Posted in

IRÁN EORY: La BOFETADA que HUMILLÓ al hombre más PODEROSO… y la ASQUEROSA PROPUESTA de CANTINFLAS.

Y también, aunque esto tardó años en volverse visible, una tolerancia muy baja ante la injusticia,  una manera de reconocer cuándo alguien la estaba tratando como menos de lo que valía y una disposición a no aceptarlo aunque el costo fuera alto. Esas  características que en Teerán eran simplemente la herencia de dos padres extraordinariamente distintos, iban a definir cada decisión importante de su vida adulta.

La familia no se quedó en Teerán. El mundo de 1937  era un mundo en movimiento acelerado hacia algo que nadie quería nombrar todavía, pero que todos sentían. La Segunda Guerra Mundial se acercaba,  Europa se tensaba y el padre de Irán, con la experiencia de un diplomático que sabe leer los signos antes de que se conviertan en titulares,  tomó la decisión de moverse.

La familia llegó a España, una España que en esa época tenía sus propios problemas, pero que ofrecía algo que otras partes de Europa ya no podían ofrecer. Distancia  del frente. Irán creció en España. Aprendió español con el acento  que décadas después los televidentes mexicanos reconocerían como parte de su elegancia particular.

Aprendió a moverse entre dos culturas, entre el mundo de su familia y el mundo del país que la acogía,  con esa destreza específica de los niños que crecen en el exilio y que aprenden que la identidad no es un lugar, sino una decisión. y a los 16 años  ganó un concurso de belleza, no un concurso de barrio ni un evento local, un concurso donde un príncipe europeo le colocó una corona sobre la cabeza mientras el mundo del espectáculo de esa época, que funcionaba con la misma voracidad con que  funciona hoy,

pero sin las redes sociales para amplificarlo, empezaba a registrar que había algo en esa muchacha nacida en Teerán y criada en Madrid que no se parecía a nada que hubieran visto antes. había llegado al espectáculo y el espectáculo había llegado a ella. Los años siguientes fueron los de la construcción de una carrera en España que incluía cine, teatro musical y las primeras apariciones en televisión.

Una carrera sólida con proyectos reales y con una presencia que los directores que trabajaban con ella describían como algo que la cámara captaba de manera específica, no la belleza convencional de la actriz manufacturada por los estudios. Algo más difícil de fabricar y más difícil de ignorar. una inteligencia en la mirada, una manera de habitar cada escena que hacía que los demás actores, sin querer terminaran mirándola a ella, aunque no fuera la que más hablaba en ese momento.

Eso era Irán e Ori antes de México. México llegó en los años 60. La televisión mexicana, que en esa época estaba en plena expansión y que consumía talentos con una velocidad que solo podía compararse con la velocidad con que los producía, la descubrió con el entusiasmo específico de quien encuentra algo que sabe que no podrá fabricar de otra manera.

Fue la primera Doménica Montero, el personaje que décadas después  Angélice Ber haría famoso en la versión más reciente. Fue la primera actriz en darle vida a ese rol con la intensidad que el personaje requería. Fue también protagonista de rubí, de una chica para dos de producciones  que en su época reunían audiencias de millones de personas frente al televisor en toda América Latina.

La audiencia mayor de 55 que hoy ve fama y cenizas  la conoce de esas telenovelas. La conoce de esa manera específica con que la gente que creció viendo televisión en los años 60  y 70 recuerda a los actores que formaron parte de su infancia con un afecto que no requiere explicación porque viene de algo que se instaló en la memoria mucho antes de que la mente crítica empezara a hacer preguntas.

Y en esos pasillos de la televisión mexicana, en los sets  de las producciones que Irane Oriori protagonizaba con la regularidad de quien está en la cima de una carrera que parece no tener techo, llegó el encuentro que iba a cambiar todo. Mario Moreno Cantinflas, el hombre más famoso de México, el que tenía, según los estimados de esa época, una fortuna que superaba los 70 millones de dólares.

el que había estado casado durante décadas con Valentina Ivanova, quien murió de cáncer óo en 1966, dejándolo viudo con un hijo adoptivo que tenía entonces apenas 6 años,  el que después de la muerte de Valentina había intentado rehacer su vida sentimental con la dificultad específica de los hombres muy famosos  y muy ricos, para quienes la intimidad genuina resulta casi imposible, porque  todo el mundo que se acerca tiene razones adicionales a la simple atracción humana para hacerlo.

Con Irán fue diferente. Al menos así lo describieron ambos en distintas ocasiones. La atracción fue inmediata y mutua. Cantinflas empezó a cortejarla con una dedicación que la gente de su entorno describía como algo que no le habían visto con ninguna otra mujer después de Valentina. Flores, cartas escritas a mano, cenas, llamadas telefónicas.

El tipo de cortejo que en los años 60 y 70 era la manera en que un hombre de su generación declaraba que sus intenciones iban en serio  y sus intenciones iban en serio. Cantinflas quería casarse con Igan. Eso lo dijeron personas cercanas a ambos con suficiente consistencia como para que no pueda descartarse como rumor.

Lo quería, lo había pensado, lo había planeado con la seriedad con que un hombre de 60 años planea lo que sabe que probablemente es su última oportunidad de tener al lado a alguien que lo vea como persona y no solo como leyenda. Pero había un problema, un problema de 13 años de edad que vivía en la misma casa.

un muchacho que había llegado a la vida de Cantinflas  en 1960 como hijo adoptivo, pero cuyo origen tenía una historia mucho más complicada que la que los documentos oficiales registraban. Mario Arturo Moreno Ivanova, el niño que llevaba el apellido de Valentina, aunque Valentina no fuera su madre biológica, el que, según versiones que circularon años después, en círculos periodísticos, había nacido de una relación entre Cantinflas y una mujer estadounidense llamada Marion Roberts, a quien el comediante habría pagado $,000 para que le entregara al

bebé y guardara  silencio. Marion Roberts murió tiempo después. Las circunstancias de su muerte, según los reportes que circularon, fueron violentas. Mario Arturo no supo nada de todo esto  hasta que tuvo 18 años. Hasta ese momento creía que era adoptado en el sentido convencional de la palabra.

Lo que sí sabía, lo que sí sentía con toda la intensidad de un adolescente que había perdido a la única madre  que había conocido cuando tenía 6 años, era que la memoria de Valentina era sagrada y que cualquier mujer que intentara ocupar el espacio de esa madre en la vida  de su padre era una amenaza que necesitaba ser eliminada.

Y Cantinflas, el hombre que en la pantalla ganaba siempre contra los poderosos, con astucia y con humor, resultó ser en su propia casa un padre que no podía decirle que no a su hijo. Esa debilidad fue la que destruyó todo porque Mario  Arturo la emprendió contra Irán e Ori desde el primer día. La trataba mal frente a su  padre.

Read More