporadas de la mítica calle Rivadavia eran verdaderos monstruos de la industria del entretenimiento. El teatro de revista movía estructuras gigantescas y los contratos de las máximas figuras se pactaban directamente en dólares físicos. Javier Portales llenaba el teatro Ópera noche tras noche, haciendo dobles funciones de martes a domingos.

Pero la mística de mi viejo no estaba en la noche ni en el champán caro. El ritual de Javier al terminar una función exitosa consistía simplemente  en reunir a los técnicos, a los actores de reparto y a sus amigos más cercanos de los elencos para compartir un asado en el patio de alguna casa alquilada.

Una semana le tocaba el prender el fuego y a la siguiente iban a lo de otro compañero. Se manejaba con códigos de camaradería y una austeridad absoluta que hoy ya no  existe en el espectáculo. Era un hombre de la vieja escuela, de esos que desconfiaban de los bancos y preferían la seguridad de resguardar el fruto de su esfuerzo en la privacidad de su hogar,  sin la menor necesidad de ostentar ante la prensa ni de subirse al pedestal de la fama.

Esa misma sobriedad es la que genera confusión en mucha gente que al contrastar su perfil bajo con el volumen de su patrimonio no logra entender cómo se construyó semejante fortuna. Se ha hablado en los medios de comunicación de propiedades de lujo en la intersección de las calles Libertador y Esmeralda, de extensas quintas de fin de semana en el conurbano bonaense.

E incluso se llegó a filtrar en la prensa escrita una cifra astronómica que rondaba los 20 m000ones dó. Aunque los números puedan sonar inverosímiles para la economía actual, hay que contextualizar el mercado de la época de oro de la televisión y el teatro nacional. Una estrella de la magnitud de mi papá, que  marcaba picos históricos de rating cada semana junto a Alberto Olmedo en programas emblemáticos,  percibía sueldos mensuales que tranquilamente alcanzaban los $80,000 de forma fija, sin contar las regalías por

publicidad ni las giras internacionales.  Con más de cuatro décadas de vigencia absoluta en el cine, la televisión y las carteleras porteñas.  Esa cifra millonaria no era el resultado de un milagro financiero ni de inversiones turbias, sino el acumulado lógico de una trayectoria impecable y de una capacidad de ahorro descomunal.

Mi viejo laburaba sin descanso, cuidaba cada centavo y no caía en las trampas del consumo de la alta sociedad. Por eso duele tanto ver que todo ese capital, generado legítimamente con el sudor y el talento de una leyenda, terminó convirtiéndose en el botín de un entorno que esperó su declive físico para arrebatárselo.

La preocupación por el bienestar de mi padre no era algo nuevo, era una advertencia constante que yo le repetía cada vez que aparecía una nueva mujer en su vida con intenciones dudosas. Recuerdo viívidamente nuestra última charla profunda sentado frente a un café donde intenté abrirle los ojos y le dije sin vueltas,  “Viejo, te van a dejar en la calle, te van a desplumar hasta el último centavo.

” Él, con esa nobleza que a veces rozaba la ingenuidad,  prefería no ver el peligro, incluso cuando los gestos de deslealtad eran evidentes. Un ejemplo claro fue tras su viaje a Cuba. Al regresar, me enteré de que le había entregado las llaves y la administración de su quinta, nada menos que al padre de Marina. Fue un movimiento estratégico de ese entorno para acercarlo por todos lados.

En sus años de plenitud, Javier Portales era un hombre con un carácter firme y una lucidez envidiable, alguien que jamás hubiera permitido que lo manipularan de esa forma. Pero la enfermedad lo transformó en una sombra de lo que fue. Ya no era el mismo hombre capaz de cuidar sus intereses y esa vulnerabilidad lo convirtió en la presa perfecta.

El aprovechamiento fue sistemático y de una crueldad difícil de procesar. Estamos hablando de un hombre que pasados los 60 años se encontraba físicamente quebrado, mientras ella aprovechando la enorme brecha generacional y su vitalidad tejía una red de control absoluto. La deia llegó a niveles inhumanos. Lo dejaban prácticamente confinado,  estacionado en su silla de ruedas frente al televisor en la cocina, sabiendo que sus problemas de columna le impedían si quiere impulsarse para cambiar de habitación.

Read More